Las tejedoras del mar Capítulo 15
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Capítulo 15

Además, un nuevo episodio de cólera se había llevado a muchos marineros procedentes de embarcaciones transatlánticas y a varios vecinos, lo que provocaba un gran temor entre la ciudadanía cada vez que corría la voz de que había un brote de alguna enfermedad infecciosa.

Quizá como comp ensación —o para equilibrar un poco aquellas diferencias entre patrones y trabajadores, entre ricos y pobres—, aquel mes se inauguró el hospital Elduayen en la finca de El Carmen.

Allí acudían sobre todo los enfermos de familias con pocos recursos, ya que los pudientes solían desplazarse a centros de reconocido prestigio como el Provincial de Pontevedra o el de los Reyes Católicos y el de San Roque, en Santiago de Compostela.

Por otra parte, y más del interés de Delaira, diferentes asociaciones de Vigo, capitaneadas en su mayoría por damas de la alta sociedad y espoleadas por algunas intelectuales —como Emilia Pardo Bazán o la tristemente fallecida tres años antes Concepción Arenal—, promovieron diversas iniciativas para acercar la cultura y la educación a la ciudadanía, en especial a las obreras, analfabetas en su gran mayoría.

Demandaban la construcción de más escuelas públicas y recursos que facilitasen la enseñanza a las clases más humildes.

Como impulso a estas reivindicaciones, tras una visita a la ciudad de Pablo Iglesias, se creó la sede del Partido Socialista, al que comenzaron a afiliarse algunas obreras, sobre todo de la industria conservera, que reclamaban jornadas más cortas, salarios dignos y mejoras en sus condiciones laborales.

Aquel incipiente pero burbujeante despertar social de las mujeres a la vida pública atrajo poderosamente la atención de Delaira.

Su salto a la clase acomodada había sido, en realidad, un paseo.

Un poco apresurado, quizá, pero ni áspero ni lleno de obstáculos.

Disfrutó de cada peldaño de aquella escalera que la llevaba a las tertulias, las fiestas y los lugares de postín donde nunca se permitió sentirse inferior.

Ella ya tenía el porte, la elegancia y la belleza; solo le faltaba el envoltorio, y también disfrutó de la adquisición de cada vestido, de cada sombrero, de cada pequeño detalle que elegía con esmero, como si lo hubiese hecho toda la vida.

Su paso por el Continental —la instrucción severa en el salón de té, la estricta ejecución del protocolo— le sirvió como entrenamiento.

Observaba a aquella clientela selecta: su forma de andar, de sentarse, de gesticular, el tono de voz, sus modales…

Todo la fascinaba, y lo había absorbido con avidez, sin saber —ni sospechar siquiera— que un día podría beneficiarse de aquel aprendizaje.

No le costó sumergirse en aquel mundo, pero tampoco le entusiasmó tanto como había pensado.

Pasados los primeros meses —en que todo resulta novedoso y deslumbrante—, se dio cuenta de que bajo aquella corteza de oropel había poco o nada.

Estaba bien para un rato, para una noche de vez en cuando, y reconocía en ella misma un punto de vanidad cuando se sabía admirada y envidiada en aquellos espacios donde al principio la recibían como a una advenediza.

Sabía que eso iba a ser así, pero su orgullo, su tenacidad y Arthur no le permitieron sentirse inferior.

Quizá, en algún momento, un poco fuera de lugar; pero inferior, nunca.

Además de su personalidad arrolladora, aprovechaba al máximo los constantes viajes a la capital que hacía con su marido para seguir las últimas tendencias de moda procedentes de Londres y París.

Eso le permitió atraer las miradas, la admiración y el acercamiento de aquellas encopetadas damas de la aristocracia y de las intelectuales burguesas, que empezaron a adoptarla como protegida.

Conociendo su procedencia, sin embargo, también la utilizaban como nexo con mujeres trabajadoras a las que pretendían cultivar.

Delaira era consciente de ello y, en cierto modo, lo propiciaba. Acostumbrada a trabajar duro y rápido, necesitaba poco tiempo para ocuparse de las tareas domésticas, y dedicaba su ocio a colaborar con aquellas asociaciones.

Al principio se interesó por las actividades de las Hijas de la Caridad, que prestaban apoyo a las trabajadoras de las conserveras y las fábricas de salazón.

Fundaban escuelas para niñas y talleres en los que, además de alfabetizarlas, las preparaban para ser buenas esposas y madres, formándolas en tareas domésticas, corte y confección, pero, sobre todo, vigilando su moral y advirtiéndolas de las malas compañías y de la vida en pecado.

Sin embargo, su carácter rebelde y su origen humilde la guiaron pronto hacia otros grupos con ideales más progresistas —incluso transgresores—, y en poco tiempo entabló relación con varias mujeres instruidas, entre ellas algunas profesoras que defendían y promovían la educación laica, la igualdad social y el acceso de las niñas a la enseñanza.

