Capítulo 29
—La niña no llegará a menos de lo que llegó su madre. Delaira quería que se formase, que tuviese oportunidades en la vida. No quiero que acabe limpiando pescado o enlatando sardinas en alguna fábrica.
Einés siempre había sido una alumna aplicada, ejemplar.
Le gustaba estudiar, y su hermano no solo la ayudaba y se adelantaba a los contenidos de la escuela, sino que espoleaba su afán de aprender y mejorar.
Al acabar la enseñanza elemental, hizo los cursos de la primera enseñanza superior, pero hasta cumplidos los quince años no podría presentarse al examen de ingreso para la Escuela Normal de Maestras de Primera Enseñanza.
Entonces se presentó el dilema. Ser maestra era la opción que siempre se había barajado en casa, pero, a lo largo de aquellos años de estudio, Einés descubrió que el mundo de la docencia no la llamaba en absoluto.
—No quiero ser maestra, quiero prepararme para opositar a telegrafista.
—Ese, ese es un buen empleo —aseguró Amaro, que nunca había visto con buenos ojos que la niña se preparase para maestra, pero como la voz cantante en ese tema la llevaban las mujeres, y Einés nunca había manifestado su desacuerdo al respecto, no había dado tampoco su opinión.
Las maestras de primera enseñanza, aunque lograban trabajo estable y respeto social, tenían sueldos bajos y otras condiciones complicadas, como aulas sobrecargadas, recursos precarios y normas morales muy estrictas.
Tampoco podían casarse si querían conservar el trabajo, como en muchos otros puestos estatales.
Sin duda, esos requisitos no se ajustaban en absoluto al temperamento de Einés.
La chiquilla siempre había sido muy inquieta, impulsiva y con poca paciencia.
Al igual que su difunta madre, no aceptaba las normas sociales con facilidad; era reivindicativa y lo cuestionaba todo.
A Catalina le gustaba su carácter. Se parecía tanto a Delaira…
Alegre, decidida, peleona, pero cariñosa, incluso zalamera en ocasiones.
Allí donde iba, acababa formando un corro a su alrededor, y sus ocurrencias siempre eran celebradas por sus compañeros de juegos.
—¿Y qué te dio ahora por ahí? ¿Dónde vas a preparar eso? —preguntó Catalina, convencida de que si Einés no quería ser maestra, poco podía hacer para convencerla. La conocía bien; era testaruda como una mula desde pequeña—. No hay ninguna mujer trabajando en la oficina de telégrafos.
—Pues seré la primera —afirmó Einés con rotundidad—. El señor Jacinto, que se jubiló el año pasado, da clases; dicen que prepara en su casa, ya tiene gente.
—¿Tiene gente? ¿Y cuánta de esa gente son niñas? ¿Y a dónde irás a parar después? Porque muchas plazas aquí no hay para tanta gente.
Einés vaciló un momento antes de contestar. No supo si la desconcertó más el hecho de que su madre la considerase todavía una niña o caer en la cuenta de que podría acabar en cualquier lugar de la geografía española, pero no se amilanó.
—Bueno —respondió—, de maestra también puedo acabar en cualquier parte, en una aldea de la montaña, como doña Rosita. Por lo menos, de telegrafista acabaré en una ciudad o en la estación de ferrocarril de algún pueblo, que siempre será mejor.
A Amaro le dio la risa y Catalina se quedó sin palabras.
Einés tenía respuesta para todo. Y lo que decía era cierto.
Doña Rosita siempre contaba que, antes de llegar a la escuela municipal del barrio, la destinaron a una aldea donde una pareja de la Guardia Civil la acompañaba todos los días, en un burro y por un camino de cabras, desde la casa donde estaba pensionada hasta la escuela, y que los lobos les salieron más de una vez.
—Pero siempre puedes abrir tu escuela o trabajar en una privada. Sor Azucena estaría encantada de que te quedaras con ellas; seguro que te buscaría un sitio.
—¡Sí, claro! Por dos patacones y con las monjas. Prefiero el burro y los lobos.
—¡Einés! —la reprendió Catalina.
—¿Y usted qué dice, padre? ¿No cree que tengo razón?
Amaro la miró y sonrió. Qué iba a decir él, si no era capaz de negarle nada.
—Buen sueldo tienen, que lo sé bien, pero igual no es fácil entrar ahí. Muchas plazas no pueden salir.
—A mí con una me llega… ¿O no me creen capaz?
Einés acabó la instrucción en dos años, que, según don Jacinto, exfuncionario del Cuerpo de Telégrafos, era lo mínimo para estar bien capacitado en código morse, mecanografía, ortografía, tarifas telegráficas, cálculo, dictados y redacción.
Los exámenes debían realizarse en Madrid, ya que era la única institución oficial que podía otorgar la certificación de telegrafistas y, al no acudir presencialmente a la Escuela General de Telegrafía, había que prepararse a conciencia.
Don Jacinto acompañó a sus pupilos a examinarse, con la petición expresa de Amaro y Catalina de que cuidara de la niña, pues era la única mujer del grupo.
Superó con creces las pruebas, pero tener dieciséis años cumplidos era requisito para presentarse a las oposiciones.
Ese año de 1914, en que por fin se igualaron las condiciones de acceso y funciones entre hombres y mujeres para la escala de auxiliares, se convocaron a principios de año, antes de su decimosexto aniversario, por lo que no pudo presentarse.
La siguiente convocatoria dependía de las vacantes porque, a pesar de que el sistema de telégrafos estaba en plena expansión, el número de plazas ofertadas era más bien escaso.
Eso supondría esperar dos o tres años más, así que, mientras tanto, continuaría como mecanógrafa en El Heraldo de Vigo , un trabajo que le gustaba y que ya había compaginado con su preparación para telegrafista.
Incluso consideró que quizá podría postularse para alguna sustitución o como ayudante en la oficina de telégrafos, para practicar en aquel tiempo de espera y no olvidar todo lo que había aprendido, pero finalmente, y casi por casualidad, le ofrecieron un puesto de recepcionista —aquel empleo que tanto había deseado Delaira— en el Gran Hotel Moderno, situado en el número 1 de Policarpo Sanz, haciendo esquina con la rúa Carral.
Era una ocupación que le atraía mucho, a jornada completa y con buenas condiciones laborales. No se lo pensó. Dejó el periódico y comenzó muy ilusionada en aquel establecimiento de referencia en la ciudad, frecuentado por viajeros de negocios, diplomáticos y la élite local e internacional.