Las tejedoras del mar Capítulo 26
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Capítulo 26

—¡Abuela, abuela…! Te has quedado dormida.

Einés miraba con dulzura a aquella mujer de pelo cano y rostro surcado por mil pequeñas arrugas mientras la sacudía levemente por el hombro.

Los años no habían sido amables con ella.

Toda una vida a la intemperie le había pasado factura.

Su piel se había curtido con el sol, el viento y el frío…

Y no había instrumento más fiable para predecir el tiempo que la sensibilidad de sus huesos.

Las lentejas estaban esparcidas encima de la vieja mesa de la solana, cubierta con un hule que alguna vez tuvo un estampado de flores de vivos colores.

—No, qué va. Cerré los ojos para descansar un poco la vista. —Leonor se desperezó enseguida—. ¿Ya llegó tu hermano?

—Sí, hace un ratito. Ven, que vamos a comer.

Leonor se había trasladado allí, a la que fuera la casa de Lola, siete años atrás, cuando su marido, Enrique, se fracturó una pierna en el barco.

El mar estaba revuelto aquel día, con viento racheado; las olas rompían contra el casco con fuerza, la cubierta estaba resbaladiza y, en un golpe de mar, resbaló sobre la madera húmeda.

Su cuerpo pesado, con menos agilidad de la deseada, se precipitó hacia un lateral antes de caer sobre la cubierta.

El reposo debía ser absoluto durante las primeras semanas, y el acomodo se adivinaba complicado. Subirlo por las estrechas escaleras iba a resultar una odisea. En su casa vivían, además del matrimonio, Antón, el tercero de los hijos, y su mujer, que ya eran padres de cuatro criaturas.

—Yo creo que podemos acondicionar el cuarto del bajo y os quedáis aquí, al menos mientras padre no se valga un poco —le recomendó Catalina.

—Pues no te digo yo que no —resolvió Leonor sin apenas pensarlo, viendo las posibilidades del ofrecimiento de su hija.

La recuperación fue larga, pero Paul Collins, que se había convertido en un apoyo fundamental para la familia, les consiguió una silla de ruedas que fue recibida por todos como un regalo del cielo, sobre todo por el convaleciente, que a partir de ese día pudo salir al exterior y distraerse.

La estancia se fue alargando hasta que, casi un año después, cuando parecía que se había recuperado del todo, una pulmonía se lo llevó en pocas semanas.

Fue un golpe devastador que volvió a sumir a la familia en una honda tristeza.

Enrique había sido un hombre fuerte y saludable, incluso después del accidente, y nadie se esperaba un desenlace tan repentino.

Catalina no quiso separarse de su madre.

Juntas habían afrontado años atrás a la adversidad más cruel, y volverían a sobrellevar aquel nuevo revés del destino.

Por fortuna, Leonor se encontraba especialmente a gusto en aquella casa, tanto o más que en la suya.

Aunque la relación que mantenía con su nuera era buena, la confianza no era la misma que con su hija.

Los niños, además, se habían habituado a tenerla cerca a todas horas, y a Catalina le resultaba de gran ayuda que se ocupara de ellos y se encargara de la casa mientras ella se dedicaba a su labor de maestra redeira de la cofradía de la Virgen de la Guía.

Por su parte, Amaro continuaba con el negocio de mayoristas de pescado fresco junto a su hermano.

Y allí la encontró Einés aquella soleada y cálida mañana de mediados de marzo que envolvía e invitaba a dejarse llevar por la modorra, por el sueño.

Pero su abuela jamás reconocería que estaba durmiendo; si acaso, que se había quedado un poco traspuesta, como solía decir.

Era como si sintiese la responsabilidad de estar siempre vigilante, como si no se permitiese ese pequeño lujo de estar sin estar.

La ayudó a levantarse. De un tiempo a esa parte, sus rodillas flaqueaban algo.

—Deja, deja —la apartó con la mano—, que aún puedo sola, gracias a Dios.

Asomado a la puerta, Franz sonreía, y Leonor extendió los brazos hacia él, apurando el paso, como si las dolencias de sus articulaciones hubiesen desaparecido de repente.

