Capítulo 32
Filú estaba enamorada de Franz desde que era una cría, aunque no se lo admitiese ni siquiera a Einés. Pero Einés lo sabía. Se dio cuenta incluso antes que ella misma, antes de que fuese capaz de poner nombre a aquella sensación tan extraña que sentía cada vez que lo veía.
—A ti te gusta mi hermano, ¿verdad, Filú? —le preguntó una de aquellas tardes de verano en que esta se escapaba a O Berbés para estar un rato con ella.
—¿Quién? ¿Franz? —Fingió sorpresa, pero se sintió como si la hubiese pillado en una falta.
—El que tengo, Filú. ¿Quién va a ser, si no?
—¡Qué tontería! ¿Por qué lo dices?
—No sé, quizá porque se te queda cara de boba cada vez que lo ves, porque revoloteas a su alrededor para llamar su atención, porque se te suben los colores en cuanto te habla…
Filú tenía entonces quince años, uno más que Einés y dos menos que Franz, que ya había superado el examen de grado de Bachiller para acceder a la universidad.
Aquella pregunta de su amiga la había situado en un plano de la realidad que hasta ese momento no había podido —o no había querido— ver: su madre jamás consentiría ningún tipo de relación con Franz.
Ni siquiera aprobaba su amistad con Einés, pero eso no pudo evitarlo. Entre las dos chicas había un lazo de hermandad que no tenía con nadie y, cuando abandonaron la Compañía de María y dejaron de verse a diario, buscaron la forma de encontrarse.
La actividad social de Casilda, como la de todas las mujeres ociosas de la alta sociedad, era muy intensa: tertulias exclusivas para señoras en el café Moderno, en el Derby o en el Círculo Mercantil para hablar de moda, eventos sociales y, en especial, para mantener el prestigio y concertar matrimonios provechosos para sus hijas; reuniones del Comité Damas Católicas en la parroquia de Santa Marí a para organizar obras de caridad; e invitaciones a casas señoriales para merendar, bordar, escuchar música o comentar los últimos chismes de sociedad.
Mientras tanto, Filú, cuando no la obligaba a acompañarla, en vez de practicar piano o el encaje y bordado fino, se escapaba a O Berbés para estar con Einés.
Le fascinaba aquel barrio. Allí desaparecían el protocolo, las estrictas normas sociales, la férrea vigilancia y la impostura que devoraba todo lo real, lo genuino.
Bastaba con quitarse el sombrero y los zapatos en el arenal, reír a carcajadas y llamar a gritos a Einés desde la calle para sentir que entraba en otro mundo, para gozar de una libertad que la llenaba de vida y desataba aquella juventud vehemente que había que mantener siempre embridada y que cada vez la asfixiaba más.
Otras veces era Einés la que se colaba en su casa por la puerta de servicio, y, juntas, se acomodaban en la mullida cama de su habitación, bajo el dosel de vaporosas cortinas, con su colcha de satén de color rosa empolvado que caía hasta el suelo, rematada con puntillas hechas a mano por las monjas de la Enseñanza.
Para Einés era como entrar en un cuento de hadas.
Se quitaba los zapatos y las medias y, recostada en los almohadones bordados que se apoyaban en el alto cabecero, deslizaba los pies sobre la suave tela una y otra vez, igual que Filú cuando recorría el arenal de O Berbés y dejaba que las olas le lamiesen los suyos descalzos y las algas se enredasen en ellos con su textura fresca y coriácea.
A su modo, ambas compartían un mismo sueño: disfrutar de aquellos dos universos diferentes separados solo por un par de calles. Filú anhelaba la sencillez de O Berbés; Einés, la fantasía del mundo de su amiga.
—Cualquier día me echan por vuestra culpa, niñas del demonio —protestaba Pepita—. La próxima vez se lo digo a tu madre —la avisaba, aunque nunca cumplía sus amenazas.
Para cuando su madre se enteró de todo, ella ya se moría de amor por Franz, y, rebelde y desafiante —según su madre, por las barriobajeras influencias de Einés, que era como la difunta Delaira—, estaba dispuesta a defender aquel sentimiento por encima de todo, también por encima de su madre.
Lo tuvo claro cuando Franz le manifestó, de una forma un tanto peculiar, lo que sentía por ella.
«Y tú, ¿te casarás conmigo cuando cumplas los veintitrés, Filú?
», le pr eguntó en una de aquellas ocasiones en que había bajado a O Berbés por carnavales unas semanas atrás, en su vuelta a casa para pasar aquellos días de vacaciones.
El corazón le saltaba jubiloso cada vez que recordaba el momento.
Ella, sentada junto a Einés y otras chicas del barrio en las barcas varadas bajo los soportales, apenas podía creer lo que estaba escuchando.
Franz y sus amigos jugaban al balón delante de ellas, en el relleno que había alejado el mar de las casas.
