Las tejedoras del mar Capítulo 19
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Capítulo 19

El día de San José, un sábado primaveral soleado y de temperatura templada, se inauguró el cementerio de Pereiró, en la parroquia de Castrelos.

Los de Picacho, en O Berbés, y el de Santiago de Vigo resultaban ya insuficientes, pues, irremediablemente, a medida que la ciudad crecía, también lo hacían sus difuntos.

Pocos días después, varios soldados repatriados de Cuba tuvieron el triste honor de ser los primeros en ocupar aquel monumental camposanto.

De cuando en cuando, arribaban vapores con los «regresados de ultramar».

Algunos volvían tras cumplir su estancia obligatoria en Cuba para continuar sus servicios en la península; la mayoría, sin embargo, regresaban enfermos o inválidos: los «inutilizados en campaña».

Tras las noticias publicadas en septiembre del año anterior sobre el desembarco de enfermos del Isla de Panay en A Coruña, la gente estaba muy sensibilizada ante la desgracia de aquellos jóvenes que habían llegado en condiciones inhumanas después de luchar como héroes por la patria, casi todos enviados a morir sin instrucción militar alguna.

La indignación, la desesperación y las protestas por el abandono de aquellos soldados encontraron eco en algunos periódicos, que narraron aquella travesía calificada de desastrosa.

Según las crónicas, muchos habían embarcado ya moribundos, cargados en brazos por sus compañeros, en un buque repleto y sin condiciones mínimas de salubridad para una travesía que duró diecisiete días.

«Imponía, impresionaba profundamente ver a aquellos infelices tendidos o sentados en sus literas. Parecían cadáveres animados por un soplo de vida», relataba al día siguiente de aquel desembarco La Voz de Galicia .

Medio año después, aquellas palabras seguían grabadas a fuego en la memoria de los vigueses que acompañaron los féretros de los desdichados hasta el cementerio de Pereiró en medio de un silencio sepulcral y respetuoso, aunque cargado de la ira contenida de las familias obreras —las más pobres—, las mismas que se veían obligadas a enviar a sus hijos a una guerra que no les pertenecía, en la que no tenían arte ni parte.

Mientras tanto, quienes sí tenían intereses en la isla libraban a los suyos de la masacre pagando dos mil pesetas o contratando a un sustituto que fuera a inmolarse en su lugar.

Las familias que habían recurrido a esas prebendas se guardaron muy bien de acudir al entierro.

A pesar del respeto hacia los muertos, los presentes necesitaban descargar su rabia ante tanta injusticia, y no habrían soportado la humillación de ver allí a quienes poco o nada les dolía el sufrimiento ajeno mientras pudiesen librarse del propio.

Entre los asistentes se encontraba un compañero de los soldados sepultados aquel día, acompañado de su padre.

Fue gracias a él que Delaira tuvo noticias de su progenitor.

Al salir del cementerio, Leonor y Enrique se toparon con ellos.

El padre del soldado era paisano suyo, de Redondela, y, aunque no se veían desde que los primeros se habían trasladado a O Berbés, se quedaron conversando un largo rato, poniéndose al tanto de su vida.

Así supieron que había viajado a Cuba en el mismo barco que el padre de Delaira.

—¿Y qué sabes de él? —preguntó Leonor, con el rostro contraído por el resentimiento—. Dejó aquí a Lola y a la niña, y nunca más se supo. Y Lola…, no sé si sabes, se nos fue hace unos años.

El hombre los miró con perplejidad.

—Pero…, el pobre José murió al poco de llegar. ¿Cómo es posible que la familia no lo supiera?

Leonor y Enrique se persignaron al unísono, con el estupor dibujado en el rostro.

—Nada —respondió Leonor, abatida—. Al cabo de unos meses dejaron de recibir noticias.

Ni contestaba a las cartas ni llegaron más giros.

Nadie supo decirnos qué había sido de él.

La verdad —añadió con un deje de culpa—, pensamos que habría formado otra familia, como tantos otros.

Pero que ni el patrón ni nadie mandase aviso…

La pobre Lola murió creyendo que las había abandonado.

—¡Calla, calla! —exclamó el hombre—. No sabéis lo que era aquello. Yo escapé en cuanto pude, pocos días después de la desgracia de José.

Entonces les relató las penurias de aquellos incautos que habían embarcado soñando con salir de la miseria y que, en cambio, hallaron un destino cruel.

Urbano Feijóo, empresario y político gallego, diputado por Ourense y por el distrito cubano de Matanzas, fomentaba la emigración a aquella isla de las Antillas prometiendo mejores oportunidades y organizando viajes colectivos para jornaleros, casi todos jóvenes campesinos y marineros.

Les contó que las condiciones del viaje, sin embargo, fueron deplorables.

Hacinamiento, falta de higiene, de comida e incluso de agua.

Muchos no llegaron a destino; los que sí lo hicieron, exhaustos, se toparon con un ambiente hostil, relegados a chabolas insalubres y sometidos a condiciones laborales de auténtica esclavitud.

