Las tejedoras del mar Capítulo 9
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Capítulo 9

Catalina se había pasado aquel domingo deseando que las horas volasen solo para que llegara el momento en que Delaira volviese del hotel, cenaran y, por fin, ya a solas en casa de su amiga —en la habitación que seguían compartiendo—, le contase de una vez qué le había dicho aquel joven inglés.

Quería saber de qué habían hablado para que Delaira, llena de un entusiasmo que hacía tiempo no le veía, le hubiese dejado caer aquellas migajas que la tenían en un sinvivir, esperando su revelación.

Ciertamente, Delaira le había hablado de aquel muchacho todos y cada uno de los días en que él estaba hospedado en el hotel.

Le describía su atuendo, los breves intercambios de frases protocolarias a la hora del té, los comentarios en los que a veces creía descubrir un doble sentido, la manera en que la miraba y lo que aquello le hacía sentir…

Sabía que aquel joven le gustaba. Pero eso no era nada nuevo en ella; siempre había sido enamoradiza, aunque sus sentimientos subían y bajaban casi al compás de las mareas.

Solo uno de aquellos amores platónicos duró lo suficiente en su cabeza como para chispear un poco en su corazón: el de un jugador de los Exiles, un equipo formado por oficiales del Cable Inglés, que ejercía de portero.

Cada vez que tenían ocasión, las dos iban a ver los partidos que jugaban en los Cuadros del Relleno.

A falta de equipos locales, pues era un deporte novedoso, introducido por los propios oficiales a su llegada con el Cable, se enfrentaban a clubes formados por tripulantes de la Royal Navy, que con frecuencia fondeaban en la ría.

Los Exiles vestían calzones y medias negras, y camisas blancas: los colores de la bandera de Cornualles decían, donde —en concreto en Porthcurno—, tenía la compañía su sede central.

—Mira, Cata —observaba Delaira, divertida—, dime si no parecen urracas peleándose por una musaraña.

Ellas se situaban siempre cerca de la portería, en un lugar bien escogido para que Delaira pudiese observar a placer a aquel joven deportista alto y ágil, de complexión atlética, aunque no demasiado corpulento, con cabello corto castaño claro, que sin dudarlo se lanzaba al suelo con valentía para defender la meta.

Pero el sitio debía ser también lo bastante estratégico para que él pudiera verla; si no, qué gracia tendría —decía ella—, estar allí aguantando aquel juego que a veces resultaba lento y aburrido.

—Es guapo, ¿eh, Cata? —decía cada vez que, intencionadamente, dejaba caer el pañuelo y, echando la cabeza hacia atrás, hacía ondear al sol su melena rubia con las manos para llamar la atención del portero.

—Bueno, los hay más. Y menos. Uno de tantos, vaya —la chinchaba Catalina.

—¡Qué dices! Si es el más guapo de todos. Y va a ser mi novio. Él no lo sabe aún, pero pronto lo sabrá. Te lo digo yo —replicaba ella con la más absoluta convicción.

—¿De verdad? —Catalina la miraba incrédula, con cierta compasión por si su amiga estaba llevando sus fantasías demasiado lejos.

Aun así, era evidente que aquel fornido portero de los Exiles había acabado por fijarse en ella.

Era difícil no hacerlo: además de hermosa, Delaira sabía hacerse notar allí donde estuviese.

Pero no llegaron a saber si el presentimiento de su amiga se cumpliría, porque el accidente de la tía Lola dio al traste con cualquier posibilidad de que llegara a materializarse.

Esa vez, Catalina tampoco sabía si Delaira tenía ante sí un espejismo; si todo aquello que veía y sentía no era más que la necesidad de evadirse, de dar un paso hacia una zona de luz para salir de su agujero sin asegurarse de que no era un abismo lo que tenía delante de los pies.

—A ver, que me tienes en ascuas —urgió Catalina

El momento había llegado, y no podía más con la impaciencia. Pero Delaira aún alargó aquel trance hasta que estuvieron acostadas, cara a cara, envueltas por aquella luz tenue de la vela que invitaba a las confidencias.

—Pues eso —comenzó, para deleite y alivio de su amiga—: que ayer subió a la terraza para tomar el té.

