Capítulo 13
La primera en pasar por el altar fue Delaira.
Desde su compromiso, el enlace se demoró lo justo para completar el papeleo necesario, que no era poco, pues se trataba de un matrimonio mixto entre una católica y un anglicano.
Hubo que solicitar dispensa eclesiástica por disparidad de cultos, concedida por el obispo de Tui, Valeriano Menéndez Conde y Álvarez, ya que la ciudad de Vigo pertenecía a su diócesis.
Aquello implicaba, por supuesto, la promesa de Arthur de casarse en una iglesia católica, no interferir en las prácticas religiosas de su esposa y, sobre todo, bautizar y educar a los hijos según la fe católica.
Ambos debieron presentar sus certificados de bautismo y obtener la aprobación de la autoridad civil, en este caso del juez local.
El caso de Delaira, sin embargo, era algo particular. Aunque las mujeres podían casarse a partir de los catorce años con el consentimiento paterno o del tutor legal, ella carecía de ambos.
A la muerte de su madre —como legalmente no sería huérfana completa hasta declararse el fallecimiento de su padre y, en la práctica, este no ejercía ninguna función parental y se hallaba desaparecido—, las autoridades podrían haberla considerado huérfana hasta la mayoría de edad y puesto bajo tutela, incluso ingresarla en una institución de caridad.
Pero aquel golpe la alcanzó ya casi en la frontera de los dieciséis años, ganándose su propio jornal y con techo propio.
Ya no era una niña indefensa, y su situación no parecía preocupante.
Al entierro de su madre acudieron algunos familiares de su padre.
Delaira no los conocía, pero Leonor y su marido sí: eran del mismo pueblo.
Todavía con el cuerpo de Lola presente, los forasteros indagaron cuanto pudieron, y la gente, sin mala intención, los puso al tanto de la situación de la difunta y de su hija, creyéndolos parientes lejanos.
Semanas después, uno de los tíos de la joven regresó con su esposa, mostrándose interesados por ella.
Delaira no estaba: acababa de empezar a trabajar en el Continental.
Llegaron bien informados, dispuestos a solicitar que se declarara legalmente ausente al padre para así perder los derechos de tutela y ser ellos nombrados tutores. Pero, a través de las vecinas, la familia de A Catuxa se enteró de las pesquisas de aquella gente y ató cabos enseguida.
Era frecuente que, ante la orfandad total de una criatura, los familiares cercanos asumiesen la tutela legal.
Sin embargo, no faltaban los casos en que lo hacían más por interés que por afecto, para administrar la herencia del menor más que para protegerlo.
Si Delaira era tutelada, debía entregar su salario y ceder el uso de su casa a su tutor, quien, aunque no pudiera venderla, podía arrendarla o vivir en ella por el bien de la muchacha.
Leonor y Enrique lo comprendieron al instante.
Al día siguiente se presentaron ante el párroco, como buenos católicos practicantes, y el juez para exponer la situación.
Ambos coincidieron en que Delaira era ya demasiado mayor, que no había tenido contacto con aquellos parientes y que, bajo la protección de sus vecinos y el párroco, no necesitaba tutor, salvo en asuntos legales puntuales.
Y su matrimonio era una de esas ocasiones en que se necesitaba autorización. A falta de tutor, debía ser el juez el que diese su beneplácito, como así fue.
Para Arthur, mayor de edad a sus veinticinco años, todo fue más sencillo, y el consulado británico intervino para facilitar su documentación.
La boda se celebró el 6 de enero, día de Reyes, que aquel año cayó en domingo, en la iglesia de la Soledad.
La eligieron por ser más recogida y menos concurrida que la Colegiata de Santa María en una fecha tan señalada.
Ambos deseaban una ceremonia discreta, pero el carácter inusual del enlace despertó tal expectación que la noticia corrió de boca en boca y la iglesia terminó abarrotada de curiosos venidos incluso de otros barrios.
Por parte de la novia, los únicos invitados fueron los de su familia adoptiva, salvo Quique, que en su afán de convertirse en práctico del puerto se había embarcado en el pesquero Estrella de Galicia, dedicado a la pesca de altura.
En el fondo, aquella ausencia se agradeció.
Habría resultado penoso, sabiendo todos lo que él sentía por Delaira.
