Capítulo 24
Delaira llevaba a Franz de la mano. A su lado, cogidas del brazo, caminaban Leonor y Catalina.
Arthur se había quedado con Einés; detestaba los cementerios y toda la ceremonia de la muerte.
Aquel sábado, día de Todos los Santos, antes de mediodía, el de Pereiró estaba aún poco concurrido, y la escasa gente que se había acercado a esa hora paseaba, recogida y silenciosa, por las extensas avenidas arboladas de cipreses.
Sería por la tarde cuando el camposanto estaría a rebosar, entre los familiares que iban a visitar y presentar sus ofrendas a sus difuntos, y los que llegaban movidos por la simple curiosidad, incluso admiración, por aquel espacio que cada vez se parecía más a un museo al aire libre: estatuas de vírgenes y mujeres dolientes, cristos, ángeles y querubines, relieves de escenas bíblicas, bustos, tallas religiosas y un sinfín de ofrendas florales.
Mientras que las zonas más sombrías y periféricas albergaban las sencillas tumbas de las familias humildes, en la parte más visible y cercana a la entrada descansaban los difuntos de las clases acomodadas en sus panteones y mausoleos, con esculturas, cruces de piedra labrada, adornos en bronce, lápidas de mármol, epitafios y hasta capillas privadas.
La reja del panteón de los Devesa de la Torre, de hierro forjado, coronada por un arco de medio punto y sostenido por dos columnas de granito Rosa Porriño, estaba abierta.
Probablemente lo habrían mandado limpiar, pues el mármol de las lápidas lucía impoluto y los detalles de cobre y latón, relucientes.
Todavía no había flores. La familia las llevaría por la tarde, como era habitual.
Arreglos vistosos con claveles, lirios y gladiolos en vasijas de porcelana o en los jarrones funerarios del panteón.
Los pobres, en cambio, llevaban margaritas y crisantemos cultivados en sus huertas.
Algunos vendían los excedentes en los tenderetes de la Porta do Sol, en la praza da Princesa, junto a los puestos de verduras y pescados, o a las puertas de los propios cementerios.
Franz sostenía un sencillo ramillete de margaritas que depositó en la tumba de su padre. Las habían comprado el día anterior.
«—¿Cuáles crees que le gustarán más a papá, Franz? —le preguntó Delaira frente al pequeño puesto donde predominaban los crisantemos.
»—Las margaritas —respondió el niño sin titubear.
»—¿Solo margaritas? ¿Le ponemos unas ramitas de laurel o de mirto también?
»—Vale, unas de laurel, que huele mejor —añadió el chiquillo tras pensarlo unos instantes».
«Harald Künne, 1866-1900», podía leerse en la inscripción de la lápida. Delaira dejó sus flores al lado de las de Franz. Sabía que, muy probablemente, las tirarían nada más verlas. Sobre todo las suyas.
Tras la muerte de Harald, había conseguido unos bulbos que cultivaba en macetas.
Le costaba mantener las flores hasta el primero de noviembre, pues solían florecer a comienzos de otoño y eran muy delicadas.
Arthur le había aconsejado colocarlas en un lugar sombrío y regarlas poco, para retrasar su floración.
Habían brotado varas débiles, de flores pálidas, pero aun así cumplían su función.
Si no hubiesen resistido, habría llevado sus hojas alargadas y carnosas, de un verde brillante, también bellas y reconocibles.
Pero allí estaban: sus azucenas de San Miguel, con su hermosura delicada y su aroma dulce, a destiempo, como el fallecimiento de Harald.
Pero aquellas flores que tanto se esmeraba en cuidar no eran para él.
Para él eran las humildes margaritas que Franz le llevaba con su corazón de niño todavía lleno de amor por su padre.
Las Amaryllis belladonna , sus azucenas de San Miguel, eran para ellas, para Sagrario —que no las vería— y Casilda.
Y también para Evaristo, su hermano, el doctor, aunque con menos intención.
No importaba que las tiraran después. Estaban allí para recordarles que había alguien que nunca olvidaría.
Hacía más de dos años del desgraciado fallecimiento de Harald, y las piezas del tablero de la vida se habían deslizado en un giro tan inesperado y sorprendente como su muerte.
Hubo que pensar con rapidez, calibrar la situación y tomar decisiones muy duras.
Arthur lo había hecho, y Delaira —mirando a Franz, que caminaba delante de las tres mujeres al salir de cementerio— se lo agradecía cada día.
Ella habría actuado de otra manera, seguramente: era impulsiva, visceral.
No habría tenido la templanza de su marido ante unos acontecimientos tan complejos y sobrevenidos, no habría visto más allá del momento.
—Pero qué guapo es este niño —comentó Leonor al ver alejarse al chiquillo, que corría de camino a casa.
—Sí que lo es. —Delaira sonrió orgullosa—. Y ha recuperado la alegría que había perdido.
—Mucha suerte tuvo la criatura. Mira que si llega a quedarse con la víbora esa… Después de lo que le hacía en vida de su padre, no me quiero imaginar después.
