Las tejedoras del mar Capítulo 14
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Capítulo 14

Delaira regresó de aquel viaje de casi cuatro semanas que había sido a medio camino entre lu na de miel y trabajo.

Aunque para ella resultó maravill oso, Arthur le prometió que, en cuanto pudiesen, harían un viaje solo para ellos: sin preocupaciones, sin reuniones, sin nada más que disfrutar el uno del otro. Un verdadero viaje de novios.

—¿Estás enamorada de él, Cata?

La pregunta la tomó por sorpresa y se quedó unos instantes callada, como si no supiera qué responder.

—Sí, claro. Es un buen hombre. Me trata bien. Me quiere, y yo a él.

Delaira la observó unos segundos. Sus manos, moradas de frío, tejían las redes con destreza.

Sintió ganas de abrazarla de nuevo, pero se contuvo.

Se arrebujó en el abrigo y se sentó en una de las barcas varadas en la arena.

Habían desmenuzado aquel noviazgo entre las dos, cada noche y frente a frente en la que fuera la habitación de la tía Lola, desde que Amaro empezó a cortejarla, del mismo modo que su relación con Arthur cuando aún no era más que una sensación extraña en el cuerpo.

Pero Catalina siempre había sido muy reservada.

Le contaba todo lo que podría haber observado cualquier espectador, pero apenas hablaba de lo que le hacía sentir cada detalle, cada palabra, cada contacto…

Y deseaba para su amiga lo que ella tenía en ese momento, lo que sentía.

—Pero yo no te he preguntado eso —insistió Delaira—. Ya sé que es un buen hombre y todo eso. Me refiero a si tiemblas cuando te mira, si te arde la piel cuando te roza, si se te doblan las rodillas cuando te besa, si su sonrisa te alegra el corazón como ninguna otra cosa.

Catalina levantó la cabeza y le dirigió una mir ada perpleja, acompañada de una risa sonora y espontánea.

—¡Qué teatrera eres, Delai! ¿Cuántos folletines te has leído estos días? ¿No será que empiezas a aburrirte?

—Un poco sí —reconoció—. Pero te lo digo en serio, Cata. ¿No sientes tú eso? Es…, no sé cómo explicártelo. Creo que si no has vivido algo así, no has vivido.

—¡Ay, Dios! Si ya eras poco fantasiosa…

—Es que a veces no sabes lo que buscas hasta que lo encuentras, Cata. O ni siquiera lo buscas, porque no sabes que existe. Y yo lo encontré.

—Bueno, a ti más bien te encontraron —le recordó su amiga.

—Pues igual sí —admitió Delaira—. Pero a ver, ¿estás o no enamorada de Amaro de esta manera que te digo? Aún no me has contestado.

—¿A ti qué te parece? Quiero casarme con él, y nadie me obliga, ni a él tampoco. Pero ya te digo que a mí, gracias a Dios, nunca me han fallado las rodillas; solo siento que me arde la piel cuando tengo fiebre y tiemblo cuando tengo frío. Ya está.

—Qué poco romántica eres, amiga mía —se quejó Delaira.

—Anda, déjate de ñoñerías y cuéntame qué hicisteis… O no —rectificó—, mejor dime por dónde anduvisteis y qué visteis, que ya te conozco.

—Te traje postales de todos los sitios en los que estuvimos, ya verás —dijo Delaira con entusiasmo antes de comenzar el relato de su viaje en ferrocarril, en primera clase, por supuesto, hasta Cádiz, pasando por Zamora, Madrid, Córdoba y Sevi lla, donde se detuvieron para que Arthur hiciera algunas gestiones y aprovecharon, al menos ella, para conocer y disfrutar de aquellas ciudades.

Después hablaron de la boda de Catalina, del presente y del futuro.

Delaira había dejado su trabajo. Ya había cambiado de estatus, y no le hizo ascos a ser la señora de su casa, disfrutando de no tener que pasarse doce horas al día en el Continental.

Eso sí, nada de servicio, como había propuesto Arthur; en su hogar no quería a ninguna extraña.

Además, ¿en qué iba a ocupar tantas horas, aunque aprendiese a jugar al tenis?

Arthur se lo había prometido, y pensaba darles unas lecciones de humildad a aquellas señoritingas que apenas podían con las raquetas. Lo había deseado toda su vida.

Lo del té a las cinco, en cambio, se lo pensaría: bastante harta estaba de servirlo, y ni siquiera le gustaba.

Probablemente asistiría a bailes y a esas fiestas de los ingleses.

Eso sí le apetecía. No, aburrirse no entraba en sus planes.

Lástima que no pudiese compartir aquella vida ociosa con Catalina.

—Vendré a verte todos los días —le dijo a su amiga—. Por cierto, ¿dónde vais a vivir?

—De eso queríamos hablarte, Delai. Estos días que no estuviste vino mucha gente interesándose por tu casa, de fuera y del barrio. Ya todo el mundo sabía que os mudáis al ensanche. Pero mi madre les dijo que tendrían que hablar contigo. Algunos incluso querían entrar a verla.

—¿Y la quieres tú, Cata? ¿Queréis vivir aquí? —preguntó señalando su casa.

—Bueno, habíamos pensado que, por lo mismo que te ofrezcan los demás, podríamos arrendártela nosotros. Si no vas a venderla, claro, que para eso aún no tenemos.

—¿Vender la casa de mi madre? —A Delaira se le humedecieron los ojos—.