De hecho, Leonor, que siempre se había opuesto a que los suyos trabajasen lejos, aceptó e incluso vio con buenos ojos que su hijo pusiera tierra de por medio cuando la muchacha empezó a salir con el inglés, y la escasa esperanza que le quedaba —que nunca había sido mucha— se evaporó de golpe y por completo.
Enrique actuó como padrino, y, por parte del novio, una amiga de la madre, miss Dorothy —que casualmente estaba de paso en la ciudad— ejerció como madrina, desplazando a Leonor que, en cierto modo, se sintió aliviada .
Aparte de ellos, solo un compatriota amigo que trabajaba en el laboratorio del lazareto de San Simón, Paul Collins, acompañó a Arthur a la iglesia.
Delaira vestía un traje de satén malva ceñido a la cintura, con falda amplia y pequeños pliegues, mangas largas y cuello ribeteado en puntilla.
Leonor lo consideró poco aprovechable. Las novias de clase trabajadora solían llevar trajes oscuros, pues se reutilizaban como ropa de fiesta o de domingo.
Tampoco el satén era práctico: una tela delicada y demasiado vistosa.
Pero Delaira era la prometida de un acomodado inglés y, quizá, no volvería a ponérselo, así que bien podía la niña llevar ese o el que le viniera en gana, concluyó.
Si no fuera por las circunstancias, incluso le habría parecido demasiado modesto.
El cabello lo llevaba recogido en un moño bajo y cubierto con el velo de encaje blanco con el que se había casado Lola, como un pequeño homenaje a su memoria. Pese a la sencillez del atuendo, nunca había estado tan hermosa.
Antes de salir de casa —con el pie derecho, como mandaba la costumbre—, Leonor le trazó la señal de la cruz en la frente y le ató en la enagua un pequeño saquito azul con sal, para protegerla del mal de ojo y atraer la buena fortuna.
De prestado, llevaba una cadenita de oro de Catalina con la imagen de la Virgen del Carmen bendecida por el obispo de Tui.
Leonor hubiera querido que llevase también sus pendientes, e insistió, pero Delaira prefirió los de perlas que le había regalado Arthur, a juego con un anillo, aun sabiendo que las novias no debían lucir perlas, pues se creía que auguraban lágrimas futuras en el matrimonio.
También debía evitarse el verde, que se asociaba con la envidia y el destino inestable.
—Juventud… Ya no creéis en nada —se resignó Leonor—. Encenderé unas velas a san Rafael Arcángel y san Antonio de Padua, patrones de los matrimonios felices, para compensar.
Arthur, que la aguardaba en el altar, lucía un elegante chaqué negro con pantalón de lana de finas rayas grises, camisa blanca de cuello rígido impecablemente almidonada, chaleco en gris perla y corbatín blanco. Los zapatos de cuero con cordones y un bombín negro completaban el atuendo.
No fue una boda al uso. No, no lo fue. Hubo demasiadas ausencias, demasiados nubarrones encima de aquel frío día de invierno.
Aunque al menos —quizá por intercesión de santa Clara— no llovía.
Claro que, como el que no se consuela es porque no quiere, también rezaba el dicho: «Novia mojada, novia afortunada».
Y después de lo de las p erlas… Leonor iba pensando en eso de camino a la iglesia.
«Lo hice lo mejor que pude, Lola —le dijo en su pensamiento a su comadre—, como si fuese mi propia hija. Ahora, que sea lo que Dios quiera» .
No hubo vestido blanco, ni cortejo acompañando a Delaira desde su casa hasta el altar, ni aperitivo previo para familiares y amigos, ni tantos detalles con los que había soñado muchas veces, pero su rostro era el vivo retrato de la dicha.
El de Arthur, en cambio, oscilaba entre la gravedad y la satisfacción.
Antes de aquel momento crucial, Delaira le había preguntado varias veces si estaba seguro de lo que iba a hacer, de lo que tendría que dejar atrás.
Ella tenía a su lado a la familia que conocía y quería —aunque no fuese de sangre—, pero él estaba solo.
Su padre lo había repudiado, y su madre y sus hermanas acataban aquella decisión sin opción siquiera a quejarse, según le había contado.
Solo aquella dama, que había aparecido días antes de la boda, le trajo de palabra la bendición de su madre y un broche para Delaira, con el que sujetaría el velo que había sido de Lola.
