Capítulo 23
A veces la vida da vuelcos inesp erados y asombrosos, y el mundo tal como se conocía hasta ese momento desaparece para transformarse en otra cosa.
Estalla, se fragmenta en mil pedazos que saltan por los aires y se dispersan.
Luego , cuando se intenta recomponer el puzle, faltan piezas, o sobran; otras ya no encajan en ningún sitio y algunas se han deteriorado sin remedio.
Dormía ya profundamente cuando él la despertó, zarandeándola con suavidad.
—¿Qué pasa? ¿Qué hora es? —preguntó, todavía adormilada.
—Casi las doce —respondió él, mirando el reloj—. Algo sucede en casa de los Künne.
Delaira se incorporó y, tras encender la luz del pasillo, ambos se acercaron discretamente a la ventana del salón, abierta aún por la agradable temperatura de aquellos días de final del verano.
—He oído ruidos —explicó Arthur—. Vi entrar a Evaristo y a su mujer, y al poco rato salió ella con los niños. Llevaba a Franz de la mano y al pequeño Alfonso en brazos. Se fueron en el mismo carruaje que los había traído, pero Evaristo se quedó en la casa.
—Ahora parece todo tranquilo —musitó Delaira—. Tal vez Sagrario se haya puesto mala.
—Sea lo que sea, debe de ser grave para que se lleven a los niños. Voy a bajar a ver qué pasa —dijo Arthur al tiempo que cogía la chaqueta y se dirigía a la puerta.
—No creo que sea hora de molestar a nadie.
—Les diré que vi marcharse a los chiquillos, por si necesitan ayuda. Tú acuéstate; enseguida vuelvo.
Pero pasaron los minutos, luego las horas, y Arthur no regresaba.
Aquel reloj de porcelana que trajeron de Sevilla en uno de sus viajes, el que presidía el aparador del salón, había cambiado por completo su noción del tiempo.
Desde que entró en su casa, los días se habían dividido de verdad en horas, minutos y segundos.
Se materializaban en aquellas agujas que daban vueltas sin descanso.
Hasta entonces, ni siquiera cuando trabajaba en el Continental, no era consciente de lo que duraba un minuto, y menos un segundo, y la sensación de que pasaba demasiado rápido o demasiado despacio nunca había sido tan real.
En O Berbés se guiaba por la luz del sol, el cantar de los gallos y las campanas de San Francisco.
Y todo era más sencillo. A veces sentía que aquel aparato hermoso y delicado controlaba su vida, decidía totalmente el cuándo, incluso el qué.
Se había vuelto a acostar, pero no consiguió conciliar el sueño.
La imagen del reloj de porcelana encima del aparador se había instalado en su cerebro, y el tictac, apenas audible desde el dormitorio, resonaba en su cabeza como el martillo de un herrero.
Acabó levantándose para comprobar cuánto habían girado aquellas manecillas mientras su impaciencia crecía.
¡Las tres y media! La inquietud se transformó en una angustia desesperante.
¿Qué estaría ocurriendo en casa de los Künne?
Se asomó a la ventana, escudriñando a un lado y a otro bajo la luz tenue de los faroles.
Nada parecía alterado en la calle vacía y silenciosa.
No se veía luz en las ventanas de la casa vecina.
Dio vueltas y más vueltas esperando ver salir a Arthur por aquella puerta.
Eran ya las cinco de la madrugada y no pudo aguantar más.
Einés dormía plácidamente en su cuna. Se vistió, tomó las llaves y salió a ver qué sucedía.
Le temblaban las piernas mientras cruzaba la calle, invadida por un mal presentimiento.
El portón de la finca estaba cerrado. Algunas viviendas unifamiliares contaban ya con un timbre mecánico que, a través de un cable, conectaba el exterior con el interior mediante una campanilla, pero no era el caso del hogar de los Künne.
Delaira lo sabía, aunque no se percató del detalle hasta que se encontró con la aldaba a la altura de los ojos.
La pieza, robusta y con motivos florales, era de hierro forjado, como el mismo portón.
Emitía un sonido fuerte y sordo que se oiría no solo dentro, sino también en las casas vecinas.
Durante el día era habitual escuchar esos golpes —de visitas, recaderos o vendedores—, que no solían llamar la atención, salvo la de aquellos siempre interesados en saber quién entraba o salía de la vida de los demás.
Pero, en p lena madrugada, cualquier ruido se magnificaba.
Los perros ladrarían, y algunos curiosos vencerían la pereza de levantarse para asomarse a fisgonear.
Permaneció un instante frente al portón, valorando las consecuencias, hasta que dio media vuelta y desanduvo el recorrido hasta el salón de su casa.
Arrimó una butaca a la ventana y se dispuso a hacer guardia hasta que amaneciese.
Después, se presentaría en casa de los Künne, aunque el sonido de aquella aldaba fuese el primero en romper el silencio en toda la calle.
Tuvo la sensación de que solo se había quedado traspuesta cuando la luz rojiza del alba asomó por detrás de las casas del otro lado de la calle y, por fin, vio salir a Arthur.
Se espabiló de golpe. Se levantó y se acercó al cristal para ver mejor.
Al franquear el portón y pisar la calle, Arthur alzó la mirada y la vio, pero enseguida, sin gesto alguno, bajó la mirada y cruzó con paso apresurado hacia su edificio. Llevaba un papel en la mano.
Delaira salió al umbral a esperarlo. Algo malo había sucedido, lo presentía, pero Arthur estaba allí, estaba bien.
«Entonces —pensó— nada puede ser tan terrible».
Sin embargo, nada más verle el rostro demacrado y el gesto desfigurado por algo más que el simple cansancio, comprendió que no era así.
Lo interrogó con la mirada. Arthur cerró la puerta y la abrazó.
Permaneció un largo rato en silencio, y ella no se atrevió a romperlo.
En su mente se sucedían imágenes cada vez más oscuras.
—Harald ha muerto —confesó al fin Arthur, con los ojos humedecidos.
—¡¿Qué?! —exclamó Delaira, separándose de él.
Aunque su cuerpo y su mente llevaban toda la noche anunciándole una tragedia, la notici a la golpeó como un mazo.
Algo dentro de ella sabía, desde el primer momento, que Harald era la víctima de lo que quiera que sucediese en casa de los Künne—. Pero ¿qué pasó? ¿Cómo fue?
—Esto que voy a contarte es muy grave, Delaira. Tienes que saberlo, pero antes prométeme que jamás se lo contarás a nadie. A nadie, ¿entiendes? Nunca.
Ella lo miró con el desconcierto en los ojos, el miedo recorriendo todas las fibras de su cuerpo y el corazón constreñido, estrujado como un limón por aquellas palabras de su marido que presagiaban una losa perpetua sobre su pecho.
—Te lo juro —susurró.