Capítulo 30
La primera vez que Catalina vio salir del colegio de la Compañía de María a Einés y Filomena cogidas de la mano, pensó que Dios se había empeñado en castigarla por alguna extraña razón que no alcanzaba a comprender.
Recordó entonces las palabras de Delaira cuando Sagrario se quedó embarazada: «Aún por encima, tendremos hijos de la misma edad.
Si es una niña, hasta podrían ser amigas, como sus padres».
No fue el caso, pues nació un varón; pero Filomena —Filú, como todos la llamaban— era su sobrina, así que si no era lo mismo, se le parecía bastante.
«¿Por qué, de todas las niñas del colegio, ha tenido que juntarse con ella?», se preguntó Catalina.
Se le torció el gesto y llamó a Einés a voces, incapaz de soportar aquella imagen que la hería y le retorcía las entrañas.
—¡Vamos, Einés, date prisa! —le gritó con impaciencia.
La niña la miró sonriente, pero no apuró el paso.
Tendría seis años por aquel entonces y Filú siete.
Parecían imágenes contrapuestas: Einés, la viva imagen de su madre, con su cabello rubio y rizado, la piel clara, los ojos verdes y una sonrisa traviesa; Filú, en cambio, lucía una melena lisa y negra como el carbón, la piel morena, los ojos oscuros, profundos, y tan inocentes y vivarachos como los de Einés.
Para quien no las conociera, por sus rasgos, podría parecer que Filú era su hija.
Tenía mucho más parecido con ella y con Amaro que Einés.
Tampoco Franz tenía rasgo alguno que lo asemejara a ellos.
Ese pensamiento fugaz la abrasó por dentro mientras observaba a las niñas con sus uniformes de falda azul oscuro y camisa blanca con bordados y puntillas, su delantal y el lazo en el pelo.
Para otros ojos, aquella escena tan cándida de las dos chiquillas cogidas de la mano solo hubiese inspirado ternura, pero a ella no. A ella se le pusieron los pelos como escarpias. «Protégelo de esa familia, Cata, aléjalo de ellos: son mala gente».
Delaira se refería a Franz, pero, por extensión, aquel ruego incluía a Einés.
—¡Venga, espabila, que no tengo todo el día!
Catalina la arrancó de la mano de su compañera sin miramientos, y Filú se quedó inmóvil y desconcertada delante de la criada que iba a recogerla cada día.
—¿Tienes mal día hoy o qué, Cata? ¿No ves que has asustado a la niña? —le recriminó la mujer.
—Llevo apuro, Pepa, no tengo tiempo para melindres —le respondió tirando de Einés de camino a casa.
Se le había acelerado el pulso y sentía una opresión en el pecho que no podía controlar. Era como si aquella chiquilla fuese una amenaza, como si su sangre estuviese tan corrompida como la de su madre y su tía.
«De padres gatos, hijos michos», pensó para no sentirse tan culpable por albergar aquellos sentimientos de rechazo hacia una criatura que no había cometido más pecado que el de pertenecer a la familia de los Devesa de la Torre.
—¿A que no sabes de quién salió cogida de la mano Einés? —Nada más entrar en casa, Catalina se dirigió a Amaro y esperó, mirándolo fijamente, como si la respuesta fuese algo que él debiese conocer.
—No sé… ¿De quién?
—De la sobrina de Sagrario. ¿Te lo puedes creer? No habrá niñas en la escuela…
—Pero si es una cría, mujer… ¿Qué tendrá que ver ella con según qué asuntos?
—Las crías se hacen mayores —contestó Catalina conteniendo la rabia—. Y no quiero que Einés tenga nada que ver con esa gente. Nada.
No pudo evitarlo.
En cuanto se daba la vuelta, las chiquillas corrían a juntarse. Llegó a pensar en sacarla del colegio, pero, salvo mandarla a la escuela municipal —hacinada y poco provechosa— o contratar a una maestra privada, no había más alternativas para las niñas.
Cuando Einés empezó a ir sola hasta el convento de La Enseñanza, en la rúa María Berdiales —donde habían trasladado el colegio desde la rúa Real años atrás—, Filú y Pepita, la criada que aún la seguía acompañando, la esperaban en el paseo de Alfonso XII, cerca de su imponente casa señorial.
Hacían el recorrido juntas, a la ida y a la vuelta, y su amistad, para disgusto de Catalina, se fue consolidando.
Solo respiró con un poco de alivio cuando, al acabar la primera enseñanza elemental, Filú dejó la escuela para recibir la instrucción propia de las niñas ricas: piano, pintura, protocolo…
; Einés seguía en la Compañía de María para completar sus estudios.
