Capítulo 22
—Tienes que hablar con Harald, Arthur. Ese niño está sufriendo, yo lo sé. Lo sabemos, y no podemos dejarlo pasar.
Delaira observaba desde la altura de su piso la casa de sus vecinos, al otro lado de la calle: dos plantas, una terraza, un jardín con flores, pero sin risas ni bullicio infantil. Nunca.
—Nosotros —recalcó Arthur— no podemos meternos en la vida de un matrimonio, y menos con acusaciones de ese tipo. ¿Qué quieres que le diga? ¿Que mi mujer cree que la suya no trata bien a su hijo? Porque tú tampoco has visto nada, ¿no?
—¡A leguas se ve! ¿Es que estáis ciegos?
—replicó Delaira subiendo el tono, volviéndose hacia su marido—.
Franz era un niño alegre, feliz. ¿Tú lo has visto sonreír últimamente?
Además, Matilde me lo confesó. ¿Qué más necesitas?
Pasa ahí tantas horas sentado porque Sagrario le cierra la puerta de casa para que no moleste, no porque le guste jugar fuera con sus cosas, como dice ella.
No deja que se acerque a su hermano, le grita y lo maltrata cuando su padre no está.
Arthur se rev olvió incómodo. Él mismo había visto a Franz alguna vez en el jardín, incluso una mañana de intensa lluvia, resguardándose en las escaleras del pórtico de su casa sin entender muy bien qué hacía aquel chiquillo sin que nadie se ocupase de él.
Estuvo a punto de bajar. Tal vez hubiese salido en un descuido de Sagrario o de la criada.
A los niños les gusta mojarse, meterse en los charcos…
Hasta que Delaira se lo dijo, no quiso creerlo.
—Puedes cerrar los ojos si quieres, pero yo creo que lo echa fuera en cuanto su padre sale de casa y le abre la puerta cuando está a punto de llegar. Matilde se lo lleva con ella cuando va a hacer recados y, a veces, lo mete en la cocina por la otra puerta.
—¿Y su padre no se entera? ¿No le dice nada el niño? ¿Y por qué Matilde te lo cuenta a ti y no a él? —Arthur se negaba a admitir que aquella ruindad fuese cierta.
—Porque es viuda y tiene tres bocas que alimentar. ¿Te parece poca razón? Pero ella también sufre por el niño y cree que deberíamos hablar con su padre. Si tú no lo haces, lo haré yo.
—No —atajó Arthur con gesto severo—. No vamos a meternos ahí. Ese hombre ya ha padecido bastante como para que le demos un disgusto cuando acaba de rehacer su vida.
—¿A costa de su hij o? —protestó Delaira mirándolo a los ojos, desafiante.
Los dos sabían que se lo iba a decir más pronto que tarde.
En enero, Sagrario había dado a luz a un niño al que llamaron Alfonso.
Desde entonces, Franz se pasaba la mayor parte del día, prácticamente todas las horas en que no estaba su padre en casa, en aquel pequeño reducto que, debido al muro que rodeaba la vivienda, solo era visible desde los pisos superiores del edificio de enfrente.
Cuando se dio cuenta de lo que sucedía, Delaira empezó a vigilar desde la ventana.
Era la propia Sagrario, a veces en presencia de su hermana Casilda, que iba a visitarla, la que sacaba a Franz al jardín.
Desde la distancia, no parecía que le hablasen, solo le abrían la puerta y el niño salía con un par de juguetes, como si fuese una rutina aprendida e incontestable.
Luego la puerta se cerraba y ya no se volvía a abrir hasta mediodía.
Lo mismo ocurría después de comer, casi justo cuando su padre se marchaba.
A veces desaparecía por un lateral y no lo veía hasta un rato después.
Alarmada, un día abordó a Matilde por la calle y no se anduvo con rodeos. Se conocían de toda la vida.
—¿Qué pasa con Franz, Matilde? —le dijo a modo de saludo—. Y no me digas que nada, lo veo todo desde la ventana.
Matilde, una mujer de unos treinta años, corpulenta, curtida por el trabajo duro y las penalidades, ni siquiera se extrañó de la pregunta.
—No creas que no me duele, ¿eh? Que yo también tengo hijos.
Se lo dije, se lo pedí: que yo me ocupaba del niño, que lo tendría siempre a mi lado y que ella ni lo vería por delante.
Y lo hago, aun jugándome el jornal. Cuando estoy en la cocina, lo meto dentro y lo tengo conmigo.
