Capítulo 7
—¡Me ha hablado, Cata! —exclamó Delaira con una emoción que le iluminaba los ojos mientras miraba a su amiga.
Apenas habían pasado tres semanas desde la fiesta de A Reconquista, desde aquella tarde en que, día a día y prenda a prenda, fue desprendiéndose del luto riguroso hasta alcanzar una ligereza nueva, un alivio que la liberaba, entre otras cosas, de la reclusión impuesta por una costumbre tribal más ligada a las convenciones sociales que al verdadero sentimiento o al duelo más íntimo.
Quizá, en otras circunstancias, habría sido pronto, había comentado Leonor, pero Delaira necesitaba echar mano cuanto antes a su vida, pensar en su porvenir.
El tiempo corría demasiado deprisa, y aquellos dos años ya podían darse por perdidos, entregada como había estado a un trabajo que la ocupaba desde la madrugada hasta el anochecer.
Aunque aseguraba sentirse a gusto, entretenida con las idas y venidas de los notables huéspedes del hotel, enredada en la infinidad de tareas cotidianas y cada vez más unida a sus compañeros, lo cierto era que había vivido sumida en una especie de letargo.
En ese sentido, aquel empleo había sido una buena decisión, sin duda; pero ya era hora de desperezarse al calor de la nueva estación, como las alegres lagartijas que recorrían los muros y las tapias de las casas.
Él, que iba acompañado por otro joven y que, desde que la vio, no había dejado de sonreír, se detuvo un instante. Llevó la mano derecha al sombrero, lo levantó un poco en señal de saludo y volvió a colocárselo, gesto que su amigo imitó enseguida.
—Señoritas… —dijo sin perder la sonrisa.
Delaira inclinó levemente la cabeza y le devolvió una sonrisa mucho más contenida y discreta, sin detenerse, mientras Catalina, sorprendida y embelesada, perdía el paso.
—¿Es él? —preguntó apenas se alejaron unos metros.
—Sííí —susurró Delaira tirando de ella—. Camina, y ni se te ocurra volver la cabeza.
Delaira le había hablado de él tiempo atrás, siempre con cautela, como embridando un sentimiento que no se dejaba aprisionar, que se escurría entre palabras que querían sonar indiferentes.
Pero Catalina la conocía bien, mejor que nadie, y sabía que, en su interior, se estaba forjando algo importante para su amiga.
Por los pocos datos que tenía —quizá los mismos que Delaira—, aquello la inquietaba.
Pensaba que su vecina no estaba preparada para enfrentarse a lo que fuera que estuviese sintiendo.
No por el sentimiento en sí, que habría sido natural e incluso beneficioso en ese momento d e su vida, sino por el destinatario: alguien que no pertenecía a su mundo.
Habría sido distinto si se hubiera tratado de un marinero, un compañero de trabajo, un artesano, incluso un heredero de buena familia o, siendo optimista, un oficial del Cable Inglés, cuyos sueldos se decía que eran generosos, aunque seguían siendo empleados de la compañía.
Pero no, él era alguien que podía alojarse durante semanas en el Gran Hotel Continental varias veces al año.
—¿Cómo que te ha hablado? ¿No te hablaba ya? —preguntó Catalina, instándola con un gesto a explicarse.
—Bueno, ya me entiendes —respondió Delaira—, algo más que saludar, pedir limón, un poco más de azúcar o dar las gracias.
—¡Cuéntame, cuéntamelo todo! —exigió Catalina, llena de curiosidad.
Ya acostadas en sus camas, frente a frente, en lo que fuera la habitación de la tía Lola, e iluminadas por la luz tenue de una candela, Delaira se dispuso a narrar aquel encuentro fugaz que le había trastocado el corazón.
—Verás —comenzó—, ya sabes que estoy en el salón de té, el de los ingleses, y lo sirvo a las cinco todos los días menos los sábados y los domingos, que me toca la terraza. ¿Recuerdas que te hablé de ese rincón cubierto por una pérgola de hierro?
Catalina lo recordaba perfectamente; incluso creía verlo en ese instante dentro de su cabeza. Aunque nunca había entrado en el Continental, si cerraba los ojos podía recorrerlo de punta a punta y reconocer cada rincón.
Desde que Delaira había empezado a trabajar allí, cada noche le describía con detalle las estancias del hotel y las tareas que realizaba a medida que escalaba en su desempeño hasta llegar a camarera del salón de té.
