Las tejedoras del mar Capítulo 2
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Capítulo 2

—Míralos, Cata. Yo nunca enten deré eso.

—Delaira apartó las redes del re gazo y se puso de pie.

Con una mano en la cintura y la otra haciendo de visera, estiró el cuello y observó a los jóvenes trabajadores del Cable Inglés que practicaban remo en aquella solead a tarde de mayo—.

Matar el cuerpo así, sin necesidad… ¡Ya son ganas!

—exclamó al tiempo que negaba con la cabeza.

Casi dos décadas atrás, gracias a la protección natural que ofrecía su tranquila ría para el amarre del cable además del calado suficiente para los buques, el puerto de Vigo había sido elegido por la compañía inglesa de comunicaciones telegráficas, la Eastern Telegraph Company —conocida allí como el Cable Inglés— para in stalar una estación que uniese su sede de Cornualles con Carcavelos, en el distrito de Lisboa.

Desde allí partirían otros cables que permitirían la comunicación con Asia, África y América, hasta donde se extendía el vasto Imperio británico.

No era la primera vez que en la ciudad se oía hablar del cable.

Ya diez años antes se había establecido una conexión entre Vigo y el lazareto de la vecina illa de San Simón; sin embargo, la llegada de este nuevo enlace convirtió la ciudad olívica en la mejor comunicada de España con el resto del mundo.

Por sus oficinas, encabezados con la inscripción «Vía Vigo», pasaban miles de mensajes procedentes tanto del tráfico nacional como internacional.

Tampoco fueron los trabajadores del Cable Inglés los primeros ciudadanos británicos en llegar, pues ya existía una comunidad inglesa considerable en la ciudad, y el puerto era visitado con frecuencia por mercantes, barcos de pasaje y la escuadra de guerra británica.

Sin embargo, la llegada del cable, y con él un nutrido grupo de empleados, muchos acompañados por sus familias, causó un gran revuelo en la sociedad viguesa, en especial entre los círculos acomodados, que pronto empezaron a impregnarse de sus costumbres, sus tradiciones, sus modas y su idioma.

Entre la clase trabajadora, en cambio, aquella cultura apenas había calado, sobre todo en lo relativo al ocio y, más concretamente, al deporte, que la burguesía abrazaba con entusiasmo: tenis de mesa y sobre hierba, billar, atletismo o regatas, entre otras novedades.

—Pues serán ganas, sí —repuso Catalina a la observación de su amiga—, pero no hay domingo que no vayas al Areal a ver cómo juegan a la pelota en los Cuadros del Relleno.

—Es que no me dirás que no es digno de ver: tantos mozos juntos peleándose por darle patadas a una pelota. ¡Y vaya mozos! Si alguno fuese para nosotras, ¿eh, Cata? Si no hubiésemos nacido pobres…

—Tampoco te quejes tanto. Tienes un techo, y no te falta un trozo de pan y una sardina.

—Eso es verdad —afirmó Delaira riendo y acercándose las manos a la nariz—. Sobre todo, la sardina. Pero dime tú, tener dinero para andar sudando ahí al sol… Si ya lo dice mi madre: «Cuando no tiene qué hacer el diablo, mata moscas con el rabo». ¡Anda que no tienen costumbres raras estos ricos!

—A todo se acostumbra uno… Mira la casa de baños —apuntó Catalina, recordando cómo aquella parte acomodada de la sociedad de Vigo había pasado rápidamente del recelo y la moralina a disfrutar de esa nueva práctica burguesa.

—Ya lo creo. ¿Te imaginas, tú y yo dándonos unos baños de agua caliente en La Iniciadora? Eso tiene que ser como estar en la gloria.

Delaira se subió el vestido hasta las rodillas y dio unos pasos sorteando las redes, simulando entrar en una bañera. Las dos rieron a carcajadas.

—Y tanto. Marinita, la del Patrón, que esta temporada vuelve a trabajar allí, dice que ya están preparándolo todo y que es como un palacio. Que tiene casi cien habitaciones y un salón enorme con un piano, muchos libros y revistas, y tantas plantas que parece un jardín —contó Catalina.

—Y bañeras de mármol donde se meten las señoras con un camisón que le llaman «túnica». Ya se lo oí —intervino Delaira con cara de imaginarse que ya gozaba de aquellos lujos—. Y baños de chorro…

—Pero tienes razón, nada de eso es para nosotras. Nada —concluyó Catalina con un gesto de resignación.

—¡Quién sabe! Cosas más raras se han visto.

