Las tejedoras del mar Capítulo 25
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Capítulo 25

Todo cuanto sucedió tras la muerte de Harald tuvo, a ojos del mundo, explicaciones irreprochables.

Sagrario renunció a la custodia de Franz, pues no les unían lazos de sangre y, en su condición de dos veces viuda y madre de un bebé, no se veía capaz de hacerse cargo de él.

En compensación, accedió a poner en venta la casa —aunque, casi a hurtadillas, a un familiar y por un precio sorprendentemente módico— y repartir el capital de forma igualitaria entre los dos hijos de Harald.

Ese gesto, de suma generosidad p or su parte —sobre todo para quienes la conocían bien—, solo se entendía como una manera de contrarrestar el hecho de no querer responsabilizarse del hijo de su marido.

Desde esa óptica, tenía lógica. Tampoco sorprendió que, tras la venta, regresase a Vilagarcía, villa de origen de su familia paterna, para enseguida emigrar a México con su hijo.

La custodia legítima de Franz, aunque no obligada, le correspondía a su tía Maude por ser su pariente más cercana, pero ella se había casado, había emigrado a Estados Unidos —como tantos compatriotas en aquellos años—, estaba embarazada y no se opuso a que Arthur solicitase su tutela cuando se lo pidió y le juró que era deseo de Harald que así fuese.

Maude los conocía bien, sabía que no habría mejor hogar pa ra su sobrino.

El proceso fue rápido: una vez demostrada la idoneidad moral y económica de la familia, la decisión judicial fue favorable y, desde entonces, vivieron como una familia feliz.

Las piezas del tablero de la vida se volvieron a encajar adaptándose a las nuevas circunstancias.

Arthur y Paul habían puesto en marcha su laboratorio, un negocio innovador y único en la zona, que no dejaba de crecer y expandirse.

Arthur viajó a Londres para rescindir en persona su compromiso con la farmacéutica y visitar a su madre y a sus hermanas —a espaldas de su padre—, en casa de miss Dorothy, la amiga de su madre, que seguía cruzando el océano al menos una vez al año y acostumbraba a visitarlos en las escalas de los vapores en Vigo.

A través de ella Arthur mantenía el contacto con su madre: se enviaban cartas, fotos de la familia y pequeños obsequios.

Tal como deseaban, los viajes de Arthur se redujeron de forma drástica desde ese momento, y solo en contadas ocasiones se desplazaba a algún puerto del sur o a la capital para ampliar la clientela.

Franz había empezado a asistir al colegio privado de San Francisco, al que acudían hijos de familias acomodadas, y que dirigían religiosos de la misma orden.

Ellos habrían preferido una educación laica, pero, dado el poco tiempo que había pasado desde que asumieron la tutela del niño, debían mantener ante la Iglesia y la sociedad una imagen moralmente intachable, lo que implicaba someterse a ciertas normas y representar las pantomimas que fuesen necesarias.

Por eso Delaira, aunque no abandonó del todo su actividad reivindicativa y de apoyo al Sindicato de Trabajadores de las Fábricas de Conserva, integrado en su mayoría por mujeres, dejó de asistir a aquellas asambleas que ella llamaba de «labor social».

Temían que, si se veían involucrados en un asunto que la parte más influyente de la sociedad —conservadora y religiosa hasta la médula— considerase escandaloso, pudieran revocarles la tutela de Franz.

Aunque al principio echó de menos aquellas reuniones clandestinas que le aceleraban la sangre, lo cierto era que los niños, la casa y sus frecuentes bajadas a O Berbés para charlar con Catalina y Leonor ocupaban por completo su tiempo.

Allí, en el único lugar que seguía considerando su barrio, habían comenzado la s obras para construir un muro de ribera a pocos metros de los soportales, con varias rampas proyectadas desde el embarcadero para facilitar las faenas de los pescadores, y el paisaje, sin perder todavía su esencia, parecía modificarse un poco cada día.

—Creo que tuvimos suerte de criarnos aquí. ¿No te parece, Cata? —comentaba Delaira, de pie, junto a su amiga, que ataba redes sentada en un pequeño taburete.

—¿De verdad, Delai? Tengo las manos heladas —r epuso Catalina sin detener su tarea.

