Capítulo 3 #2
Entre el vecindario se organizó pronto una colecta para reparar la solana de la casa de la tía Lola.
Era como si todos sintieran remordimientos por no haber evitado su muerte, como si la culpa los persiguiera y quisieran redimirse cuanto antes para aliviar su conciencia.
Todos sabían del mal estado de aquellas tablas y que la economía de la tía Lola no le permitía afrontar el gasto.
Bastante hacían con sobrevivir, sobre todo desde que se marchó doña Asunción, la maestra que les tenía alquilado el cuarto que en esos momentos ocupaba Delaira.
Pero nadie se movió hasta después del accidente, y esa tardanza los hacía sentirse no solo culpables, sino también avergonzados.
Con la solana reparada y la necesidad de seguir adelante apretando los días, la rutina fue imponiéndose.
Poco a poco, aprendieron a convivir con la ausencia.
Catalina se trasladó definitivamente a casa de su vecina, aunque en realidad solo iban allí a dormir, pues seguían haciendo vida en casa de sus padres.
Lo importante era que Delaira no estuviera sola.
Pasó un tiempo hasta que entraron en el cuarto de la tía Lola.
Leonor prefería que fuera Delaira la que diera el paso.
No quería profanar aquel lugar antes de que la chica se sintiera capaz de enfrentarse al recuerdo: la imagen de su madre moribunda, las últimas palabras que aún resonaban entre aquellas paredes.
Pero tres semanas después del entierro comprendió que seguir esperando solo haría más difícil aquel momento.
—Mañana tenemos que abrir el cuarto de tu madre, Delaira —le dijo una noche mientras cenaban—. Hay que aprovechar estos días secos para ventilar.
Delaira levantó la mirada del plato y la miró en silencio.
Todos los presentes la observaron expectantes, sorprendidos por el anuncio.
Nadie lo había visto venir. Catalina temía que su amiga no estuviera preparada.
A veces, al irse a dormir, la huérfana se detenía con la candela en la mano frente a la puerta del cuarto.
En alguna ocasión, Cata la había visto extender la mano hacia el pomo, pero nunca había llegado a girarlo.
Acariciaba la madera con los dedos y apoyaba la frente sobre las tablas unos segundos, en silencio.
Delaira asintió con la cabeza y volvió la mirada al plato.
—Bien, pues mañana entonces —concluyó Leonor.
El domingo, después de misa —como el anterior—, las tres mujeres fueron al cementerio.
El duelo tiene sus ritos, sus tiempos, sus espacios.
Ir allí era uno de esos pasos necesarios: sentir la proximidad del ser querido, arrodillarse ante su tumba, rezar, limpiar con los dedos las lágrimas que caían sobre la lápida recién colocada por los vecinos y la baba de los caracoles que esa noche se habían paseado por allí.
Despedirse para siempre de alguien a quien se ha amado es un camino largo y tortuoso.
No se reduce al instante en qu e se abraza un cuerpo pálido y frío —ese tacto gélido de la muerte— por última vez.
Cada día guarda un hueco para un adiós que nunca será definitivo.
Al principio, ese espacio es extenso y oscuro; lo ocupa todo: las horas, los pensamientos, el aire mismo.
Delaira aún estaba en ese tiempo en que la despedida duele como una herida abierta. Sus vecinas también.
Delante de la puerta del cuarto de la tía Lola, las tres se quedaron inmóviles.
Leonor, al ver la indecisión de Delaira, echó mano al pomo y empujó la puerta.
El interior estaba oscuro y olía a cerrado, a humedad.
Ella había sido la última en salir de allí cuando se llevaron el féretro a la sala donde velaron el cuerpo —la contigua a la solana, esa que todos evitaban mirar por el boquete que se había tragado su vida— y había cerrado las contraventanas.
Por las rendijas se colaba apenas un hilo de luz.
Leonor se acercó, abrió las hojas de madera y luego la ventana.
El sol de la tarde inundó la estancia. La cama seguía sin hacer, las sábanas revueltas, tal como habían quedado al levantar el cuerpo inerte para colocarlo en el ataúd.
En aquel momento, nadie pensó en ordenar nada.
Delaira reparó en que su madre jamás habría dejado la cama sin hacer.
Jamás. Ella sí lo hacía, ni siquiera estiraba la ropa.
Su boca dibujó una leve mueca, un atisbo de sonrisa.
Si su madre viera aquello un domingo por la tarde…
Leonor y Catalina cruzaron una mirada, pero Delaira no se dio cuenta. Se acercó y empezó a hacer la cama.
—Hay que cambiar esas sábanas —dijo Leonor— y lavar la colcha.
—No, hoy no —replicó Delaira—. Están limpias todavía.
Leonor calló. No insistió. La dejó hacer.
Aquella tarde, las tres se despidieron un poco más de la tía Lola, cada una a su modo.
Delaira olía las prendas de su madre, las apretaba contra la cara y, finalmente, consentía en echarlas a lavar.
Leonor se fijó en la foto de boda que colgaba en la pared, en la cabecera, junto al crucifijo.
