Capítulo 8
Debido a su ubicación estratégica en el Atlántico y su creciente relevancia para el comercio, Vigo se había consolidado como una escala esencial en las rutas marítimas internacionales que conectaban Europa y América.
Su puerto servía de punto de embarque para emigrantes que viajaban hacia el Nuevo Mundo o de desembarque para aquellos que regresaban al Viejo Continente, además de ser centro de carga y descarga de mercancías y correspondencia.
Especialmente intensa era la presencia de embarcaciones de la Mala Real Inglesa, que incluía a Vigo en sus rutas regulares que conectaban Inglaterra con puertos del Caribe y Sudamérica —Buenos Aires, Montevideo o Río de Janeiro—, destinos clave de la emigración gallega y de otros territorios del interior de la península que llegaban a la ciudad para embarcarse rumbo a América Latina, empujados, sobre todo, por la necesidad de escapar de la miseria y bajo los auspicios de que allí encontrarían mejor fortuna.
Al frente de aquella remesa, y en calidad de delegado de la Burroughs Wellcome, una de las farmacéuticas más prestigiosas de la época, viajaba el representante de la compañía, acompañado de su hijo.
Sus responsabilidades abarcaban desde la distribución y promoción de productos médicos hasta la gestión de las relaciones con las autoridades sanitarias, los farmacéuticos, los hospitales y los agentes locales.
Vigo, con su puerto estratégico y su lazareto aún muy activo, se revelaba como la puerta de entrada ideal al mercado español en una época en que, pese a los avances científicos, especialmente en materia de vacunas, los brotes epidémicos continuaban siendo frecuentes, y muchas embarcaciones se veían obligadas a que sus tripulantes pasasen allí cuarentena y su mercancía fuese desinfectada.
A través de las amplias cristaleras del todavía desierto salón de té del Continental, donde el personal ultimaba los preparativos, Delaira los vio llegar acompañados de varias autoridades que reconoció de inmediato: el alcaide de San Simón, el presidente de la Junta Provincial de Sanidad y el comisionado López Neira.
Dedujo que los recién llegados estaban vinculados, sin duda, con el ámbito sanitario.
Delaira calculó que el mayor de los dos visitantes rondaría los cincuenta años, aunque resultaba difícil precisar la edad de quienes pertenecían a clases acomodadas, sobre todo de las damas, protegidas de los rigores del trabajo físico y de la intemperie, que curtían de forma prematura los cuerpos y los rostros de las mujeres trabajadoras que no conocían otro afeite que el agua y el jabón.
Era un hombre de mediana estatura, complexión fuerte y porte erguido, con un bigote espeso recortado al estilo inglés, con los extremos curvados levemente hacia arriba, enmarcando un semblante severo.
Sus grises y penetrantes ojos, como comprobaría después, se entrecerraban como si la débil luz del sol primaveral tras el ligero orballo con que había amanecido el día fuese un lujo infrecuente en su rutina.
El cabello oscuro, peinado hacia atrás con mucho cuidado, completaba su imagen rígida y discreta.
Mientras avanzaba con paso firme hacia el hotel, su mirada, que de vez en cuando se dirigía a los acompañantes de la comitiva, apenas se levantaba del suelo, como si tuviese interés en observar todos los detalles de los adoquines húmedos de la calle.
Unos pasos atrás seguía al grupo un joven de poco más de veinte años, esbelto y algo más alto que el resto, aunque su postura era más relajada, casi indiferente.
Su rostro, de facciones suaves y juveniles, mostraba las mejillas algo sonrosadas por el todavía fresco viento atlántico.
El cabello, un poco rebelde ante aquella ligera brisa, era de un castaño claro que se rizaba levemente en las puntas, a pesar de sus intentos por mantenerlo peinado hacia atrás.
Vestía un traje de corte moderno, con un chaleco gris que parecía estar hecho más para la comodidad que para la etiqueta y, aunque caminaba al paso de los demás, no podía ocultar su naturaleza curiosa: su cabeza se volvía con rapidez, atento a las fachadas de piedra que se levantaban frente al bullicioso puerto, los barcos anclados, las cajas de mercancía, los trabajadores que iban y venían, los puestos de pescado, los carruajes…
Delaira lo miró con cierta ternura, quizá también con algo de envidia.
Le recordó a ella misma un año atrás: ese afán por descubrir el mundo, por observar y empaparse de lo nuevo mirándolo todo con interés y ojos inquisitivos, convirtiendo cada detalle en una revelación, en una oportunidad para crecer por dentro y por fuera, cuando soñaba con salir de aquel O Berbés sucio y maloliente.
Pero tan suyo, tan querido, sin embargo.
A las cinco de la tarde, con la puntualidad del reloj del Cable y la sobriedad inglesa, los dos forasteros entraron en el salón de té, espacio que, además de servir para el descanso, funcionaba como discreto escenario de negocios.
Aunque los acuerdos más formales se reservaban al salón de fumadores, no era raro que algunos caballeros prefiriesen la atmósfera más distendida del salón de té para discutir asuntos comerciales.
Se compartían también noticias de sociedad y novedades internacionales, lo que fortalecía vínculos y alianzas en un entorno informal y amigable.
Allí los esperaban el señor López Neira, el presidente de la Junta Provincial de Sanidad y otros dos caballeros que Delaira no conocía. La reunión se prolongó hasta bien entrada la tarde.
Días después, Delaira supo que los dos visitantes eran padre e hijo, y confirmó que su presencia en Vigo respondía, como había supuesto, a cuestiones sanitarias.
