Capítulo 17
Los condicionantes que les hicieron posponer el momento empezaban a solventarse.
Pronto estarían en su nueva casa, y Arthur, junto con Paul Collins, estaba realizando los trámites para montar un laboratorio de tintes y pinturas.
Habían estudiado a fondo las posibilidades del negocio y creían que podía ofrecerles una buena rentabilidad.
La zona brindaba abundantes recursos naturales que podían abaratar los costes para competir con los productos de importación, y la demanda crecía sin cesar debido al auge de la construcción, las industrias textiles, los astilleros y la cerámica.
Además, el puerto de Vigo ofrecía una situación estratégica ideal para la exportación y la expansión a mercados nacionales e internacionales.
Por otra parte —y quizá con mayor influencia que todos aquellos motivos prácticos—, estaba la relación de Delaira con Maude y el pequeño Franz.
El contacto casi diario con el niño despertó en ella su instinto maternal y, aunque el negocio de Arthur estaba aún en una fase inicial, decidió que era el momento de aumentar la familia.
En cuanto sospechó que estaba embarazada, dejó atrás aquellos pesados viajes en tren y barco de los que, sin embargo, tanto disfrutaba cuando acompañaba a su marido.
Se centró en su labor dentro de la organización de la lucha obrera, especialmente en lo que se refería a las trabajadoras de las conserveras y las fábricas de salazón.
Junto con aquellas burguesas intelectuales y algunas obreras combativas que alzaban su voz y su puño, negándose a dejarse avasallar, impulsaba la creación de un sindicato que las hiciera visibles primero y fuertes después.
Otra noticia con la que comenzó el año —aunque se veía venir— fue el matrimonio entre Harald Künne y Sagrario Devesa de la Torre.
La familia Devesa de la Torre, oriunda de Vilagarcía de Arousa, aunque asentada en Vigo desde hacía algunas décadas, procedía de una antigua estirpe de hidalgos venidos a menos que, pese a haber perdido buena parte de su patrimonio, se dedicaba a la industria conservera y la construcción naval.
Aunque sus negocios se habían estancado, conservaba gran relevancia social y política en la zona.
Años atrás, cuando las familias de Catalina y Delaira llegaron a O Berbés, los padres, Enrique y José, trabajaban en su astillero.
El jornal apenas alcanzaba para cubrir la comida, pero cualquier protesta significaba perder el trabajo, pues los Devesa eran dueños no solo de barcos y fábricas, sino también de recomendaciones y silencios.
También Leonor y Lola se ocupaban en su conservera cuando había faena abundante, y cuando no, en los meses flojos, lavaban ropa para casas acomodadas del centro de Vigo, arreglaban prendas que nunca vestirían, cosían redes o remendaban sacos de arpillera.
Ante aquel futuro tan precario que se adivinaba, José decidió buscar fortuna en La Habana, y Enrique, en cuanto pudo, se aventuró junto con su hermano en la adquisición de su propia embarcación.
También en aquella época en que el sustento dependía de los Devesa, comenzó a forjarse la animadversión que Catalina, y sobre todo Delaira, sentían por las dos hijas de los Devesa, Casilda y Sagrario, algo mayores que ellas.
Los Devesa eran cinco hermanos. Los dos varones mayores siguieron los pasos de su padre en los negocios, y el menor, Evaristo, aunque joven, se convirtió en un reputado médico cirujano formado en Madrid, con consultorio privado en su villa señorial de Policarpo Sanz —una de las calles modernas y prestigiosas, donde se asentaban algunos de los hacendados más ricos de la ciudad— y una botica en la praza de Galicia.
Arthur mantenía una buena relación con él.
Le proporcionaba material médico y revistas científicas importadas de Londres y Estados Unidos.
Incluso habían considerado la posibilidad de elaborar cerveza artesanal, una bebida que empezaba a gozar de gran aceptación entre las clases adineradas y que, hasta ese momento, llegaba sobre todo de Bélgica, Alemania e Inglaterra.
Aquel proyecto común, que tenía más que ver con sus ratos de ocio y su afición por el brebaje que por el negocio en sí, había fortalecido su camaradería.
A Delaira no le disgustaba Evaristo, ni tampoco su esposa.
Discreta, afable y siempre cortés, era lo opuesto a sus cuñadas.
Sabía además que, aunque no formaba parte de aquella avanzadilla de mujeres progresistas de la alta sociedad que se erigían en defensoras, más o menos abiertas, del avance y de los derechos de las mujeres en su totalidad, en especial de las obreras, compartía en silencio sus ideales.
Sin embargo, el hecho de pertenecer, aunque fuese de manera indirecta, a una familia tan notoria dentro de la industria pesquera la colocaba en una posición comprometida para manifestar sus convicciones en público.
Las hermanas, sin embargo, eran radicalmente diferentes.
