Las tejedoras del mar Capítulo 16
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Capítulo 16

Ese mismo año Vigo acogió a la compañía telegráfica alemana Deutsch Atlantische Telegraphengesellschaft , que se conocería en la ciudad, al igual que su análoga británica, como el Cable Alemán.

Estados Unidos se había convertido en uno de los paíse s más industrializados del mundo, si no en el que más, y Alemania, otra de las potencias punteras en tecnología, necesitaba una comunicación fluida y eficiente que le permitiese estrechar relaciones comerciales.

El país teutón comprendió entonces la importancia de no quedarse atrás en la carrera de las telecomunicaciones, liderada en aquel momento por los ingleses.

Con esa intención, se tendió la línea desde Emden, al noroeste de Alemania, hasta Vigo, para conectar desde allí con Estados Unidos a través del cable británico, que tenía el monopolio de la comunicación atlántica y enlazaba con Lisboa, las islas Azores y, finalmente, Nueva York.

A finales de noviembre se estableció en Vigo la sede del Cable Alemán, que compartía edificio en la rúa Velázquez Moreno con las instalaciones de la compañía inglesa, de la que solo la separaba un tabique con dos ventanas que comunicaban ambas oficinas.

Aunque por el momento el Cable Alemán estaría gestionado por personal británico, a su inauguración asistieron varias personalidades de la compañía alemana, entre ellas el ingeniero Harald Künne, que llegó con la intención de quedarse un tiempo para supervisar los primeros pasos de la empresa antes de dejarla en manos inglesas.

Künne llegó acompañado de Franz, un niño que apenas estrenaba sus primeras palabras, y de una joven que, según se supo después, no era su esposa —como se creyó en un principio—, sino su hermana. Se instalaron en el mismo edificio donde vivía Delaira.

—Parece que la mujer murió en el parto. Este era su primer hijo —se estremeció Delaira al contárselo a Catalina y Leonor—. Él se ofreció para este puesto, para alejarse de los recuerdos por un tiempo e intentar rehacer su vida, según le contó a Arthur.

—¿Y la chica? —quiso saber Catalina.

—Es la hermana, Maude, que lo ayuda con el niño. No se entera de mucho, la pobre. Bueno, entender aún entiende algo, pero habla más bien poco. Él domina el inglés, por lo que dice Arthur, y bastante el español, pero ella apenas un poco de inglés. Y de español, ya te digo, casi nada.

Arthur y Harald Künne hicieron buenas migas, como Delaira y Maude.

Aunque la por aquel entonces relativamente pequeña colonia alemana los acogió con amabilidad, como solía hacer con los compatriotas recién llegados, Maude era una muchacha sencilla que no encajaba entre las mujeres de aquellos importantes empresarios y comerciantes que se relacionaban con lo más selecto de la sociedad viguesa y la comunidad inglesa.

La primera vez que Maude bajó a O Berbés, vomitó.

Catalina y Delaira no pudieron evitar reírse: al principio, con disimulo, viendo lo mal que lo pasaba la joven; pero a las claras en cuanto se repuso un poco.

Lo mismo le había sucedido a Arthur, que todavía no lograba acostumbrarse a aquel olor tan desagradable que impregnaba el barrio debido a la falta de infraestructuras adecuadas.

Aunque dos años antes se había aprobado un proyecto que incluía un muelle nuevo, una dársena y un sistema de alcantarillado que mejorarían las condiciones higiénicas y de salubridad de la zona, las obras aún no habían comenzado.

Al igual que Arthur, Maude anduvo todo el rato con el pañuelo pegado a la nariz.

—No nos lo tomes a mal —se disculpó Delaira con Maude—. A la gente que no está acostumbrada le suele pasar.

Catalina y Maude ya se habían visto en varias ocasiones durante aquel breve tiempo desde la llegada de los alemanes a la ciudad.

La primera vez había sido a principios de diciembre, cuando un tremendo temporal destrozó el muelle de O Berbés y causó daños en muchas embarcaciones y algunas casas.

Como no había faena, Catalina solía acercarse a visitar a Delaira, y allí conoció a Maude y al pequeño Franz.

La chica le cayó bien: no tendría más de dieciséis o diecisiete años, era rubia y de ojos claros; físicamente le recordaba a Delaira, incluso compartían un carácter risueño y dicharachero.

Maude, pese a la limitación del idioma y su escaso vocabulario, les había contado cosas de su lugar de origen y de su familia que ayudaron a comprender mejor su situación y la de su hermano.

Catalina seguía limpiando pescado, cosiendo redes y ayudando a Amaro en el desembarque, la limpieza y el empaque de las partidas que habían de conservarse en hielo para su transporte y distribución en los pueblos y villas del interior.

El puerto de O Berbés aún contaba con equipamientos muy limitados, y Amaro había hablado de buscar un lugar más cómodo —aunque lo más cerca posible— donde realizar aquellas operaciones de embalaje.

Mientras tanto, Delaira continuaba visitándolos casi a diario en el arenal.

—Tantas ganas que tenías de irte y al final estás aquí todos los días —se burlaba Catalina.

—Esto es como la morfina o el láudano, o eso dicen… Vaya, que te atrapa y, por mucho que quieras, no la puedes dejar, así te mate.

Catalina la miró con curiosidad. El láudano era un remedio que solían recetar médicos y boticarios, y se podía comprar casi en cualquier sitio, incluso en los mercados ambulantes.

—Arthur me explicó lo peligroso que puede llegar a ser —añadió Delaira ante la mirada extrañada de su amiga.

—Como la bebida, entonces —simplificó Catalina.

—Algo así —admitió Delaira sin estar muy convencida de esa comparación.

