Las tejedoras del mar Capítulo 12
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Capítulo 12

Si algo había caracterizado a Delaira desde niña era que se entregaba a la felicidad sin re servas y, cuando eso sucedía, la desbordaba una alegría tan luminosa que la contagiaba allá donde fuese.

Ahora parecía que, por fin, la dicha había llegado a su vida para quedarse. Y tenía un nombre: Arthur Caldwell.

Antes de acudir a aquel encuentro crucial en el que el joven inglés aguardaba su respuesta, Delaira puso al tanto a Catalina y a Leonor; esta, a su vez, informó al resto de la familia.

Dar un paso de semejante calado requería sus consejos y su aprobación.

En su corazón, la decisión ya estaba tomada, pero su cabeza le pedía cautela.

Necesitaba otros ojos que contemplaran con objetividad aquella propuesta repentina y casi inconcebible.

Cata, su mejor amiga, su casi hermana, fue la primera en recibir la noticia. Si Delaira le hubiese dicho que había visto un cerdo volando, no habría puesto otra cara.

—¿Estás bien, Delai? Desvarías un poco. ¿Tienes fiebre o algo? —preguntó frunciendo el ceño, incapaz de creer lo que estaba oyendo.

—Te lo juro, Cata, por la memoria de mi madre.

Catalina se puso seria. Acababa de creerse a pies juntillas todo cuanto su amiga le había narrado, como si lo hubiese visto con sus propios ojos. Delaira jamás juraría por la memoria de su madre algo que no fuese cierto.

Leonor se quedó con la misma cara de pasmo que Catalina y que, en su momento, también puso la propia Delaira.

Le dieron muchas vueltas al asunto entre las tres e hicieron todas las conjeturas posibles, pero al final Leonor, más pragmática, lo resumió con claridad: en una relación seria, el único destino concebible era el matrimonio.

Si Delaira no deseaba otra cosa, la respuesta estaba cantada. ¿Con quién mejor iba a casarse la niña?

—Es tu madre, que vela por ti desde el cielo —resolvió finalmente Leonor, con los ojos húmedos por unas lágrimas que no pudo contener al recordar a Lola—. Pero bueno, primero que te explique a qué viene tanta prisa y luego le dices.

Los jóvenes se encontraron en el mismo lugar que en las ocasiones anteriores. Esa vez, Leonor se rezagó un poco más para dejarles el margen y la intimidad que requería el momento.

Apenas se vieron, Arthur Caldwell repitió la pregunta sin preámbulos:

—Entonces, Delaira Rodríguez, ¿quiere casarse conmigo?

—Sí… —respondió ella al instante, mirándolo a los ojos—. Sí que quiero.

Olvidó por completo que debía pedirle explicaciones por aquella inusitada premura y se volvió hacia Leonor.

Esta le hizo un gesto de aprobación, como diciendo: «Venga, tira p’alante , que ahora ya está hecho».

Se había dado perfecta cuenta en cuanto los vio detenerse y observó la expresión de felicidad en el rostro de Delaira: solo podía significar que había aceptado.

Aun así, Arthur se sintió en el deber de explicarle las razones de tanta urgencia. Su futuro, le dijo, d ependía de que ella accediese a formar con él una familia.

Su padre, dueño de una importante distribuidora farmacéutica, era —según dijo Arthur— un hombre de negocios astuto y perspicaz, de carácter fuerte y con gran habilidad para tomar decisiones bajo presión.

Anglicano devoto, defensor acérrimo de las tradiciones británicas, era intransigente en lo social y lo familiar.

Para él, la jerarquía y la diferencia de clases eran pilares sagrados.

Cuando Arthur le habló de Delaira, de lo que sentía y de sus intenciones, su padre reaccionó con una mezcla de indignación y furia.

Manifestó su desaprobación sin ambages. Consideraba un deshonor para el apellido Caldwell que su hijo pretendiera emparentar con una mujer de origen humilde.

Lo acusó de mancillar el nombre y la reputación de la familia con aquella locura impropia de su linaje.

Después de aquella explosión de ira y decepción, trató de apelar a la lógica —a su lógica burguesa—, subrayando el sacrificio y el esfuerzo invertido durante generaciones para mantener la reputación y el prestigio familiar.

También dijo sentirse traicionado por lo que calificó como un desafío personal de su hijo hacia él mismo y hacia sus principios, pues al fin y al cabo Arthur, como primogénito y único varón del matrimonio, sería el heredero de sus florecientes negocios, y tenía un deber y una responsabilidad para con la familia y con quienes la llevaron a la destacada posición de la que disfrutaban.

Pero ante aquello que su padre tachaba de obcecación y arrebato pasajero hacia aquella muchacha, seducido por su belleza —que no negaba, según recordaba—, Arthur defendía con fervor y decisión aquel sentimiento que le quemaba por dentro.

Sentía que nada era más importante en su vida en aquel momento.

No había deseado otra cosa desde que la había visto.

Se había presentado la oportunidad, y no pensaba desaprovecharla.

Esperaba que su padre no lo pusiese en la tesitura de tener que elegir.

Pero sí que lo hizo, lo puso entre la espada y la pared.

