Capítulo 4
—¿A qué te huelen? —preguntó Delaira mientras se agachaba y acercaba las manos a la cara de Catalina, que la miró con extrañeza antes de sujetárselas y llevárselas a la nariz.
Aspiró varias veces, intentando descifrar algún olor.
—A nada —respondió con contundencia al tiempo que observaba la expresión de su amiga, por si esta esperaba que hubiera detectado algún aroma.
—Eso es, Cata, a nada. Por fin no huelen a nada. Por fin me he deshecho de ese olor repugnante que llevaba metido en la piel.
—¿Repugnante? ¿Por qué, Delai? Es olor a pescado. Vivimos de eso. Bueno, tú ya no. Además, a nosotras nadie nos va a besar la mano.
Delaira hizo un amago de sonrisa. Era apacible aquella mañana de finales de septiembre.
Del pañuelo negro que cubría su cabeza sobresalían algunos mechones rubios que iluminó el sol que plateaba la ría.
La temperatura era agradable, y Catalina, sentada en la arena, sujetaba las redes con los pies descalzos mientras las ataba.
No solían trabajar en día santo, pero, a veces, no quedaba otra que acabar la faena para que las embarcaciones pudiesen salir de madrugada.
—¿No fuiste ayer a aplaudir al cortejo del señor Pi y Margall? —le preguntó Delaira—. Fue digno de ver. Los barcos iban más adornados y llenos de gente que en la procesión de la Virgen del Carmen, y ya es decir.
—Pues no, nada se me había perdido allí. Ya los vi pasar. A ver qué nos arregla a nosotros, los pobres —replicó Catalina con una mueca de indiferencia—. Anda, pásame la navaja. Al final no fue a tu hotel, por lo que se ve.
—No, se quedó en el Universal. Y casi mejor, para nosotras solo hubiese sido más trabajo.
El día que llegó, anteayer por la noche, hubo fiesta hasta las tantas, tocó la banda y el Orfeón de la Oliv a.
Y ayer por la tarde estuvo en el teatro Tamberlick.
Lleno hasta la bandera. Dijeron que podía ir quien quisiera. Tampoco fuiste.
—Yo no, ya te dije que nada se me perdía, pero mi padre y mis herma nos fueron. Por lo visto, había mucho obrero. Y mujeres, muchas también, trabajadoras y señoras.
—Es que está de parte de los trabajadores.
—Ya, bueno. Esta gente viene, se pasea, come y bebe a cuerpo de rey, cuenta un par de cuentos y se va por donde ha venido.
—Dicen que reclama mejoras para los más humildes: escuela para todos, menos jornada para los niños, mejores salarios para las mujeres… Yo iría, si pudiese.
—¡Ay, Delaira! No te dé pena. Aparte del jolgorio, no creo que te perdieses nada.
De los que hablaron allí, que parece que fueron media docena, ¿cuántas eran mujeres?
—Delaira la miró como si no hubiera reparado en ese detalle hasta ese momento, como si de pronto descubriera que la habían engañado igual que a un niño chico—.
Ninguna. ¿Ves? Cuando sea una mujer la que suba a la platea a reclamar mejoras para nosotras y los señores aplaudan desde abajo, entonces quizá me crea algo.
Mientras tanto, si no miramos nosotras por nuestros intereses en nuestros corrales…
—Las hay, Cata. Puede que pocas, pero alguna hay.
—Habrá. Pues a ver cuándo sale una en procesión por la ría —replicó Catalina con sorna m ientras se estiraba, y su amiga, aún contrariada, la cogía de las manos para ayudarla a levantarse—. Vamos, que mi madre hizo hoy empa nada de pulpo porque sabe que te gusta.
Era domingo, 25 de septiembre, y Delaira tenía día de descanso.
Libraba los lunes, pero la visita del expres idente de la República con todo su séquito y las numerosas personalidades que llegaron a la ciudad trastocaron los cuadrantes.
Aunque al final no se hospedó en el hotel donde ella trabajaba, sus lujosas habitaciones estaban completas y todos los empleados tuvieron que ajustar sus horarios para mantener el prestigio del establecimiento.
Además, se había quedado a dormir allí. Cuando las muchachas trabajaban hasta tarde, podían pernoctar en el hotel para no tener que andar solas por las calles si no había quien las acompañara.
Delaira había empezado a trabajar en el Gran Hotel Continental a principios de julio, menos de dos meses después del fallecimiento de su madre.
Desde la primera noche que durmió en su cama, sobre aquellas sábanas que no quiso cambiar —como si aún guardaran algo de ella que pudiera retener en la piel—, Delaira amanecía cada día con el firme propósito de dejar atrás el arenal de O Berbés, aquella faena que detestaba, aquel olor casi nauseabundo para quien no tuviera el olfato habituado a la mezcla de efluvios que desprendían los desperdicios del pescado pudriéndose entre las algas y los aparejos, hasta que el mar los engullía para completar su ciclo.