—¡Pero qué guapo es mi niño! —exclamó embelesada mientras le acariciaba la barbilla y peinaba con sus dedos artríticos las ondas de su cabello rubio.

Einés, detrás de ella, sonrió y puso los ojos en blanco.

Tiempo atrás hubiera sentido envidia de aquel gesto de Leonor hacia Franz.

De hecho, desde niña se daba cuenta de aquellos detalles tan afectuosos que le dispensaba su abuela solo a su hermano, y eso, en ocasiones, le había dolido.

Se sentía un poco menos querida por su abuela.

Bien era cierto que sus primos, los otros nietos de Leonor, tampoco recibían aquellos melindres que le prodigaba a Franz, pero eso no la consolaba.

No lo entendía. Ella hacía méritos para que su abuela le regalara aquellos mimos, se le acercaba como un gato meloso, la abrazaba, le regalaba flores que recogía en los campos, la acompañaba a misa…

Y él no hacía nada para merecer aquella distinción, solo estaba, solo aparecía.

No era que no se sintiese querida por su abuela, ni mucho menos.

Leonor era como una amantísima gallina, siempre rodeada de una nidada de pollitos.

Abría sus protectoras alas y todos corrían a refugiarse allí al menor nubarrón sobre sus cabezas.

Einés lo sabía bien. Si cerraba los ojos, todavía era capaz de verse en su regazo, sentir el calor de su cuerpo y el aroma que el jabón de aceite dejaba en su piel.

De pequeña, cuando llegó a O Berbés, parecía que el sueño solo llegase de sus brazos o de los de Catalina, cerca del latido de su corazón, el único lugar donde conseguía dormirse, donde la ausencia de su madre era menos dolorosa.

Entonces todavía no notaba aquella sutil preferencia de la abuela por Franz, pero, a medida que fue creciendo, fue como si su hermano le arrebatase un poco de su cariño.

No sabía entonces que el amor, como el dolor, ni se parte ni se reparte, que el que se siente por uno no le quita ni una pizca al que se siente por todos los demás.

Tendría diez u once años cuando no pudo más. Los celos la reconcomían.

—Abuela, ¿por qué quieres más a Franz que a mí? —le preguntó un día que se quedaron solas en la cocina, después de que el chico recibiese una caricia al marcharse, gesto con el que Leonor nunca la despedía cuando era ella la que se iba a algún sitio.

—¿Y de dónde sacas tú tal cosa? —Leonor se quedó sorprendida, y enseguida hizo un rápido repaso de sus actos para entender por qué Einés le preguntaba aquello—. Yo quiero a todos mis nietos por igual.

—A él nunca lo riñes y le das más mimos que a mí o a los primos.

Leonor respiró hondo, se sentó en un taburete y tiró de ella hacia su regazo. La cabeza de Einés ya sobrepasaba la de su abuela, pero, sentada en sus rodillas, se sintió otra vez pequeña, arropada y segura.

—No es que quiera más a Franz —trató de explicarle—, es que él necesita que se lo demostremos más.

—¿Por qué? Él ya es mayor.

Einés entendía que, a medida que uno iba creciendo, los gestos de afecto que se recibían eran menos frecuentes y menos necesarios.

Lo veía a diario. Los bebés, los niños más pequeños, eran tratados con más mimo, más carantoñas y melindres que los mayores.

¿Por qué, entonces, no pasaba lo mismo con Franz?

Leonor la rodeó con los brazos y la atrajo hacia su cuerpo.

—Verás. Tú naciste aquí, en esta casa. Siempre fuiste nuestra, como lo fue tu madre, nuestra Delaira.

Has formado parte de esta familia y has sido querida por todos.

Pero él no, él fue de mano en mano, y no siempre fue querido.

Al contrario, en ocasiones hasta le negaban la estima que todos los niños necesitan, tanto o más que los cuidados o el alimento.

Es verdad que los dos habéis perdido a vuestros padres, pero tú nunca has estado desamparada, jamás.

Además, él ha perdido a los suyos dos veces, por eso tenemos que seguir demostrándole que también es nuestro, como tú, como los primos, que nunca más volverá a sentirse desamparado, ¿entiendes?