En sus ojos se adivinaba un rencor antiguo hacia aquel hombre de sonrisa generosa y mirada decidida que posaba junto a Lola.
Tantos años sin saber de él… ¿Cómo pudo?
Catalina solo observaba. Veía cómo ambas mujeres exorcizaban sus fantasmas, cómo se desprendían de algo sin deshacerse de nada.
—Esta noche dormiré aquí, Cata, en la cama de mi madre —le dijo Delaira cuando volvieron, después de cenar con los vecinos como llevaban semanas haciendo.
—¿Estás segura? ¿Quieres que lo haga yo? —A Catalina se le erizó la piel al pensarlo, pero, a pesar de la aprensión, lo habría hecho por su amiga.
—No. El cuerpo me pide dormir aquí. Pero tú no te vayas.
—Ya, ya, no pensaba hacerlo.
Delaira salió del cuarto de su madre con las primeras luces del día.
Catalina oyó el rechinar de la puerta y el crujir del suelo de madera; se levantó al instante, pensando que quizá su amiga habría pasado mala noche.
Leonor, que llevaba en la cabeza la «hora del cable», aquella que marcaba con absoluta precisión el gran reloj de la fachada de la sede del Cable Inglés, aún no había ido a avisarlas.
Ellas, aunque ya estuviesen despiertas, solían quedarse acurrucadas, aprovechando hasta el último minuto de descanso.
Delaira había amanecido con una serenidad en el rostro que, más que tranquilizar, asustó a Catalina.
—¿Dormiste bien? —le preguntó con cautela.
—Quiero irme de aquí, Cata —respondió mirándola a los ojos con decisión—. Ya no hay nada para mí aquí. Nunca lo hubo.
—¿De aquí? ¿De dónde? ¿Quieres irte de esta casa? —inquirió su amiga, alarmada.
—No, no tengo otra. Quiero irme de este barrio, salir de O Berbés, dejar las redes y el pescado. Buscar otro trabajo.
A Catalina se le ensombreció el rostro. Esa vez iba en serio. Delaira siempre había querido escapar de allí. Detestaba aquel trabajo sufrido, sucio y rutinario. Desde niñas, no dejaba de preguntárselo.
«¿Crees que algún día saldremos de aquí, Cata?», le repetía.
Hasta ese momento, no había sido más que un deseo, una de esas preguntas cuya respuesta no conduce más que a la ensoñación.
«¿Te imaginas que algún día llegamos a ser unas señoritas y los ingleses nos invitan a tomar el té en los jardin es de La Finca, Cata? ¿O a alguno de esos bailes de noche en Villa Felisa? Lo que daría yo, aunque no fuese más que por mirar…», solía decirle.
Pero los ingleses, los edificios con nombre propio en los que residían y sus costumbres estaban fuera de su alcance, ambas lo sabían.
Cuando pasaban por delante de las pistas de La Finca —su residencia en la rúa Taboada Leal— y veían a aquellas damiselas, tanto viguesas como británicas, con sus blancas vestimentas jugando al lawn tennis , aquel juego que habían introducido los oficiales de la Eastern Telegraph Company y que empezaba a resultarles familiar, Delaira siempre se detenía a observarlas.
«Fíjate, Cata, ¿a que son unas flojas? Nosotras lo haríamos mucho mejor», comentaba con cierta pesadumbre.
A menudo Delaira detenía su faena por un momento, dirigía su mirada hacia un lugar indeterminado y dejaba traslucir sus pensamientos en aquellas preguntas a las que nadie respondía. A veces, sin darse cuenta, sonreía mientras trabajaba, entregada a sus fantasías.
«—¿Qué barruntas, Delai? —le preguntaba su amiga.
»—Estoy viendo el futuro. —Los hoyuelos de sus mejillas se hundían al tiempo que su sonrisa se ensanchaba.
»—Y es bonito, parece.
»—Sí que lo es, Cata. ¿Cómo no va a serlo si me lo invento yo? ¿Tú no te imaginas el tuyo? ¿Dónde estaremos? ¿Cómo será nuestra vida?».
No, a Catalina le bastaba con que los días llegasen y pasasen sin demasiados contratiempos.
De desear algo, deseaba una vida tranquila en la que no faltase un techo ni un trozo de pan.
Hijos también, sanos y alegres. Y un marido que le diera buena vida.
Esperaba que, con el paso del tiempo, el destino le fuese acercando todo aquello de forma natural, pero no tenía la cabeza llena de pájaros como Delaira, rebosante de imágenes que la hacían sonreír en cualquier momento, en cualquier lugar.
Quizá por eso aquel terrible episodio la había lanzado al vacío, desde el mundo de fantasía que poblaba su cabeza hasta el otro, el real, con su amargura y su tragedia.
Se había quebrado como un cántaro de agua fresca que se resbala de las manos justo cuando vas a beber.
Y aquello no hizo más que acrecentar su sed.
—Quiero dejar este trabajo, Cata. Es lo que siempre quise. Y ahora más que nunca.