—Otros las habrán visto, porque tú y yo… No, que yo recuerde.

—¡Qué agonías eres, Cata! ¡De verdad!

La primera casa de baños de Vigo, La Iniciadora, había abierto sus puertas al público el 10 de julio de 1876, el mismo día del nacimiento de Catalina, festividad de San Cristóbal.

Se ubicaba en el arenal de las Baterías, al pie de la muralla que rodeaba la ciudad, entre los baluartes de San José y San Antonio.

Ni siquiera la mayoría de la gente pudiente de aquel Vigo que empezaba a emerger a nivel económico y cultural —la que frecuentaba los cines y el teatro de la praza da Princesa, los bailes y las cenas de gala en el Casino, o a personajes tan célebres como el rey Alfonso XII y su esposa María Cristina cuando estaban de visita— había oído hablar de las casas de baños.

Solo unos pocos, viajeros en el extranjero u otras regiones de la península, conocían ya esa costumbre, y eran ellos los que más elogiaban las instalaciones viguesas y el gusto con el que habían sido decoradas, comparándolas con las que habían visto fuera.

Para la gente más humilde, sin embargo —en especial para quienes vivían del mar—, aquello no dejaba de ser una excentricidad que tardó en abrirse paso entre sus hábitos y su estricta moral.

En su barrio, el arenal era un lugar de tránsito constante ocupado por la compraventa de pescado, las embarcaciones con sus aparejos, las algas puestas a secar y el hedor de los desperdicios que se arrojaban sin miramientos a la playa.

Plantearse usar aquella ribera para el baño provocaba, como poco, repulsa o hilaridad.

La bajada a La Iniciadora, siguiendo la muralla desde la rúa Real, lucía aquel día de estreno engalanada con farolillos.

El interés que despertaba el acontecimiento se reflejaba en el bullicio del gentío que se acercaba hasta allí no para disfrutar del lujoso evento, tan fuera de su alcance y hasta de su imaginación, sino para ver llegar a lo más granado de la sociedad viguesa y de los alrededores luciendo sus mejores galas, lo que en sí ya suponía espectáculo suficiente para el populacho.

Desde el cuarto donde Leonor daba a luz a Catalina —acompañada por su amiga y vecina Lola—, en su casi recién estrenada vivienda al pie de la porta da Ribeira, se oía la música que llegaba desde el templete, donde una orquesta festejaba la inauguración a bombo y platillo para quienes no habían sido invitados a los suntuosos salones que reunían a lo más selecto de la sociedad viguesa y de la colonia británica.

Leonor decía que aquella algarabía había sido como una premonición.

—Me daba el cuerpo que iba a ser una niña —le habían oído contar más de una vez—. Sentía como una alegría en el pecho…

Y su corazonada se hizo realidad cuando, después de tres varones, por fin nació una niña sana y regordeta, morena como su padre, con unos ojillos oscuros y avispados que quisieron ver el mundo nada más asomarse a él.

—¿Qué barruntas, Cata? Que el que nace pobre piensa como pobre. Y sueña como pobre. Así nunca vamos a prosperar —observó Delaira ante el ensimismamiento de su amiga.

—Pues me acordaba de que yo nací el día que abrió La Iniciadora y que mi madre siempre me dice que no soy nada fiestera para haber llegado al mundo a golpe de trompeta.

—Yo, y no tú, tendría que haber nacido a golpe de trompeta, entonces. Y de pandereta, si me apuras —comentó Delaira evidenciando sus caracteres casi opuestos.

—Pero ya ves que tus divertimentos y los míos no son los de esta gente —respondió Catalina mientras volvía a fijarse en los jóvenes remeros que avanzaban en paralelo a la playa.

—Bueno, nos divertimos igual, incluso mejor, ¿o qué? Si tuviésemos tiempo y el cuerpo descansado como ellos…

Ciertamente, de las dos, Delaira era la más alegre con diferencia: la más sociable y ocurrente, la que siempre llevaba la sonrisa puesta y una mirada verde y seductora que hacía que los muchachos —tanto simples estibadores como señoritos adinerados que frecuentaban el café Suizo, o los que, vestidos de blanco inmaculado, se dirigían hacia las pistas deportivas de la rúa Taboada Leal, donde practicaban aquel juego que llamaban lawn tennis — se volvieran para mirarla cada vez que pasaba con su donaire natural, la melena rubia enmarcando el rostro delicado y el paso decidido, como si con un simple chasquido de dedos pudiera hacer que cualquiera de ellos cayese rendido a sus pies.

