Capítulo 19 #2
Arthur, fascinado por semejante costumbre, les había prometido alquilar un carruaje o un coche de punto para llevarlas si las inclemencias del tiempo no permitían el traslado por mar, que era sensiblemente más corto y cómodo.
Le maravillaban todos los ritos, las leyendas y las supercherías que iba conociendo; para su fortuna, estaba en un lugar en el que abundaban.
Las meigas, la Santa Compaña, el mal de ojo, el aire de los muertos, los brebajes y hechizos, la cuarentena de las mujeres paridas antes de entrar en las iglesias…
Solía perderse por barrios humildes y aldeas cercanas con su cámara de fotos preguntando, escuchando con auténtica fascinación y tomando nota de cuanto los más mayores le contaban, complacidos de que alguien se interesase por esas historias, creencias y aprendizajes que se transmitían oralmente de generación en generación.
De la misma forma que a Arthur le entusiasmaba y quería conocer aquella parte de la cultura y el folklore de la región, y Delaira alimentaba aquel deseo poniéndole en contacto con personas que podían satisfacer su curiosidad, él correspondía ayudándola en su búsqueda de información acerca del control de la natalidad.
Ella seguía con su idea de que las familias de clase trabajadora tenían derecho a acceder a métodos anticonceptivos como las ricas.
Su marido le había conseguido un ejemplar clandestino del libro de Charles Knowlton Fruits of Philosophy , traducido al castellano, y, tras su lectura, se convenció más todavía de que los embarazos frecuentes y no deseados contribuían a la pobreza y la miseria social.
Aquella obra, le había explicado Arthur, había protagonizado una gran polémica años atrás en Inglaterra, cuando la publicaron Charles Bradlaugh y Annie Besant como un claro desafío a las leyes de la época, la censura y la influencia de la Iglesia católica.
Argumentaban que la información sobre cómo evitar embarazos no deseados y el acceso a métodos anticonceptivos no tendría que depender del nivel socioeconómico de las familias.
Aquel acto de reivindicación y rebeldía les costó el arresto y que los llevaran a juicio bajo la acusación de difundir material obsceno.
Aunque al principio fueron condenados, finalmente ganaron en términos legales.
Sin embargo, la controversia llevó a que el libro fuera más leído y debatido, popularizando las ideas sobre el control de los embarazos.
Delaira había compartido aquel material con las activistas que consideró de ideas más progresistas y menos sometidas a la tiranía de las normas sociales y la moral católica, y convinieron en que era un asunto delicado que había que tratar de forma muy discreta.
Para ello, escogieron a las trabajadoras más significadas que tenían la capacidad de actuar como líderes, pues sabían que, con su ayuda y ejemplo, arrastrarían a otras mujeres que desconfiarían de cualquier propuesta que llegase de boca de aquellas burguesas de manos delicadas y piel inmaculada que no habían pisado una fábrica en su vida.
El tema despertó tal interés que, en menos de dos meses, el boca a boca reunió a un grupo numeroso de mujeres, en la nave destinada al laboratorio de pinturas de Arthur y Paul, bajo el pretexto de debatir la creación de un sindicato.
Aquella fue la primera de muchas reuniones clandestinas en las que se tejió una red de asesoramiento y ayuda para la importación y distribución de artículos anticonceptivos gracias a los contactos de los dos ingleses con farmacéuticas londinenses.
—Sé lo que hacéis en esas asambleas, Delai, no tienes por qué ocultármelo —le dijo un día Catalina.
—Lo siento, Cata, es que me sabe tan mal que tú los desees tanto y no te lleguen mientras otras hacen lo posible por no tenerlos… Pensé que sería como una afrenta para ti, por eso te dije que las asambleas eran solo para las trabajadoras de las conserveras.
—Lo sé, no te preocupes por eso, pero no me hubiese molestado. No iría, de todas formas, porque n o me hace falta. Y, además, quién se quedaría con la niña, ¿eh?, mientras tú vas a hacer eso que llamas «labor social» —bromeó.
Las dos sonrieron. Era cierto. Cuando Arthur no estaba y tenían asamblea, Delaira dejaba a Einés con su madrina.
—Cuídame la nena, Cata, que tengo una asamblea —le decía sabiendo que dejaba a su hija en las mejores manos.
—No sé qué haréis por ahí a estas horas —protestaba Catalina sin mucho afán, encantada de pasar tiempo con su ahijada.
Las reuniones eran por la noche, a la salida de las fábricas, o los domingos por la tarde, a veces en pequeños grupos en casas particulares.
La difusión se extendía con rapidez, el mensaje calaba, y eran pocas las mujeres que no tenían al menos curiosidad.
Había que cuidarse también de aquellas a las que les podía más el fanatismo —o, quizá en mayor medida, el miedo a las penas del infierno y al castigo divino—, y que podían acusarlas de prácticas inmorales y obscenas ante las autoridades.
Las eclesiásticas, en especial, no estaban dispuestas a ceder terreno a la absoluta sumisión que se esperaba de las mujeres.
Tampoco los empresarios y la gente de capital estarían de acuerdo en que el proletariado tuviese control alguno sobre la mano de obra de sus fábricas y empresas, pues cada nueva criatura que veía la luz no era para ellos más que fuerza obrera, los futuros productores y mantenedores de su riqueza.
—Es una labor social, Cata —decía Delaira—, como las obras de caridad de las señoras de apellido, pero más de aprender a pescar que de dar peces.
Catalina sonreía. Sabía qué se trataba en aquellas reuniones.
Algunas mujeres habían hablado de ello en su presencia con la mayor naturalidad, dando por hecho que ella —uña y carne con Delaira— estaba al tanto de todo.
«Y hasta creerán que, si yo no los tengo, es porque los evito», pensó con ironía.
—En qué berenjenales te metes, Delaira —dijo cuando se enteró del objetivo de aquella «labor social», como ella la llamaba—. Y qué marido tienes, por Dios. En vez de apartarte de semejante fregado, va y te azuza.