Desde niñas, transformaban la distancia social en hostilidad muda.
Pasaban con el mentón erguido y la mirada dura, evitando cualquier roce con las hijas de los marineros, como si el mero acercamiento pudiera manchar sus vestidos.
Ocupaban los espacios con una naturalidad heredada, mientras las otras se replegaban, conscientes de su lugar asignado, con la mirada cargada de un rencor prematuro, aprendiendo demasiado pronto a reconocer el desprecio.
Aquella enemistad infantil, tejida sin palabras ni roces, se alimentaba de gestos, de silencios y de desdén.
Rara vez coincidieron Catalina y Delaira con las hijas de los Devesa de la Torre, educadas en otro mundo, protegidas por muros, patios y horarios distintos.
Sin embargo, los domingos y días señalados la iglesia se convertía en un punto de cruce inevitable.
Allí, bajo las bóvedas frías, las niñas ricas se sentaban en bancos reservados, con vestidos claros y manos enguantadas, mientras las de los barrios humildes permanecían al fondo, de pie o arrodilladas sobre el suelo desnudo.
Las miradas de superioridad y fastidio bastaban, como si compartieran el mismo espacio sagrado solo por obligación.
A Delaira todavía le hervía la sangre cuando recordaba la vez que Sagrario se puso enferma y la familia, devota y cuidadosa de las apariencias, prometió una ofrenda solemne si la chica sanaba: una vela grande, encendida durante toda la misa mayor, y una caminata descalza alrededor de la iglesia y desde la puerta hasta el altar.
Pero fue Delaira la que sostuvo una vela que no era suya con los pies descalzos sobre la piedra fría y la que caminó por el atrio mientras los Devesa ocupaban su banco habitual y observaban desde la distancia, como si aquel sacrificio delegado formara parte natural del orden de las cosas.
Tendría cinco o seis años. Su padre ya había dejado de enviar dinero y su madre todavía trabajaba en la fábrica de los Devesa.
Lola no pudo negarse cuando se lo pidieron —o se lo exigieron—, pero su cara estaba roja de rabia y humillación cuando la niña regresó a O Berbés con los pies helados y la cera aún tibia en los dedos.
También recordaba otra ocasión, por Reyes, en que el corazón infantil de Catalina y Delaira fue cruelmente vilipendiado por las hermanas Devesa.
Las familias ricas tenían la costumbre de repartir regalitos entre los hijos de sus trabajadores: muñecas de trapo, peines de madera, medias de lana, algún dulce, pañuelos de algodón, estampas religiosas…
Tras el desayuno, los hermanos Devesa se situaban en la escalinata en abanico de su casa —los chicos a un lado y ellas a otro—, con sus abrigos de paño y sus guantes frente a las cestas de mimbre forradas de papel satinado.
Aquel año, del borde de la cesta de las niñas colgaban cintas de raso para el pelo que las hermanas iban sacando una a una siguiendo el orden circular de la cesta.
Catalina y ella, cogidas de la mano, se acercaban a la fila intentando calcular cuál les correspondería.
«¡Ojalá me toque la azul!», exclamó Delaira al oído de su amiga, ilusionada.
Pero su mirada y su sonrisa se apagaron cuando, al llegar su turno, Casilda y Sagrario sacaron del fondo de la cesta un cordón de algodón grueso y tieso que nada tenía que ver con el brillo de las cintas de raso que habían dado a las otra s niñas.
Catalina cogió el cordón y se volvió, pero Delaira se quedó aturdida durante unos instantes, mirando a Sagrario sin comprender, hasta que al final arrojó el cordón al fondo de la cesta y se fue.
«Tiene envidia de este pelo tan bonito que tienes», le dijo su madre cuando se lo contó con lágrimas en los ojos.
Dos días después entró en la iglesia de Santa María con un lazo azul en el pelo que le había comprado la tía Leonor.
Uno para ella y otro para Catalina. Y sintió algo que no había sentido nunca cuando una de aquellas damas que se sentaban en los bancos almohadillados le tocó admirada los tirabuzones que su madre le marcaba con esmero cada domingo; también a Catalina, pero a ella se le deshacían al instante.
Aquello —lo descubrió más tarde— se llamaba «orgullo».
Desde que los negocios de la familia se fueron debilitando y la ruina económica empezó a rondarles, las hermanas buscaron la forma de salvaguardar sus privilegios y, especialmente, su posición social a través de matrimonios ventajosos.
Pero fortuna y cuna aristocrática no siempre iban de la mano y, ante la disyuntiva, las dos optaron por la primera.
Casilda se casó con Alfredo Iglesias Rey, un empresario vigués, propietario de un astillero y de una de las mayores flotas de transatlánticos que cubrían las rutas de emigrantes hacia América, la mayoría gallegos, aunque también leoneses, zamoranos y de otras zonas del interior.