Las tejedoras del mar Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

«Que mala suerte ha tenido la pobre, enviudar otra vez tan pronto». «Es el destino». «Criar ahora sola a dos críos». «La familia la ayudará».

Delaira escuchaba los comentarios de la gente que se arremolinaba en el salón, en el jardín y a la entrada de la casa.

Le hervía la sangre. Deseaba que su mirada se cruzara con la de Sagrario, pero eso no pasó ni una sola vez.

Ella interpretaba a la perfección su papel de viuda.

Sin duda, tenía experiencia: ojos lloroso s, voz temblorosa, movimientos torpes como si las piernas no la sostuviesen, el rosario en las manos, la cabeza ladeada y cubierta con una mantilla negra como la imagen de la Dolorosa…

Todo en ella era una representación impecable.

Tras el velatorio se ofició una misa de cuerpo presente en la Colegiata de Santa María.

Un carro fúnebre tirado por caballos llevó el féretro hasta el panteón familiar del cementerio de Pereiró.

Delaira se preguntó cuántos de los allí congregados sentían de verdad la muerte de Harald.

Arthur, Paul, ella misma, sus compañeros del Cable, quizá un poco el doctor Evaristo y su esposa…

Y Franz, el pequeño Franz, que estrechaba con fuerza su mano.

No la de Sagrario, como cabría esperar, sino la suya, observando aquel ritual sin comprenderlo del todo.

No hubo lloros en el camposanto. Los asistentes mostraron una actitud contenida, circunspecta.

Solo Sagrario sollozó discretamente cuando depositaron el ataúd en el nicho.

Delaira no pudo evitar que se le nublaran los ojos.

¿Eran así todos los entierros de los ricos?

¿Había que guardar aquellas formas rígidas e insensibles, o era que el pobre Harald no había dejado amigos que lo lloraran?

Arthur le apretó la mano, y ella sintió vergüenza de ser la única a quien traicionaba el llanto en aquella comitiva.

Delaira había asistido a muchos entierros desde niña.

En su mundo, en su barrio, la muerte nunca fue tabú, nunca se ocultó; se convivía con ella.

Tampoco se ocultaban los sentimientos; se expresaban sin cortapisas, sin formalidades absurdas que los reprimiesen.

Gritos de pena, madres y viudas que se desmayaban rotas de dolor, abrazos desesperados, lágrimas sin pudor.

Los niños también asistían, incluso los de brazos.

Por eso decidieron que Franz debía acompañarlos al entierro de su padre, para que, a su manera, pudiese despedirse, guardar la imagen del adiós, como esas huellas de las heridas que cicatrizan pero nunca dejan de doler.

Arthur fue a buscarlo al domicilio de Evaristo Devesa a la mañana siguiente de la desgracia. Su mujer, que lo había acogido con cariñ o, se disculpó porque todavía no le habían dicho nada. «No sabemos cómo hacerlo», le dijo compungida.

El niño lo recibió con alegría. Quería a Arthur.

Siempre que lo veía, le pedía que lo alzase en brazos y le hiciese el avión.

Y Arthur jugaba con él y se reían, pero, tal vez, aquella cara de satisfacción era sobre todo por encontrar al fin un rostro conocido después de haber sido arrancado de su sueño y llevado en mitad de la noche a casa de unos extraños.

Lo cogió en brazos, aunque tampoco fue capaz de explicarle la situación.

Lo intentó, pero no le salían las palabras.

Pensó que Delaira sí que podría hacerlo. Ella era más valiente, siempre lo era.

—¿No vamos a casa? —preguntó el pequeño a la altura de su vivienda, al ver que se dirigían al edificio de enfrente.

—Ahora no. Te vas a quedar unos días con nosotros. ¿Te parece?

—¿Porque papá está enfermo? —dijo con tono más afirmativo que interrogativo, como si pidiera confirmación.

Arthur se quedó petrificado.

—Venga, a ver quién llega antes arriba —lo distrajo para no tener que contestarle.

El niño se lanzó corriendo a la competición, dejando suspendida aquella respuesta que a Arthur se le había atragantado. Cuando oyó golpear la puerta del piso y la voz de Delaira en el rellano, él seguía en el portal, respirando hondo y tratando de serenarse para que no lo viesen hundido.

Decidieron que le darían la noticia entre los dos, pero Arthur ni siquiera pudo presenciarlo.

No era capaz de soportarlo. Era lo más triste que había vivido en su vida, más incluso que la muerte de Harald, cuyas circunstancias lo habían obligado a mantener la cabeza fría y no dejarse llevar por las emociones.

Pero aquello era diferente. Cuando Delaira se arrodilló delante del chiquillo y, cogiéndolo de las manos, lo miró a los ojos y le dijo: «Cariño, tenemos que decirte algo muy importante», a Arthur, que ni siquiera había abierto la boca, se le puso un nudo en la garganta y tuvo que retirarse al pasillo.

—Sabes que ayer papá se puso muy malito, ¿verdad? —Delaira siguió hablándole con su voz dulce, arropándolo con su mirada de madre y acariciándole las manos menudas con los pulgares.

—Pero vino el doctor para curarlo. —Franz no apartaba los ojos de los de ella.

—Y lo intentó, cielo, hizo todo lo posible, pero no pudo salvarlo.

—Se murió —dijo con la naturalidad con la que solo un niño puede hacerlo, con una sencillez y una espontaneidad que reventaban cualquier corazón, por duro que fuese.

—Sí, cariño, pero nosotros cuidaremos de ti. Viviremos aquí, todos juntos —añadió ella.

Franz se aferró a su cuello, y Arthur, desde el pasillo, se dejó caer contra la pared, destrozado, jurándose que querría y protegería a aquel niño como a su propia hija.

De hecho, ya lo había empezado a hacer en el momento en que vio que a su padre se le iba la vida y vislumbró el incierto porvenir de Franz.