Las tejedoras del mar Capítulo 28
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Capítulo 28

Por suerte, todo lo relacionado con los trámites y el papeleo de los niños fue bastante sencillo porque Delaira había dejado testamento y expresado su voluntad de que Amaro asumiera la tutela de sus hijos y la administración de sus bienes, consciente de que la ley reservaba toda función de gestión a los hombres, aunque sabía que detrás de cada decisión relacionada con ellos siempre estaría la mano y el buen criterio de Catalina.

Paul se encargó de todo; Amaro se limitaba a firmar y seguir sus indicaciones.

Los niños se trasladaron a O Berbés definitivamente.

Cierto que no tenían las comodidades del piso de sus padres: todavía no había agua corriente ni luz eléctrica, pero pensaron que aquel barrio amigo les ayudaría a sobrellevar la amargura, al menos durante los primeros meses.

Sin embargo, el constante movimiento del puerto, el bullicio, las voces conocidas y los juegos con los otros chiquillos en el arenal los atraparon de tal forma que ya no quisieron volver al que fuera su hogar.

Alquilaron el piso y con la renta, más el dinero de la venta de la parte del laboratorio que Paul les iba abonando a plazos, y sus ahorros, arreglaron la casa de O Berbés.

Le dieron una altura más, reformaron el bajo, cambiaron las viejas ventanas y con los años la fueron acondicionando lo mejor posible, a la par que el barrio se iba modernizando y se convertía en un motor económico cada vez más importante en la ciudad.

El deseo de Arthur y Delaira para sus hijos habría sido que pudieran estudiar cuando llegase el momento. Así se lo había confiado su amiga a Catalina la última vez que estuvieron juntas.

Tras el fallecimiento de ambos, conmovidos por esa tragedia sobrevenida, y ante la fragilidad de la situación, la Deutsch Atlantische Telegraphengesellschaft se ofreció a hacerse cargo de los estudios de Franz.

No era una pensión de orfandad ni una asignación fija, solo financiaba el colegio privado al que ya asistía el niño y se comprometió a sufragar los gastos en caso de realizar estudios superiores, en deferencia a la memoria de Harald, solidarizándose con la desventura de aquel chiquillo que, a tan corta edad, parecía estar perseguido por la desgracia.

Franz aprovechó aquella oportunidad. Era un chico inteligente y aplicado que destacaba en todo lo que emprendía.

Con doce años comenzó la segunda enseñanza en el colegio de los Jesuitas, donde acabaría el bachillerato.

Catalina todavía recordaba los nervios y la ansiedad de toda la familia cuando fue a hacer la reválida en el Instituto de Segunda Enseñanza de Vigo, el único de la ciudad y uno de los pocos no capitalinos que había entonces con potestad para expedir títulos, cosa con la que no contaban los centros privados.

Leonor echó mano de todos cuantos amuletos, sortilegios y tradiciones mágicas conocía para que todo le fuese favorable pues, estaba segura, Franz sería el único de sus nietos que alcanzaría semejante hito en la familia.

¡Universitario! El chico eligió Derecho.

Con la falta que les hacía a los pobres alguien que supiese de leyes y los defendiese ante los abusos, que les quitase los miedos con los que parecían haber nacido…

Una ramita de laurel como símbolo de conocimiento, un trébol de cuatro hojas para atraer la buena suerte, una cruz de carballo tallada por Amaro que Catalina cosió al forro de su chaqueta para otorgarle protección y claridad mental, la vela a santo Tomás de Aquino —patrono de los estudiantes— y la oración a santa Catalina para vencer con la palabra.

Más allá de eso, todos sabían que no se debía barrer la casa antes del examen para no barrer también la buena suerte, y que era de mal augurio cruzarse con un cura o un fraile de camino a la prueba, por eso le hicieron ir por las calles menos concurridas.

Aun así, Leonor y Catalina fueron de avanzadilla, por si se topaban con alguno, volver sobre sus pasos y cambiar de ruta.

Todos aquellos rituales, aquel mágico ceremonial, hacían disminuir la ansiedad en la creencia de que, bajo el amparo divino o sobrenatural, aquello que tanto ansiaban llegaría a buen puerto.

Y si aun con todo ello no se conseguía, les quedaba el alivio de haber hecho cuanto estaba en su mano.

En cualquier caso, Leonor ya tenía la corazonada —hasta diría que la certeza— de que la fortuna les sonreiría.

Tal era su anhelo por ver al muchacho alcanzar aquella meta que, por segunda vez en su vida, acudió a la meiga de Cangas.

