Las tejedoras del mar
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Capítulo 1
—¿Crees que algún día saldremos de aquí, Cata?
D e frente, Cangas con su extensa playa, la illa dos Ratos, Punta Balea… Pero Delaira miraba hacia el oeste, más allá de las illas Cíes, por donde veían desdibujarse los grandes transatlánticos repletos de emigrantes que partían.
—¿Y a dónde quieres ir? ¿A buscar a tu padre a Cuba?
Por entonces aún ignoraban el posible destino de José, el padre de Delaira, en aquel lugar lejano que algunos llamaban la Perla del Caribe.
Catalina sabía que su amiga no se ofendería.
La miró de reojo y vio que sonreía. Que su padre se hubiese ido cuando ella apenas tenía cuatro años ya no le dolía o, al menos, podían hablar e incluso bromear sobre ello sin que la pena ni el resentimiento la reconcomiesen.
De niñas, cuando se enfadaban, Catalina solía herir a Delaira con esa crueldad sin filtro de la infancia recordándole que él las había abandonado, tanto a ella como a su madre.
Le decía que su padre no las quería, y que por eso no había vuelto, a pesar de sus promesas.
—¿No estás harta de pasarte día tras día destripando pescado y cosiendo redes?
—¿Qué otra cosa podemos hacer? —preguntó a su vez Catalina, resignada—. ¿Prefieres ir a servir, o a trabajar en la fábrica?
—No lo sé. Lo único que tengo claro es que no quiero hacerme vieja con los pies enterrados en esta arena, como mi madre y la tuya. Fíjate: la mayoría de estas mujeres nacieron aquí y aquí morirán. Yo no voy a acabar igual, te lo juro —aseguró llena de convicción.
Catalina miró a su alrededor y observó aquellos corros de mujeres que cada día bajaban al arenal como si las viera por primera vez y, aunque su amiga no lo hubiera jurado, comprendió en aquel instante que los días de Delaira en aquella penosa labor aprendida y heredada de madres a hijas estaban contados, a pesar de que quedasen muchos por llegar.
Catalina tenía entonces trece años; Delaira, uno menos.
Ambas habían nacido allí, puerta con puerta, en O Berbés, un barrio extramuros de Vigo al oeste de la ciudad, enclavado en el arenal de San Francisco, que había cogido el nombre del convento situado a su izquierda, con el salitre pegado a la piel y las olas lamiéndoles los pies desde que empezaron a gatear, a caerse y levantarse una y otra vez.
Mientras en la recién estrenada rúa Duque de la Victoria se erigían elegantes edificios como el Odriozola o el Rubira, los padres de las dos amigas se habían instalado en O Berbés en 1875, justo un año antes de nacer Catalina, proced entes de Redondela, otro pueblo de la misma ría, un poco más al este.
Fueron precisamente los marineros redondelanos los que, poco a poco, colonizaron aquella pequeña ensenada que usaban como refugio al volver de faenar, cuando el mar embravecido les impedía llegar hasta su puerto.
Las casetas de madera construidas para guardar los aparejos y pernoctar en noches de temporal fueron convirtiéndose en improvisadas viviendas hasta que los marineros acabaron llevando allí a sus familias y haciendo de aquellos refugios un hogar.
La casa de los Otero Amoedo, padres de Catalina, era medianera con la de Delaira.
Las e strechas fachadas encaladas, como las de tantos pueblos del litoral, daban a la playa, que era, además de su lugar de trabajo, una extensión de sus viviendas, un patio común en el que pasaban la mayor parte del día, desde el amanecer hasta la postrimera luz que se apagaba sobre el Atlántico.
La parte delantera de las casas se destinaba a guardar los pertrechos de pesca, lo que restaba espacio al interior.
En invierno, las mujeres se resguardaban allí de las inclemencias del tiempo para trabajar, por lo que se fueron levantando largos soportales que llegaban hasta el mar para proteger las pequeñas embarcaciones.
Sobre ellos se construyeron solanas de madera que servían para salar el pescado, tender las redes y, en menor medida, para que Catalina y Delaira, desde aquel mirador improvisado, contemplasen la ría y, aún con ojos adolescentes, a los fornidos estibadores y arrieros.
A medida que el barrio fue prosperando y convirtiéndose en motor económico de la ciudad, las casas se fueron transformando.
La mayoría levantaron dos plantas, y en algunos soportales se acabaron estableciendo los puestos de compraventa del pescado.
La casa de Delaira, sin embargo, no progresó como las demás.
Tampoco su familia creció: fue la hija única de un matrimonio separado por la emigración que nunca volvió a reencontrarse.
José, marinero como el padre de Catalina, había embarcado poco después de llegar a O Berbés en un vapor de la Royal Mail Steam Packet Company , conocida por los vigueses como la Mala Real Inglesa, que hacía escala regular en Vigo rumbo a La Habana.
