Las tejedoras del mar Capítulo 27
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Capítulo 27

Habían pasado once años desde que Arthur y Delaira se fueron para siempre, pero el corazón de Catalina seguía doliente como el primer día.

La vida continuaba —siempre continúa—, aunque ella había aprendido a embridar su pena, a enterrarla hondo en el pecho, jurándose que jamás saldría de allí.

Aquellos niños no merecían crecer en una familia devorada por el dolor.

Necesitaban alegría, risas, juegos…, aun sabiendo que ni ella ni Amaro jamás lograrían suplir aquel don de sus padres para llenar el aire de entusiasmo, aquella luz que irradiaban y dejaban tras de sí como una estela.

A Arthur lo recordaba así: risueño, enérgico, optimista.

No lo había visto en sus últimos momentos ni tenía otra imagen de él.

De Delaira solo quería retener la risa, las pecas doradas de su cara, los ojos vivarachos, la voz cantarina que aún resonaba en su memoria.

Aunque, a veces, la asaltaban aquellas palabras que la llenaban de angustia: «¿Tú crees que todos tenemos un destino, Cata, uno del que no podemos escapar? ».

Y las últimas, cuando ya intuía el final: «No quiero que me jures que querrás a mis niños como si fuesen tuyos, porque ya sé que lo harás».

Su mente se resistía a enterrar aquellos instantes y, de tanto en tanto, se revolvían como una fiera acorralada.

Regresaban tan vívidos que Catalina cerraba los ojos y sacudía la cabeza, intentando ahuyentarlos, aunque sabía que jamás podría desprenderse de ellos del todo.

Al recordar las promesas hechas a su amiga del alma, las imágenes se rebelaban, ocasionándole el mismo dolor de entonces.

Recordó aquel día de principios de diciembre.

Ya era de noche, sobre las siete, cuando Delaira le llevó a los niños: Arthur había regresado enfermo.

A la mañana siguiente, muy temprano, antes de que los pequeños se despertaran, Catalina corrió a su casa. Delaira abrió la puerta con el rostro desfigurado por el miedo.

—¿Qué pasa, Delai? ¿Qué tiene? ¿Vino el médico?

—Sí —respondió con un hilo de voz—. Confirmó que son fiebres tifoideas, lo que Arthur sospechaba. Apenas se mantiene en pie, le han salido manchas rosadas en el pecho y delira con la calentura.

—Bueno, hay mucha gente que se cura. Es joven y fuerte. Resistirá, ya lo verás —intentó animarla sin mucha convicción.

—No sé, Cata. No pinta bien. El médico dice que sería mejor llevarlo al lazareto, por si me contagio, pero no pienso dejarlo allí.

—Pero, Delai, si el médico lo dice, hazle caso. ¿Y si te contagias? —Hasta entonces Catalina ni siquiera había barajado aquella posibilidad, y se estremeció—. Allí lo atenderán bien, tienen todo lo necesario.

—Nadie lo cuidará mejor que yo. No hay cura, Cata, no hay medicinas. Solo bajarle la fiebre, que repose, que beba mucho, infusiones, caldos… Eso es lo único que puedo hacer, me lo dijo el doctor Olivares. Y me cuidaré, no te preocupes. Tú ocúpate de los niños, que ya es bastante.

—Volveré a mediodía a ver cómo va.

Arthur murió cinco días después de su regreso de Cádiz. Todo fue rápido y silencioso. Muy íntimo. No hubo velatorio ni ritos católicos por su condición de anglicano, y el entierro se apresuró cuanto se pudo, en la sección destinada a los no católicos y los suicidas, fuera de tierra consagrada.

Solo los más allegados acompañaron a Delaira. El féretro estaba sellado, y, afortunadamente, nadie pudo ver el deterioro que la enfermedad había causado en su cuerpo los últimos días.

Entre Leonor y Catalina desinfectaron todo el piso con fenol y lejía: suelos, paredes, muebles, objetos… Llevaron la ropa de cama y el colchón a quemar en un descampado y mantuvieron las ventanas abiertas tres días con sus noches.

Delaira quería quedarse allí, por precaución, pero ni Leonor ni Catalina se lo permitieron; accedieron, eso sí, a que se recluyese unos días en el desván de la casa de O Berbés.

—Nosotras nos ocuparemos de ti, y podrás ver a los niños cuando quieras. Ellos también necesitan tenerte cerca —concluyó Leonor.

Todos tuvieron la sensación de haber vivido aquello antes, como cuando murió la tía Lola. Delaira se abandonó en el jergón del desván, y Catalina se acercaba para obligarla a comer y beber, como años atrás había hecho su madre.

Solo levantaba la cabeza para esbozar una sonrisa cuando los niños subían y, desde la puerta, le daban los buenos días o las buenas noches.

Einés era muy pequeña y quería correr hacia su madre, pese a las advertencias; Franz, en cambio, permanecía inmóvil, mirándola con sus grandes ojos azules, como si presintiera la fatalidad.

—Franz, estoy bien, tesoro. En cuanto me recupere un poco, volveremos a casa —le decía, esforzándose por disipar aquel temor de su mirada.

El día que la llamó «mamá» fue uno de los más felices de su vida. Tendría cinco años cuando lo acogieron, y nunca había pronunciado esa palabra. A Delaira le pareció desolador y, al mismo tiempo, hermoso hasta las lágrimas ser la mujer que la recibiera por primera vez. Franz era tan especial…

—En unos días nos iremos a tu piso, Delai —le decía Catalina—. Entre mi madre y yo os ayudaremos todo el tiempo que necesitéis. Debes reponerte, por los niños.

