Capítulo 18 #2
Delaira pensó que si lo suyo era lo fácil después de más de doce horas, no quería imaginarse lo difícil.
Aparte de las palabras esperanzadoras de la partera, le reconfortaba infinitamente la presencia de Leonor y Catalina, y lamentaba, también infinitamente, la ausencia de Arthur, tan ilusionado como estaba con el nacimiento de su primer hijo.
En cualquier caso, aquellas dos mujeres eran su familia, y no hubiese podido esperar más de ellas.
Se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar a su madre mientras el bullicio de la procesión, ya en el puerto, ahogaba su último grito antes de que su hija asomase al mundo por primera vez.
—¡Es una niña! —exclamaron a coro las tres mujeres que la rodeaban.
Pero la cara de la partera cambió de repente.
Sostenía a la recién nacida y la miraba con el ceño fruncido.
Su cuerpecillo sonrosado estaba blando, quieto.
Demasiado. La levantó un poco y la volvió hacia la luz.
No lloraba. Ni un sonido, ni un suspiro.
Su quietud parecía no pertenecer ya a este mundo.
—¿Qué pasa, Dosinda? —preguntó Leonor con la voz rota y el semblante descompuesto.
—No respira —dijo la partera en voz baja.
—¡Santa Margarida bendita nos asista! —invocó Leonor a la que, decía la tradición, había salido ilesa del vientre de un dragón, al tiempo que se persignaba.
Delaira, exhausta, con la cara perlada de sudor y los ojos desorbitados, ahogó un grito en la garganta. El aire se volvió tan denso que no le llegaba a los pulmones.
Catalina se había quedado inmóvil, incapaz de reaccionar; pero, antes de que el terror las devorara del todo, la partera actuó con la rapidez que da el instinto y la experiencia.
Dio una palmada firme en su diminuta espalda, después otra, y otra más, cada una más desesperada; sin embargo, la pequeña no reaccionaba.
Entonces, la colocó boca abajo sobre su antebrazo y empezó a frotarla con la palma de su mano, de arriba abajo, rápido, con tal intensidad que parecía que aquel cuerpecillo no sería capaz de soportar aquella angustiosa fricción.
Por fin, un gemido débil rompió aquel silencio y todos los corazones empezaron a latir de nuevo.
Al segundo, un llanto claro y poderoso llenó la habitación y la tensión estalló entre sollozos, abrazos y risas de alivio.
—¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! —repetía Leonor agradeciendo el favor del Altísimo y mirando embelesada a la niña—. ¡Jesús bendito, qué susto nos ha dado!
—De los que no se olvidan —añadió Dosinda mientras envolvía a la criatura y la ponía sobre el pecho de su madre.
—Dámela…, por favor, dámela. —Delaira estiró los brazos temblando.
Cuando, envuelta en un cobertor, la tuvo en sus brazos, sintió una dicha inmensa.
Sin duda, había valido la pena, y corroboró que, en verdad, aquella sensación de plenitud que sentía compensaba cualquier padecimiento.
Ya más tranquila después del sobresalto, y saboreando con fruición aquel momento de felicidad, también se dio cuenta de que cualquier madre, cualquier padre, deberían sentir lo mismo, desear profundamente la llegada de los hijos, disfrutarla, no resignarse a tenerlos sin más.
Ella sabía de muchos padres de familia que se llevaban un disgusto con cada nuevo embarazo.
Querían a esos hijos, por supuesto que sí, con toda el alma, y tenían amor para todos.
Lo que no había era pan: se veían obligados a repartir la miseria y criar niños malnutridos, enfermos, que a veces no superaban los primeros años de vida.
Y no eran casos aislados. Era común entre las familias humildes, por desgracia, pasar por ese doble disgusto: el indeseado embarazo primero y la pérdida de la criatura después.
Estaba segura de que, si supiesen que podían evitarlos, lo harían; sobre todo cuando ya habían tenido más críos de los que podían mantener.
Esa idea se le había fijado en la cabeza y, mirando la cara redondita y plácida de su hija, se prometió que algo habría de hacer para que todas las madres tuviesen solo los hijos que deseasen, los que pudiesen alimentar, y que se sintieran con cada nacimiento tan venturosas y agradecidas como ella lo estaba en ese momento.
La procesión había llegado al puerto y se oía con claridad la Salve Marinera . Resonaban las trompetas, las tubas y los trombones. Las flautas y los clarinetes añadían tonos delicados, y los bombos y los tambores marcaban el paso.
