Las tejedoras del mar Capítulo 18
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Capítulo 18

En casa de A Catuxa habría fiesta, como cada año. Era una celebración muy querida y profundamente arraigada en la devoción marinera, la más familiar, junto con la Navidad y la Pascua.

Los barrios con más tradición eran Coruxo y O Berbés.

Días antes, las calles cercanas al puerto se engalanaban con guirnaldas, banderines y arcos adornados con redes, conchas, caracolas y figuras de barcos.

Las embarcaciones de la ría se preparaban con esmero, y se pintaban y decoraban con banderas, cintas y flores.

La misa solemne se oficiaba por la mañana, pero era por la tarde cuando tenía lugar la esperada y vistosa procesión marítima.

La imagen de la Virgen se llevaba desde la iglesia hasta el puerto en andas, turnándose los pescadores para portarla, y era acompañada por una multitud de fieles, la mayoría marineros y sus familias.

Al llegar al muelle, la Virgen se colocaba en la embarcación principal en la que se había preparado un altar.

Decenas de barcos grandes y pequeños, abarrotados de gente, formaban una colorida comitiva que navegaba por la ría.

Durante la procesión, a su paso por delante de sus casas de O Berbés, era costumbre que el cura se parase a bendecir las aguas de la ría y las embarcaciones desde la barca de la Virgen, en un acto que simbolizaba la protección para los pescadores y el éxito de las faenas en el mar.

Sin duda, era la festividad más emotiva: las lágrimas de mujeres y hombres fluían sin reparo ni vergüenza ante la imagen de la Virgen, quizá pensando cada quien en los suyos, recordando a los que se había llevado el mar, agradeciendo un año más la vida de los presentes, rezando por los que salían cada día a buscarse el pan.

Ese día habría algunas ausencias en la casa de A Catuxa, aunque no había que lamentar ninguna desgracia.

Era simplemente el transcurrir natural de la vida.

El hermano mayor, Quique, estaba en alta mar.

El segundo, Manuel, se había casado el año anterior y sería la primera vez que no estaría, aunque había prometido pasar un rato por la tarde con su mujer.

Era tradición invitar a los consuegros a las celebraciones, pero como eran de la vecina Cangas y festejaban el mismo día, como casi todos los pueblos marineros, no era el caso.

Era normal y deseable que los hijos se fuesen yendo.

Aunque los nidos de los humildes nunca se quedaban vacíos, pues siempre permanecía alguno en el hogar natal acompañando a los padres, Leonor estaba un poco disgustada.

A ella le quedaban todavía dos en casa: Pedro, el menor, y Antón, un año mayor que Catalina.

Y también podría decir que Catalina, porque, aunque vivía en la casa de Lola, pared con pared, hacían vida juntos.

Pero en esos días señalados era cuando más se echaba de menos a los ausentes.

El corazón se encogía un poco —solo un poco, o quizá mucho pero solo un instante— porque lo importante era saber que estaban bien, y el trasiego del día tampoco daba mucha opción a detenerse demasiado en tales reflexiones.

Además, se sabe por experiencia propia y ajena que las mujeres tiran más que los hombres para casa de sus padres, así que ya iba contando con eso, pero también con que no solo tenía una hija que siempre tiraría para su casa, sino dos y, como siempre, en esa ocasión, habría un plato en la mesa para Delaira, y para su marido si estaba.

Delaira había quedado en bajar temprano para ayudar con la comida —a pesar de la oposición de Leonor— para luego ir todos a misa.

—No hace falta que vengas hasta la hora de comer, que no estás tú ya para muchos trotes. Y yo no iré a la misa principal, ya os lo dije. Luego participaremos todos en la procesión.

Apenas amaneció, Leonor salió a abrir, todavía en camisón, cuando llamaron a la puerta.

—¡Válgame Deus , miña meniña ! Pero ¿cuánto tiempo llevas así? ¿Has roto aguas? —Leonor no tuvo más que verla para comprender la situación mientras tiraba de ella hacia dentro.

—No, todavía no. De noche empecé a encontrarme un poco mal, pero ahora ya no aguanto.

—¿Y no era de avisar antes, Delaira? Mandabas recado por un vecino, aunque fuese a gritos desde la ventana, que alguien te habría de oír. ¿A qué tanto esperar? ¿Y si ya no pudieses bajar hasta aquí? ¡Qué poca cabeza, por Dios!

A Delaira se le llenaron los ojos de lágrimas y Leonor no supo si de dolor, de miedo o por la reprimenda que le estaba echando.

O tal vez se había sentido desamparada, sola, sin nadie a su lado en ese momento tan importante.

Se le puso un nudo en la garganta y tragó saliva para que sus lágrimas no afloraran también.

La niña de Lola, su niña, iba a ser madre.

