Capítulo 27 #2
—Ahora el médico no es lo más importante, Cata. Lo que necesito es que escuches todo lo que tengo que decirte antes de que me ponga peor. Pero no te acerques más, quédate ahí, coge una silla. —Delaira la detuvo cuando vio su intención de acercarse a la cama.
Y habló por largo rato. No había miedo en su mirada ni en su voz.
Hablaba de sus hijos, de lo que quería para ellos, como si los estuviese viendo desde algún tiempo futuro, tranquila, confiada.
De vez en cuando sonreía; incluso rieron juntas, como si aquel momento no fuese el más triste y difícil de sus vidas.
—Franz es el que más va a sufrir. Es tan bueno, Cata…
Solo necesita que lo quieran mucho. ¡Qué mala suerte ha tenido, el pobre!
Como yo… O no —dijo mientras sus ojos se perdían en algún lugar del pasado—, porque yo siempre me sentí querida, protegida, a pesar de las ausencias.
He contado con mi madre, con Arthur, los he tenido a ellos, a vosotros…
y siempre he sabido dónde estaba mi hogar.
Pero él… Bueno —concluyó regresando de dondequiera que se hubiese ido su mente por unos instantes—, ya lo sabes todo.
Ahora, si quieres, ve a buscar al médico. Y avisa a Paul, por favor.
Catalina apenas veía las escaleras. Bajaba apoyándose en las paredes para no perder el equilibrio.
Necesitaba un momento para procesar lo vivido, pero sus pies no se detuvieron: la llevaron, apresurada, al dispensario del doctor Olivares, luego al laboratorio de pinturas donde Paul recibió la noticia con estupefacción, y, al final, a casa, donde la esperaba su madre.
A Leonor no le hizo falta más que verla llegar sin aliento y con el rostro roto de dolor para saber que, una vez más, la desgracia se cernía sobre ellos.
Apenas comprendió el discurso de su hija, ahogado entre sollozos y angustiosos alaridos, pero dejó a los niños a cargo de su nuera y cruzó la porta da Ribeira como si temiera que cada segundo perdido robara un poco de aliento a la vida de Delaira.
Entre el doctor Olivares y Paul prepararon el traslado al lazareto de San Simón.
Paul, que había trabajado allí, aseguró que era lo mejor, que estaría permanentemente atendida y vigilada, en buenas manos, y que se recuperaría casi con total seguridad, pues los síntomas apenas comenzaban.
Aquellas palabras, que debían ser esperanzadoras, y a las que Catalina se aferró como a un clavo ardiendo para mitigar el desconsuelo, llegaron a los oídos de Leonor como una sentencia.
Supo, en ese mismo instante, que todo estaba perdido.
Paul consiguió un pasaje en una de las lanchas del servicio sanitario, las que usaban los médicos y los trabajadores no residentes en la isla.
Catalina dejaba el cuidado de los niños en manos de su madre, aprovechaba el viaje a primera hora para visitarla y luego regresaba en alguna embarcación de suministro.
Tras las medidas pertinentes —una vestimenta especial, lavado de manos con fenol al entrar y al salir—, se encontraban en un patio exterior habilitado para las visitas.
Sabían que debían guardar las distancias por precaución, por más que desearan tocarse y les dijeran que el contagio persona a persona no era frecuente; aun así, verse y hablar les bastaba.
Era diciembre y el frío calaba hasta los huesos, pero Delaira iba bien abrigada, envuelta en una manta y con un pañuelo cubriéndole la cabeza.
Catalina la encontraba mejor cada día. Verla aparecer sonriente cada mañana le quitaba la pena y encendía su esperanza y la de todos los que aguardaban sus noticias a su regreso.
Incluso Delaira parecía más confiada en su recuperación.
Por eso no entendió nada cuando, al quinto día, no pudo verla.
Le dijeron que había pasado mala noche, que no estaba en condiciones de recibir visitas, que tal vez a la mañana siguiente…
Pero no hubo más veces. No la volvió a ver, aunque acudió a diario hasta que, al cabo de una semana, Paul se acercó a O Berbés a darles la fatal noticia.
El entierro fue como el de Arthur: precipitado, como todos los de quienes morían de enfermedad infecciosa, con el ataúd sellado.
Sin embargo, Pereiró se llenó de gente que quiso despedirla, aunque fuera en la distancia.
Todo el vecindario de O Berbés, sus colegas de la labor social y una multitud de mujeres agradecidas por una u otra causa lloraron su muerte, conmovidas por la mala fortuna que se había cebado con aquella familia.
Uno a uno, habían ido desapareciendo, y más de un par de ojos se posaron en los infelices huérfanos que, de la mano de Catalina, lo observaban todo con mirada cándida, como semanas antes habían presenciado la despedida de Arthur.
Era habitual que los niños, incluso los más pequeños, participasen del misterio de la muerte como algo inevitable, muy doloroso, pero natural al fin y al cabo.
Einés, con cuatro años, se revolvía inquieta, cansada, ajena a la tragedia; pero Franz, con siete ya, la comprendía demasiado bien.
Pero no lloró, ni entonces ni después. Sus ojos risueños y vivarachos se volvieron dos cristales azules vacíos de toda emoción, y su silencio resultaba desgarrador.
A Catalina se le partía doblemente el corazón y, con el último adiós, le juró a su amiga del alma que haría cuanto estuviese a su alcance y más para arrancar aquella tristeza de la mirada de Franz, para que aquellos niños recuperasen la alegría y la inocencia.
Habían pasado once años, pero la herida, mal restañada, cerrada en falso, se abría muchas veces a pesar del esfuerzo por alejar los recuerdos. Y sangraba, y dolía como el primer día.