Capítulo 10
L eonor escuchó perpleja lo que Delaira le contó acerca del joven inglés y su proposición.
Unas le iban y otras le venían. Había ya en la ciudad muchos matrimonios entre extranjeros, sobre todo de ingleses y viguesas, en concreto desde que habían llegado los oficiales del Cable Inglés, casi todos jóvenes y solteros.
Pero se relacionaban y buscaban esposas entre las hijas de familias pudientes.
Alguno había también que se había salido de la norma.
En realidad solo uno, que ella conociera, un oficial de la compañía que se había casado con una muchacha del barrio de O Calvario, justo de la rúa Taboada Leal, donde se situaba la residencia de los trabajadores del Cable.
Ella era de una familia muy numerosa y humilde que trabajaba en la conservera de Barreras, en la playa de Guixar.
La historia de aquel romance era bastante reciente y había corrido de boca en boca, en especial entre las muchachas de las clases más modestas de los arrabales y las trabajadoras de las fábricas, como si fuese un cuento de princesas al alcance de cualquiera, una puerta hasta ese momento vetada que se abría a nuevas y dispares relaciones que no habían tenido espejo en el que mirarse, ya que cualquier caso similar no les había llegado más que de oídas.
La presencia de las empacadoras —mujeres que trabajaban en las conserveras— fue numerosa.
Armadas de pancartas, banderines y cacerolas, desempeñaron un papel destacado al mostrar su preocupación por el futuro de sus empleos.
A la movilización se sumaron amplios sectores de la población que, aunque no dependían de la industria conservera, eran conscientes de su importancia para la economía local.
El conflicto había surgido porque las fábricas consumían grandes cantidades de hojalata que llegaba de Bilbao, más cara y de peor calidad que la inglesa, además de insuficiente.
Por ello comenzaron a importarla de Reino Unido.
El problema estalló cuando el Gobierno, en su afán por proteger la siderurgia nacional, impuso el obligatorio abastecimiento de hojal ata española, lo que limitó las importaciones.
Ante la falta de envases, varias fábricas se vieron obligadas a parar.
Pese a la fuerza y la unidad del movimiento, la resolución final favoreció a la industria vasca, no a la gallega, aunque se había demostrado que las fábricas de Bilbao no podían satisfacer la demanda, ofrecían una calidad inferior y sus precios eran más altos que los de la importación inglesa.
Aquello llevó a los empresarios a comprender que la solución pasaba por producir hojalata en Vigo.
Pocos años después se fundaría la primera fábrica de estampación, La Metalúrgica.
Leonor recordaba aquel día. Vigo entero se había echado a la calle, y la ría se llenó de embarcaciones de la zona. Nunca se había visto nada igual. Todos defendían su pan, desde el más rico al más humilde, pues la economía de la ciudad y de los alrededores giraba en torno al mar y sus industrias.
Los manifestantes se habían ido concentrando en el paseo de Alfonso para después dirigirse a la rúa Sombrereiros y acabar en la praza da Constitución.
En ese escenario, entre la fiesta y la reivindicación, María Dulce Estévez —Dulcina, la de Viturro, como era conocida—, bien provista de banderín y cacerola, al salir apresurada de casa chocó de bruces con un oficial del Cable, que había dejado la residencia unos metros atrás.
Ambos se miraron un instante tras el accidental atropello, y Dulcina, con su natural desparpajo, alzó las manos y le preguntó:
—¿Banderita o puchero?
El inglés cogió el banderín y, si tenía otro destino, abandonó su propósito para acompañar a Dulcina hasta la plaza, mientras ella le explicaba el motivo y la importancia de aquella concentración.
Esa fue la primera vez que se vieron. Apenas dos años después, estaban casados.
Sin duda, aquel era el mejor y más cercano ejemplo de que una relación tan desigual podía llegar a buen puerto.
«¿Por qué no ha de tener Delaira la misma suerte?
», pensaba Leonor. Desde luego, ella haría cuanto estuviese en su mano para que aquel amorío, si había de ser, fuese por buen camino.
Lo primero era acompañar a la niña en su primera cita, como mandaban las costumbres.
No para vigilarla —que bien sabía que Delaira sabría guardar las formas, sin duda mejor que ella—, sino para que quedara claro que, aunque no tuviese familia, había quien velaba por ella.