Ellas hablaban con entusiasmo del casamiento de una compañera; ellos, alguno perteneciente al Real Vigo Sporting Club, como Franz, parecían ajenos a su conversación, pero entonces se lo preguntó en voz alta, como si quisiera que lo escucharan todos los que estaban allí.
—Y tú, ¿te casarás conmigo cuando cumplas los veintitrés, Filú?
El juego se detuvo con el balón bajo su pie. El animado parloteo de las chicas enmudeció, y las miradas perplejas de unos y otras se dirigieron hacia él y, luego, hacia ella.
La sorpresa y la conmoción no la dejaban razonar.
Se repitió mentalmente la pregunta para asegurarse de que la había entendido bien y que iba dirigida a ella.
Ninguna otra se llamaba Filú. Además, él la estaba mirando a los ojos y sonreía.
Se estaba burlando de ella, era evidente.
«Quizá cree el muy impertinente que no sabré salir airosa de este brete», pensó.
Pero ¿por qué querría ponerla en evidencia de esa manera?
Se había sentido algo ofendida, puede que dolida, o decepcionada, pero se sobrepuso y le respondió con el mayor sarcasmo del que fue capaz, aunque eso le partiera el corazón:
—No creo, Paco —respondió con frialdad, la cabeza alta y remarcando el nombre que usaba Einés cuando se enfadaba con su hermano.
Buscaba herirlo, humillarlo tanto como ella misma se sentía—.
Mis padres nunca consentirían que me casase con un chico como tú.
Me buscarán a alguien adecuado antes de los veintitrés, eso seguro.
—Lo sé —contestó Franz con el gesto serio. Se le había borrado la sonrisa de los labios—. Por eso he dicho cuando los cumplas, porque ya no necesitarás el permiso paterno.
Lo que comenzó como una broma se convirtió en algo tenso y embarazoso. ¿Hablaba en serio? ¿Aquello era una declaración pública? A veces había creído percibir que sus sentimientos eran correspondidos, aunque quizá no con la misma intensidad.
Se tenían confianza, pero, aunque abrigaba la esperanza de que sus afectos fuesen de la misma naturaleza, él nunca se los había mostrado.
Ella tampoco, por decoro y por orgullo. Por mucho que Einés le dijese que se le notaba a leguas que bebía los vientos por su hermano, nunca se lo había admitido.
Y Franz… Siempre parecía que se alegraba de verla; era muy atento con ella, charlaban con espontaneidad, con frescura, mirándose a los ojos, con una naturalidad que nunca había visto en los círculos en los que se movían sus padres, donde se suponía que encontraría a su futuro marido.
Y menos en Alonso Taboada, quien su madre trataba de meterle por los ojos.
Allí esa familiaridad no existía, ni siquiera entre los parientes cercanos.
Todo era artificioso: los temas de conversación, la postura, la vestimenta, la manera de hablar y de relacionarse con los demás…
Aquel fingimiento permanente le resultaba agotador, como llevar una pesada losa todo el tiempo, sobre todo después de frecuentar y conocer O Berbés, donde, aunque la vida era más dura, también era más sencilla; la gente, más honesta; los sentimientos, más puros.
Sin embargo, a pesar de que cuando estaban juntos el tiempo parecía detenerse y notaba una conexión muy especial entre ellos, jamás hubiese esperado aquella pregunta de Franz, ni en privado ni mucho menos en público.
¿En serio le estaba pidiendo matrimonio?
¿Que fueran novios? ¿Le estaba queriendo decir algo?
No había sabido qué responder ni cómo salir del paso, y la situación se volvió tan incómoda que Einés tuvo que intervenir para sacarlos de aquel impasse perturbador que los mantenía a todos pendientes de su respuesta.
—¿Por qué no vuelves a darle patadas a la pelota, eh, Franz? —le dijo chascando los dedos, incitándolo a alejarse de allí—. No le hagas caso, Filú, ya sabes que es un cretino.
Pero Franz siguió mirándola unos segundos más antes de levantar el balón con un golpe certero desde el pie hasta las manos, y ella tuvo la sensación de que aquel sería, para bien o para mal, un punto de inflexión en su vida.
La conversación sobre la boda de aquella muchacha dejó de interesarle.
En realidad, todo a su alrededor perdió el sentido.
El corazón le dolía al pensar que Franz había querido burlarse de ella.
No entendía por qué quería hacerle daño.
Necesitaba marcharse, pero sentía una opresión en el pecho que apenas le permitía respirar.
Sabía que aquel nudo en la garganta no la dejaría pronunciar una sola palabra de disculpa, y marcharse sin despedirse, sin una excusa, la delataría más aún que ese silencio y ese ensimismamiento en los que la habían sumido las palabras de Franz.
Afortunadamente, Einés advirtió su estado justo cuando las lágrimas amenazaban con nublarle los ojos.
—Bueno —dijo mientras se levantaba y se alisaba la falda con naturalidad para que no pareciera que huían—, mis blusas están aún sin planchar, y mañana hay que madrugar. Vámonos, Filú.