Las tejedoras del mar Capítulo 11
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Capítulo 11

A veces atesoramo s momentos en las retinas, coleccionamos lugares a los que volver con el recuerdo, aromas que sabemos que nos transportarán a otro tiempo, a otra edad.

Sobre la felicidad siempre planea la sombra de un miedo atávico, ese temor a que algo nos la arrebate; por eso guardamos, casi con avaricia, esos instantes mágicos, porque intuimos que, si de verdad no hay mal que cien años dure, la dicha es siempre breve y nunca completa.

Los cambios en la vida de Delaira se iniciaron de forma inesperada y afectaron a toda su familia de acogida, pues cualquier giro en su destino lo sentían como propio.

De uno de sus viajes, Arthur Caldwell no regresó tan pronto como había prometido.

Lo habitual era que no tardase más de dos meses en volver, pero esa vez lo hizo.

Para apaciguar el ánimo y la desconfianza de Delaira, al cabo de un mes le envió un cable en el que explicaba que debía retrasarse, prometiéndole enviarle otro cada lunes.

El primero llegó a la dirección del Continental; los siguientes, era la propia Delaira la que acudía, llena de impaciencia, a recogerlos a las oficinas del Cable.

Emocionada, los leía una y otra vez tan pronto los tenía en la mano, aunque después los releía junto a Catalina y Leonor, que albergaban, sobre todo la madre, cierto temor y escepticismo, pese a las palabras, escasas pero tranquilizadoras, que contenían los mensajes.

En cualquier caso, pensaban que nada podían hacer al respecto, y que era mejor no inquietar a la muchacha con su recelo.

Lo que tuviese que ser, sería. Delaira estaba demasiado emocionada y feliz como para que alguien sembrase dudas en su cabeza o en su corazón.

Arthur Caldwell regresó a principios de octubre con dos firmes propósitos: comprometerse formalmente con Delaira y establecer su residencia permanente en Vigo.

Hasta ese momento solo se habían visto en contadas ocasiones, durante otros tantos paseos fuera del hotel, siempre bajo la custodia de Leonor.

Ni siquiera habían empezado a tutearse, manteniendo aquellas formas melindrosas y cansinas de la gente distinguida.

La noticia, por tanto, los sorprendió a todos, Delaira incluida.

Llegó al Continental un martes después del mediodía a bordo del SS Orinoco, un vapor de correo, pasajeros y mercancías de la Mala Real que, con regularidad, conectaba Southampton con las Indias Occidentales y hacía escala en la ciudad.

Fue de los primeros clientes en entrar al salón.

De camino a su mesa habitual, la miró apenas un segundo, y Delaira sintió que el corazón se le aceleraba.

No sabía que había llegado y se sorprendió al verlo allí.

Esperaba su regreso en breve, confiada después del último cable: «Mi pensamiento siempre con usted.

Mi regreso es inmediato». Había memorizado todas y cada una de aquellas escuetas misivas de tanto releerlas, hasta el punto de que Catalina podría haberlas recitado también porque cada noche la oía repetirlas como si fueran un rezo.

Entre las dos, entretejían cábalas mientras esperaban con ansia la siguiente.

«Circunstancias retrasan mi viaje. Confíe en mi palabra».

«Tramitando asuntos urgentes. Confío en su paciencia y comprensión».

«Pendiente de usted. Regresaré tan pronto como sea posible».

Semana tras semana, con cada nuevo cable, aquello que crecía en el pecho de Delaira se hacía más intenso. Nunca había sentido nada igual.

Recordó al guardameta del Exiles que tanto la había fascinado y al que tantas horas de ensueño había dedicado, el que creía que le había robado el corazón.

Comprendió entonces que no había sido más que un encantamiento pasajero, fruto de su mente fantasiosa, poblada de cuentos y desvaríos.

Porque no era él, en realidad, sino lo que representaba: todo lo que le rodeaba, aquella imagen idealizada en su cabeza, su estilo de vida, los ambientes en los que se movía…

Aspiraba a ser, de su mano —o quizá de la de cualquier otro—, una de aquellas señoritas que jugaban al lawn tennis con traje blanco y ridículo sombrerito de paja, o tomaban el té en Villa Felisa, cosa que, por cierto, había sobrevalorado.

El primer día que supo que iba a probar aquella bebida, cuando comenzaron a instruirla para trabajar en el salón de té, se sentía expectante y deseosa.

Se había imaginado tantas veces acercando a sus labios una de aquellas tazas de porcelana fina, saboreando una infusión que suponía deliciosa, que se sintió como si caminara hacia el altar a recibir el Santo Sacramento.

Era importante, había asegurado la encargada del salón, reconocer los distintos tipos de té que ofrecía el establecimiento y, de cada uno, sus variedades, amén de las infusiones.

El primero que probó era el más estimado por ingleses y visitantes, el que recomendaba la casa: el de Ceilán. Negro, de color oscuro y sabor fuerte…, eso era cuanto recordaba de las características que había descrito la encargada. Se lo comentó a Catalina; no pudo ocultar su desilusión.

—Lo he probado, Cata —le dijo mientras caminaban juntas hacia casa una tarde noche en que su amiga la esperaba a la salida del hotel.

