Las tejedoras del mar Capítulo 31
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Capítulo 31

Las pupilas de Filú crecían como las mareas vivas cada vez que lo mi raba y adquirían el brillo de las olas atlánticas al romper en el arenal: suaves en días de calma o embravecidas con las tempestades, pero siempre hermosas.

La piel morena de sus mejillas adolescentes se ruborizaba al instante en su presencia, y su rostro semejaba una de aquellas tallas de querubines que adornaban los laterales del altar mayor de la iglesia de Santa María.

Cuando Catalina se percató, supo que era demasiado tarde.

Un miedo inconfesable le recorrió las venas y le heló la sangre.

Al principio se negaba a creerlo. Una cosa era que las chiquillas fuesen amigas a pesar de la distancia social, y otra muy distinta que Filú se hubiese enamorado de Franz.

Aunque él, en apariencia, permanecía ajeno a los sentimientos de la muchacha y no le prestaba más atención que a otras del barrio.

Además, desde que había comenzado sus estudios universitarios en Santiago, Catalina sospechaba que había encontrado un amorío en aquella ciudad.

No tenía prueba alguna, pero era quizá ese sentido maternal el que le hacía ver lo que nadie veía: sus silencios abstraídos, la sonrisa que dibujaban sus labios sin motivo aparente, la manera en cómo dejaba reposar el libro sobre su pecho y cerraba los ojos…

Catalina empezó a observarlos con disimulo, aunque también con una creciente obsesión. Había visto cómo él rozaba su mano con fingida casualidad y Filú no lograba ocultar su azoramiento, o cómo le susurraba al oído palabras que provocaban en ella una risilla nerviosa y hacían que se sonrojase.

No, no había un amorío en Santiago. Era ella, Filú. Probablemente nunca había sido otra. Sus silencios, sus sonrisas, sus pensamientos… ¿Cómo había podido estar tan ciega? ¿Desde cuándo bajaba Filú a O Berbés por Franz, no por Einés? ¿Desde cuándo?

«Te repondrás de esto, hijo mío; todavía eres muy joven —se dijo mientras los miraba desde la solana, sentados en la vieja barca del abuelo Enrique varada sobre la arena—.

Se lo prometí a Delaira. Le prometí que te apartaría de esa familia, y haré todo lo que esté en mi mano por cumplir esa promesa».

—Pepa, quiero que le digas a tu señora que Filú baja a O Berbés día sí y día también; a mi casa, para más señas.

Con su cesta de aro llena de hortalizas colgada del brazo, Pepita se detuvo en mitad de la calle y miró a Catalina con disgusto cuando la abordó y, sin ningún preámbulo, le soltó aquello que parecía una orden.

—Pero ¿qué tanta inquina le tienes tú a la niña? Si es la criatura más buena y más cariñosa del mundo…

—No la quiero cerca de mis hijos. No les traerá nada bueno. Y no es por la chica, ¿eh?, que yo no tengo nada en contra de ella, pero tengo mis razones, así que… Que se junte con los de su clase. No quiero tener nada que ver con esa familia.

—Muy soberbia eres tú —replicó Pepita—. Sé bien lo que te reconcome, pero lo de Filú y Franz no es un capricho, y no voy a ser yo la que le rompa el corazón a la chiquilla.

—Pero ¿qué sabrás tú? —preguntó Catalina, perpleja ante la perspectiva de que Pepita supiese de aquella relación, si es que podía llamársele así—. ¡Y aún me vas a decir que estás al tanto de todo y la encubres!

—Lo negaré si tengo que negarlo, pero sí, lo sé desde hace tiempo.

Unos días más tarde, Catalina se presentó en casa de los Iglesias Devesa y fue Pepita la que le abrió la puerta.

—¿Qué haces tú aquí, desgraciada? —le preguntó la asistenta, horrorizada, tirando de la puerta tras de sí.

—Lo que no quisiste hacer tú. Dile que estoy aquí y que quiero hablar con ella.

—Pues vete por donde has venido, que no está.

—¿No está? No me creo nada. Si cada vez que sale de casa su hija aprovecha para acercarse a la mía, y hoy no ha bajado. Anda y avísala o la llamo a gritos.

