Las tejedoras del mar Capítulo 5
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Capítulo 5

Catalina supo que en el corazón de Delaira se había abierto al fin un resquicio para aquella felicidad que tanto anhelaba cuando la vio bajar por el recién estrenado ramal que unía A Laxe y la alameda con O Berbés, que pronto sería conocido como avenida de Cánovas del Castillo.

Era lunes, su día de libranza, pero, como solía ocurrir, los grandes acontecimientos de la ciudad trastocaban sus turnos y aquella mañana tuvo que trabajar.

A cambio, descansaría la tarde del miércoles.

Su horario habitual era de siete de la mañana a siete de la tarde —a veces más—, con breves descansos para el desayuno, el almuerzo y la cena, si tenía que quedarse hasta tarde.

Cuando no tenía que acudir al trabajo, comía en casa de sus vecinos.

Se servía lo que hubiera; allí no se hacían distinciones.

Si algo no le gustaba, aguantaba la reprimenda y pasaba con un trozo de pan, como los demás.

Ella agradecía aquel trato que la hacía sentirse parte de una familia, la única que en realidad tenía.

No quería sentarse sola a la mesa de su casa, masticando sus penas y digiriendo sus recuerdos, y sus vecinos no le permitían hacerlo.

Catalina seguía acompañándola cada noche para hacer más llevadera su soledad.

Habían trasladado la cama de Delaira al cuarto de la tía Lola, más amplio, para seguir compartiendo, antes de dormirse, las anécdotas del día: sus pequeñas cuitas, los escasos momentos divertidos y esos sueños que, a veces, parecían querer asomar otra vez a su vida.

Eso era, precisamente, lo que las dos más echaban de menos.

Al principio fue muy duro, sobre todo para Catalina, cuyo trabajo era menos ajetreado que el de su amiga; las horas se le hacían eternas en el arenal sin su cháchara constante, sin sus ocurrencias, sin su risa…

Por eso valoraban tanto aquel rato diario en que podían estar a solas y ponerse al día.

Para compensar la gentileza de sus vecinos, que Delaira consideraba un gasto extra, intentó contribuir con alguna ayuda económica, lo que provocó la airada indignación de su familia adoptiva.

Desde entonces, procuraba colaborar de otras maneras, aunque Leonor solía barrerla, literalmente, a escobazos de la casa.

«¿No trabajarás tú bastante, todo el día ahí metida, que no te toca el sol? Anda, ve a que te dé el aire. O descansa, que buena falta te hace», solía decirle.

Un día, Catalina salía de una de las estrechas callejuelas que desembocaban en la avenida —venía de comprar unos botones en El Cordón, una pequeña tienda en la que, además de cordones, cuerdas y cabos, vendían toda clase de artículos de costura y mercería—, cuando reconoció a Delaira.

La siguió unos metros, observándola con curiosidad antes de llamarla.

El pañuelo negro, que durante los dos últimos años había cubierto su cabeza cada vez que salía a la calle, colgaba de sus hombros.

En su lugar, unas horquillas sujetaban su pelo recogido a la altura de la nuca.

Sobre el vestido negro, una chaqueta morada aportaba una nota de color a aquel atuendo que la había acompañado durante tantas estaciones iguales entre sí, como si todas hubiesen sido un único invierno largo, frío y tristísimo.

Pero aquel día de finales de marzo parecía que la primavera asomaba, tímida, también a la vida de Delaira.

La cabeza erguida, el paso firme y la mirada viva que iluminaba de nuevo su rostro eran prueba de que algo estaba cambiando en ella.

—¡Eh, Delai, espérame! —la llamó Catalina.

Delaira se volvió e, instintivamente, se llevó las manos a las puntas del pañuelo que caían sobre su pecho, sobresaltada, de repente insegura, como si dudara si debería volver a ponérselo.

—¿De dónde vienes? —le preguntó con la voz algo nerviosa.

—Fui a buscar unos botones a El Cordón, de paso que cojo el cuartillo de vino para mi padre. ¿Y esto? —la interpeló Catalina tocando su pañuelo y su chaqueta.

—Es muy pronto, ¿verdad? —preguntó con los ojos llenos de duda, buscando la respuesta en los de su amiga.

—Pues no, no lo creo. Si tú te sientes bien… Ya sabes que ahí cada uno.

—Pero es que no me siento bien, Cata. Nada bien.

Una angustiosa lucha interior la atenazaba desde hacía un tiempo.

A veces, mirando desde las ventanas del Continental hacia la ría —llena de luz, de gente, de dinamismo—, la asaltaban unas enormes ganas de escapar de la oscuridad que empezaba a ahogarla.

La fuerza de la juventud parecía empujarla hacia caminos más amables en los que correr, saltar, reír y dejarse llevar sin pensar en nada más que en las emociones del momento.

Su corazón latía con un ímpetu desconocido, y ansiaba abandonarse a aquellos sentimientos que todavía le asustaba nombrar.

Pero la amargura seguía pesando demasiado, y el miedo a que la gente pensara que ya no respetaba la memoria de su madre, que la había desterrado demasiado pronto de su vida, la llenaba de remordimiento.