No le costó encontrar empleo con la llegada de la temporada de baños, cuando los hoteles, muchos de gran prestigio, se afanaban por contratar muchachas de buena presencia y modales para atender la creciente demanda.
Algunos, como el Continental o el Universal —frecuentados no solo por fami lias aristocráticas de todo el país, sino incluso por miembros de la realeza—, competían por atraer a los mejores profesionales para sus cocinas, salones y suites, en un mercadeo tan vivo como el de cualquier plaza o el del puerto.
La alta sociedad y la burguesía de Vigo vivían un periodo de esplendor económico, social y cultural, impulsado por la industrialización y el comercio marítimo.
Aquella prosperidad les permitió adoptar estilos de vida refinados, siguiendo en gran medida los patrones de la burguesía europea, en especial la francesa, y, de forma muy marcada, la británica, debido a la creciente colonia inglesa asentada en la ciudad.
Industriales, comerciantes y banqueros ocuparon una posición privilegiada, y formaron una élite que comenzó a codearse con una aristocracia compuesta, en su mayoría, por antiguas familias de títulos heredados y propiedades rurales, aunque con escasa influencia urbana.
Sin embargo, apellidos como García Barbón, Massó, Barreras, Curbera o Elduayen se asociaban al crecimient o y a la modernización de Vigo, e invertían activamente en el desarrollo de la ciudad.
A diferencia de la nobleza tradicional, estos nuevos notables cultivaban una vida social intensa y creciente en torno a clubes, casinos y salones, lo que generaba una feroz competencia entre los establecimientos de ocio por atraer a tan distinguida clientela.
Por ello, no solo se cuidaban al máximo las instalaciones, sino también la calidad del servicio, que requería personal preparado a nivel profesional y acorde con un determinado perfil en cuanto a apariencia y habilidades para el trato. Y Delaira encajaba a la perfección.
Se fue directa al hotel más lujoso y reputado.
A pesar de no estar en su mejor momento ni física ni anímicamente, la contrataron de inmediato.
Cuando se presentó ante el gerente y la gobernanta en busca de empleo, la seguridad de su postura, su elegancia natural, su voz aterciopelada y sus modales delicados no pasaron inadvertidos para los que decidían quién podía formar parte del personal del Continental y en qué puesto.
Además, tenía otra cualidad poco común: sabía leer y escribir.
Aquella habilidad —supuso— inclinó mucho la balanza a su favor.
Siempre agradecía la infinita paciencia que doña Asunción había tenido con ella cuando vivía en su casa y le enseñaba por las noches.
Eran muchas las mujeres, sobre todo jóvenes, que buscaban empleo en los nuevos y lujosos hoteles que proliferaban por la ciudad, pues, salvo en la lavandería —donde el trabajo era agotador, húmedo y casi siempre de pie—, los demás puestos resultaban más gratos que en las fábricas de salazón o conservas, donde trabajaban la mayoría.
Los sueldos no eran peores y las condiciones no eran tan duras.
Sin embargo, pocas eran las que se ajustaban a los requisitos para el trato directo con los clientes, y más en los alojamientos donde se hospedaban personalidades ilustres de la política, la literatura o la aristocracia nacional e internacional que recalaban en el siempre concurrido y cosmopolita puerto de Vigo.
Se solía seleccionar al personal femenino bien por recomendación o entre las criadas y doncellas de familias acomodadas, incluso de otras provincias, que ya contaban con cierta experiencia o, al menos, poseían u n cierto saber estar, y se las instruía durante un tiempo para los puestos de asistenta personal o camarera de restaurantes y salones de té.
A menudo se generaba una especie de puja entre las casas nobles y estos hotel es: las primeras por mantener a su personal y los segundos por reclutar a las empleadas que ya llevaban un importante camino recorrido en cuanto a aprendizaje del oficio y, por tanto, era más fácil y menos costoso integrarlas en sus selectas plantillas.
Las muchachas se sentían tentadas por las mejores condiciones laborales y económicas, pero, en la mayoría de los casos, les podía la fidelidad hacia las casas en las que muchas de ellas habían entrado de muy niñas.
Además, sus señores, orgullosos de que su servicio fuese objeto de deseo de los propietarios y gerentes de tan afamados locales, solían, aparte de pregonarlo a los cuatro vientos, asegurar esa fidelidad con la concesión de algunas prebendas.
Delaira no tenía esa experiencia, pero sus cualidades hablaban por sí mismas.
Comenzó como limpiadora de habitaciones y zonas comunes, y en poco tiempo se familiarizó con el ritmo y el funcionamiento del hotel.
También advirtió que los cargos de mayor rango y responsabilidad estaban ocupados por hombres —gerente, jefe de recepción, cocina y portería, mayordomo, contable…
—, mientras que los de las mujeres los encabezaban la gobernanta, la jefa de lavandería, la encargada del restaurante y salón de té o la telefonista, labor esta última que Delaira desconocía y que le fascinó desde el primer momento.
