Capítulo 21
Delaira se veía cansada, sin el ánimo que solía caracterizarla.
Durante aquellos meses, desde la llegada de los barcos de la muerte, Arthur se había volcado, gracias a sus contactos en la farmacéutica, en colaborar con las autoridades sanitarias para acondicionar un lazareto que atravesaba serias dificultades de infraestructuras y med ios.
Fue necesario también dotar de lo más básico a hospitales y locales improvisados para atender a la avalancha de enfermos, de mayor o menor gravedad, que habían llegado a una ciudad poco preparada para acogerlos.
Ella repartía su tiempo entre la niña, la casa, las asambleas y la ayuda a pie de cama a aquellos que se encontraban lejos de su hogar y de su familia, ofreciéndoles, como tantos ciudadanos anónimos de la ciudad, un poco de conversación, consuelo y afecto.
Nadie quería quedar al margen de aquella oleada de solidaridad, ni siquiera las élites, aunque salvo honrosas excepciones, no se acercaban a los hospitales ni dejaban su ayuda con discreción en los cepillos de las iglesias.
No, preferían colaborar a bombo y platillo organizando conciertos, cenas y bailes cuya recaudación se destinaba a los repatriados y cuya beneficencia era amplificada por los periódicos locales.
Por suerte, con el paso de los meses, la situación se fue normalizando y cada cual volvió a sus rutinas.
Catalina se consolidó como maestra redeira con un equipo propio, mientras Delaira centraba su energía en la problemát ica de las mujeres en las fábricas.
Al mismo tiempo, clandestinamente, se iba tejiendo una red de información y apoyo sobre el control de la natalidad, con la colaboración de Arthur y Paul, que ya estaban centrados en su proyecto del laboratorio.
El hecho de contar con un control relativamente fiable sobre los embarazos hizo que muchas mujeres —las que acudían a las asambleas y otras que llegaban a través de ellas— se sintiesen más fuertes y seguras de lo que se habían sentido nunca.
En especial las jóvenes solteras o las casadas que todavía no tenían descendencia y no veían peligrar su pan, pero también madres que buscaban para sus hijas otras condiciones que ellas no tuvieron.
Al final, aquella empresa había dado fruto.
Las trabajadoras lograron asociarse para enfrentarse a la disciplina de la fábrica y reclamar mejores salarios.
Algunas, pese a las normas opresivas, se rebelaron activamente, rompiendo las imposiciones morales de los patronos y las expectativas sociales de sumisión.
Entre todas crearon una red de apoyo mutuo para resistir a la explotación y los abusos.
—¡Lo hemos conseguido, Cata! —exclamó Delaira llena de orgullo cuando lograron, junto con algunos hombres, asociarse bajo el Sindicato de Trabajadores de las Fábricas de Conservas—. Vamos a ir a la huelga.
—Me alegro de verdad por ti, que has puesto todo tu empeño sin ganar nada con ello, y por las compañeras, pero no sé cuánto te compensa, Delai.
Te tienen en el punto de mira. Esa gente con la que os codeabais os va a cerrar sus puertas.
Se acabaron las fiestas, el lawn tennis y todas esas cosas.
Y perjudicará al negocio de Arthur, ya te lo digo yo.
Sus mayores clientes puede que fueran los de las conserveras, los armadores… No sé, me da miedo por vosotros.
—No es tanto, mujer. Esto no lo inicié yo ; solo me uní a la pelea que otras emprendieron.
Y no fueron las obreras, fueron las hijas y las mujeres de los intelectuales, Cata, de abogados, médicos, jueces, maestros…
Bien lo sabes. Esos no nos darán la espalda.
Y tampoco creas tú que los de alta alcurnia de verdad estiman mucho a los nuevos ricos.
Te aseguro que se rodean más de gente letrada que de armadores o dueños de fábricas.
Lo demás no me importa. Tampoco es como se ve desde fuera.
Te aseguro que nos lo pasamos m ejor en las comidas de los domingos en casa de tu madre o en nuestras verbenas del barrio que en esos bailes y esas cenas de postín donde no puede s ni reírte a gusto.
Me compensa, Cata, me compensa mucho. Y por Arthur no te preocupes: sus miras van mucho más allá de Vigo.
Es un buscavidas. Siempre tiene la cabeza llena de ideas.
Se le iluminaban los ojos al hablar de su marido. En verdad, si se pudiese hacer a alguien a su medida, sería Arthur. La misma vitalidad, la misma alegría contagiosa, aquella complicidad, el modo en que se miraban como si no hubiese nadie más en el mundo…
Catalina sentía un poco de envidia. O quizá no era envidia, porque ella les deseaba toda la felicidad, y todos cuantos sentimientos albergaba su corazón hacia ellos eran buenos y sinceros, pero le habría gustado que su matrimonio se pareciera un poco al de su amiga.
Esa chispa, esa urgencia, ese entusiasmo casi infantil…
Aunque sabía que ella no era así, nunca lo había sido, y Amaro se había ido acomodando a su carácter tranquilo y racional.
La suya era una vida apacible, sin sobresaltos, pausada, como siempre había imaginado. No, definitivamente, aquel ir y venir, aquella agitación constante, aquel arrebato que los movía, incluso la pasión que se les adivinaba, no estaban hechos para ella. Solo pensarlo le resultaba agotador.
Finalmente, tal y como había pronosticado Delaira, en otoño se convocó una huelga general de los trabajadores de las conserveras de la zona para protestar por las lamentables condiciones de las obreras y exigir la retirada del «Reglamento de Trabajo para las fábricas de la ría de Vigo» que los empresarios imponían incluso en la vida privada de las familias.
La huelga fue masiva y marcó un precedente en la región.
Las trabajadoras tomaron las calles de Vigo, paralizaron la producción y se enfrentaron a la represión de las autoridades y los patronos, que se negaron a negociar con ellas, pese a ser casi la totalidad de la mano de obra, o quizá justo por eso.
Al final, fueron los hombres los que pactaron los acuerdos con los empresarios.
Aun así, se lograron avances: el descanso dominical, la reducción de las jornadas laborales de catorce o dieciséis horas a diez y media, la retribución justa de los festivos y el reconocimiento del pago a destajo, como ya se hacía en algunas empresas.
Aquel año, sin embargo, no terminó solo con la revuelta de las trabajadoras de las fábricas, sino también con la primera discusión seria entre Arthur y Delaira por un asunto que, ciertamente, no les incumbía, como aseguraba él, pero que pesaba desde hacía tiempo como una losa sobre el corazón de ella.