No tengo pensado hacerlo. Se lo comentaré a Arthur, pero nada me haría más feliz que el hecho de que vivierais vosotros aquí.

Se me encogió el corazón al entrar y encontrarla tan vacía, tan sin vida.

Después de lo de mi madre, si no estaba en vuestra casa estabas tú en la mía, y nunca la sentí así.

Es como si hubiese abandonado a alguien.

—Estás muy sensiblera hoy, ¿eh, Delai? ¡A ver si vas a estar embarazada! —exclamó Catalina con los ojos muy abiertos, sopesando de repente la posibilidad.

—¿Y quién dice que no? —respondió Delaira con el rostro iluminado ante la idea, sacando las manos de los bolsillos del abrigo y llevándolas al vientre.

—¿Te gustaría que fuese así?

—No me llevaría un disgusto, pero tampoco quisiera tener hijos tan pronto. Acabo de casarme, Cata. Quiero ir con Arthur cuando viaje, ver mundo. Vivir un poco. Tiempo habrá.

Junio llegó como una exhalación y, con él, la boda de Catalina. La prepararon con tiempo, con entusiasmo, cuidando cada detalle. Eligieron juntas la tela del vestido y las puntillas, los zapatos, las flores del ramo, los pendientes de filigrana y las hebillas del pelo que le regaló Delaira.

—Me sabe tan mal no haber podido disfrutar así de tu casamiento, Delai —se lamentaba Catalina mientras recorrían las calles buscando los complementos adecuados, después de hacerse las pruebas del vestido—.

Me hubiese gustado acompañarte más, aconsejarte…

Bueno, aconsejarte no sé, ya ves que mis gustos son un poco anticuados.

—Y me acompañasteis, Cata, todo lo que pudisteis. ¿Qué haría yo sin ti, sin vosotros, si no tenía a nadie más?

—Pero siento que fue tan poco…

—No, no lo fue. Fuisteis mi único apoyo.

Hicisteis por mí todo cuanto necesité y más, pero fue todo tan precipitado que apenas hubo tiempo para nada.

Si me acuerdo de tu madre, pobre, haciendo de carabina…

—Las dos se rieron al recordar a Leonor en aquellos berenjenales en los que nunca pensó verse—.

Anda que no le costó representar aquel teatrillo. Y luego dices tú que no hicisteis nada.

—Pero yo me refería a nosotras, Delai. A las dos juntas, como ahora.

Habían elegido una tela ligera de algodón azul marino para el vestido, con vivos de raso en un tono más claro que aportaban brillo.

Caía en campana hasta el suelo, aunque después de la boda lo recortaría para hacerlo más ponible.

En la parte delantera llevaba una hilera de botoncitos forrados del mismo raso que los vivos y la cinta que ceñía la cintura, atada a la espalda con una lazada.

La manga, larga y ligeramente ajustada, terminaba con un frunce delicado en los puños.

Como colofón, la mantilla de su madre —heredada a su vez de la suya—, de un blanco roto y encaje sencillo, cubría su brillante cabello negro recogido con gracia en lo alto de la cabeza.

Antes de salir hacia la iglesia, su madre, como había hecho meses atrás con Delaira, se cercioró de que cumpliera con todos los requisitos para espantar a las meigas, evitar el mal de ojo y atraer la buena suerte.

Cosió el saquito azul con sal a la enagua, enderezó el broche prestado por Delaira que le sujetaba la mantilla, colocó bien visible la cadenita de oro con la imagen de la Virgen del Carmen, le hizo la señal de la cruz en la frente y se aseguró de que saliera de casa con el pie derecho.

Los invitados se encargarían, por supuesto, del arroz y las lentejas para atraer la fertilidad y la abundancia, y la abuela de la novia ya había llevado huevos a santa Clara para que intercediese por un día cálido y soleado. Que, aunque fuese junio, del tiempo se podía esperar cualquier cosa.

El día no pudo amanecer más propicio. Desde primera hora, las bombas de palenque resonaban en el aire y los pasacalles llenaban de música todo el barrio.

—Escucha, Cata —le dijo Delaira a su amiga mientras la ayudaba a prepararse—, al son de las gaitas, como cuando naciste, ¿no? Y con este día maravilloso… Es que es tu destino. Tenía que haber sido yo —fingió lamentarse mientras le colocaba la mantilla.

La boda se celebró en la misa principal, que además fue cantada, y concluyó con la esperada procesión. Las calles del recorrido estaban decoradas con flores, hierbas aromáticas y mantones, como muestra de devoción por el Santísimo Sacramento.

Fue un día feliz, lleno de risas y alegría, que el amigo inglés de Arthur, el que trabajaba en el lazareto, inmortalizó con aquella cámara que llevaba a todas partes.

Por supuesto, Catalina y Delaira quisieron una foto juntas, y otra con sus respectivos maridos.

Eran, sin duda, la viva imagen de la felicidad.

No hubo ausencias ni nubarrones que empañaran aquel día.

Las dos familias, los vecinos, las amistades…

, todos celebraron con entusiasmo el enlace.

Hubo vivas para los novios, cánticos, gaitas, acordeones y panderetas, y nadie se movió de allí hasta el anochecer.

La pequeña ensenada de O Berbés, frente a sus casas, se convirtió en una verbena a la que se fue sumando gente, además de los invitados, aunque en el centro continuaban los festejos del Corpus.