Las tejedoras del mar Capítulo 20
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Capítulo 20

—¿Tú crees que todos tenemos un destino, Cata, uno del que no podemos escapar?

—No lo sé, puede. Mi madre siempre dice que el que ha de morir ahogado, si no es en el mar, será en una cuba. ¿Por qué lo preguntas?

—A veces me entra el desánimo. De todo lo que sucede en la vida, ¿cuánto hemos planeado, cuánto hemos decidido nosotras? No sé si vale la pena esforzarse tanto.

—Tú lo has planeado casi todo, Delai. O quizá tus sueños y tu destino son la misma cosa.

Mírate: te has casado con un inglés, juegas al lawn tennis, vas a esas fiestas por las que suspirabas, tienes una casa en un barrio de ricos, una niña preciosa, haces tu labor social y te preocupas por las obreras…

Se te cumplió todo lo que deseabas, ¿o no?

—Quizá, pero todo fue como por casualidad.

Si no se hubiese muerto mi madre, yo no habría acabado en el Continental ni habría conocido a Arthur.

Y después de él, con él, vino todo lo demás.

Yo deseaba que mi vida fuese así, pero no la busqué.

Mira estos chicos. ¿Qué han decidido ellos?

¿Y qué pueden decidir ahora, más que esperar lo que la vida les traiga?

Que no parece que vaya a ser muy afortunada…

Al fin y al cabo, son los más pobres de entre los pobres.

El dolor por aquellos soldados se reflejaba en el rostro de Delaira.

Einés, arropada en sus brazos, le tiraba del pelo ajena a la tragedia, pero no conseguía atraer la atención de su madre.

Catalina miró a su amiga, la conocía mejor que nadie.

Sabía cómo convertía el sufrimiento ajeno en el suyo propio.

Su debilidad radicaba en esa capacidad que tenía de meterse en el cuerpo de los demás, en su cabeza, en su corazón.

Todo lo sentía como algo personal: las alegrías y las penas, los triunfos y las derrotas, las humillaciones, la rabia, la impotencia…

Por eso era tan importante para ella la lucha codo con codo con las trabajadoras de las fábricas, como si fuera una más, como si siguiese limpiando pescado y cosiendo redes en O Berbés. Y lo era, en cierto modo, también por solidaridad con aquellas tropas vencidas, en lo físico y en lo moral.

Su carácter extrovertido, su risa alegre, su comportamiento impulsivo…, podían confundir a otros, pero no a quienes la conocían bien, a los que sabían de aquella sensibilidad que, en ocasiones, la llevaba incluso al padecimiento físico.

Era miércoles, 11 de enero. Hacía frío y una niebla espesa cubría la ría, pero todos cuantos pudieron, incluso muchos cerrando la puerta de su negocio o posponiendo sus labores, se acercaron al puerto.

Corría la voz de la llegada de otro de los «barcos de la muerte»: el vapor Puerto Rico.

Al margen de las autoridades sanitarias, la Cruz Roja y las Hermanas de la Caridad, multitud de voluntarios —sobre todo mujeres de las clases más humildes, seguramente por sentirse identificadas con las madres, esposas o hermanas de aquellos jóvenes, algunos casi niños, que podrían ser los suyos— se presentaron con todo tipo de ayuda: comida y bebida, abrigos, calzado, mantas…

Tras los altercados del otoño anterior con la llegada de dos de aquellos buques, el Cheribón y el León XIII, no habían arribado más barcos con repatriados. Sin embargo, la población seguía conmocionada, y a la vez rabiosa, y la expectación era máxima esa mañana.

El Cheribón llegó un martes de septiembre hacia mediodía con soldados de la repatriación final de Cuba y Puerto Rico.

Contaban al desembarcar que, de los casi ochocientos que llegaron, muchos procedían del hospital militar de Santiago de Cuba y que, pese a su estado crítico, bajo la presión de Estados Unidos fueron obligados a embarcar en unas condiciones infrahumanas que no pudieron soportar.

Algunos murieron en el momento del embarque.

Otros, más de un centenar, fueron despedidos para siempre en el océano durante la travesía.

Los que alcanzaron Vigo lo hicieron en condiciones tan lamentables que la ciudadanía se escandalizó ante una penuria que nunca habría imaginado.

Aún con el corazón encogido por aquella estampa y el revuelo en la ciudad para acoger al desdichado pasaje del Cheribón, solo dos días después arribó el León XIII con casi dos mil quinientos repatriados a bordo.