—¿El qué? —preguntó Catalina sin saber a qué se refería.

—El té. Eso que para los ingleses es como ir a comulgar. Si es que comulgan, que no lo sé.

—Los domingos van a la capilla que tienen en la rúa del Ramal, que ahora se llama Colón, nunca me acuerdo, y dicen que leen las Escrituras y cantan himnos, pero no se da la com unión, solo en Navidad, Pascua y esas oc asiones. O eso se cuenta.

—Bueno, lo que sea… El caso es que lo probé, por fin.

—¿Y? ¿Te gustó? ¿A qué sabe? —quiso saber Catalina, intrigada por lo que en otro tiempo hubiese sido un hito en la vida de su amiga.

—Pues un horror, qué quieres que te diga. No lo escupí por educación. Y eso que me dieron a probar poco más que un dedal.

—¿No es como el café? —se sorprendió Catalina.

—Nooo… Es más amargo, y como ácido. No sabría decirte. Y eso que le pusieron azúcar, que hay quien se lo toma así, a pelo.

Desde ese instante, los había probado todos —negro, blanco, verde…—, y no le había cogido el gusto a ninguno, ni con leche, ni con limón, ni cargado de azúcar. Donde estuviese un buen café… Desde luego, se le había caído un mito después de haber suspirado tanto por aquello…

Rememoraba ese momento mientras caminaba hacia la mesa donde estaba Arthur, con el paso medido, tantas veces ensayado, fluido y silencioso; la espalda recta y la cabeza ligeramente elevada. Buscó contacto visual con una sonrisa.

—¿Le sirvo lo de siempre, señor? —le preguntó, y vio que unos pétalos se habían desprendido del centro floral que decoraba la mesa.

—Ardía en deseos de volver a verla, Delaira —exclamó él sin contestar a su pregunta al tiempo que acercaba la mano a la de ella hasta rozarla mientras recogía los restos de las flores.

Ella retiró la mano con rapidez y miró alrededor, nerviosa.

Eran tres las camareras que atendían el local a las horas más concurridas, a partir de las cuatro de la tarde.

Cada una se situaba en la zona que tenía destinada, desde la que podía observar y atender a los clientes sin invadir su privacidad, siempre atenta para intervenir sin interrumpir conversaciones o momentos de lectura.

Ninguna de ellas estaba al alcance de sus ojos.

Por su posición, ningún cliente podría haber reparado en ese comportamiento inusual.

Se enderezó de repente, inmóvil, perpleja, sin saber si volver a hablar o esperar. Él tenía el gesto serio, la mirada afligida; no había rastro del semblante risueño y relajado que ella recordaba, ni de sus comentarios galantes y respetuosos.

—¿Le sirvo lo de siempre, señor? —repitió finalmente para escapar de aquella incomodidad que empezaba a angustiarla.

—Sí, por favor.

Delaira se alejó con la respiración agitada y una sensación extraña en el cuerpo. ¿Habría bebido? Había visto a muchos hombres —algunos muy distinguidos— perder los modales con el alcohol, pero no parecía ser el caso. Más bien lo notó impaciente y abatido. Trató de respirar hondo y serenarse.

Cuando regresó con la bandeja, las manos le temblaban tanto que apenas pudo depositarla sobre la mesa.

—Necesito hablar con usted cuanto antes —le susurró él.

—Mi día de descanso fue ayer, como sabe. Quizá el próximo lunes…

—No —la interrumpió con contundencia—, no quiero esperar tanto. No puedo. La veré a la salida.

—Puede que eso no sea muy prudente, señor. Me está usted poniendo en un compromiso. ¿Desea alguna otra cosa?

—La esperaré.

Delaira hizo una leve inclinación, como si se despidiera de un cliente cualquiera, al ver que un grupo de señoras ocupaba una mesa cercana.

No sabía si sentir alivio o pesadumbre. La conversación había sido lo bastante larga y personal para temer por su trabajo, y lo bastante breve e inquietante como para dejarla en un estado de desasosiego difícil de sobrellevar.

Lo vio levantarse con expresión grave. Cruzaron las miradas cuando se dirigía a la puerta, sin que su gesto cambiase lo más mínimo, y aquella actitud le encogió el corazón.

Sospechaba que no saldría indemne de lo que él tuviese que contarle, y los ojos se le llenaron de unas inoportunas lágrimas que trató de ocultar tras la sonrisa profesional que debía ofrecer a la clientela.

El tiempo hasta su hora de salida parecía ralentizarse en el elegante reloj de pared de madera oscura que presidía uno de los laterales del salón.

El péndulo dorado se balanceaba detrás del cristal, y las finas manecillas sobre la esfera blanca avanzaban, a sus ojos, más despacio que de costumbre.

Pero, al fin, las agujas marcaron las siete y el eco claro de las campanadas resonó en su cabeza como una liberación.

Aun así, demoró la salida para no coincidir con las compañeras que acababan su turno a la misma hora.

El día había amanecido frío y encapotado, y apenas quedaba luz cuando cruzó la puerta de servicio.