Jamás aceptaría a aquella camarera en la familia, jamás le abriría las puertas de su casa, y si persistía en su cabezonería y falta de juicio, lo expulsaría de la empresa, incluso de la familia.

—¿Y su madre? ¿Y sus hermanas? ¿No tienen nada que decir? —preguntó Delaira.

Arthur esbozó una sonrisa amarga.

—¿De verdad cree que podrían? ¿Que se atreverían a contradecirlo, aunque no estuviesen de acuerdo?

No, en mi cas a las mujeres no opinan ni sobre su vida, mucho menos sobre los asuntos de los hombres.

Solo son símbolos de estatus: su aspecto, su comportamiento y los eventos que organizan reflejan el prestigio familiar.

Por eso se eligen y se exponen como si fuesen un caballo, un traje o una joya, pensando en su valor económico y en cómo van a lucir.

Delaira se sintió un tanto ofendida. Desde luego, no le gustaría que la considerasen un caballo, un traje o una joya —por maravillosos que fueran—, y aunque parecía, por el coraje y el menosprecio de su tono, que tampoco Arthur aprobaba aquellas costumbres patricias, le dolió en lo más hondo de su vanidad pensar que ella nunca sería elegida para lucir como un preciado trofeo, que no brillaría jamás en los salones de la alta sociedad como había soñado tantas veces de niña.

Le vino entonces el recuerdo de su infancia y, casi sin querer, se acercó las manos a la nariz, temerosa de que aún persistiera aquel olor a pescado que tanto la había acomplejado.

Siempre tuvo la sensación de que aquel efluvio se le había incrustado en la piel como una barrera invisible que le impedía ascender más allá de cierto punto.

Sin embargo, después de escuchar a Arthur, y por primera vez, intuyó que aquella vida de apariencias no era como la había soñado.

Detrás de los salones y los encajes se escondían el fango y la hipocresía, y el mero pensamiento de formar parte de aquel mundo la oprimía.

Quizá podría soportarlo un tiempo, incluso jugar a ser una de esas damas de postín, pero sabía que llegaría el día en que su cuerpo le pediría liberarse del disfraz, del corsé, y volver a ser ella: la que reía a carcajadas, cantaba a viva voz mientras trabajaba y adoraba andar descalza por los arenales de O Berbés.

—Bueno, al menos ser pobre tiene alguna ventaja —comentó—.

En las familias humildes, las mujeres siempre tienen mucho que decir, sobre todo puertas para dentro, que es donde se toman las grandes decisiones.

Y no tenemos tantas trabas para juntarnos con quien nos guste y queramos.

Claro que también es verdad que uno acaba casándose con quien se encuentra, con quien se relaciona, y los círculos suelen ser bastante cerrados.

Aunque a veces entra un sargo o un rodaballo en el cerco —añadió haciendo un símil entre su caso y las artes de pesca, cosa que Arthur, por la expresión de sus cejas, no pareció entender.

Delaira escuchó con interés el relato que los había llevado a aquel punto.

Supo que el padre de Arthur tenía como principal cliente de su distribuidora a la Burroughs Wellcome, cuya representación en España estaba a cargo de su hijo.

Ante la decisión categórica de continuar la relación con Delaira, el señor Caldwell amenazó no solo con destituirlo del cargo y echarlo de la empresa, sino de la propia casa familiar, y negarle c ualquier sustento o apoyo económico.

Aquel paso supondría una enorme renuncia tanto a nivel económico como familiar, por eso necesitaba saber si Delaira estaba dispuesta a comenzar con él aquella nueva andadura.

Ella se sintió pequeña, turbada, inmadura.

Siempre había pensado que el amor ocuparía todos los huecos de su vida para hacerla más grande, más completa.

Nunca se imaginó que pudiese suponer un desprendimiento ni un precio tan elevado como el que tendría que pagar Arthur.

Sintió mucha pena por él y, a la vez, se le encogió el corazón por la culpa.

¿Sería ella capaz de llenar todo ese vacío, de compensar su sacrificio?

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó con voz temblorosa—. Me da miedo que un día te arrepientas de todo lo que has tenido que dejar atrás y que esa deuda tenga que saldarla yo.

Se le habían olvidado las formalidades y los protocolos: su subconsciente debió de considerar una estupidez seguir tratando de usted a la persona a la que acababa de prometerle su vida, seguir aparentando algo que no era.

Ni siquiera se disculpó al darse cuenta.

Y Arthur Caldwell debió de pensar lo mismo, porque detuvo el paso, la cogió de las manos y le habló desde lo más profundo, con una convicción contundente y abrumadora.

—¿Tú qué sientes, Delaira?, ¿qué te dice el corazón?

—Que podría dejarlo todo y acompañarte al fin del mundo. Pero yo no tengo nada.

—No. Yo soy el que no tiene nada, nada que valga la pena, salvo tú.

Leonor, que los observaba a cierta distancia, desvió la mirada.

Ir de carabina para eso… Pero comprendió que ya no tenía nada que hacer allí.

Aquella era una partida de dos, y acababan de sellar su compromiso.

Desde ese momento, su presencia era innecesaria: el requisito de los adinerados y los chismosos ya estaba cumplido.