Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

La quietud y la marea

Pasaron las semanas y el invierno de Salem comenzó a ceder su férreo dominio, desgastado por la lenta llegada de una primavera pálida que apenas lograba arrancar parches de fango verdoso a la nieve acumulada en los prados.

El pueblo intentaba recuperar un simulacro de normalidad.

Las puertas de las casas ya no permanecían trancadas con triple cerrojo durante el día, y las mujeres volvieron a reunirse junto a los pozos de agua, aunque las conversaciones solían apagarse en susurros nerviosos cada vez que alguien mencionaba la colina del cuervo o el nombre del depuesto magistrado Hathorne.

El vacío de poder en la corte de justicia había sido llenado por funcionarios de Boston que preferían mirar hacia otro lado, dedicándose exclusivamente a matters de impuestos y títulos de propiedad, ansiosos por sepultar bajo una montaña de burocracia colonial los fantasmas de la histeria.

En nuestra taberna, la rutina diaria se había convertido en un escudo contra el exterior.

Las tardes transcurrían entre el aroma a pan recién horneado, el olor acre del tabaco de pipa que Thomas fumaba junto a la ventana y el sonido constante de la madera crujiendo bajo la influencia del fuego constante.

Los parroquianos habituales, aquellos que habían resistido el vendaval del miedo sin caer en la locura de las acusaciones, volvieron a ocupar las mesas del fondo, compartiendo jarras de cerveza espesa y silencios prolongados.

Nadie preguntaba por los forasteros, ni por el estudiante de Cambridge que se había desvanecido en la tormenta, ni por el brillo verdoso que una vez manchó la nieve de los acantilados.

Para ellos, éramos simplemente el posadero y su hermana, los supervivientes obstinados de un invierno maldito.

Una tarde de abril, mientras el sol declinaba y arrojaba reflejos dorados sobre los cristales limpios del salón, me encontraba afilando la hoja de la daga de hierro sobre una piedra de aceite húmeda. El metal raspaba con un sonido rítmico, suave, constante.

Mercy estaba sentada cerca de la ventana, aprovechando los últimos rayos de luz natural para remendar los faldones de mi casaca. Su rostro ya no guardaba el rastro de la fatiga extrema; la paz de los meses tranquilos había devuelto la firmeza a sus facciones y la claridad a su mirada.

—Vienen visitas —dijo ella de repente, sin dejar de mover la aguja con precisión experta.

Me detuve en seco, levantando la vista de la piedra de afilar.

A través de los cristales limpios, vi una silueta solitaria que caminaba con paso cansado por la calle principal, avanzando hacia nuestro porche.

No era un académico con maletín de cuero ni un alguacil de la corte con uniforme y chuzo de hierro.

Era un hombre mayor, vestido con un modesto abrigo de paño gris y un sombrero de ala ancha cubierto de polvo de camino. Llevaba una pequeña bolsa de lona al hombro y caminaba encorvado, como si arrastrara el peso de una larga travesía.

Se detuvo frente a nuestra puerta, dudó por un instante y luego dio los tres golpes reglamentarios en la madera.

Miré a Mercy. Ella dejó la costura sobre su regazo y me devolvió una mirada serena, sin rastro de alarma.

Dejé la daga sobre la barra, me limpié las manos en un trapo seco y caminé hacia la entrada. Al descorrer el cerrojo y abrir la puerta, el aire fresco de la tarde me dio la bienvenida.

El viajero me miró con ojos cansados, marcados por arrugas profundas, pero en su rostro había una extraña mezcla de cautela y alivio.

—Busco un lugar donde pasar la noche y algo caliente para cenar —dijo el hombre con voz ronca, acentuada por el cansancio del camino—. Me dijeron en el puerto que esta taberna es la única que permanece abierta a los forasteros sin hacer demasiadas preguntas.

Me hice a un lado, ensanchando la puerta para dejarlo pasar hacia la luz cálida del salón.

—Estás en tu casa, viajero —le respondí, mientras el fuego de la chimenea proyectaba nuestras sombras sobre las tablas limpias del suelo—. Entra. El invierno ya se ha ido, pero el fuego siempre está encendido.