Las tejedoras del mar Capítulo 3
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Capítulo 3

—Vete con ella, Cata, y métela en la cama. Luego os llevaré algo de cenar —le dijo Leon or.

Cuando volvieron del cementerio de Picacho, Delaira apenas se tenía en pie.

Lola había fallecido dos días después de que la solana de su casa cediera bajo sus pies, y su hija no se había separado de su lado.

Catalina y su madre, junto con otras vecinas, se turnaban para no dejarlas solas ni de día ni de noche.

Todo sucedió demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo.

Ante lo que ya se veía a todas luces como algo sin remedio, pues Lola no era capaz de mover un solo músculo del cuello para abajo, llamaron al médico, que no hizo más que confirmar el fatal diagnóstico.

Pero, para acabar de empeorar la situación, a las pocas horas comenzó a tener fiebre y dificultad para respirar.

La segunda visita del facultativo redujo al mínimo la esperanza, y todos se prepararon para lo peor.

¿Y qué era lo peor? Catalina no lo comprendió cuando, en un aparte, oyó a su madre comentar la situación con su padre:

—¡Que Dios tenga la misericordia de llevársela! Cuanto antes, mejor.

A Catalina se le heló la sangre al escucharla.

Solo más adelante lo entendería. ¿Cómo de grande ha de ser el amor para desear que alguien tan querido se vaya de este mundo?

Su madre y Lola eran como Delaira y ella.

Se conocían desde niñas, se mudaron a O Berbés al mismo tiempo, compartieron las muchas dificultades y las pocas alegrías que les había dado la vida, y, juntas, eran sólidas como un baluarte.

¿Cómo podría su madre arrancar aquella parte de sí misma y seguir en pie?

Sin duda, otra cosa habría sido un martirio para ambas, sobre todo para Delaira. Pero en momentos así el dolor no deja ver más allá, sobre todo cuando apenas se tiene experiencia de vida y solo nos guían los sentimientos, el corazón.

Ayudó a su amiga a desvestirse y a meterse en la cama.

Se dejaba hacer. Ya no lloraba. Sus ojos hundidos y secos, rodeados de un cerco morado que destacaba sobre su piel pálida, parecían estar en otro lugar.

A Catalina le recordaba una de aquellas copas de cristal fino, en extremo delicadas, que su madre atesoraba, regalo de bodas que el antiguo patrón de su padre le había traído de Londres.

Ella, Delaira, que siempre había sido un torbellino, en ese instante parecía una vela a punto de consumirse.

Catalina no pudo contener las lágrimas. Sentía un vacío en el pecho y le costaba tragar saliva.

Le habría gustado abrazar a su amiga del alma, pero ya no estaba allí, ni siquiera la veía.

Ni la escucharía, aunque de su boca saliera algún sonido.

Era incapaz de decirle nada en aquel momento; las palabras se le habían amotinado en la garganta.

Lo único que podía hacer era acompañarla, observar su silueta menuda encogida en la cama, sus ojos abiertos que miraban a la nada y se negaban a ceder al cansancio, y acariciarle suavemente la espalda para hacerle saber que estaba allí, a su lado, que siempre lo estaría. Siempre.

Su madre les llevó jurel con patatas y un poco de sopa.

Delaira no se opuso cuando Leonor —la tía Leonor, como también ella la llamaba— la incorporó con sus fuertes brazos y la sentó en la cama, ni cuando le acercó la cuchara a la boca.

Abría, masticaba y tragaba, pero su mirada seguía perdida en otro mundo.

Parecía una muñeca de trapo desvencijada.

A Catalina se le partía el alma al ver cómo su madre introducía la comida en la boca de su amiga y la alimentaba como un pájaro a sus crías.

—Mastica —le decía con afecto pero con firmeza Leonor—. Bebe un poco.

Y Delaira masticaba, tragaba y bebía de forma automática, sin voluntad.

En su rostro demacrado se había instalado una tristeza infinita, y Catalina se preguntaba si alguna vez llegaría a superarla, si las pecas de su cara, en ese instante de un tono parduzco, volverían a brillar como puntos de luz dorada sobre sus mejillas.

—Esta noche te quedarás con ella, Cata—le ordenó su madre tras meter a Delaira de nuevo entre las sábanas y besarla en la frente.

Catalina vio los ojos de Leonor nublados por las lágrimas mientras recogía las tazas y se dirigía a la puerta.

Nunca antes la había visto llorar, y sintió unas enormes ganas de abrazarla, de llorar con ella, de compartir aquel desconsuelo.

Pero no lo hizo. Su madre y la tía Lola eran el faro, las rocas a las que aferrarse, las que parecían tener todas las respuestas y conocer todos los secretos de la vida, como conocían los vientos y las mareas.

Una se había ido para siempre y la otra se resquebrajaba ante su pérdida y ante el dolor de Delaira.

Parecía que el mundo se hundía bajo sus pies y dejaba un hueco enorme, como el de la solana que se había tragado a la tía Lola.

Delaira, por fin, había cerrado los ojos.

Catalina se acurrucó a su lado, aunque apenas pudo conciliar el sueño hasta casi la madrugada, a pesar del agotamiento de aquellos dos días.