Feijóo se jactaba de que «un gallego hace el mismo trabajo que dos negros por el precio que cuesta un esclavo, así que obtendré el doble rendimiento del que ofrece un esclavo y mucho mejor que lo que podría esperar de un negro jornalero con los precios de hoy».

Al llegar, sus contratos eran vendidos a terratenientes para trabajar en plantaciones de tabaco y azúcar en jornadas extenuantes, con castigos despiadados para quien osara rebelarse.

En esas circunstancias murió José, el marido de Lola, tras dejarse la salud trabajando dieciséis horas diarias a más de cuarenta grados en un ingenio de Matanzas.

La fiebre amarilla se lo llevó en pocos días.

La revelación dejó a Leonor sumida en una pesadumbre que tardó en disiparse. Saber que José no había abandonado a Lola ni formado otra familia no solo no mitigaba el dolor por el sufrimiento de su comadre, sino que aumentaba su culpa por todos aquellos años de desconfianza y resentimiento.

Cuando se lo contó a Delaira, decidió ahorrarle un dolor y una pena inútiles, así que omitió las calamidades por las que había pasado su padre.

Delaira apenas conservaba recuerdos de él, pero la noticia la dejó desolada.

No tanto por el sentimiento de abandono que había arrastrado toda la vida —por las burlas, los comentarios crueles o el imaginarse desplazada por otros hijos—, sino por el sufrimiento de su madre.

No habría sido peor —pensaba— saberse viuda desde el principio que pasar su corta vida esperando a quien nunca volvió.

De conocer la verdad, lo hubiera llorado como cualquier viuda, hubiese lamentado su desgracia y el tiempo se habría encargado de lo demás.

Pero Lola nunca pudo hacer eso. Siempre estuvo atada al pasado por una cadena que imposibilitaba cualquier intento de huir de él, de mirar hacia el futuro sin aquel lastre a sus espaldas.

Lo peor, pensaba Delaira, era que quizá su madre se fue sin perdonarle, con el corazón lleno de rencor, como le hubiese pasado a ella de no haberse enterado de la verdad.

Afortunadamente, la llegada de Einés colmó tanto su vida que aquella pesadumbre se desvaneció casi de repente, ocupándola en quehaceres y pensamientos más hermosos. El cuidado de su hija, de la casa y las asambleas cada vez más frecuentes a las que acudía llenaban todo su tiempo.

—¿Sabes, Cata, que Sagrario también está encinta?

—preguntó Delaira a su amiga meses después de haber nacido la niña—.

Y ya de unos cinco meses, por lo visto. Aún por encima, tendremos hijos de la misma edad.

Si es una niña, hasta podrían ser amigas, como sus padres.

¡Buf! Si aún voy a acabar tomando café con esa lagarta.

—¿Te lo dijo ella? —le preguntó Catalina—. Estará orgullosa.

—No, qué va. Yo, a ser posible, solo la saludo, y bastante hago.

Ni le he notado nada tampoco. Debía de guardarlo en secreto, porque Harald no le dijo nada a Arthur, y me extrañó.

Aunque ya sabes lo raras que son… Creerán en lo que se dice de que no hay que anunciarlo hasta que notes la criatura en el vientre.

Tendría miedo de que se le malograra. Claro que, a sus años… Ya rondará los treinta, ¿no?

—A saber, que esas nunca aparentan la edad que tienen —apreció Catalina—. Y yo nada, aquí, esperando, a ver si Dios se acuerda de nosotros… —añadió con tristeza.

—Este año no pudo ser —la consoló Delaira—, pero el que viene iremos a la Lanzada a que tomes las olas. Y si hace falta, a la meiga de Cangas, a que te dé un remedio.

Habían hablado de ello, pero con el embarazo tan avanzado no era prudente que Delaira se desplazase hasta la Lanzada por San Juan.

Tampoco en agosto, con el parto tan reciente, en la romería de la Virgen.

Lo dejarían para el año siguiente, si la fortuna no bendecía antes a Catalina y Amaro.

Podría haberla acompañado su madre, que sin duda lo hubiese hecho encantada, pero Catalina deseaba que su amiga estuviese presente.

En esas fechas, especialmente la víspera de la romería, era costumbre que las mujeres que no conseguían tener descendencia acudiesen a pedir el milagro y la intercesión de la Virgen de la Lanzada.

El ritual consistía, en una de sus variantes, en acercarse a las inmediaciones de la capilla para acostarse o sentarse en la que llamaban «Cuna de la Santa» —unas rocas que conformaban una especie de lecho—, donde las mujeres formulaban su deseo antes de bajar a la playa de Nosa Señora a recibir en su vientre el impacto de nueve olas a medianoche.

Para completar el rito, barrían tres veces alrededor del altar para protegerse del mal de ojo, y daban nueve vueltas a la ermita en sentido contrario a las agujas del reloj, rezando en cada una un avemaría, un padrenuestro y el pertinente conjuro: «Nosa Señora da Lanzada, por el hijo que pariste, haz que me quede preñada».