—Bueno, pero al que bebe por lo menos le gusta. Y a ti no. ¿O ahora sí?

—Echo de menos el barrio, la verdad: la gente, el movimiento, la bulla, el cotilleo… —respondió Delaira con una sonrisa y un halo de nostalgia en los ojos al recordar aquellas jornadas codo con codo con su amiga, charlando, quejándose y, sobre todo, soñando con lo que tenía en ese momento.

Había algo hermoso en aquella vida, y eso era lo que añoraba.

Aquel día había bajado con Maude y su sobrino, Franz. Mientras su tía se deshacía en arcadas, el niño lo observaba todo con sus grandes ojos azules, en brazos de Delaira.

—¡Ay, pero qué cosa más bonita! —exclamó achuchando al pequeño y haciéndole carantoñas—. ¿Cuándo nos tocará a nosotras tener un churumbelillo así, Cata? —preguntó, mirándolo embelesada.

—Pero ¿no era que tú no tenías prisa, que querías ver mundo con Arturo y no sé qué otras cosas?

—Arthur. Es Arthur, Cata —la corrigió Delaira—. Ya, pero yo qué sé… Son tan bonitos… ¡Dan ganas de comérselos!

—Pero también dan trabajo, preocupaciones, gastos… —repuso Catalina, mostrándole la otra cara de la moneda.

—Pues habrá que tener menos, como los ricos —sentenció Delaira con contundencia, como si tal cosa fuera posible, o fácil, al menos—. Los que se puedan mantener.

—Ya dirás tú cómo —comentó Catalina, incrédula—. No sé, o no los hacen o los deshacen.

Delaira miró a Maude. No sabía si lo había entendido.

Aquello no era algo de lo que se hablara en público pero, afortunadamente, la joven le devolvió una mirada del todo neutra ante el comentario.

Desde luego, no sabía cómo sería en el lugar de donde procedía la alemana, pero era cierto que allí, en Vigo, apenas había conocido a familias pudientes —y en su trabajo en el hotel había tratado a muchas— que tuviesen tantos hijos como las humildes, que o bien no lograban tener más de uno o iban a criatura por año.

«Los que Dios quiera mandarles y lleguen sanos», como solían decir.

No había nada como formar parte de aquel grupo de privilegiados, en mayor o menor medida —y ya no tanto por motivos económicos como culturales—, para conocer los entresijos y recursos de aquellas élites hipócritas que mostraban en público su cara santurrona y puritana, santiguándose y tachando de inmoral cualquier intento de control de la natalidad, mientras, de puertas para dentro, recurrían a métodos anticonceptivos fuera del alcance de las clases populares.

Delaira estaba al tanto. Ella también los utilizaba. No en vano Arthur tenía formación en química farmacéutica y, además, era londinense. Allí hacía tiempo que esa cuestión —tabú en España— se abordaba con naturalidad, según le contó.

Cuando él sacó el tema por primera vez, Delaira sintió que se moría de vergüenza.

«Las mujeres no hablan de esas cosas con los hombres», pensó.

Pero Arthur quería hablar de ello. «Quizá deberíamos esperar un poco para tener hijos, ¿no te parece?

Hasta que nos instalemos en nuestra casa y pueda abrir mi propio negocio».

Delaira no podía estar más de acuerdo. Desde aquel primer viaje que habían hecho juntos tras la boda, no deseaba más que ver mundo, bailar, jugar al lawn tennis , leer o no hacer nada. No, aunque le gustaría ser madre, no tenía ninguna prisa de que eso sucediera tan pronto.

Había formas, sí, pero ¿cómo tener la certeza de que no iba a ocurrir? Si fueran totalmente efectivas, no existirían familias tan numerosas, dijeran lo que dijeran las Escrituras y los curas, que eso de «creced y multiplicaos» mejor si era en casa ajena.

Ellas, a medida que crecían, se habían ido enterando de ciertas cosas: las chicas mayores aleccionaban a las jóvenes, y algunas madres o abuelas daban consejos a las recién casadas para evitar embarazos, aunque casi siempre se trataba de remedios basados en creencias populares, como los lavados con vinagre y limón o las infusiones de perejil o ruda.

También era corriente hacer nudos o atar ramas de hierba de San Juan y llevar cintas con plantas mágicas —romero, sauce, ruda…

— sujetas a la cintura durante la menstruación, para proteger no solo de embarazos no deseados, sino también de los meigallos .

Pero, a la vista de los resultados, eran de dudosa eficacia. O de ninguna.

Y, por supuesto, sabían —como todas, ricas y pobres— a dónde acudir en casos desesperados.

Lo que no sabía Delaira, hasta que Arthur se lo explicó, era que existían métodos, si no totalmente seguros, sí muy efectivos, toda una gama de productos que en Londres podían comprarse en las boticas y que en España solo estaban al alcance de las clases altas que viajaban al extranjero o de quienes mantenían vínculos con el comercio internacional.

No se lo había contado a Catalina —aunque no solía tener secretos para ella— porque sabía que su amiga, pese a que sacase a relucir la parte menos amable de la maternidad, deseaba con fervor tener hijos.

Le parecía desconsiderado decirle que ella hacía todo lo posible por evitarlos, abundando así en el dicho de que «Dios le da el pan a quien no tiene dientes».

—¡Qué triste es ser pobre! —exclamó Delaira después de su reflexión silenciosa, pensando en la pobreza como obstáculo para acceder a la cultura y escapar de esa espiral que engulle y perpetúa la condición de las familias generación tras generación.

Cada vez era más consciente de que solo un golpe de suerte, un giro inesperado del destino —como había sido su caso— o la educación podían romper aquel círculo que se reproducía y se alimentaba a sí mismo.