—Te va a pesar, Cata, te va a pesar y mucho. Pobre niña mía, la vas a destrozar. Y a tu hijo también.

—Yo sé bien lo que es bueno para mi hijo, tú no te apures por eso.

—¿Quién ha llamado, Pepa? —La voz de Casilda se oyó acercándose a la puerta.

—Nada, señora, alguien que vino a darme un recado —le respondió la criada mirando a Catalina, esperando que recapacitara—. Pero ya se va —añadió al ver que Catalina dudaba un momento.

—Pues los recados por la puerta de atrás, Pepa, ya lo sabes. —La voz de Casilda seguía acercándose.

La puerta, que permanecía entornada, se abrió del todo y Casilda, soberbia y arrogante, se asomó ocupando todo el hueco y desplazando a Pepita hacia el interior.

—Pero, ya que estoy aquí, quiero decirle algo a usted también —repuso Catalina, decidida ante aquella mujer por la que sentía una profunda animadversión, aunque nunca hubiese cruzado una palabra con ella.

—Vuelve a la cocina, Pepa, que yo me ocupo —le ordenó a la sirvienta.

Pepita se retiró, pero solo lo justo para desaparecer de la vista de su señora, y aguzó el oído atenta a la conversación entre las dos mujeres.

—Pues tú dirás —dijo Casilda arrugando el entrecejo con una expresión entre curiosa e incrédula.

Se conocían, sí. Hubo un tiempo en que Casilda dejó de ponerles cara y nombre a ella y a Delaira, desde que sus padres dejaron de trabajar para su familia.

Sin embargo, el matrimonio de Delaira y Arthur, y su amistad con su difunto cuñado, las trajo de nuevo a su memoria.

Sobre todo cuando Delaira comenzó a despuntar en aquella parte de la sociedad viguesa donde muchos la admiraban o la detestaban con la misma vehemencia, asombrados o escandalizados por sus ideas progresistas y sus comportamientos poco dados a ceñirse a las normas y los valores tradicionales.

Catalina no era de esa cuerda, al menos nunca se había señalado en ese aspecto, pero, de rebote, aparecía casi siempre en los mismos escenarios de aquella que era como su hermana.

Después, cuando se hizo cargo de los niños, la estudió a fondo: su familia, sus posibles contactos, su carácter…

Quiso saber hasta qué punto podría suponer una amenaza.

Y Catalina se lo había dejado claro desde el primer momento; se lo recordaba por el aniversario de la muerte de Harald con aquella señal —como hizo Delaira— en el cementerio de Pereiró, para hacerle ver que ella también conocía su secreto.

Casilda, sin embargo, al pertenecer a una familia influyente, había sido objeto de interés desde niña.

Muchos ojos se habían posado sobre ella para admirarla, criticarla, envidiarla o satisfacer el morbo de indagar en aquellas vidas ajenas que las familias exponían a la mirada pública, casi siempre de forma intencionada, como hacía ella con Filú, exhibiéndola en fiestas, actos religiosos o paseos dominicales, como quien enseña ganado a los tratantes para venderlos al mejor postor.

Por un instante, Catalina sintió una pena enorme por la muchacha.

Pero no solo ya era tarde, sino que era necesario dar aquel paso para evitar males mayores.

Y aquella mueca prepotente en la boca de Casilda, que dibujaba una sonrisa forzada, no hizo más que infundirle valor.

Se observaron, desafiantes las dos, c omo lobas que se reconocen midiendo sus fuerzas: Casilda, con la seguridad de quien se sabe amparada por el poder que le otorga su posición social; Catalina, con la de quien tiene un as en la manga que podría hacer tambalear sus cimientos.

—Quiero que aparte a su hija de Franz. —La voz de Catalina sonó más a mandato que a súplica.

—¿Mi Filú? ¿Con Franz? ¡¿Es que te has vuelto loc a?! —exclamó Casilda, espantada.

Su cara se transfiguró. Su mente repasó veloz las ocasiones y los lugares donde Filú y Franz podían haber coincidido.

Ambos frecuentaban el club social del Cable Alemán, en el magnífico edificio que los germanos habían construido para residencia de su director y los empleados solteros en la rúa Pi y Margall.