Pensó que, al fin, separadas por las circunstancias, dejarían de verse tanto y el tiempo enfriaría aquella relación.
Pero aquel espejismo, que solo existía en su cabeza, se esfumó de golpe la primera vez que vio a Filú en O Berbés.
Aún no habían concluido las obras del relleno y las redes se extendían sobre la arena, delante de las casas.
Allí, al aire libre, las mujeres hacían corros para reparar las que el mar había estropeado.
Sentadas en cajas de madera, pequeños bancos o en el suelo, la mayoría iban descalzas o con alpargatas para sujetar las redes con los pies, dejando las manos libres para trabajar los nudos.
Aquel día llegó un barco de Bouzas con las redes reventadas, así que tuvieron mucha faena. Era a principios de verano, y el mar estaba calmo y tranquilo como un animal dormido, pero la gente sabía que las redes podían romperse por mil causas.
Leonor y Catalina ni siquiera subieron a comer; Einés les llevó unas rebanadas de pan y unas sardinas asadas al volver de sus clases con el señor Jacinto.
Fue a media tarde cuando la vieron llegar, a Filú, con su vestidito repleto de encajes y volantes, sus zapatos blancos de piel y su sombrero adornado con un gran lazo de seda amarillo.
—Mira, Cata, ¿aquella no es la chiquilla de la Casilda? —preguntó Leonor, levantando la mirada hacia la porta da Ribeira, por donde descendía Filú algo desorientada, mirando en todas direcciones, quizá intentando reconocer a Einés en el concurrido arenal.
—¡La madre que la parió! ¿Qué vendrá a buscar aquí la hidalguilla esa?
Catalina volvió la cabeza para observarla con el ceño fruncido.
—A Einés, ¿a quién, si no? —concluyó Leonor, como si fuese obvio.
Catalina se puso en pie y Filú la reconoció enseguida.
Con una mano se levantaba ligeramente el vestido y con la otra se sujetaba el sombrero que amenazaba con acabar por los aires con la brisa de la tarde.
Sus zapatos se hundían en la arena, y su imagen resultaba entre cómica y penosa mientras caminaba hacia la madre de su amiga.
Algunos murmullos se oían por lo bajo entre las mujeres.
Era poco frecuente, por no decir del todo insólito, que una señorita, porque a los trece años ya no era una niña, bajase al arenal de O Berbés sola y en día de faena.
—¿Buscas a alguien, Filú? —le preguntó Catalina antes de que llegase a su vera, temiendo que se le enmarañasen los pies en las redes.
—Venía a ver a Einés.
La muchacha la miró con sus grandes ojos negros y con aquella sonrisa franca e inocente en la cara que desarmaba a cualquiera.
Catalina no fue capaz de mentirle asegurándole que no estaba y, con buenas palabras, decirle que se fuese por donde había venido.
En vez de eso, caminó unos pasos hacia su casa y llamó a su hija desde la calle.
—¡Einééés! —gritó varias veces hasta que la chica salió a la solana.
—¡Filú! ¿Qué haces aquí? ¡¿No te habrás escapado?!
Einés, asomada a la balaustrada de madera, remangada y con un mandil mojado y deshilachado, se dirigió a su amiga en cuanto la vio al lado de su madre y la miró entre sorprendida y divertida. Filú respondió afirmando con la cabeza con una expresión traviesa, ante la estupefacción de Catalina.
—Pues anda, sube —le indicó Einés.
Filú se volvió un instante hacia Catalina, como pidiendo su permiso, y al punto se adentró en el soportal levantando su vestido con ambas manos, como una princesa en un castillo, alegre como unas castañuelas.
Catalina no salía de su asombro y se quedó un momento allí, asimilando aquella extraña e inesperada situación.
Las puertas de O Berbés siempre estaban abiertas, sobre todo para los niños y los jóvenes que entraban y salían unos de casa de los otros, como si todos fuesen una gran familia, salvo contadas excepciones.
Uno podía llevarse mal con un vecino, o con dos, pero cuando la enemistad y las desavenencias eran con la mayoría, era evidente quién era la manzana podrida, y alguna había también en el barrio.
Pero, en general, nadie negaba la entrada a su casa a los conocidos.
Catalina no sabía cómo considerar a Filú.
Ella y su hija eran amigas desde niñas —por más que lo intentó, no pudo evitarlo—, pero era la última persona, después de su madre y su tía, a quien querría ver en su casa.