En poco más de medio año había aprendido, y ensayado hasta el aburrimiento, todas las destrezas que exigía su nuevo puesto: disponer la vajilla y los complementos con precisión, dominar la técnica del servicio del té —verterlo con elegancia, sin manchar el mantel ni hacer ruido con el servicio—, presentar y ofrecer los acompañamientos adecuados para las bebidas…
Además de mantener la compostura, dirigirse a los clientes con respeto y discreción, mostrar una actitud cortés y servicial en todo momento y, sobre todo, tener paciencia, mucha, como solía comentar, para satisfacer las demandas, las más de las veces caprichosas, de la clientela de clase alta.
Sin duda, aquel entorno la había ayudado mucho durante los primeros tiempos de duelo y desolación tras la muerte de su madre.
Catalina lo sabía: por las noches, al acostarse, hacían repaso del día, y Delaira le contaba, con un entusiasmo apenas contenido por su estado, todo cuanto acontecía en el hotel.
Al principio le describía cada espacio: la amplia recepción, con sus altos techos y una gran araña de cristal que pendía en el centro, amueblada con piezas de madera oscura, suelos de mármol, grandes espejos, delicados adornos, tapices y cuadros enmarcados en dorado.
No faltaban los detalles en hierro forjado y latón ni las plantas en grandes macetas de cerámica.
En las espaciosas habitaciones lucían camas con dosel, tapizadas en suave terciopelo y cubiertas de alfombras de ricos tejidos. Muchas tenían ventanas altas con vistas a la ría. Los aseos disponían de bañeras de porcelana y espejos ornamentados.
El restaurante ofrecía mesas elegantemente dispuestas, con mantel de lino y vajilla de porcelana. Los salones de baile y eventos, suntuosos, acogían a la sociedad viguesa más distinguida y a ilustres visitantes.
Pero lo que más le gustaba a Delaira era la terraza, uno de los mayores atractivos del hotel, sobre todo en verano: amueblada con sillas de hierro forjado y mesas cubiertas con mantel blanco, desde allí se contemplaba el puerto y la ría mientras la brisa marina acompañaba el té o lo que los clientes prefiriesen tomar.
Catalina se formó una imagen nítida de aquel escenario antes de que su amiga comenzara a contarle la conversación con un hombre del que apenas sabía nada, salvo que era inglés.
Ni siquiera conocía su nombre. Lo imaginó sentado en una de aquellas mesas adornadas con finos encajes hechos a mano, colgando con delicadeza por los bordes; la vajilla de porcelana con detalles florales y ribetes dorados; el platillo y la taza de té, la cucharita de plata, las servilletitas bordadas con el emblema de la casa. Cada pieza dispuesta con esmero.
Y Delaira, con su uniforme negro, sobrio y elegante, ceñido a su breve cintura, con mangas largas y encajes en el cuello y los puños.
El delantal inmaculadamente blanco anudado a la espalda con un lazo perfecto.
La cofia de volantes delicados cubriendo su cabello.
Y los guantes, aquellos que robaban sensibilidad a unas manos acostumbradas al contacto directo con los objetos, con la naturaleza, con las sensaciones que transmitía la piel desnuda de los dedos; aquellos a los que le había costado acostumbrarse más que a nada.
Catalina la imaginaba nerviosa al descubrirlo allí, sentado en la terraza; pero, como en el encuentro fortuito en la fiesta de A Reconquista, digna y profesional, lo saludaba con cortesía y formalidad, y por puro protocolo le ofrecía sugerencias para acompañar su té, pues conocía de sobra sus costumbres.
—Venga ya, Delai —la apremió—, cuenta de una vez.
—Pues estaba allí. Llegó tarde, cuando apenas quedaban los últimos clientes que hoy merendaron en la terraza. Y me ha hablado.
—Ya, bueno, pero ¿qué te dijo que no te hubiese dicho otros días? —insistió impaciente Catalina.
—¿Te lo cuento mañana, Cata? Estoy rendida… —propuso Delaira entrecerrando los ojos y estirando lentamente los brazos por encima de la cabeza mientras bostezaba.
Catalina intuyó que su amiga, más que dormir, deseaba recrearse en ese acontecimiento que parecía haberle alborotado los sentidos; revivirlo una y otra vez antes de contarlo.
Y calculó si podría resistir hasta la noche siguiente para conocer los detalles de esa charla que la había dejado fuera del mundo, en un estado de dulce ensoñación.
—Duérmete, anda, duérmete —replicó con resignación—. Pero mañana quiero saberlo todo.