Pero ella no tenía la formación que probablemente tendría la señorita que ocupaba ese puesto.
El trabajo era intenso y las jornadas, largas.
Aunque el salario no era elevado, las propinas, la estabilidad, el prestigio de la ocupación frente a otros empleos y las comidas incluidas en el contrato constituían un gran aliciente.
También se le ofrecía alojamiento, como a las trabajadoras de fuera de la ciudad, aunque ella, salvo excepciones, prefería dormir en su casa.
Además, todo cuanto veía a su alrededor le parecía maravilloso, de una belleza y un gusto extraordinarios, y, pese a que hubiera deseado desempeñar allí otro puesto, se congratulaba de formar parte de aquel escenario majestuoso.
El primer día que salió hacia su nuevo trabajo, después de tomar una taza de leche en casa de sus vecinos —como hacía cada mañana desde la muerte de su madre—, Leonor le trazó una cruz sobre la frente y metió un diente de ajo en su bolsillo, para ahuyentar las malas miradas y las envidias.
—¡Que Dios te guarde y la Virgen te cubra con su manto, miña meniña !
Comenzaba su jornada muy temprano para limpiar los salones y las habitaciones antes de la llegada de los huéspedes, y se le exigía una labor meticulosa, hasta alcanzar un grado de orden y pulcritud que no habría podido siquiera imaginar.
Sin embargo, en menos de un mes, pasó de las labores de limpieza de suelos y cristales a atender a las damas hospedadas en el hotel que viajaban sin doncella: se ocupaba de su ropa, las acompañaba a las casas de baños o a tomar las aguas a las playas de la ría, servicios por los que el hotel recibía pingües beneficios, y ella, generosas propinas.
Estaba contenta. Y lo estuvo aún más cuando la gobernanta y la encargada de camareras decidieron que parte de su jornada la dedicaría a aprender etiqueta y protocolo para el servicio de alto nivel, junto con otras compañeras, pues habría de tratar con la alta sociedad en los salones de té y, de forma ocasional, en el restaurante y la terraza.
—¿Por qué no pruebas a buscar algo fuera de aquí, Cata? —le sugería Delaira cuando le contaba las bondades de su nuevo trabajo.
—Me gusta esto, Delai. No tengo ningún interés en irme, como tú. Y menos ahora, que dicen que van a hacer muchas obras: un muelle nuevo, una dársena y hasta alcantarillado van a poner. Ya verás después. Además, ¿quién va a atar, ahora que estamos haciendo una lancha grande?
Su padre y su tío Pedro habían vendido su herencia en Redondela para aventurarse en el encargo de una buena lancha xeiteira en la carpintería de ribera donde trabajaba su hermano menor.
Dos años antes, una familia de origen catalán dedicada a la conserva y la salazón había instalado un astillero en el Arenal.
Decían que de allí saldrían barcos de vapor para la pesca de la sardina, aunque en la zona seguían predominando el arte del xeito y las embarcaciones tradicionales.
La mayoría de los marineros —como su padre, sus hermanos y su tío— preferían tener su propio barco antes que trabajar como asalariados de los armadores. ¿Y quién les iba a atar?
«¡Por fin tenemos una nueva atadora!», exclamaron sus padres cuando nació, como decía toda familia marinera al recibir una niña.
Hasta ese momento, en su casa solo sus manos habían heredado el oficio de redeira de su madre, como ella lo había recibido de la suya.
Se sentía unida a aquel mar, al bullicio diario y a la gran familia del barrio.
En cierto modo, las redes que allí se tejían y reparaban, los nudos que se ataban, eran para ella una gran metáfora de la vida.
—Pues nada, si de verdad es lo que quieres, déjate estar entonces —dijo Delaira pensativa mientras caminaban guiadas por el delicioso y cada vez más intenso aroma que salía de casa de su vecina—. Porque si un día me voy de aquí, ¿a dónde volveré si no estáis vosotros, si no estás tú?
—Sabes que podríamos ser familia, ¿verdad? Mi hermano Quique se casaría contigo mañana mismo. Si no te lo propone es porque no es el momento, con todo lo que pasó. Le va bien, es ambicioso, quiere llegar a ser práctico. Solo tienes que darle una señal.
—Y se la doy, Cata, pero para que no se llame a engaño. Sois mi familia, y solo puedo verlo como a un hermano.
—Pero estás sola. Él cuidaría de ti, te protegería, tendrías una vida tranquila.
—¡Volvemos a lo de siempre! No quiero una vida tranquila; quiero una vida feliz, con emoción, con ilusiones. Y si no llega, no llega y punto. No es algo que ahora mismo me preocupe. No tengo cuerpo ni ánimo para pensar en eso.