Salvo los que estaban en el mar y algunos que consideraban impr opio mezclarse con el populacho, la ciudad entera se concentró en el puerto.

Allí estuvieron también Leonor, Catalina y Delaira —siempre con su niña en brazos—, expectantes.

Pero, ante el tumulto y el aire caldeado cuando el general Toral desembarcó y se dirigió al Continental entre gritos y abucheos, Leonor decidió llevarse a la pe queña Einés a casa.

Algunos hombres incitaron entonces a las mujeres a protestar ante el hotel, pidiendo el desembarco de los soldados, confiando en que las fuerzas del orden serían más comedidas con ellas.

«—Vamos, Cata —propuso Delaira con el desafío en los ojos y un tono combativo en la voz.

»—No, yo no pienso acercarme allí —contestó su amiga, más cautelosa—, y tú tampoco deberías ir. Tienes una niña de meses. Que vayan los que tiran la piedra y esconden la mano.

»—Pero hay que hacer algo por esta gente, que se está muriendo ahí dentro —insistió Delaira.

»—¿Y qué vas a conseguir yendo a gritar como una loca delante del Continental? Como mucho, que te den un palo. Fíjate bien en quién va, Delai, fíjate bien. Algunos nunca se manchan las manos: nadan y guardan la ropa.

»—Me da igual. No pienso quedarme aquí sin hacer nada —dijo con rotundidad, y se unió a los cientos de mujeres que avanzaban entre un vocerío ensordecedor».

Catalina la siguió con la mirada mientras corría a mezclarse con el resto.

Probablemente acabaría en primera fila, gritando más que ninguna frente al establecimiento donde había trabajado.

No pudo evitar sonreír. Esa era Delaira: aquella energía la hacía sentirse viva, útil.

Cualquier causa justa la removía por dentro; no se resignaba ante la desigualdad ni ante la injusticia.

Y era bien cierto que «Dios los cría y ellos se juntan», porque Arthur era igual.

Participaba de su idealismo y nobleza, y no dudaba en enrolarse en cualquier proyecto arriesgado, como aquella labor social que emprendían las mujeres más osadas, desde una barrera segura, eso sí, pero temeraria al fin, teniendo en cuenta los poderes a los que se enfrentaban.

La vio regresar al puerto al cabo de un rato, después de la escaramuza frente al Continental, con el puño en alto y al frente de aquella legión de mujeres enfurecidas.

El ro stro encendido, el paso marcial, apremiando a carabineros y guardias civiles para que desembarcaran los repatriados, que por fin bajaron tras una espera que se les antojó demasiado larga a los que allí aguardaban ansiosos.

La aparición de los primeros soldados, considerados en buen estado de salud, ya alarmó a los presentes, anticipando lo que vendría después.

Desnutridos, sucios, apestosos, descalzos, tiritando bajo los harapos de sus uniformes…

Probablemente irreconocibles incluso para sus familias.

La población se volcó, ofreciendo hasta sus casas.

Aquella ola de solidaridad le valdría a la ciudad la denominación oficial de «siempre benéfica», que se sumó a su escudo: «Fiel, leal, valerosa y siempre benéfica ciudad de Vigo».

Los mayores disturbios se produjeron por la tarde, cuando el general Toral regresó al buque y se supo que los enfermos más graves aún no habían sido evacuados.

Una lluvia de piedras cayó con furia sobre el barco, que tuvo que ser alejado del muelle para evitar que la sangre llegara al río… , o, más propiamente, a la ría.

Toda aquella truculencia seguía candente en la memoria de los vigueses aquel 11 de enero de 1899, cuando arribó el Puerto Rico, pero su desembarco fue menos dramático, quizá por la lluvia de críticas y la indignación general que el Gobierno había recogido tanto del pueblo llano como de las altas esferas políticas y eclesiásticas.

Las autoridades se esforzaban por acallar el escándalo a toda costa.

Pero también porque la sociedad viguesa, tras el horror vivido, estaba más preparada, en medios y e n ánimo, para enfrentarse a la tragedia.

Mientras tanto, Delaira le preguntaba a su amiga, o tal vez a sí misma, si habría un destino del que no se pudiera huir, si, hicieras lo que hicieses, el azar o la predestinación pesaban siempre más que las propias decisiones.