No fuese que alguien pensara que podía aprovecharse de su desamparo.
—Pues tendré que acompañarte yo —resolvió Leonor después de evocar y analizar fugazmente la historia de Dulcina.
—¿Y no podría acompañarla yo, madre? —se quejó Catalina.
—No, la primera vez, no. Ya luego veremos.
Las muchachas aceptaron que, en una primera cita, era lo correcto. Distinto hubiese sido que fuese acompañada por su grupo de amigas, pero, de ir una sola persona, por supuesto una mujer, lo más sensato era que en los primeros encuentros fuese alguien que transmitiese madurez y respeto.
El día convenido, a las cinco de la tarde, ataviadas con la modesta elegancia que les permitían sus roperos y peinadas con esmero bajo sus discretos sombreros, las dos mujeres se dirigieron al edificio de la Junta de Obras del Puerto, donde habían acordado el encuentro.
En las tardes previas, a la hora del té, los jóvenes habían intercambiado breves y cautelosas conversaciones, y ella le había advertido de que su tía Leonor los acompañaría.
Él ya las esperaba. Ellas se acercaron, a cada cual más nerviosa.
Y aunque cada una tenía sus diferentes y personales razones, la principal era para ambas la distancia social que los separaba.
Para Leonor, por si aquello no funcionaba y la chica volvía a caer, quizá con más fuerza, en el abatimiento del que estaba empezando a salir, y, para Delaira, por el temor de no estar a la altura, no encontrar conversación o sentirse ridícula.
Arthur Caldwell avanzó un par de pasos, levantó el sombrero levemente y se presentó ante Leonor ofreciéndole un «pequeño presente», según dijo: una cajita de chocolates con el distintivo de la recién inaugurada confitería La Estrella, en la céntrica rúa do Príncipe.
El establecimiento hacía las delicias de los paladares más exclusivos de vigueses y visitantes con dulces tradicionales como melindres y almendrados, pero, sobre todo, con sus chocolates artesanales, y que esa noche llegaron, con gran regocijo, a la mesa de los de A Catuxa.
Tras la breve presentación, y dado que los jóvenes ya se conocían, Leonor cumplió su papel de carabina: los dejó adelantarse y los siguió a cierta distancia.
Había visto aquel ritual cientos de veces, pero nunca había formado parte de él, ni como acompañante ni como novia de su Enrique.
Nunca se anduvieron ellos con semejantes zarandajas.
Tampoco se vieron a solas, siempre rodeados de madres o compañeras en fiestas y bailes.
Aquellos paseos eran cosa de señoritos que no tenían mayor ocupación, y tanto les daba un lunes que un domingo.
Sin embargo, cada vez que se cruzaba en aquel paseo con otras parejas seguidas también de su velón, se sentía tan orgullosa que se le envaraba la espalda y la cabeza se le erguía sola.
¡Si las viera Lola! Su niña, tan bonita, caminando junto a aquel muchacho que parecía un figurín, con su buen traje y chaleco, la camisa de cuello almidonado, el reloj de cadena y el sombrero de copa baja.
Era guapo, además: alto, esbelto y ágil, con el pelo castaño claro y unos ojos que miraban de frente, sinceros, con modales elegantes, pero sin artificio.
Y ella, Leonor, caminando tras ellos como una de aquellas damas que arrastraban sus vestidos por los senderos de los jardines, aunque el suyo no pasara de los tobillos.
Lola se partiría de risa, y a ella misma se le dibujaba una sonrisa al verse en semejante brete, mientras los jóvenes, por sus semblantes, parecían disfrutar de la mutua compañía durante aquella hora de paseo.
Esos encuentros duraron apenas dos semanas más.
Después, Arthur Caldwell tuvo que marcharse con la promesa de regresar pronto.
Sus ausencias solían prolongarse dos meses, a veces menos.
Las epidemias de viruela durante 1891 y 1892 habían sido particularmente graves, con un elevado número de contagios y muertes en diversas regiones del país.
Aquello marcó un punto de inflexión en el camino hacia la vacunación obligatoria, ya adoptada décadas atrás por otros países europeos.