Pero 1892 fue el año fatídico en que, por primera vez, se dejó de oír su risa jovial y cantarina en la ensenada de O Berbés; el año en que sus chanzas y ocurrencias dejaron de arrancar sonrisas a cuantos la rodeaban en aquel tedioso y rutinario trabajo.

Delaira, a la que apodaban A Roxa por el color de su larga y rizada melena, que se consideraba huérfana de padre desde los cuatro años, se quedó también sin madre antes de cumplir los dieciséis.

Despuntaba el verano. El día había amanecido fresco pero soleado, y se agradecía, después de tres estaciones de intensas lluvias.

Llegada la hora del almuerzo, el ritmo seguía siendo frenético en el arenal.

A finales de mayo habían comenzado las obras que unirían O Berbés con la alameda; los baluartes cercanos de San José, San Antón y A Pedra fueron derruidos, y el ya de por sí complicado trasiego de personas y mercancías se volvió caótico.

En medio de semejante alboroto y griterío, Lola se asomó a la puerta de la solana para llamar a Delaira para el almuerzo, pero, al ver que no la oía, decidió acercarse al balaustre que la acotaba. Apenas había alcanzado el extremo cuando las tablas cedieron bajo sus pies.

Delaira y Catalina, que estaban destripando pescado cerca de la orilla, la vieron desaparecer repentinamente desde lo alto, como si se la hubiera tragado la tierra.

La gente, alarmada, echó a correr hacia el soportal donde Lola yacía inmóvil, pero Delaira, que se había dado la vuelta al oír a su madre, se quedó blanca, sin aliento, con los ojos desorbitados.

Paralizada. A su lado, Catalina dudaba entre quedarse con su amiga o ir a ver qué había sucedido, pero antes de ser capaz de reaccionar, Delaira empezó a avanzar, deshaciéndose de las redes que se le enredaban en los pies y le impedían correr.

—¡Mamá! ¡Mamá! —gritaba mientras apuraba el paso y recorría los escasos metros que la separaban del tumulto que se había formado alrededor de su madre.

Un corro de mujeres fue a su e ncuentro y la apartó del lugar, arrastrándola hacia la fonte da Ribeira, o «fonte dos Cans», como la llamaban los del lugar, a tan solo unos pasos.

Sin que ella pareciese siquiera consciente, le quitaron el mandil, le lavaron las manos y le hicieron beber un poco de agua.

Mientras, otras personas se ocuparon de meter a Lola en la casa y acomodarla en su cama.

—Tranquila, criatura, tranquila. Gracias a Dios, está viva —anunció alguien tratando de calmar su desesperación cuando entró por la puerta de su casa y comenzó a subir las escaleras de dos en dos.

Lola sonrió al verla aparecer, pero no se movió cuando su hija, hecha un mar de lágrimas, se abalanzó para abrazarla.

—Está tan mazada que no puede ni mover un dedo —dijo Leonor al ver el pánico que empezaba a dibujarse en el rostro de Delaira—. Id a comer, ya me quedo yo con ella.

—Estoy bien, no me duele nada. Anda, ve con Cata —musitó Lola.

Delaira, conmocionada, se dejó arrastrar hasta la casa de sus vecinos.

Ni siquiera se atrevía a considerar real la posibilidad que cruzó fugazmente su pensamiento.

Sabía que tenía hambre porque su estómago rugía antes del accidente, pero esa sensación había desaparecido por completo.

Y, aunque lo intentó, no consiguió traga r un solo bocado, por más que insistieron.

Deseaba ver a su madre, estar a su lado, pero un miedo atroz la paralizaba.

Su imagen, sonriente pero postrada, sin poder moverse, sin que sus brazos correspondieran al abrazo que ella le ofrecía, se le clavó como un hierro candente y le provocaba un dolor infinito.

Se sujetó la cabeza con fuerza entre las manos, como si quisiera arrancar aquella estampa de su mente.

—¿Qué va a pasar ahora, Cata, qué será de nosotras?

—Bueno, no te adelantes. Se recuperará, seguro.

Delaira la miró y las lágrimas le inundaron los ojos.

Tenía el amargo presentimiento de que eso no iba a suceder, y sabía que Catalina sentía lo mismo.

Se conocían bien. Un llanto contenido y silencioso se apoderó también de aquellos que consideraba su familia.

El abrazo fuerte y protector con que la arropó su amiga y la mano en el hombro del que para ella era como un tío terminaron por convencerla de que sus peores presagios eran la dura e inevitable realidad.