También observó que, durante las reuniones, era el joven quien en ocasiones tomaba la palabra, mostrando documentos que sacaba de su maletín de cuero negro y exponía con seguridad ante los asistentes.
Permanecieron apenas una semana, pero, en menos de un mes, a mediados de abril, el joven regresó y volvió a alojarse en el hotel.
Delaira no estaba al tanto de su llegada y no lo reconoció hasta que estuvo a su lado.
Lo encontró mirando hacia la ría una tarde de intensa lluvia que había vaciado las calles e invitaba al recogimiento.
Se acercó a la mesa y comenzó a recitar aquellas frases que salían de su boca como una letanía repetida con cada cliente, aunque se esforzaba para que su expresión sonase amable, personal y espontánea.
—Buenas tardes, señor. Bienvenido al salón de té del Gran Hotel Continental. ¿En qué puedo asistirle? —dijo con una ligera reverencia.
—Buenas tardes, señorita. El paisaje es precioso aquí, incluso en un día tan intempestivo —respondió él mirándola fija e intensamente.
Tenía los ojos claros, entre azules y verdes, y brillaban con cierto aire soñador. Delaira apartó la mirada, sintiendo que el rubor le encendía las mejillas. El joven, al percibir su turbación, añadió con cortesía:
—Té, por favor. Tal vez pudiera recomendarme.
—Por supuesto, señor. Le sugiero nuestra especialidad: el té negro traído de Ceilán.
Pero contamos con el Assam o el Darjeeling, si lo prefiere.
Además, disponemos de una amplia variedad de té verde y blanco, café o infusiones —respondió Delaira recuperando el control, perfectamente aleccionada en el tema.
—Ceilán, sin duda. Es una excelente elección —repuso él con una sonrisa, buscando de nuevo sus ojos.
—Si me permite la sugerencia, podría acompañarlo con pastas de almendra recién horneadas. Son un deleite muy apreciado por nuestros clientes —añadió como parte de aquella rutina tantas veces repetida.
—Desde luego. Conozco esas delicias de mi anterior estancia en el hotel. Usted misma nos las recomendó.
No había dejado de mirarla, pero sus ojos y su gesto denotaron un interrogante que parecía pedir confirmación de que ella lo recordaba.
Y así era. Recordaba todas y cada una de las veces que le había servido: sus gestos, sus palabras, su té de Ceilán solo y con dos terrones de azúcar…
—Muy bien, señor. Enseguida le traigo su pedido.
Delaira se retiró con elegancia mientras sentía los ojos del joven inglés clavados en su espalda.
Al rato regresó con una bandeja ovalada de madera tallada con todo lo necesario para completar el servicio básico que, por lo general, ya habían colocado en las mesas con antelación.
Se sentía observada y temía cometer algún error que delatara su nerviosismo.
Depositó el platillo con las pastas en la mesa y sirvió el té con precisión en la pequeña y delicada taza.
—¿Leche, señor? ¿Limón? —preguntó, aunque sabía cómo lo tomaba.
—No, gracias, solo azúcar. Dos terrones —respondió levantando los ojos hacia ella, que, con unas pinzas finamente decoradas, depositó el azúcar en la taza. Parecía sorprenderle, o tal vez le doliese un poco, que no recordara sus preferencias.
—Si todo está a su gusto, señor, espero que disfrute de este momento en nuestro salón —concluyó ella.
En esa ocasión estuvo tres semanas en el hotel, y fueron pocas las veces en que Delaira sintió la decepción de no verlo y servirle a la hora del té.
—He de volver a Londres por un tiempo —le dijo el último día—.
Echaré de menos estos momentos. El té no tendrá el mismo sabor sin estas hermosas vistas —dijo mirándola a los ojos, como lo había hecho la primera vez que llegó solo al hotel y se sentó en esa misma mesa.
Y, como aquella vez, Delaira sintió que el rubor alumbraba su cara—.
Pero volveré antes de que se olvide de cómo suelo tomarlo —añadió sonriente.
—No lo olvidaré, señor —le aseguró mientras le servía aquella última taza.
Había pasado un año desde la primera visita de aquel joven inglés a Vigo.
En sus sucesivos viajes, siempre se hospedaba en el Continental y siempre ocupaba la misma mesa con vistas a la ría.
Delaira conocía su nombre —Arthur Caldwell— por el registro del hotel y por habérselo oído a la jefa de camareras y a otros empleados, pero dudaba de que él supiese el suyo.
Era cuanto conocía de aquel hombre, de su vida.
Siempre educado y cortés, su manera de hablar reflejaba, no obstante, un espíritu espontáneo.
Había en su voz una calidez y una risa contenida, como si cada frase fuera el preludio de una broma, una observación sagaz, algo que, quizá en otro lugar, en otro ambiente, se atrevería a hacer o decir.
En cada regreso, Arthur buscaba el mismo rincón, aquella mesa de un solo servicio en la zona de la que ella se ocupaba.
A veces también en la terraza. Sus conversaciones se circunscribían a lo que podía dar de sí aquella relación estrictamente laboral, pues las camareras seguían las normas que establecían que debían mantener una marcada distancia respecto a los clientes, a menudo de una clase social superior.
Pero aquella tarde de finales de abril, sentado en una de las sillas de hierro forjado de la terraza del Continental, con la hermosa ría de Vigo enfrente y la inmensidad del Atlántico desdibujando el horizonte, él rompió las normas.