—Ya no será lo mismo, Cata. Nunca lo será. ¿Qué será de mi vida, de nuestra vida? ¿Qué voy a hacer?

—Luchar por tus hijos, vivir por ellos. No queda otra. No estás sola. Nunca lo estarás.

Y Delaira asentía con los ojos llenos de lágrimas, encogida en el jergón, menuda, otra vez frágil, como aquellas copas de cristal que Leonor guardaba con tanto esmero y que nunca se habían estrenado por miedo a que se rompiesen con solo rozarlas.

Quizá Delaira tuviera razón cuando le preguntaba si, en verdad, no existía un destino del que nadie podía escapar, hiciese lo que hiciese; donde cada paso estaba predestinado a seguir una senda ya marcada, sin posibilidad de desviarse.

Catalina sintió aquella sospecha de su amiga como una certeza absoluta cuando, a los pocos días de haberse trasladado a su piso, en lugar de reponerse del cansancio y la debilidad, como cabía esperar, comenzó a sentirse peor.

Cada mañana, muy temprano, Leonor o Catalina subían al piso para asegurarse de que Delaira había levantado a los niños, preparado el desayuno y mandado a Franz al colegio.

También se ocupaban de que comiera algo, se asease, se vistiera.

Luego, tras recoger un poco la casa, bajaban a O Berbés.

Allí, entre los vecinos de toda la vida, Delaira hallaba consuelo: las conversaciones triviales y los chismes cotidianos servían para distraerla de la pena que amenazaba con devorarla.

Pero aquella mañana, al entrar en el piso y verla sentada a la mesa, todavía sin recoger el desayuno, Catalina supo que algo no iba bien: los párpados pesados que se negaban a levantarse, el rostro enrojecido y sudoroso, y los movimientos lentos y torpes no presagiaban nada bueno.

—¿Estás bien, Delai? Parece que tienes calentura.

—Solo estoy muy cansada. Apenas he dormido y me duele mucho la cabeza. Hoy me quedaré aquí. Llévate a la niña, a ver si puedo descansar un rato.

—¿Estás segura? ¿Y si llamamos al médico?

—Seguro que se me pasa con descanso. Si no, ya veremos.

—Está bien. Duerme algo entonces; vendré a mediodía a traerte la comida. Tú cuídate.

Pero a mediodía, lejos de mejorar, las palabras de Delaira dejaron helada a Catalina.

—Me he contagiado, Cata —dijo abriéndose el camisón y mostrando una mancha rosada en el pecho.

—¿Qué dices? ¿Qué es eso? —preguntó Catalina, alarmada.

—Es lo mismo que tuvo Arthur. Me voy a morir —respondió con una serenidad que le heló la sangre a su amiga.

—No digas eso, por Dios. ¿Tú qué sabes? Voy a avisar al médico ahora mismo.

—Sé lo que tengo, Cata.

—¿Y qué? Aunque así fuera, mucha gente se cura —replicó con desesperación.

—Arthur no se curó.

—Pero tú sí, ¿me oyes? ¡Tú sí! ¡Tú sí! —Catalina se negaba siquiera a concebir otra posibilidad—. Iré a buscar al médico, él nos dirá. Quizá sea otra cosa.

—Cata, quiero hablar con Paul.

—¿Con Paul? Con Paul…, ¿para qué?

—Tenemos que decidir qué hacer con el laboratorio. Es importante.

—¡No! ¡Lo importante es que te cures! Lo demás ya se resolverá.

—Por favor, Cata… Por favor, te lo ruego.

Aquella súplica, desesperada y lastimera, le rompió algo por dentro. Sintió que su corazón era una de las copas de su madre que, al fin, se había estrellado contra el suelo y se había hecho añicos. Entonces supo que el laboratorio no era lo importante ni de lo que Delaira quería hablar con Paul.

—Ni lo pienses, Delai. No te dejaré. Escúchame bien, ¡no te dejaré!

—Es lo mejor, de verdad que lo es. Sé cómo va a acabar esto.

—Me da igual cómo acabe y me da igual lo que digas. Tú no dejaste que Arthur ingresara en el lazareto; dijiste que nadie lo cuidaría mejor que tú. Yo te cuidaré hasta que te repongas, nadie lo hará mejor que yo, te lo juro.

Catalina intentaba mantenerse entera, firme, para que su amiga tuviese un cabo al que asirse, pero se le quebraba la voz y las palabras le salían a borbotones, como la sangre de una arteria seccionada.

—Quizá fue un error, Cata. Tenía que haberte hecho caso. No se puede luchar contra lo que no tiene remedio.

—Hiciste lo que te pidió el corazón, pero quizá no te cuidaste lo suficiente.

—Lo hice. Tomé todas las precauciones que me indicó el médico: anduve con el tapabocas, lo desinfectaba todo, me desollé las manos de tanta lejía… Y ya ves. Piensa: si se contagian los niños, o si te contagias tú, ¿qué será de ellos? ¿Quién me los cuidará?

—Sabes que tus niños tienen una familia grande que los quiere. Nunca se quedarán desamparados, jamás.

—Pero necesitan una madre. Te necesitan a ti.

—No sigas, Delai, ya no quiero hablar más de esto. No quiero oír más las tonterías que dices. Es por la calentura, seguro. Voy a buscar al médico.