Einés afirmó con la cabeza, abrazó a Leonor y permaneció así largo rato. Hubiera seguido allí indefinidamente, en sus rodillas, estrechándola con fuerza, si su abuela no hubiera hecho amago de levantarse para continuar con sus faenas.

—¡Ala! Arriba, que hay mucho que hacer —la animó a dar por concluida la conversación con unas palmaditas en la espalda.

Aquella explicación, tan simple y sin embargo tan profunda, marcó un punto de inflexión en cómo vería desde entonces la relación entre la abuela y su hermano. Incluso influyó en el vínculo que ella misma tenía con él.

Einés adoraba a Franz desde siempre, a pesar de aquellos celos absurdos o de las veces que la hacía rabiar.

Era su hermano mayor, y a su lado se sentía segura y protegida.

Y orgullosa, mucho. No eran hermanos de sangre, y ambos lo sabían, pero su relación era tan estrecha como si lo fuesen, incluso más, porque los dos la cuidaban con mimo.

El destino los había unido en la misma familia no una vez, sino dos, por eso eran más conscientes de la importancia de aquella fraternidad, y los lazos que los unían iban creciendo a la par que ellos, flexibles pero inquebrantables.

Además, a ojos del mundo, parecían hermanos.

Ambos esbeltos, de ojos claros y pelo rubio: ondulado como el de su padre, el de Franz; rizado como el de su madre, el de Einés.

Hasta en el carácter se asemejaban: alegres, entusiastas, idealistas y testarudos, de los que nunca se daban por vencidos y defendían a ultranza su verdad.

Y era cierto lo que decía su abuela tantas veces: Franz siempre había sido un niño muy guapo, y seguía siéndolo a sus casi veinte años.

También ella, que era el vivo retrato de su madre, le recordaban siempre.

Pero él atesoraba algo especial, algo difícil de definir que invitaba a quedarse a su lado, a escucharle, a confiar.

Y su mirada tenía una calidez y una profundidad infinitas.

Para Einés, mirarse en los ojos de su hermano era como reflejarse en un espejo, como si les uniese un vínculo gemelar que solo ellos comprendían.

Aquel marzo de 1913 era la primera jornada de descanso de Semana Santa del segundo curso en la universidad de Franz.

Acababa de llegar andando desde la estación de Vigo-Guixar, la que estaba más cerca de O Berbés, aunque la terminal para los trenes procedentes de Santiago era la de Urzaiz, algo más alejada.

Era un mediodía tamizado por aquella luz atlántica que tanto extrañaba, con un sol que, aunque tímido todavía, había envuelto a su abuela en un ligero sopor mientras limpiaba las lentejas en la mesa de la solana.

La vio acercarse con paso presuroso, con los brazos extendidos hacia él, que, apoyado en el marco de la puerta, la miraba con una sonrisa llena de afecto.

Desde los carnavales no había vuelto a casa.

El transporte en tren de Santiago a Vigo era la opción más cómoda y barata en comparación con las alternativas de las diligencias o los carruajes, pero también insufriblemente lenta, por lo que no valía la pena regresar a casa si no disponía de varios días.

—Has crecido. No paras de crecer —le dijo su abuela mientras lo repasaba con sus ojos aún chispeantes y peinaba con las manos su pelo rebelde.

Desde la cocina se oían los gritos de Catalina, apremiándoles para que se sentaran a la mesa.

—¡Es la última vez que os llamo! —su voz se oyó enojada desde la cocina—. Luego no os quejéis si coméis frío.

Catalina sonrió nada más lanzarles aquella amenaza.

En su cabeza seguía oyendo la voz de Leonor y la tía Lola cuando ella y Delaira se demoraban ante los reiterados apercebimientos de sus madres, enfrascadas en sus enredos y conversaciones, incapaces de dejarlos a medias o posponerlos.

«En ocasiones, hay alimentos más importantes que la comida», pensó, y se dio cuenta de que cada vez se parecía más a su madre.

—Come, fillo , que seguro que no te ponen este pescado tan fresco en esa pensión en la que estás —dijo Catalina, sirviéndole una generosa ración de humeante caldeirada tras hacerlo primero con su marido y su madre, como mandaba la tradición—. Y cuéntanos, ¿cómo han ido estas semanas por Santiago?