Allí contaban con toda clase de comodidades —calefacción, biblioteca, sala de música y de juegos, pistas de tenis—, y tanto Franz como Filú eran asiduos, pues en aquellas instalaciones se reunía lo más granado de la juventud de las familias alemanas más influyentes de la ciudad y de la sociedad viguesa de filia germánica.

Franz, en calidad de huérfano del que fue su cuñado y primer responsable del Cable Alemán en la ciudad, había sido acogido, y hasta se diría que mimado, por la colonia alemana.

Ubbo Emmius Barkler, director de la compañía, no solo había dispuesto que esta colaborara en su formación, sino que disfrutase de aquellas instalaciones como uno más de los oficiales solteros o de los hijos de las familias alemanas, algunos de ellos compañeros de estudios del chico.

Pero las muchachas nunca acudían allí sin vigilancia de algunas de las madres, que observaban escrupulosamente su conducta en sus juegos de billar y tenis, o supervisaban sus lecturas en la estupenda biblioteca del club. Y ella nunca había observado ningún tipo de acercamiento entre ellos.

Con la hija de Delaira, sí. Filú sentía fascinación por aquella chiquilla desde que coincidieron en la escuela y, de forma ocasional, se veían en el club, pues Einés acompañaba al que decían su hermano de vez en cuando, en especial durante las fiestas y celebraciones, aunque, de un tiempo a esa parte, apenas la había visto por allí.

Pero de ahí a que Filú y Franz pudiesen tener algo que ver…

Sem ejante despropósito estaba tan fuera de cualquier posibilidad que ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

Además, ella tenía otros planes para su hija: Alonso, el hijo mayor de Crisanto Taboada, marqués de Candeán, era el candidato perfecto.

Crisanto Taboada estaba casado con Teresa de Montenegro, descendiente de una familia de la aristocracia local, hermana del cónsul honorario alemá n en Vilagarcía, pero con enorme influencia en Vigo gracias a su estrecha relación con Richard Kindling, vinculado al consulado alemán en la ciudad.

Alonso, como único varón de los cinco hijos del matrimonio, sin duda heredaría el marquesado y los negocios de su padre.

Aunque no tan prósperos como los de su marido Alfredo, los contactos diplomáticos de su familia suplirían aquella diferencia, y la unión de ambas familias no tendría competencia en la ciudad.

Quizá ni en la península. Los padres del joven veían el enlace con muy buenos ojos, y ahora le venía aquella pescantina con tamaña majadería…

Pero, de no haber nada de cierto, ¿a cuento de qué le diría semejante cosa?

No le convenía un enfrentamiento con aquella mujer.

Cuanto más lejos, mejor. No obviaba el mensaje que Catalina le dejaba cada año en la tumba de Harald, pero qué sabía o qué no era algo que no podía averiguar, y a aquellas alturas de su vida un escándalo, incluso un simple rumor malintencionado, podría arruinar a su familia.

—Me da igual si cree que estoy loca o no. Yo solo le digo que vigile a su hija. Aléjela de Franz.

Catalina vio la duda y el temor en los ojos de Casilda antes de volverse y echar a andar calle abajo hacia su casa, dejándola allí, desconcertada, con aquella soberbia que parecía haberse desinflado un poco.

No le había dicho que Filú bajaba a O Berbés, ¿para qué? Pepa tenía razón, no había que hacer más daño del necesario. Con aquella advertencia era suficiente. Ya su madre se encargaría de atarla en corto, de vigilar sus idas y venidas y, si se enteraba de sus escapadas, al menos no sería por ella.

El corazón le latía con fuerza y le temblaban un poco las piernas.

Pensó en Delaira, tan valiente, tan decidida: la persona más valerosa que jamás había conocido, fuese hombre o mujer.

Pero a ella, en cambio, le faltaba aquel arrojo de su amiga, la capacidad de dominar la palabra en toda situación, esa fuerza que le salía de dentro para afrontar cualquier desafío.

A ella, la gente con poder la intimidaba, la abrumaba, pero sus hijos estaban por encima de todo y los defendería con uñas y dientes, así se dejase la vida en ello.