Capítulo 17 #2
Sagrario, como Harald, era viuda, y su matrimon io anterior, al igual que el de él, había durado muy poco.
Un problema de hígado —o algo así, se comentaba— se llevó a su marido apenas un par de años después del casamiento.
Pero aquel enlace, al contrario que el de su hermana, no fue ni siquiera provechoso a nivel económico.
A la floreciente empresa industrial de salazón y primeras conservas de sardina de la familia de su esposo —que los años de grandes capturas y exportaciones a América lo habían convertido en un próspero triunfador—, la combinación de escasez prolongada de sardina, la caída de los mercados exteriores y las deudas la arrastraron a la ruina hacia 1890.
Lo que él también consideraba una unión provechosa, resultó decepcionante e infructuosa para ambos.
Desde el fallecimiento de su esposo, a Sagrario no se le había conocido pretendiente, aunque, tras un tiempo decorosamente prudencial, comenzó a dejarse ver por todos los eventos sociales de la ciudad, buscando, quizá, una nueva oportunidad de resarcirse de aquel primer fracaso, a pesar de que las opciones eran cada vez más escasas y menos atractivas para sus intereses.
—No la puedo ni ver —se quejaba Delaira a Catalina, refiriéndose a Sagrario, que, para su desdicha, vivía justo frente a su ventana—. Esa estúpida, engreída, envidiosa… Y más falsa que Judas Iscariote.
—Como su hermana —apuntó Catalina—, que, por cierto, acaba de dar a luz a una niña. Le pusieron Filomena, como la hermana de su padre.
—Más, te lo aseguro. Ayer, cuando volvía de comprar en la praza da Princesa, salía ella con Matilde, la de la Marinica, que ahora sirve allí de criada, y al verme con la cesta se puso a reprender a la pobre para que yo la oyera, tratándola como si fuera una alpargata, solo porque sabe que nosotros no tenemos servicio.
«Es que esta gente —me dijo cuando nos cruzamos— no sabe ni andar derecha, por Dios.
Son como mulas, parece que salgan de los establos.
Y es que la cabra tira al monte». Me dio la sensación de que lo decía por mí, ¿sabes?
Me entraron unas ganas de arrastrarla por los pelos…
—Pero él parece buena persona, ¿no?
—¿Él? ¡Él es un miñaxoia ! No traía este hombre en el ánimo cortejar a ninguna mujer todavía, pero entre ella y su hermana le hicieron bien la cama.
Lo embaucaron como a un pelele. Por eso lo pilló y se casaron a toda prisa, no fuera que acabara por conocerla mejor y se arrepintiese.
Con la edad que tiene, ya iba para vestir santos.
Si no, ya te digo yo que no iba a apandar ella con un hombre con un crío.
—Que tampoco tendrá una gran fortuna, ¿no? Por mucho que gane en el Cable…
—Bueno, algo sí que tiene, según me contó Maude.
Han heredado de sus padres, y Harald vendió su parte antes de casarse para empezar aquí una nueva vida.
¡Y a buena charca fue a caer, el pobre! Por eso se metieron en semejante caserón.
Con el dinero de él, claro, que, por lo que se cuenta, ella aportó poco al matrimonio.
Que menos he aportado yo al mío, vamos, pero no voy presumiendo de alta alcurnia como ella.
Y ahora es mi vecina. La culpa fue de Arthur, que le insistió en que es muy buena zona.
Tener que verla a menudo me da dolor de estómago. Con lo encantadora que era Maude…
—Sí que lo era —asintió Catalina—. Si yo ya extraño sus visitas, me imagino que tú la extrañarás mucho más. Aunque al que de verdad echo de menos es al niño. Verlo por aquí jugando con la arena y las redes, señalándolo todo y preguntando con su lengua de trapo…
—Me da tanta pena, Cata… —respondió Delaira con la voz quebrada, incapaz de contener las lágrimas que le inundaron los ojos—.
Ya casi nunca lo veo por la calle. Desde luego, con ella no.
Muy de vez en cuando sale con Matilde, supongo que para no tener que ocuparse de él.
Cuando me ve, corre hacia mí y me abraza.
Me entran ganas de vomitar cuando van los tres y ella, tan teatrera, hace como que está encantada con el niño, la muy farisea.
Y Harald, con esa sonrisa de bobo, sin enterarse de nada.
Pero ¿qué le vería? ¿Cómo lo engatusaría?
—Supongo que tendría prisa por buscar una madre para la criatura.
—Pues a buen sitio fue a dar. Mira que no habría mujeres dispuestas a casarse con él: joven, bien parecido, con un futuro que ya quisieran muchos…
—Pero no se apellidan Devesa de la Torre.
—Es que no me parece a mí de esos. No creo que anduviese buscando posición o fortuna. No, creo que solo quería rehacer su vida, olvidar quizá, pasar página.
Maude se había marchado semanas después de la boda de su hermano.
Sagrario no era de su agrado y la convivencia con ella se antojaba imposible.
Se lo había reconocido a Delaira en confianza.
Se volvería a Alemania. Tenía en Aurich una tía ya mayor, hermana de su madre, que la recibiría con los brazos abiertos.
Lloró el día de la despedida. Las tres lloraron.
No se iba por gusto. Sentía que su cuñada la echaba un poco más cada día, y su hermano no hacía nada por remediarlo.
No se daba cuenta del vacío, de los desprecios, de los detalles que le recordaban que estaba allí de prestado, que aquella no era su casa ni lo sería nunca.
Y ella no quería estar donde no la querían.
Adoraba a su hermano, y aún más a su sobrino, pero no estaba dispuesta a soportar las humillaciones de aquella mujer.
Era todavía muy joven, apenas dieciocho años, y tenía sus propios sueños.
Aunque aquellos años habían sido maravillosos —gracias a sus dos amigas y al niño—, sentía que ese no era su lugar.
Las echaría de menos, y también O Berbés, que acabó por encandilarla cuando aquel tufo, al fin, dejó de ser repulsivo para resultar solo un poco desagradable.