Se despertó sobresaltada cuando el sol se reflejaba ya con fuerza en la encalada pared del pasillo.

No recordaba haber dormido nunca hasta tan tarde.

Su amiga no se había movido, seguía ovillada en la misma posición en que la había dejado su madre, y se alarmó.

Se levantó y rodeó la cama para verle la cara.

Seguía con los ojos cerrados, pero respiraba.

El lento movimiento de las aletas de su naricilla respingona la tranquilizó.

—Delai… Delai, ¿duermes? —le susurró Catalina balanceándola con suavidad.

Delaira abrió los ojos hundidos y todavía cansados, y los volvió a cerrar.

—Déjame, Cata, quiero dormir —respondió con una voz apagada, apenas audible.

—Iré a buscarte una taza de leche.

—No quiero comer. No me traigas nada. Solo quiero dormir. Déjame.

Catalina se vistió, fue a su casa a coger un trozo de pan y salió en busca de su madre, que ya estaba fuera, en la faena, como todo el barrio. Algunas vecinas quisieron subir a verla, pero Leonor se lo impidió.

—Todavía no —dijo, haciéndose responsable de la situación de Delaira—. Hay que darle tiempo. ¿Tomó algo? —le preguntó a su hija.

—No. Le ofrecí una taza de leche, pero me dijo que la dejara descansar.

—Ten. —Se quitó el mandil y se lo pasó para que la relevara en el puesto—. Ya me ocupo yo.

Así pasaron tres días desde el entierro de su madre. Catalina se había trasladado a casa de la tía Lola para pasar el mayor tiempo posible con Delaira, aunque su amiga era como un alma en pena: comía y bebía sin rechistar cuando Leonor le acercaba el plato, pero apenas pronunciaba palabra.

Catalina se sentía impotente.

—Ojalá pudiera hacer algo por ti, Delai. Cualquier cosa… Ojalá pudiera —le decía con la voz entrecortada por la amargura mientras le cogía las manos.

—Solo déjame estar, Cata, por favor —respondía Delaira sin fuerzas, con los ojos cerrados y encogida como un animalillo asustado.

Al cuarto día, domingo, Leonor se presentó temprano en casa de su vecina. Calentó agua, la vació en un barreño y se dirigió al cuarto donde dormían su hija y Delaira.

—¡Arriba! —exclamó mientras tiraba de la ropa hacia los pies de la cama—. Hay que levantarse.

Catalina se espabiló al momento, pero Delaira permaneció tumbada, inmóvil, sin ni siquiera abrir los ojos.

—Venga, miña nena , hay que tirar p’alante, que no queda otra.

Leonor la levantó casi en volandas, y por fin la niña arrancó a llorar desconsolada, abrazada a su vecina, que sostenía aquel cuerpo débil y demacrado incapaz de mantenerse en pie.

Mientras Delaira se rompía en sollozos desgarradores mecida por Leonor, Catalina lloraba en silencio y se tragaba las lágrimas pensando que, si ella sentía que se le partía el corazón, el sufrimiento de su amiga debía de ser insoportable.

Leonor, ayudada por su hija, la metió en la tina, la bañó y le lavó la larga melena con delicadeza.

Catalina recordó cuando eran pequeñas y los domingos, antes de ir a misa —el día del baño—, se escapaba a casa de la tía Lola para que las metiera a las dos juntas en el barreño.

Recordaba las risas, los juegos, los equilibrios para no caerse, sujetándose la una a la otra mientras la tía Lola les echaba agua por la cabeza con un cazo y las reñía por moverse tanto.

Leonor se había ocupado ya de preparar la ropa para el luto y le tendió las prendas que tenía que ponerse.

Ver a su amiga vestida de negro de pies a cabeza impresionó a Catalina.

Era como si aquello fuese un sacrilegio, como enterrar su cuerpo, su sonrisa, sus ojos vivarachos que tal vez no volverían a brillar tras aquel gélido y oscuro letargo.

Sabía que cualquier otra cosa sería una irreverencia, pero también comprendía que aquella tradición solo serviría para prolongar la pena de Delaira.

Ese color, símbolo de respeto a la memoria de los muertos, espantaría cualquier risa, cualquier atisbo de alegría.

Leonor peinó la larga melena dorada de su amiga y la ocultó bajo un pañuelo negro para salir a la calle.

Aunque fuese puerta con puerta, no habría estado bien que alguien la viese con la cabeza descubierta tan pronto.

Pero, una vez en casa de los vecinos, sentados todos a la mesa, le desató el pañuelo y dejó que su p elo se secara al aire.

Desayunaron juntos, como la f amilia que siempre se habían considerado, y nadie mencionó la desgracia.

Hablaron de cosas triviales, de los chismes del barrio, tratando de normalizar las nuevas circunstancias, de mantener ocupados los pensamientos de Delaira.

Luego salieron todos, los hombres por un lado y las mujeres por otro, camino de la iglesia de San Francisco.

La gente miraba a Delaira con pena. Algunos parecían querer acercársele, pero Leonor, con un simple gesto de la cabeza o una mirada, les hacía comprender que aún no era el momento.