—¿Sientes pena? —le había preguntado Delaira cuando él le entregó aquel precioso broche.
—Solo por quien desearía compartir nuestra felicidad y no puede, únicamente por ella —contestó con la voz apagada—. Sé que a mi madre le hubiese gustado acompañarme.
Delaira estuvo a punto de decirle que era muy probable qu e su madre tampoco la hubiese aceptado de buen grado, pero calló para no hurgar más en la herida.
Aunque —suponía—, por muy estrictas que fueran las normas sociales, el orgullo o la altivez que regían su vida, ninguna madre, ni pobre ni rica, antepondría eso a no volver a ver a su hijo, a perderlo quizá para siempre.
Imaginar el sufrimiento de ambos le encogió el corazón hasta las lágrimas.
—Te quiero, Arthur Caldwell —alcanzó a musitar con la voz entrecortada, al borde del llanto.
Nunca se lo había dicho a nadie. Ni siquiera en sus fantasías, en su cabeza. Al expresarlo en voz alta, aunque fuese en un susurro, sintió que aquellas dos palabras le llenaban el pecho y que, llegado el caso, daría su propia vida sin dudarlo por defender lo que sentía.
Arthur permaneció callado, pero apretó con fuerza la mano que ella llevaba cogida de su brazo.
Él sí se lo había dicho muchas veces en aquel breve tiempo que llevaban juntos.
Delaira se había sentido extraña la primera vez.
La gente corriente no hablaba de amor, y, aunque los sentimientos fueran profundos, las galanterías eran escasas.
A veces, incluso la forma de demostrar afecto resultaba algo tosca.
Sin embargo, siempre se notaba dónde había querer verdadero: la forma de mirarse era como un libro donde se podían leer los afectos y desafectos, la pasión, la frialdad o la indiferencia.
Sin duda, la cara es el espejo del alma, y Delaira cada día lo veía más claro y lo entendía mejor.
Tras la boda, el matrimonio alquiló un apartamento en el ensanche, en la que sería la avenida García Barbón —antes llamada Duque de la Victoria—, con la intención de establecerse en aquella zona cercana al puerto de A Laxe, que comenzaba a modernizarse con trazados amplios y ordenados, bien pavimentados y preparados para el alumbrado eléctrico, en contraposición con el casco antiguo de la ciudad.
Era el nuevo barrio elegido por las clases acomodadas y las colonias extranjeras, formadas en su mayoría por comerciantes y empresarios vinculados a la pesca y al transporte marítimo.
A la par que elegantes villas y chalets rodeados de jardines, se levantaban pequeños edificios de apartamentos de tres o cuatro plantas a los que empezaban a mudarse familias pudientes procedentes de las estrechas y empinadas calles del casco antiguo.
Allí quería echar raíces Arthur Caldwell, y Delaira no podía sentirse más feliz.
Él afirmaba que pronto podrían tener su propia vivienda, uno de aquellos pisos amplios y soleados que se estaban construyendo.
Cierto era que su padre lo había destituido de la empresa familiar y le había retirado todo apoyo económico, además de amenazarlo con desheredarlo; pero el joven contaba con sus propios recursos, y su futuro laboral auguraba buenos auspicios.
Solo cuatro años antes, en 1891, se había fundado en Londres el Lister Institute of Preventive Medicine , dedicado a la investigación y producción de vacunas y sueros.
Aunque no era una empresa comercial en sentido estricto, sus avances estaban en el punto de mira de las mayores distribuidoras del país, entre ellas Burroughs Wellcome.
Arthur, además de sus estudios de Química farmacéutica, había adquirido notable experiencia como enlace en la distribución en España y Latinoamérica, y la compañía no quería arriesgarse a que sus conocimientos fuesen a parar a la competencia.
Así, cuando comunicó que dejaba la empresa de su padre —que actuaba como intermediaria—, no solo le ofrecieron continuar en su puesto, sino que le propusieron mejorar sus ingresos de forma considerable.
De ahí la premura con la que quiso saber si Delaira estaba dispuesta a compartir su vida con él.
De no ser así, no habría aceptado aquel trato que, sin duda, enfurecería aún más a su padre, decidido a chantajearlo con la degradación laboral y la ruina económica.