Hago lo que puedo, pero esa mujer lleva la maldad metida en el cuerpo y me amenazó con echarme si no me dedicaba a lo mío.
No sé por qué lo hace, el niño es un bendito.
—¿Y su padre? ¿Es que no se da cuenta del cambio? Está triste, callado, parece enfermizo. Con lo alegre que era este crío…
—No sabes lo engañado que lo tiene, como a todo el mundo. Le hace creer que tiene celos del pequeño. Ni con la niña de su hermana le dejan jugar cuando vienen de visita.
—Pues yo se lo contaré. Se me parte el alma cada vez que lo veo ahí fuera como un perro abandonado. Pero ¿por qué lo echa? La casa es enorme, puede estar en cualquier sitio sin molestarla.
—Ya te lo dije: es maldad. Le tiene inquina. Esa mujer está loca, me da hasta miedo. Tiene dos caras, y ninguna buena. Si se lo cuentas, sabrá que me he ido de la lengua y me echará, Delaira. Y no solo me echará, no me darán trabajo en ningún sitio, ya sabes cómo va esto y quién es esa gente.
—No te nombraré. Le diré la verda d, que lo veo desde la ventana. Si te echa, te buscaré trabajo, y mejor que ese, te lo juro por la memoria de mi mad re.
Aunque no se lo hubiese jurado, aquella promesa la tranquilizó y acabó sincerándose del todo.
Confiaba en la palabra de Delaira. Sabía que, aunque detestada por algunos por su papel destacado en la revuelta de las conserveras, por esa misma causa se había ganado un nombre en la ciudad, y era respetada tanto por familias acomodadas como por las más humildes.
Lo mismo ocurría con su marido, a quien, en la sombra, muchas mujeres veneraban junto a Paul por su ayuda en el acceso clandestino a los métodos anticonceptivos que, poco a poco, iban llegando y siendo aceptados por muchas.
En las asambleas a veces se comentaba que, si no lo era ya, aquel asunto acabaría siendo de dominio público, porque siempre había a quien se le iba la boca y quien recogiese y moviese el chisme.
En cualquier caso, era un tema tan vetado y vergonzoso que pocos se atreverían a mencionarlo abiertamente.
Al fin y al cabo, ya antes se sabía de tales prácticas, pero su efectividad era bastante dudosa y, aunque se conocía quiénes y dónde proporcionaban brebajes o deshacían preñeces, jamás nadie osó hablar de ello.
No habían pasado tres días desde su conversación con Arthur cuando, al ver que todo seguía igual, Delaira decidió acudir a Harald y revelarle sus inquietudes.
Aunque ya estaban a comienzos de julio, el día amaneció gris y fresco.
Abrió la ventana para comprobar la temperatura y lamentó que no lloviera: habría querido que Harald viera al niño bajo la lluvia para mostrarle la situación en toda su crueldad.
Arropó bien a su hija y la bajó dormida en brazos hasta O Berbés.
—Mírame de la nena, Cata, que voy a hablar con Harald.
—Eres una insensata. Te vas a meter en un lío. Y Arthur te prohibió enredarte en ese asunto —la recriminó Catalina mientras recogía a Einés y, tras besarla en la frente con suavidad para no despertarla, la acostaba en una cesta a su lado.
—Arthur no puede prohibirme tal cosa. Si él no tiene el valor de hacerlo, lo haré yo. No voy a cargar con eso sobre mi conciencia. Y que sea lo que Dios quiera —concluyó decidida y, dando media vuelta, se fue dejando las pequeñas pero firmes huellas de sus zapatos en la arena todavía húmeda.
Aunque Harald Künne trabajaba para el Cable Alemán, la línea germana aún era gestionada por el personal de la compañía británica.
Su despacho se encontraba a solo unos metros de la Casa Bárcena, donde tenían la sede los ingleses.
Desde allí realizaba diligencias administrativas y se encargaba de los trámites para las futuras instalaciones de sus oficinas y el acomodo del personal alemán que la compañía tenía previsto enviar a Vigo.
—Buenos días, Harald —saludó Delaira nada más abrir la puerta, que chirrió un poco anunciando su presencia.
Harald alzó la cabeza de los papeles que estaba examinando sobre un escritorio repleto pero ordenado a la perfección, se subió las gafas de montura plateada y, acto seguido, se levantó de la silla y le tendió la mano.
—¡Delaira! Tú por aquí… ¿Puedo ayudarte en algo? —le preguntó sorprendido por su presencia mientras la invitaba a sentarse y observaba el gesto circunspecto de aquella cara que siempre había visto afable y risueña.
