Capítulo 6
Aquel levantamiento desencadenó una ofensiva que culminó con la retirada de las tropas napoleónicas de toda la región.
Por ese hito, el rey Fernando VII concedió a Vigo el título de «ciudad fiel, leal y valerosa».
Era un episodio del pasado, no muy lejano, que los niños aprendían desde pequeños.
Se transmitía de boca en boca, de mayores a chicos, y permanecía grabado en la memoria colectiva de los orgullosos hombres y mujeres vigueses.
Desde entonces, la ya ciudad de Vigo se engalanaba cada año para festejar aquel capítulo de su historia. El comercio cerraba, se celebraban oficios religiosos, la alameda se iluminaba con farolillos, el vino animaba los espíritus y la música invitaba al baile y al jolgorio.
Tras el almuerzo, la casa de los Otero Amoedo, padres de Catalina —conocidos como los de A Catuxa, según la costumbre de apodar a las familias por el nombre de sus embarcaciones—, cerró sus puertas.
Todos sus ocupantes, incluida Delaira, salieron a disfrutar de la tarde en las concurridas plazas, repletas de locales y gentes llegadas de las aldeas y villas vecinas para sumarse a la celebración.
—Anda, ve a cambiarte y vamos a dar una vuelta, que falta nos hace a todos. Eso sí, nada de bailar, que no son los días —le había advertido Leonor a Delaira antes de salir—. Y ponte algo con un poco de color, que ya va siendo hora.
Frente al único ropero de su casa, la muchacha examinaba su exiguo vestuario.
No había mucho donde elegir que resultara lo bastante discreto: ella adoraba los colores alegres, y su ropa de domingo era el reflejo de la que había sido.
No encontraba nada que se ajustase a sus circunstancias, a su estado de ánimo.
Se sentía como un brote tierno que empezaba a verdear al abrigo de la primavera, temeroso de que una helada repentina o un sol traicionero lo abrasase antes de cobrar fuerza para sobrevivir.
—¿Qué dices, Cata? ¿Qué será adecuado? —preguntó a su vecina, que la acompañaba.
—Algo con lo que te sientas cómoda —respondió esta—. Mejor ir poco a poco.
Al cabo de un rato, las dos cruzaron los soportales camino de la alameda, donde se congregaría la juventud.
Delaira había elegido un vestido de discreto estampado verde musgo, una rebeca ligera negra y un pañuelo sobre los hombros.
Su melena larga, intensamente rubia y rizada —que habría atraído todas las miradas bajo la luz de aquella tarde de marzo—, la recogió con unas simples horquillas para pasar inadvertida bajo el sencillo sombrero de paja.
Catalina la llevaba cogida del brazo y, de vez en cuando, Delaira notaba el leve apretón de sus dedos, como infundiéndole ánimo, seguridad o tal vez solo ternura.
Se le nublaron los ojos al pensar que allí estaba su amiga del alma, intercambiando los papeles que siempre las habían definido.
Ella, la optimista, la jubilosa y la bromista, la atrevida que quería saberlo y probarlo todo, era en ese instante la que se dejaba arrastrar por Catalina, la sensata, la tranquila, la que solía tirar de ella hacia tierra firme.
Aquella tarde era su amiga la que la guiaba, la que le ofrecía cobijo en su fortaleza y la animaba a comenzar, paso a paso, el camino de regreso a la vida.
Hablaron poco durante la caminata. A pesar del ambiente festivo que se respiraba en cada calle y plaza, ni una ni otra tenían ánimo para la diversión.
Tampoco Leonor, que la había alentado a salir y a poner una nota de color en su luctuoso atuendo.
Para todas —y en especial para Delaira— aquello era una prueba, un ensayo general.
La expectación y los nervios le oprimían el pecho, y por momentos sentía la urgente necesidad de volver corriendo a casa, a refugiarse en su dolor aún punzante.
Catalina lo advertía: lo leía en su mirada cada vez que una cara conocida surgía entre la multitud para saludarlas.
Pero sabía que, si no superaba aquel trance, le costaría mucho más en el futuro: se encerraría aún más en sí misma y le sería imposible recuperar las ganas de vivir de antaño.
Las amigas, los vecinos del barrio, los conocidos con los que se cruzaban…
, todos se alegraban sinceramente al ver de nuevo a la niña de Lola en un ambiente festivo, aquella muchacha que había quedado huérfana tan joven —de madre, y quién sabía si también de padre—.
La saludaban con afecto, como si le dieran la bienvenida a una ciudad que nunca había dejado de latir, aunque ella hubiese detenido su tiempo dos años atrás.
Y ella, Delaira, parecía observarlo todo como si regresara de un largo viaje: la gente celebrando la fiesta que tanto había disfrutado en el pasado, las calles llenas de bullicio y color, las nuevas avenidas, la ría resplandeciente al fondo, las primeras flores que adornaban la alameda…
En definitiva, lo que había cambiado, lo que seguía igual y, sobre todo, lo que en su interior empezaba, con timidez, a renacer.