La vidente, tras consultar las cartas de la vida, como las llamaba, fue tajante:

—Aprobará, acabará sus estudios. Le irá bien, tendrá un futuro venturoso —vaticinó posando las manos sobre el as de oros que acababa del voltear—, aunque una mala sombra tratará de impedirlo —concluyó al examinar el resto de las cartas de la tirada de la cruz de San Andrés.

No le había hablado a nadie de la visita, pero su fe en aquellas palabras era absoluta. También lo fue la primera vez que la visitó, cuando Catalina suspiraba por ser madre. Tampoco entonces le contó a nadie que había acudido a ella en busca de respuestas…, ni que las obtuvo.

—Tendrá hijos, pero hay mucho dolor aquí —dijo la adivina, deteniéndose en las cartas que había separado después de barajar el mazo encima de un cuenco en el que humeaba un trozo de palo de santo y hacérselo cortar dos veces con la mano izquierda, la más próxima al corazón.

—Siempre lo hay —intervino Leonor señalando lo que consideraba obvio.

—Este es un dolor del alma, más hondo y duradero que el del cuerpo.

La meiga pronunció su veredicto sin mirarla, acariciando las cartas como si las yemas de sus dedos pudiesen leer los mensajes secretos que escondían.

—Pero ¿cómo? ¿Qué dolor es ese? —preguntó Leonor, intrigada.

—No todo lo de Dios ven nuestros ojos —concluyó la mujer, sacando otra carta del mazo y colocándola al lado de las demás sin querer profundizar en aquella sentencia que le había helado la sangre a Leonor.

Jamás se lo contó a su hija, solo le decía que ya llegarían, que a veces tardaban un poco.

Temía que aquel dolor del que le había hablado la hechicera se debiese a alguna malformación de las criaturas.

Eso sería una desgracia, una pena para toda la vida.

Pero cuando faltaron Arthur y Delaira, lo vio tan claro como el agua.

Aquellos niños, Franz y Einés, serían los hijos de Catalina, y el suyo fue un parto de amargura, de un dolor feroz que seguía arrastrando como un sudario, un pesar que la acompañaría toda la vida, del que aún se negaba a hablar, del que quizá nunca hablaría.

Desde entonces, Leonor confiaba ciegamente en las predicciones de la meiga, y tenía el firme convencimiento de que su nieto superaría aquella prueba.

El chico aprobó con muy buenas notas, para satisfacción y orgullo de todos. Se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela, situada entonces en el Colegio de San Xerome, en la praza do Obradoiro.

Amaro y Catalina le buscaron una pensión en el casco viejo de la ciudad que, como casi todas, consistía en una habitación compartida en una casa particular donde se alojaban otros cinco estudiantes.

La pensión era austera: cuartos pequeños, con tres camas de hierro, una palangana para el aseo y un baúl para la ropa.

No había espacio para una mesa de estudio, así que los jóvenes pasaban la mayor parte del día en el colegio, que albergaba la biblioteca de la universidad, donde además podían disfrutar de luz eléctrica, un adelanto que todavía no había llegado a la mayoría de las callejuelas del centro de la ciudad.

En el trato habían concertado las tres comidas del día, pero los menús eran tan modestos que Franz, como el resto de sus compañeros, tenía que complementarlos con fruta y pan que compraban en las tabernas cercanas.

La colaboración desinteresada de la compañía del Cable Alemán seguía siendo generosa, ya que se hacía cargo del coste de la pensión, la matrícula y otros gastos administrativos, por eso le habían buscado aquel alojamiento por treinta y cinco pesetas al mes —las más caras rondaban las cincuenta pesetas—, para no parecer unos aprovechados.

Aun así, había otros gastos que sufragar: los libros y el material eran caros, aun comprándolos de segunda mano; también la ropa, pues era preceptivo para un estudiante, máxime de Derecho, presentar una imagen formal y acorde a la etiqueta académica de la época.

Para su primer curso hubo que procurarle un traje sobrio de algodón, camisas blancas, una corbata, un chaleco, zapatos nuevos, un sombrero y un gabán para sobrellevar el clima húmedo de Compostela, además de otras prendas menos formales para su vida estudiantil.

De todo ello se aprovechó lo que se pudo en el curso siguiente, pero aun así tuvieron que acrecentar su armario con nueva vestimenta, pues su cuerpo estaba todavía en pleno desarrollo y había sufrido un estirón considerable.

Pero todo lo daban por bien empleado, porque la recompensa y el orgullo eran mayores que ningún sacrificio. Y las promesas cumplidas mitigaban el pesar por los que ya no estaban. Y daban paz.