Estaban a principios de diciembre y tenía los dedos entumecidos—.

Ahora que no vives aquí, ¿ya lo ves todo más bonito?

¿No te fastidia el olor a pescado, la arena entre los dedos de los pies y todas esas cosas que tanto detestabas?

—Pues ahora lo veo con otros ojos, Cata —respondió Delaira sonriendo—.

Podíamos haber nacido en una de esas callejuelas donde solo hay sombra y humedad, sin más vistas que una pared de piedra a un metro de la nariz, y estar aquí haciendo lo mismo.

Además, con el alcantarillado ya es otra cosa, y cuando acaben las obras aún más.

Echo de menos abrir la ventana por la mañana y ver la ría, la gente, el barullo…

Da una especie de energía para empezar la jornada.

Y ver cómo se pone el sol desde la solana, eso no tiene precio.

Y fíjate en los niños, ¿dónde pueden disfrutar tanto como aquí?

Catalina volvió la cabeza y sonrió también.

Einés hacía hoyos en la arena y recogía conchas, y Franz jugaba con otros chiquillos a patrones y marineros.

La luz plateada de la ría lo envolvía todo: el bullicio del arenal, la danza de las gaviotas, los vivos colores de los barcos.

Definitivamente, la cara de felicidad de las criaturas lo confirmaba. No había un lugar mejor para crecer.

—Muy sensiblera te noto hoy. Se nota que regresa Arthur.

A Delaira se le iluminaron los ojos. Arthur se había marchado a Cádiz en uno de aquellos viajes de negocios y regresaría esa tarde.

Aunque sus ausencias eran ya casi ocasionales, lo echaba muchísimo de menos, y los niños preguntaban cada dos por tres por él.

A veces, solo por un instante, de forma súbita y sin razón aparente, se estremecía con un miedo atroz a que aquella felicidad se desvaneciese, como si algo acechase para arrebatársela.

Pero enseguida desechaba esa sensación turbadora y volvía a sentirse la mujer más dichosa del mundo.

Catalina la observó mientras se alejaba con la niña en brazos y Franz de la mano bajo la luz del mediodía. Agradecía aquellas visitas de su amiga, que los niños la llamasen «tía Cata», que llenasen su casa de risas y correteasen con sus pasos pequeños de una estancia a la otra.

Cuando Delaira se casó, temió que su estrecha relación se resintiera, que aquella nueva vida junto a Arthur la arrastrara hacia ambientes más acomodados.

Pero no fue así. Delaira logró que aquel lugar, aquellas gentes humildes, sedujeran a su marido.

Seguían apoyándose la una en la otra, y Delaira no dejó de bajar casi a diario al barrio que las vio crecer: a saludar a sus padres, a sentarse a su mesa en las celebraciones como una más de la familia, a enterrar los pies descalzos en la arena y a beber del caño de la fonte da Ribeira.

Quizá tuviese razón y O Berbés tirase del alma de quienes allí habían nacido para no dejar que se fuesen del todo. Nunca.

Ya había anochecido aquel mismo día de principios de diciembre cuando Delaira volvió a O Berbés y llamó a la puerta de la que todavía era su casa. Tal vez fuesen las siete, o algo más tarde, calculó Catalina al bajar.

—Cuídame a los niños, Cata. Arthur llegó enfermo, no se encuentra nada bien.

El rostro de Delaira mostraba una preocupación que inquietó a su amiga.

Los niños subieron alegremente las escaleras hacia unas estancias que les eran tan familiares como su propio hogar, desentendiéndose de las dos mujeres.

—Pero ¿qué le pasa? ¿De qué está enfermo?

—Tiene mucha fiebre. Ahora voy a llamar al doctor Olivares. Estoy asustada, Cata, lo vi muy mal.

—Estate tranquila. Con ese viaje tan largo, no es de extrañar que haya enfermado. Seguro que no es tanto como parece. Ve, anda, y no te preocupes por los niños —la animó.

Bajo el soportal se abrazaron. El miedo del cuerpo de Delaira pasó al de Catalina como una corriente eléctrica y se estremeció.

—Que todo vaya bien, amiga mía —le deseó mientras la veía alejarse arrebujada en su abrigo, con andar presuroso, hasta perderla de vista bajo la luz tenue de las farolas de gas.