Lo habían embaucado las promesas de algunos indianos fanfarrones que prometían a los hombres jóvenes y trabajadores —pero pobres— escapar de la miseria y hacer fortuna allende los mares.
Al principio enviaba algo de dinero, con el que construyeron, junto a sus vecinos, la arcada y la solana.
Pero las cartas y los giros se fueron espaciando hasta desaparecer.
No volvieron a saber de él hasta muchos años después, cuando un vecino retornado les contó el periplo de José en aquel El Dorado al que había partido con la maleta llena de ilusiones.
Se había dejado convencer por las buenas intenciones del empresario Urbano Feijóo, quien aseguraba en sus cartas al Gobierno que llenaría «Cuba de gallegos que fecunden este país», prometiéndoles «un viaje cómodo y pagado, un tiempo de aclimatación con esmerada asistencia, un trabajo seguro con sus horas y días de descanso no escasos», amén de «dos camisas, un pantalón y blusa apropiados para el clima, un sombrero de paja y un par de zapatos».
—Dicen que van a construir otra conservera en el Arenal, queda a un tiro de piedra. Igual te int eresa —comentó Catalina.
—¿En el Arenal? ¿No habían dicho que querían alejar las fábricas del centro? —se extrañó Delaira.
—Bueno, al estar c erca del puerto, será más bien un almacén, o eso le he oído a mi padre. Y luego está la que acaban de abrir en el camino de la Barxa, la Palacio de Oriente, de ese tal Alonso que volvió de La Habana, para enlatar sardina.
—Sea lo que sea, meterse en las fábricas es cambiar los ojos por el rabo, Cata. Al menos podemos respirar aire limpio y vemos la luz del sol. Ya sabes cómo están las mujeres allí dentr o, sin apenas un minuto de descanso ni para comer. Ni siquiera pueden mear tranquilas. No, eso no es para mí.
—¿Y qué es para ti, Delai?
—No sé , ya te digo. Algo que no tenga nada que ver con el pescado.
Detesto esta peste que no se va nunca. Ni los domingos logramos deshacernos de ella.
Toda la ropa huele a despojos, y eso que llenamos los cuartos y los roperos de romero.
Y las manos… —dijo acercándoselas a la nariz con gesto de repulsión—, no hay forma de quitarse este olor a sardina.
Tú te ríes con lo de irme a Cuba, pero si no fuese porque dejaría sola a mi madre…
—¿De verdad? —le preguntó Catalina, alarmada.
Delaira nunca le había hablado con tanta claridad de su deseo de irse del barrio, y menos aún de emigrar a Cuba.
Un desasosiego, o tal vez miedo, se apoderó de ella de repente.
No podía imaginar su vida allí sin Delaira.
Eran amigas del alma, de las de verdad, de las que se tienen ley.
Todo lo hacían juntas. Ella y su madre —a la que en su casa llamaban «tía Lola»— eran más que familia.
En los sueños de futuro de Catalina siempre estaba su amiga, siempre.
Pero de pronto la vio alejándose en uno de aquellos vapores para no volver, como había hecho José, y se le encogió el corazón.
—Iríamos las dos, claro —aseguró finalmente Delaira como si adivinara, o más bien sintiera, la congoja de su amiga.
—Claro —respondió Catalina.
Sabía que aquello nunca ocurriría, pero el simple hecho de que no la excluyera de sus sueños la reconfortó y alivió la presión que sentía en el pecho.
A Enrique, el padre de Catalina, le iba bien con la pesca.
Tras la desaparición de la sardina en Francia —hasta entonces la mayor exportadora mundial de conservas— y la llegada de empresarios catalanes para establecer fábricas en la ría de Vigo, toda sardina era poca, y las ventas se pagaban a buen precio.
Sus tres hermanos may ores eran marineros, como su padre, y el pequeño estaba de aprendiz con un carpintero de r ibera.
Su aspiración, la de todos, era tener un galeón para transportar mercancías entre puertos cercanos, aunque por el momento se conformaban con la dorna, que ya suponía un avance respecto a la pequeña chalana de la que se encargaba el hermano mayor.
Catalina era la única mujer de aquella prole de casi media docena de vástagos, y contribuía a la economía familiar ayudando en la descarga, preparando el pescado para la salazón y reparando redes junto a su madre.
Tenía la certeza de que jamás la dejarían marchar, al menos no mientras siguiera soltera y dependiente. «Muchos van, pocos vuelven. Está la ría llena de pan; no hace falta ir tan lejos», solía decir su madre cada vez que alguien hablaba de cruzar el charco en busca de fortuna.
La situación de Delaira y su madre era distinta.
Hacían lo mismo que sus vecinas, pero por un jornal que apenas daba para ir tirando.
Su futuro no era halagüeño, y Catalina entendía los anhelos de su amiga, su desencanto y sus ganas de avanzar, de no vivir ni morir con los pies hundidos en la arena de aquella pequeña ensenada de O Berbés, las manos llenas de llagas y el olor a pescado incrustado en la piel, como siempre decía.