Sabe cuándo me toca allí; tiene que saberlo porque cuando estoy arriba nunca va al salón, y, como siempre, ocupó la misma mesa, en la zona que yo sirvo, pero esta vez, como había muy poca gente, estaba yo sola.

Llegó tarde, creo que lo hizo adrede. Le serví como siempre, pero lo encontré más serio de lo normal, o más nervioso, no sé…

Como que me rehuía un poco la mirada, cosa que nunca había hecho.

Yo me coloqué, como solemos hacer, al fondo de la terraza, junto al carrito de servicio, atenta a cualquier demanda de los clientes, y en un momento en que cruzamos las miradas me hizo un gesto para que me acercara, y yo me aproximé a su mesa.

«—¿Necesita usted algo, señor? ¿Otro té o algo para acompañar? —le pregunté con amabilidad.

»—No, todo está perfecto, señorita… —Me miró y levantó las cejas, esperando que completara la frase.

»—Rodríguez, señor, para atenderle en lo que necesite —respondí sorprendida, pero lo más profesional que pude.

»—¿De nombre…? —insistió.

»—Delaira, señor —contesté con ca utela.

»—¡Delaira! —repitió—. Curioso y bonito nombre. Nunca lo había oído».

—Me hubiera gustado decirle que lo eligió la esposa cubana de un hermano de mi madre que fueron mis padrinos por poderes, y que el cura fue reacio porque no le parecía lo suficientemente cristiano, así que tuvieron que añadir María: María Delaira. Pero no se lo dije, por supuesto.

«—¿Algo en lo que pueda ayudarle, señor? —insistí echando un ojo al local por si alguien nos miraba o requería de mi servicio, pero, por suerte, los clientes de la única mesa que todavía seguía ocupada estaban enfrascados en su conversación.

»—Disculpe si le parece un atrevimiento por mi parte, Delaira. Si es así, perdone mi osadía. Por nada quisiera incomodarla, pero ha de saber que mi única razón para acudir cada día a tomar el té es verla a usted. Desde el primer día».

—Cata, me quedé tan embobada que pensé que me desmayaba allí mismo. Es que me lo dijo así, tal cual, con estas palabras.

—No me extraña —manifes tó Catalina con los ojos abiertos como platos mientras se incorporaba sobre el antebrazo y alargaba el cuello para escuchar mejor el relato de su amiga, que estaba tomando un cariz sorprendente—. Y tú, ¿qué le dijiste?

—Pues salí como pude, recordándole a él, pero sobre todo a mí misma, que estaba trabajando.

Al escuchar aquella declaración tan directa, Delaira se había quedado sin palabras. Ni siquiera se había puesto colorada, que habría sido su reacción espontánea y natural. Lo miraba con desconcierto, tratando de asimilar lo que acababa de suceder, hasta que él reaccionó al verla tan conmocionada.

«—Ha sido un desatino por mi parte abordarla así. Disculpe mi torpeza, se lo ruego —se excusó con gesto pesaroso—. No me perdonaría haberla ofendido.

»—No…, no me ha ofendido, señor, pero las normas del hotel son muy estrictas. Lo lamento, pero no nos está permitido mantener conversaciones con los clientes que no estén expresamente relacionadas con el servicio.

»—Entonces, si consid era que mis intenciones son sinceras, y le aseguro que lo son —dijo acercando su mano al pecho—, quizá podríamos compartir un paseo por la alameda o un r ato de conversación más allá de estas mesas».

—Te juro, Cata, que no empecé a dar saltos por la terraza de puro milagro. Me entraron ganas de reír, de llorar… No sé, fue tan raro…

—¿Y qué pasó?, ¿qué le dijiste? —quis o saber Catalina, tan exaltada como su amiga.

—Pues mira, yo tampoco me anduve con remilgos, que la vida nos da pocas oportunidades. Pero lo hice con recato y buenas formas, ya sabes, que he aprendido mucho desde que estoy en el hotel.

«—Me halaga su propuesta y sería de mi agrado compartir ese paseo —le dije así de correcta—, pero me temo que un trato personal con usted podría poner en riesgo mi puesto de trabajo. Y mi reputación —añadí.

»—Le aseguro que podría cambiarme de hotel hoy mismo, cualquier cosa para que usted acepte —exclamó sonriente—. Un paseo al aire libre por la alameda, el puerto o los jardines de Elduayen sería una opción que no debería comprometerla. Máxime si lleva usted una acompañante.