—A golpe de trompetas y tambores, Cata, como tú. Pero ya la haré yo más fiestera que su madrina. ¿A que sí, mi tesorillo, a que sí?
Delaira miró a la que sería su comadre y luego a su hija. Recorriendo con los dedos su carita colorada, le habló con voz infantil, de la manera embelesada en la que los adultos, especialmente las mujeres, se dirigen a los recién nacidos.
—¿Y qué nombre le pondrá la madrina? —preguntó Dosinda a Catalina mientras acababa de acomodar a Delaira y recogía sus bártulos.
—Einés, el que eligió la madre —contestó Catalina.
—¿Inés? Es bonito, pero viniendo al mundo en día tan señalado, Carmen sería lo que corresponde. Aunque le puedes poner los dos: Carmen Inés o Inés Carmen. No —rectificó—, Carmen Inés suena mejor.
—Tendrá un solo nombre, como su madrina. Y es Einés, no Inés.
—Nunca lo oí así. A ver si te lo pone el cura —objetó Dosinda—. Aunque, bueno, ahora, con tanta gente de fuera con nombres estrambóticos, no tienen tanto reparo porque antes no se podía poner nada que no estuviese en el santoral.
—El mío mismo. Pero es un nombre de aquí. Mi madre hablaba mucho de su abuela Einés —les explicó Delaira—, y a mí siempre me gustó porque era diferente.
—Es cierto —intervino Leonor—, recuerdo perfectamente a tu bisabuela y la llamábamos así, pero yo siempre pensé que el verdadero nombre era Inés.
—Pues no. Además, cuando decidimos que si era niña se llamaría así, Arthur investigó y fue a hablar con el cura de Redondela, que le enseñó el libro de registro donde aparecía mi bisabuela —les aclaró Delaira mientras la matrona intentaba acomodar a la niña para que cogiese bien el pecho—, y le explicó que Inés viene de Agnes y que, quizá, el de mi bisabuela fuese una variante de algunos pueblos de la costa.
Mi familia siempre fue de marineros, así que vendrá de ahí.
Y don Modesto ya le dijo que no pondría ningún impedimento.
Si lo pusiese, que ya os digo yo que no, llevaría mi nombre. Y si hubiera sido niño, el de su padre.
Afuera se oyeron los aplausos y vítores que marcaban el momento en que la imagen de la Virgen, sobre un paso de madera tallada, llegaba al embarcadero.
Mientras Delaira, con el rostro iluminado por una emoción que a duras penas enmascaraba su agotamiento, encaminaba los movimientos torpes e impacientes de su hija en busca de alimento, las tres mujeres que la habían acompañado en el parto salieron a la solana para ver la procesión desde lo alto.
El manto bordado en oro de la Virgen del Carmen brillaba bajo el sol, y sus manos extendidas parecían bendecir a todos los presentes.
En el puerto, una multitud vestida con sus mejores galas ya esperaba junto a las embarcaciones y abarrotaba el muelle.
En la ría, las dornas, los galeones y los pequeños pesqueros lucían banderas, guirnaldas y cintas de colores que serpenteaban con la brisa del atardecer.
El galeón principal estaba especialmente decorado para la ocasión: la cubierta, adornada con flores silvestres y ramas de laurel, y un estandarte bordado con la imagen de la Virgen ondeaba desde el mástil.
Con un intenso repique de campanas y el estallido de las bombas de palenque que llenaron el cielo de humo y estruendo —sin perturbar la paz de la pequeña Einés—, el galeón zarpó seguido por una flotilla de embarcaciones abarrotadas que lo escoltaban mientras la gente aplaudía desde la orilla.
Con la emoción nublándoles los ojos y el alma, encogida por el feliz acontecimiento de aquel día, desde la solana vieron cómo las embarcaciones avanzaban hacia el barrio marinero de Bouzas.
Allí, como cada año, los presentes que aguardaban en la costa saludarían a la Virgen agitando pañuelos y lanzando coronas de flores al mar en memoria de los que habían perdido en él su vida.
Esa noche, la fiesta se alargó en O Berbés.
Las tabernas y las casas del puerto rebosaban de cantos y risas.
La celebración de la casa de A Catuxa se trasladó a la de Lola, por donde peregrinaron, además, vecinas y amigas de toda la vida para felicitar a Delaira y dar la bienvenida a la recién nacida.