No era bienvenida, nunca lo sería. Además, una señoritinga criada entre sedas a saber lo que iría contando después por ahí.
¡Ojalá le encontrasen un marido pronto y dejase de incordiar de una vez!
Eso sería lo mejor. Se le pasaría esa tontería de escaparse a los barrios pobres.
Mientras pensaba en eso, a Catalina se le dibujó una sonrisa en el rostro.
Si algo la complacía de aquella situación era que la chiquilla se hubiese escapado: pagaría por ver la cara de su madre cuando lo supiera.
Seguro que la metía en un barreño con desinfectante para sacarle aquel olor a pescado que flotaba siempre en el aire de O Berbés, incluso cuando no había pesca, y se incrustaba en las ropas, en el pelo, en la piel.
Aquel olor que tanto detestaba Delaira cuando vivía allí.
—¿Qué te parece? ¿No quieres caldo? ¡Toma dos tazas! —ref unfuñó Catalina al volver a su puesto junto a su madre.
—¿Y qué le vas a hacer? No le des más vueltas, que lo que es para Dios no se lo lleva el diablo —replicó Leonor, que no veía tanto drama en la relación de las muchachas.
Las visitas empezaron a repetirse con cierta frecuencia, más de la que Catalina hubiera deseado, y Filú parecía sentirse cómoda allí.
Comía con gusto cualquier cosa que le ofrecieran por humilde que fuese, ayudaba a Einés con las tareas y ni siquiera le hacía ascos a echarle la mano al pescado cuando tocaba.
—¿Tu madre no sabe que andas por aquí, Filú? No creo que le parezca muy bien —le preguntó Catalina, intrigada por el hecho de que aquellas escapadas no llegasen a su fin.
Era imposible que Casilda, sabiéndolo, lo consintiera.
—Mi madre está demasiado ocupada para saber si yo falto en casa un par de horas.
—Pero la gente te ve. Alguien se lo dirá tarde o temprano. Y habrá muertes —pronosticó Catalina, exagerando el escándalo que armaría Casilda.
—La gente que es como mi madre está donde está ella, y los demás no se acercan para contarle un simple chisme —replicó Filú.
Parecía muy segura de que aquella fechoría, que, sin duda, supondría un auténtico melodrama en su casa, no llegaría a oídos de su madre.
Cuando las veía reír despreocupadas, sentadas en la arena, mirando a los jóvenes remeros que entrenaban en la ría con sus traineras coloridas, haciéndose confidencias, Catalina se veía a sí misma y a Delaira años atrás, en aquel mismo escenario, hablando quizá de las mismas cosas, jugando a adivinar su futuro, amigas del alma, como ellas.
La invadían sentimientos encontrados: la imagen la llenaba de ternura, y Filú parecía una buena chica.
Afortunadamente, tenía el carácter sencillo y espontáneo de su padre, no el prepotente y envarado de su madre.
Esta diferencia dejaba ver la procedencia de cada uno.
Él, un rico empresario hecho a sí mismo, nacido en una familia trabajadora, hijo de emigrantes que habían hecho las Américas.
A ella, la posición le venía de cuna. Sus antepasados procedían de la hidalguía, de una estirpe venida a menos, cuando las tierras dejaron de ser rentables y la fortuna familiar comenzó a menguar.
Volvieron a prosperar al amparo de los astilleros y la industria marítima hasta que los excesos de algunos hermanos manirrotos y la ausencia de una mano firme tras la muerte del padre los llevaron de nuevo al borde de la bancarrota.
Por eso, las dotes de Casilda y su hermana fueron mucho más modestas de lo que cabría esperar de parentela tan notoria, y se vieron obligadas a buscar desesperadas matrimonios ventajosos que les devolvieran el rango que habían perdido.
Con el tiempo, Catalina tuvo que aceptar que no solo no se enfriaba la amistad entre las muchachas, sino que se acrecentaba y consolidaba más, convirtiéndose en una unión sólida y leal, de esas que desafían el paso de los años y se fortalecen tanto con los golpes de la vida como con sus alegrías.
Para colmo, empezó a percibir algo que la sacudió por dentro: una sospecha inquietante, un presentimiento que la llenaba de desconcierto y rechazo.
No lograba precisar el momento ni qué había provocado aquel giro tan alarmante; solo sabía que algo estaba ocurriendo ante sus ojos, algo que escapaba a su control, por mucho que se resistiera a aceptarlo.
Su mente se negaba a conceder espacio a esa idea que la asaltaba con creciente insistencia. No lo consentiría. No debía. Jamás.