—Es que… Tengo que hablarte de un tema muy delicado y no sé muy bien p or dónde empezar.
—Con toda confianza, te escucho —dijo adelantando la silla, como si aquel gesto reforzara su disposición.
—Verás, tú conoces a mi amiga Catalina, ¿verdad? Somos como hermanas. Sabes cuánto la quiero.
Harald asintió, algo desconcertado.
—Mi confianza en ella es total —continuó Delaira—.
De hecho, ahora mismo he dejado a mi hija a su cuidado, como tantas veces.
Lo hago con toda la tranquilidad del mundo porque sé que ella la cuidará mejor que nadie, incluso mejor que yo misma.
Pero si tú descubrieses que no es así, si lo vieses con tus propios ojos, y no una vez sino muchas, ¿me lo contarías?
Sabes que sería un golpe muy duro para mí, pero ¿me lo dirías?
Harald la observaba con atención, aturdido. Pero su mirada intranquila y su rostro tenso denotaban que se había dado cuenta de que aquello no tenía nada que ver con Catalina ni con Einés, ni siquiera con la propia Delaira.
—¿Me estás queriendo decir algo? —susurró con un hilo de voz.
—¿Me lo contarías? —insistió ella.
Harald tardó unos instantes en responder. Intuía la dimensión de su respuesta. Sentía que, fuese afirmativa o negativa, su vida estaba a punto de dar un vuelco.
—Sí —dijo al fin—. Te lo contaría.
Entonces Delaira se lo contó todo. No se dejó nada de lo que ella había visto ni de lo que Matilde le había revelado. Le pidió, eso sí, que dejara al margen a la criada. Ella era la que, dentro de sus posibilidades, velaba por el niño cuando él no estaba.
—Te propongo que me acompañes a casa —lo invitó Delaira—, quisiera que lo comprobases por ti mismo.
De rodillas sobre la hierba aún cubierta de rocío, Franz hacía girar un pequeño tren de madera alrededor de los arbustos del jardín.
Mientras lo observaba desde el ventanal del salón de Arthur y Delaira, las lágrimas de Harald resbalaban imparables por su cara en un llanto silencioso pero profundamente amargo, desgarrador.
La barbilla le temblaba, y de vez en cuando se llevaba las manos a la cara, como queriendo no ver la realidad, como si ni su cuerpo ni su mente fuesen capaces de asimilar aquello.
—Esa puerta está cerrada con llave, Harald, puedes bajar y comprobarlo.
Y no es un rato, alguna vez, algún día… Es cada mañana y cada tarde, durante horas y horas.
Quédate el tiempo que necesites, yo comeré con Catalina.
Arthur se fue a Pontevedra y no volverá hasta la tarde. Solo tira de la puerta cuando salgas.
—Gracias, Delaira —respondió sin mirarla—, de corazón. Imagino lo difícil que te resultó contármelo.
Cuando regresó de casa de su amiga, tras relatarle la conversación con Harald y cómo lo dejó desconsolado mirando a su hijo desde la ventana de su salón, la casa estaba vacía.
Tenía una sensación extraña en el cuerpo, como si parte del dolor de su vecino permaneciese allí, como un espectro flotando al lado de la ventana.
Se asomó todavía con Einés en brazos: el niño no estaba en el jardín. Algo había pasado.
Arthur llegó un poco más tarde de lo habitual, y Delaira le aguardaba impaciente. Nada más oír el tintineo de las llaves, salió al pasillo. Él se detuvo bajo el dintel al verla.
—Se lo has dicho. —No era una pregunta y Delaira supo que no lo intuía, que lo sabía con seguridad.
Afirmó con la cabeza, y no pudo evitar que las lágrimas afloraran vencidas por aquella congoja que le oprimía el pecho. Arthur dejó el maletín en el suelo y la abrazó.
—Al final, no sé si hice bien —se quejó entre sollozos mientras su marido la estrechaba contra su cuerpo—. Fue tan duro verlo ahí mirando a su hijo… Se me partía el corazón.
—Sí, hiciste bien. Eres muy valiente, más que yo —la consoló él besándole el pelo y acunándola entre sus brazos.
—¿Lo has visto? Lo dejé aquí para que lo comprobase, para que lo viese por sí mismo.
—Sí. Vino al laboratorio. Estuvimos hablando un buen rato. Está destrozado… Abatido y colérico al mismo tiempo. Sobre todo por no haber querido darse cuenta antes. Me confesó que siempre sospechó que el afecto de su mujer por Franz nunca fue sincero.