—Bueno, pero por fortuna no fue así.
A Delaira no le gustaba hablar de aquel tema.
Catalina se lo notaba. Intuía que en el asunto de la muerte de Harald había algo turbio, porque conocía muy bien a su amiga, y, por esa misma razón, nunca se lo había preguntado ni lo haría jamás.
Las explicaciones oficiales eran razonables, creíbles y avaladas por don Evaristo.
Lo que no cuadraba era la generosidad de Sagrario para con el niño, su buena voluntad, la facilidad y la rapidez con las que todo se resolvió en paz y armonía: la venta de la casa, el reparto entre los niños y su marcha, casi tan repentina como la muerte de su marido.
Todo tenía una respuesta bastante convincente, quizá demasiado.
Y Catalina sentía que había algo extraño, aunque no tuviese la más remota idea de qué podía ser.
Incluso aquel detalle de las azucenas que Delaira tanto cuidaba para llevarle a Harald le resultaba sospechoso.
Le parecía tan chocante que se lo preguntó:
—Oye, ¿y por qué no le llevas esas flores tan bonitas a tu madre?
—Porque a mi madre le gustaban los crisantemos y a Harald le agradaban estas. Las tenía en su jardín; me las quedé cuando vendieron la casa —contestó ella.
Colapso cardiovascular, esa fue la causa de la muerte que había certificado su cuñado, el afamado doctor Evaristo Devesa de la Torre.
Tampoco era importante, quizá solo unos pocos sabrían, en realidad, qué era aquello o a qué podía haberse debido.
La gente se moría de enfermedad: jóvenes, niños, viejos, hombres o mujeres.
Sin tener en cuenta los accidentes de cualquier tipo, que tampoco distinguían entre clases, edades o sexo, por suerte; de lo contrario, solo se morirían los pobres.
Así sucedió con Harald: un día aparentemente sano y fuerte, y, al siguiente, expuesto en un ataúd de madera de nogal pulida y barnizada a la perfección, forrado de satén blanco acolchado y con asideras de latón con relieves, en el salón principal de su lujosa casa.
Alrededor del catafalco, flores y cirios encendidos.
En los espejos y las ventanas, telas y visillos negros.
—¿Qué es eso? —preguntó Arthur, asombrado y fascinado por todas aquellas extrañas costumbres que iba conociendo—. ¿Por qué cuelgan esos paños negros?
A Delaira también le sorprendió. Nunca había estado en el velatorio de alguien que no perteneciese a las clases trabajadoras y creía que aquellas supersticiones no se daban entre aquellos que se tenían por cultos y distinguidos.
Quizá fuese cosa de Sagrario. Se decía que frecuentaba, discretamente, a una hechicera del barrio de Teis que además leía las líneas de las manos, a la que acudían sobre todo mujeres humildes en busca de remedios para los males del cuerpo —a falta de posibles para pagar la atención de un facultativo—, pero también algunas damas que pretendían encantamientos para enamorar a un galán o vislumbrar el futuro que la pitonisa leía en sus nobles palmas.
—Es para evitar que el alma del difunto se quede atrapada en este mundo y ande penando por ahí, apareciéndose a los vivos —explicó Delaira—. Si su alma se ve reflejada, pensará que está vivo y se negará a irse al Más Allá.
—¿Cómo dices? —preguntó Arthur, incrédulo, con un gesto de auténtica estupefacción.
—Pues eso, que los espejos o los reflejos en las ventanas son como puertas que conectan el mundo de los vivos y el de los muertos.
También se dice que, si te ves reflejado mientras el difunto está presente, tu muerte podría estar muy cerca.
Y que si no se cubren, otras almas que siguen atrapadas aquí pueden entrar en la casa.
Arthur la miró perplejo. Aquel sincretismo entre lo pagano y lo divino lo desconcertaba y maravillaba a partes iguales.
En el día a día, en su vida con Delaira, iba conociendo un riquísimo repertorio de supersticiones, hechizos y rituales que convivían mágicamente dentro de la devoción religiosa.
La manera en que cerraba la mano con el pulgar entre los dedos, «la figa», como ella lo llamaba, para evitar el mal de ojo de alguna gente que consideraba de mal agüero; no soportar ver unas tijeras abiertas porque atrae las desgracias; pasar por debajo de una escalera o cruzarse con un gato negro; el conxuro de la queimada para espantar a las meigas; las hierbas mágicas de San Juan para lavar la cara y atraer la buena suerte; aquel ritual de las nueve olas de la Lanzada para lograr un embarazo al que acompañaron a Catalina, y que aún no había dado fruto…
—Y no me extraña que los tape bien —añadió Delaira, devolviéndolo a la cruel realidad del velatorio—. Tendrá miedo de que el espíritu de Harald la persiga durante toda la eternidad.
Familiares, amigos y conocidos se iban acercando a presentar sus respetos y firmaban en el libro de condolenc ias. La viuda y sus más allegados recibían a las visitas, que les ofrecían palabras de consuelo.