Reprimía de ese modo sus ganas de vivir, de respirar hondo, de dejar, con los ojos cerrados, que el sol le acariciara el rostro mientras sus ensoñaciones la transportaban a mundos en los que todo era perfecto.

Como antes, cuando Catalina y ella trabajaban codo con codo cosiendo redes y limpiando pescado, descalzas en la arena de O Berbés, antes de que la desgracia se abalanzara sobre ella como un ave carroñera.

—Algún día tenía que ser. Además, si lo hiciste, será por algo, ¿no? —Catalina arqueó las cejas y le dirigió una mirada cómplice, casi pícara—. Y si al fin has dado el paso…

Las comisuras de los labios de Delaira dibujaron una sonrisa tímida, espontánea, y sus ojos, una alegría difícil de ocultar. Siguieron caminando en silencio hasta llegar a la porta da Ribeira, desde donde se divisaban ya sus casas. Entonces Delaira se detuvo y se volvió hacia su amiga.

—¿Me lo pongo? —preguntó mientras se quitaba el pañuelo del cuello y escrutaba su rostro, por si su expresión y sus palabras no concordaban.

Nada más entrar en casa —ya fuera la suya o la de sus vecinos—, Delaira siempre se lo quitaba, pero temía lo que Leonor pudiera decir o pensar al verla por la calle sin aquel símbolo de duelo.

La madre de Catalina respetaba las tradiciones y se cuidaba mucho de las maledicencias que, según decía, podían acabar con la reputación de cualquiera con un simple rumor.

—No —contestó Catalina, rotunda—. ¿Para qué? Ya te lo has quitado, ¿no? Es tu vida, Delai. Haz lo que te apetezca. Siempre lo has hecho. Pero sin pasarte, ¿eh?, que te conozco —añadió al tiempo que blandía un dedo delante de la nariz de su amiga a modo de advertencia.

Delaira sonrió por segunda vez, dejando ver sus dientes menudos, con aquellas palas superiores ligeramente separadas que le daban un aire infantil. Catalina pensó que, por fin, su amiga comenzaba a salir del largo y doloroso letargo en el que había caído durante aquellos dos años.

En todo ese tiempo no había vuelto a reír como antes: con la risa alegre y contagiosa que le nacía del alma y le encendía los ojos con húmedas chispas vivarachas.

Apenas sonreía y, cuando lo hacía, su cara dibujaba una mueca de cortesía, sin reflejo en las pupilas.

Pero esa vez sí: sonrió con la mirada, desde algo profundo que llevaba tiempo madurando en su interior y que Catalina ya intuía.

Cuando llegaron a casa, Leonor aún andaba trajinando en la cocina con la comida.

Casi siempre lograban almorzar todos juntos, incluida Delaira si era su día de descanso. Los hombres, salvo Pedro, salían a pescar á lusada : comenzaban de madrugada para llegar antes del mediodía con la sardina fresca, la más apreciada, y hacer la descarga antes de comer.

Alrededor de la mesa, los hombres cortaban y repartían el pan mientras comentaban animadamente la faena.

Al llegar, Catalina dejó el vino sobre la mesa y Delaira colgó el pañuelo en el respaldo del banco antes de sentarse.

Su chaqueta morada no pasó inadvertida para Leonor, que la miró un instante sin decir nada.

Ese silencio desazonó a Delaira, que temió haberla disgustado y que aguardara el momento propicio para reprenderla.

Los demás, si notaron aquel pequeño cambio en su atuendo —que para ella era todo un desafío—, no lo mencionaron, ajenos a su nerviosismo y ansiedad.

—El miércoles de tarde libras también, ¿no, Delaira? —preguntó Leonor, a pesar de saberlo con certeza.

—Sí —respondió automáticamente, levantando la mirada hacia ella—, como tuve que trabajar esta mañana…

—Pues puedes ir a dar una vuelta con Catalina; tienes que empezar a salir un poco.

No te vas a quedar sola en casa toda la tarde, encerrada como una vieja tullida.

La vida pasa rápido. Y la juventud más —sentenció Leonor antes de integrarse en la conversación que mantenían su marido y sus hijos mientras repartía las viandas.

Las muchachas intercambiaron una mirada de alivio y complicidad.

Leonor ya lo había dicho todo. No solo daba su aprobación a aquel pequeño cambio en Delaira: la empujaba a franquear aquella puerta que permanecía cerrada a cal y canto.

Y no a destapar una rendija para que fuese entrando la luz poco a poco, sino a abrirla de par en par, salir a la calle y empezar a existir de nuevo.

Además de darle su consentimiento, su beneplácito, de alguna manera la animaba, la apremiaba a rescatar su vida.

En sus palabras reconoció la voz de su madre, y la invadió una paz interior que necesitaba desde hacía mucho tiempo.

Aquella lucha que se libraba en su cabeza y en su corazón comenzó a disiparse en ese momento.

Miró de nuevo a Catalina, que la observaba expectante, y sus ojos sonrieron otra vez.