Su corazón se debatía entre la alegría por la nueva vida, la pena por la ausencia de su comadre, el nerviosismo por lo imprevisto de la situación y el miedo a que algo se torciera.

—Bueno, tranquiliña —la apaciguó Leonor—. A ver, mejor vamos para tu casa, que tendremos más acomodo.

En menos de un minuto, Leonor subió a ponerse un vestido y las alpargatas, y las dos mujeres salieron hacia la casa contigua. A los golpes en la puerta respondió Amaro.

—¿Quién va? —se oyó desde el piso de arriba.

—Soy yo, Amaro, soy yo. Baja a abrir —respondió Leonor con apremio mientras Delaira resoplaba agarrando su abultado vientre con las dos manos.

Pero ante la llamada de su madre fue Catalina la que apareció en la puerta, descalza y con una ligera mantilla por encima de los hombros.

Al abrir y ver la cara de Delaira, y a su madre sujetándola, fue incapaz de decir palabra.

Se apartó para que entrasen y ocupó el lugar de Leonor para ayudar a su amiga a subir las escaleras.

La acomodaron en la que había sido su habitación, ante la sorprendida mirada de Amaro que, a medio vestir, iba apartando obstáculos a su paso para hacerles sitio por el estrecho pasillo.

—Anda, Amaro —instó Leonor a su yerno—, vete a la Falperra a buscar a la partera.

—¿Y si llamamos al doctor Olivares? —propuso Catalina.

—A ver qué dice Dosinda. Si ella lo ve conveniente, se buscará. Si todo va bien, que esperemos, no hará falta, y menos un día como hoy, que a saber dónde andará el médico cuando llegue la hora.

La serenidad de su madre tranquilizó a Catalina.

Amaro salió a escape más por lo incómoda que le resultaba aquella estampa que por la urgencia de la situación, que también, pero se sintió aliviado al irse de esa casa a la que ya no regresó tras dar aviso a la partera, refugiándose en casa de sus suegros para dejar intimidad a las mujeres.

La mañana transcurrió en un ir y venir de casa de A Catuxa a la de Lola.

Leonor y Catalina se turnaron para preparar las viandas de la fiesta y acompañar a Delaira.

Dosinda, después de palparla, aseguró que todo estaba bien, y se quedó atendiendo a la parturienta.

Aunque no cobraba por su labor de comadrona, sabía que el agradecimiento sería sustancioso.

El suyo no era tiempo perdido ni de balde, pues la gente solía ser generosa en sus gratificaciones.

—¿Qué crees que será, Delai? —le preguntó Catalina, más que nada por mantenerla distraída entre contracción y contracción una vez que Dosinda confirmó que faltaba poco.

—Lo que sea, Cata, pero que venga sano. Y sobre todo que se acabe esto ya… —respondió con cara de sufrimiento mientras apretaba la mano de su amiga.

A cada punzada de dolor, Delaira pensaba en todas las veces que las mujeres pasaban por aquello sin desearlo, lamentando incluso la venida de una nueva criatura.

Todos decían que, tras el nacimiento, si llegaba con bien, aquel sufrimiento se olvidaba en un instante, pero ella sabía que no le resultaría tan fácil.

Todo cuanto le habían dicho era poco. En ese instante decidió que tenía que hacer algo para que las mujeres de las clases trabajadoras conociesen aquellos métodos de control de la natalidad a los que ella había tenido acceso, como muchas otras de cierto estatus que, sin embargo, acudían a misa con sus flamantes familias y presumían de ser devotas católicas de moral intachable.

Necesitaba saber más sobre el tema, mucho más.

Era un asunto delicado, y el momento no era el más adecuado para pensar en ello, pero estaba decidida a hacer algo, ya vería el qué.

Sobre las cinco de la tarde, las campanas anunciaron la salida de la Virgen de la iglesia de San Francisco.

Se escucharon las salvas y, a lo lejos, se oía la banda que acompañaba a la procesión, con la imagen llevada en andas por los devotos.

Catalina, que apenas se había movido del lado de Delaira, salió corriendo a avisar a su madre, que, por su parte, ya no llevaba cuenta de las veces que había paseado de una casa a la otra.

—¡Que vengas, que dice Dosinda que ya! —avisó Catalina a su madre, llena de inquietud.

—Pues en buena hora llegue —respondió Leonor mientras se secaba las manos en el mandil y se lo quitaba antes de salir.

Todos los de la casa y los invitados se habían ido a la celebración, pero ella se había quedado recogiendo y fregando en espera del parto de Delaira.

En cuanto cruzó la puerta del cuarto, Delaira estiró los brazos hacia ella y Leonor corrió a su lado, ocupando el lugar que momentos antes había sido de Catalina.

—Ya no queda nada, unos empujones más y ya está. Respira, respira hondo y empuja cuando yo te diga. Ojalá fuesen todos así… —Dosinda les infundía tranquilidad.