Y aunque no organizaba campañas de vacunación, la farmacéutica inglesa era proveedora de médicos, hospitales y autoridades sanitarias españolas.
Además, en la península competía con laboratorios franceses y alemanes en un mercado aún dependiente de la importación.
España, como Portugal, era vista como un caladero prometedor no solo allí, sino también para América Latina.
De ahí que el destino de sus viajes, además de volver a la sede de Londres, donde residía su familia, fuese recorrer España representando los intereses de la Burroughs Wellcome.
Leonor se sintió aliviada al saber de la marcha del joven inglés.
Menos mal que Catalina le había evitado aquel engorro.
Su hija se veía desde hacía un tiempo con Amaro, un muchacho de O Berbés, conocido de toda la vida.
Su familia trabajaba repartiendo pescado fresco desde generaciones atrás, muy reputada en la ciudad.
Compraba directamente a los marineros a pie de barco, en el puerto, en el mercado de A Pedra y en el propio O Berbés, y distribuía el pescado en las plazas cercanas y ciudades del interior, por mar, por ferrocarril o en carruajes adaptados para conservar la mercancía.
En sus inicios, para mantener el pescado fresco, utilizaban hielo traído de las montañas lucenses de O Courel y Os Ancares.
La nieve se acumulaba en neveiras excavadas en tierra o piedra que conservaban el hielo durante meses.
En invierno, o a comienzos de primavera, se transportaba en carros cubiertos de paja o telas gruesas, y, cuando era posible, lo bajaban por el río o en tren.
Ya en Vigo, además de usarlo para su negocio, lo distribuía n entre comerciantes, mercados y tabernas.
Pero la apertura de la primera fábrica de hielo artificial, La Industria del Hielo, en el barrio de O Areal, cerca del puerto, obligó a la familia a prescindir del negocio.
A cambio, su actividad como tratantes de pescado fresco creció: el hielo artificial resultaba más barato, estaba disponible todo el año y en las cantidades necesarias, lo que supuso un gran avance para la conservación y el transporte.
La de su hija con Amaro era una relación que satisfacía a Leonor: un muchacho formal, trabajador, avispado para los negocios…
Y bien parecido, todo había que decirlo, que no desmerecía en nada al lado de la serena pero exuberante belleza de su hija.
Su piel morena, curtida por el sol y el viento, como todo aquel que vivía en estrecho contacto con el mar, la espalda ancha, las manos fuertes, el cabello oscuro y revuelto.
Los ojos, de un castaño profundo con un brillo aventurero, transmitían, sin embargo, determinación y honestidad, a pesar de su juventud, cuando extendía la mano y miraba de frente cada vez que cerraba un trato.
Le recordaba en carácter a cómo era Delaira antes de la muerte de Lola.
Por donde pasaba, dejaba un rastro de alegría.
Solía silbar o entonar coplas mientras esperaba las descargas en el puerto, cigarrillo en mano y gorra de visera.
Quizá, de no haber mediado la desgracia, él se habría fijado en Delaira en vez de en Catalina.
Difícil no hacerlo, con aquella vitalidad desbordante.
Pero también era poco probable que ella hubiese mirado a ningún chico del barrio; ni siquiera a su hijo Quique, con lo enamorado que estaba.
Delaira fantaseaba entonces con aquellos ingleses blanquecinos y atléticos que jugaban en los Cuadros del Relleno. Y he ahí el destino, que, a pesar de su desgracia —o tal vez por ella—, le puso a uno en su camino. Solo esperaba que aquello prosperase y lo hiciese para bien.
Qué falta le hacía Lola para compartir aquella etapa de la vida de sus hijas…
Qué falta le hacía para todo. Cuántas lágrimas tuvo que tragarse para tirar de aquel carro, lamiéndose su herida y disfrazando su dolor de fortaleza y decisión para que las niñas —sobre todo Delaira, claro— no se desmoronaran.
La extrañaba tanto… Recordaba sus propios noviazgos, en Redondela, siempre juntas, lo dichosas que habían sido a pesar de sus carencias; la ilusión con la que comenzaron una nueva vida en O Berbés, la una al lado de la otra, puerta con puerta; tantas horas de faena compartidas, tantos sueños que no prosperaron…
La vida, que es así de falsa, va dando una de cal y otra de arena.