»—Mi día de descanso es por lo general el lunes, señor, mañana. Un día que se presta poco para el paseo y el entretenimiento. Mis horarios son difícilmente compatibles con los de mis posibles acompañantes».

—¡Qué bien hablas, Delai! Pareces una de esas señoritas ricas que estudian en la Compañía de María —observó Catalina maravillada por el lenguaje de su amiga.

—Es que me fijo mucho en las señoras que pasan por el hotel, Cata. Cómo hablan, cómo se visten, sus gestos, su lenguaje… Me encanta mirarlas y aprender de todo lo que hacen y dicen. Que mientras trabajo, oigo, veo y aprendo.

—Bueno, y al final ¿qué? ¿Cómo quedó la cosa?

—Pues quedamos para dar un paseo el lunes por los jardines de Elduayen. Mañana no, el próximo. A ver cómo lo hago.

Catalina la miró sopesando los pros y los contras del lugar del encuentro.

Cierto que todos ellos eran lugares públicos y concurridos, y cabía esperar que siguiesen a rajatabla las estrictas normas de etiqueta y decoro, que, aunque entre el pueblo llano eran mucho más relajadas o no existían, entre las clases acomodadas resultaban esenciales para mantener la reputación y el respeto social.

Todo aquello que —lo habían comentado alguna vez— les parecía una ridícula pantomima.

De niñas, cuando aún podían disfrutar juntas de las tardes del domingo para su esparcimiento, se acercaban a la alameda o a Elduayen con el único objetivo de observar a las parejas burguesas que se exhibían buscando, sobre todo, reafirmar su estatus social.

Estudiaban y criticaban su atuendo, sus modales refinados, sus gestos almibarados hasta el empacho: los caballeros con sus trajes oscuros o de tonos neutros, con sombrero de copa o bombín, bastón y guantes; las damas encorsetadas con sus vestidos largos, de colores suaves durante el día y más oscuros por la tarde, combinados con sombreros adornados y guantes.

También al caminar se repetían los patrones: los hombres siempre iban por el lado exterior, dejando el interior a las mujeres, como para protegerlas del paso de los carruajes o de cualquier posible, aunque muy improbable, contrariedad que pudiese afectarlas.

Caminaban a paso lento y acompasado, y, aunque las dos amigas estuvieran a su lado, apenas podían oír sus conversaciones, pues hablaban en voz baja, como en susurros, y nunca, jamás, se tocaban, a no ser que los caballeros ofrecieran por un instante el brazo para que las damas se apoyaran al subir o bajar del carruaje, en una escalera o al levantarse de un banco.

Aunque esos espacios, creados a la par que la creciente modernización de Vigo, empezaban a ser frecuentados por toda clase de ciudadanos, habían sido, si no destinados, sí ocupados por las élites locales y la emergente burguesía, que buscaban consolidar su prestigio las primeras y proyectar su ascenso social la segunda.

Catalina se preguntaba cómo encajaría allí Delaira, que era todo espontaneidad, franqueza, improvisación… Cómo se amoldaría a tanta afectación y melindre.

—¿Qué piensas, Cata? Te has quedado muy callada.

—No sé. ¿A ti te apetece? Más bien, ¿te sentirás cómoda?

Si un domingo te fueses a dar una vuelta con un obrero por la alameda, a nadie le extrañaría.

Las de nuestra clase no necesitamos llevar un velón detrás en sitios así y a plena luz del día, pero ya sabes lo remilgada que es esa gente, sobre todo los ingleses.

Me da miedo que te hagan un traje más a medida que el que lleves.

—¿Y qué hago? Si vamos a un lugar concurrido, malo; si está más apartado, peor. Me muero por ir. Voy a ir sí o sí. Además, los lunes apenas hay nadie. Es el mejor día.

—Bueno, visto así… ¿Se lo dirás a mi madre?

Delaira se quedó callada. En realidad, no lo había pensado. A la suya, si aún tuviese la dicha de tenerla, tendría que comentárselo y pedirle permiso, por descontado. Pero su madre ya no estaba y Leonor, en cierto modo, ocupaba su lugar.

—Claro. Tendré que decírselo —dijo como si lo contrario ni se le hubiese pasado por la cabeza.