Agradeció la penumbra; esperaba que la oscuridad la protegiese, aunque el alumbrado eléctrico —que habían empezado a instalar en zonas céntricas y comerciales, como la alameda, la Porta do Sol o la rúa do Príncipe— pronto se encendería.

El Continental estaba situado al inicio de la rúa Carral, cerca del mercado de A Laxe. Desde allí, el trayecto hasta O Berbés era corto, de apenas unos diez minutos a pie. Descendiendo por la rúa Carral se llegaba a la rúa Real y, al final de esta, a la porta da Ribeira, que daba acceso al puerto.

Mir ó alrededor desde la salida lateral del hotel que daba a la bajada de A Laxe, pero no vio a nadie.

Extrañada y algo decepcionada por no poder deshacerse de aquella intriga, echó a andar en dirección a casa.

Apenas había dado unos pasos cuando lo vio aparecer de frente.

Se sintió aturdida mientras él se acercaba.

No fue capaz de seguir andando y permaneció inmóvil hasta que llegó a su lado.

—Lamento mi comportamiento en el hotel, Delaira, lo que menos deseo es incomodarla —dijo por todo saludo, con gesto pesaroso—, pero necesito hablar con usted cuanto antes. Decisiones importantes dependen de ello. En realidad, mi futuro depende de ello.

Delaira sintió que un fuego le subía desde el pecho y las palabras se le arremolinaron en los labios.

—No sé cómo podría yo influir en sus decisiones —balbuceó al fin—, ni qué es tan importante como para no poder esperar hasta el lunes. Sabe que estos encuentros no están bien vistos sin una acompañante o un compromiso de por medio —añadió, más por pudor que por verdadera preocupación.

—Pues comprometámonos —exclamó él con decisión, casi con vehemencia.

Delaira se detuvo de repente y lo observó atónita.

No era consciente de que hubiesen dado un solo paso, pero ya se habían adentrado en la rúa Carral.

Miró a un lado y a otro por si alguien había oído aquel desatino, pero a aquellas horas ya no había apenas actividad comercial y la calle estaba casi desierta.

—¿Cómo dice? —preguntó con los ojos desorbitados.

—¿Querría casarse conmigo? —insistió Arthur Caldwell con gesto serio en aquello que Delaira no podía concebir.

—¿Se ha vuelto loco? —exclamó asustada. La proposición era tan precipitada que solo podía presagiar complicaciones—. No… No deseo que me siga acompañando. Por favor, déjeme continuar sola.

Echó a andar con paso apresurado.

—Delaira, se lo suplico, si me escuchase…

—¿Se da cuenta de lo que me propone? Apenas nos conocemos, nuestra relación se reduce a unos breves paseos seguidos por mi tía Leonor, que no es mi tía, como sabe.

—Para mí la realidad es otra —replicó él.

—¿Cuál? —preguntó ella, volviéndose un instante—. No hay otra.

—Sí la hay —respondió Arthur, deteniéndose a su lado—.

Hace más de dos años que la vi por primera vez, y no he conseguido sacar su imagen de mi cabeza ni por un momento.

Sabía que estaba pasando por una situación difícil y no me atreví a cometer la insensatez de acercarme, pero durante este tiempo no he podido mirar a ninguna otra mujer.

Desde aquella primera cita, supe que quería compartir mi vida con usted.

Mis intenciones son sinceras, se lo prometo.

El corazón de Delaira se desbocó. A ella le ocurría lo mismo desde el día que lo vio llegar, a través de las cristaleras del salón, con su mirada curiosa, el pelo alborotado por la brisa, su semblante risueño, su aspecto juvenil y despreocupado…

Pero no se lo diría. No, eso no se lo reconocería ni a él ni a ningún otro, ya fuese de su alcurnia o el marinero de una simple gamela.

Se moriría de vergüenza. Aquella especie de pundonor que les habían inculcado desde niñas se lo impedía.

—Dígame algo —insistió él al verla callada, absorta en sus pensamientos, todavía inmóvil en mitad de la calle.

Lo miraba con una expresión que Arthur no sabía interpretar, aunque, al menos, el susto había desaparecido de su cara.

—Comprenda que no sé qué decirle —atinó por fin.

—¿Me dará una respuesta el lunes?

—Sí, se la daré —afirmó, y sonrió sin poder evitarlo.

Hubiera querido abrazarlo, besarlo, gritar que lo amaba, que era una fantasía que apenas podía creer. Pero se contuvo; solo sonrió, porque le fue imposible no hacerlo.

—Esperaré con ansia —aseguró Arthur Caldwell con la esperanza de que aquella sonrisa de Delaira colmase sus expectativas.

Su cara y todo su cuerpo por fin se relajaron y volvió a ser el muchacho de gesto distendido y mirada vivaracha de siempre.

El alumbrado se había encendido. En el casco antiguo y los arrabales, incluyendo O Berbés, persistía la luz de gas, con su fosforescencia cálida y amarillenta.

En la porta da Ribeira, cuando se despidieron, los ojos de Delaira brillaban titilantes pero profundos, como las lámparas de queroseno de los barcos de pesca que vuelven a puerto al anochecer.