Las lecturas de periódicos como El Pueblo o El Progreso espolearon su lado reivindicativo, y de ahí a su incursión en el Círculo Republicano de Vigo solo hubo un pequeño paso.

—Hay que ayudar a las mujeres a organizarse, Cata, a crear sindicatos.

—Ya hay sindicatos, Delai. No sé qué necesidad tienes tú de meterte en camisas de once varas.

—Son de hombres, Cata. Tendrías que escucharlos: lo de las mujeres les interesa más bien poco.

Es algo secundario. Puede que se quejen de sus largas jornadas porque después no dan abasto con lo de casa.

Pero de la educación de las niñas no hablan, no les interesa.

Ni de la igualdad de salarios. ¿Te imaginas que todas esas mujeres se pusieran en huelga?

Se paralizarían las fábricas, el puerto, la ciudad entera.

—Ya se echó todo el mundo a la calle por lo de la hojalata y, mira tú, no se consiguió nada.

—Esto es otra cosa, Cata. Entonces la patronal quería ganar más: solo estaban en juego sus intereses, por eso arrastraron a los obreros.

—Y también los intereses de muchas familias. Si no hay fábricas, no hay trabajo.

—Pero si paran las trabajadoras, perderán mucho. Sin obreras no hay conserveras ni salazones, ni barcos que salgan a pescar si no hay redeiras . ¿No lo ves?

—Yo lo que veo es que te sobra el tiempo. ¡Qué necesidad tendrás tú de buscarte problemas! ¿Qué te dice Arthur? Lo debes de tener contento.

—Sí que lo tengo —contestó Delaira con una sonrisa pícara—, y es él el que me trae los periódicos y recortes de artículos. Le gusta cómo soy, me anima. Las que no tenemos nada que perder somos las que podemos alzar la voz.

—¿Lo dices tú o te lo dice él, eso de que lo tienes contento?

—Fue él quien me metió estas cosas en la cabeza, Cata, el que me llevó al Círculo. Y es que no es lógico que las mujeres, siendo mayoría en las fábricas, no tengan representación en los sindicatos ni en ningún otro sitio.

—Bueno, ten en cuenta que muchas de esas mujeres dependen de su salario para mantener a su familia.

—Entonces ¿qué? ¿Tendrán que agachar la cabeza toda la vida, dejarse la salud en esas míseras fábricas para hacer más ricos a los empresarios? ¿Someterse a sus caprichos, a su control dentro y fuera de las factorías? Pocas muertes hay, Cata, de verdad te lo digo.

—¡Contrólate, Delai! ¡El que te oiga…!

Pero a Catalina le gustaba verla así: vehemente, orgullosa, viva.

No, Delaira no se dejaba pisar, nunca lo había hecho.

Jamás se dejaría avasallar por aquello que llamaban «disciplina de fábrica» con la que los empresarios pretendían imponer sus normas y valores no solo dentro de sus instalaciones, sino también en la vida cotidiana de sus trabajadoras, con el único propósito de mantener sus intereses a través del sometimiento.

Todas las mujeres —y en menor medida los hombres— que entraban a trabajar en las fábricas, ya fuesen conserveras, de tabaco o textiles, debían ajustarse a ciertos ideales impuestos por los empresarios: rigidez de horarios, obediencia sin réplica, sanciones por errores o retrasos…

Pero también tener una moral intachable, supeditarse a la autoridad masculina tanto en el ámbito laboral como en el familiar, preparar a los hijos para el trabajo en las mismas empresas y, por descontado, asumir la familia tradicional y los valores cristianos como únicos garantes de la decencia y la salvación divina.

Así, en las primeras asambleas a las que asistió con aquellas burguesas agitadoras, Delaira se dio cuenta de que no había espacio para las mujeres ni siquiera en los círculos progresistas.

Aunque la inmensa mayoría de la mano de obra en las fábricas era femenina, los cargos de supervisión los ocupaban hombres y, fuera de los centros de trabajo, las reivindicaciones también las hacían ellos, en su nombre y bajo su mirada patriarcal, reforzando la idea de que el lugar natural de las mujeres era el hogar, incluso aunque dependiese de su salario.

Aquello enervaba a Delaira y a aquellas activistas más leídas e instruidas, que alentaban la organización sindical y las protestas femeninas, aunque, en ocasiones, fuera en contra de los propios intereses de la burguesía viguesa a la que pertenecía casi toda la industria.

—Si nos diésemos cuenta de la fuerza que tenemos, Cata, de todo lo que podemos conseguir si nos unimos…

Los ojos de Delaira brillaban con entusiasmo, con la certeza de que aquella unión podría algún día, si no cambiar el mundo de golpe, ir arañando al menos pequeñas parcelas de derechos reales, no de papel y tinta que nunca se hacían realidad.