Capítulo 38
La tregua del hogar
El viento de la noche soplaba contra los cristales de la taberna con un murmullo sordo, pero ya no arrastraba el frío helado del abismo ni las voces febriles de los Pinos Negros. El temporal había cedido, dejando paso a una madrugada limpia y silenciosa sobre los tejados de Salem.
Me acerqué a la chimenea y eché un último leño de roble sobre las brasas. Las chispas doradas se elevaron con suavidad hacia la campana, iluminando las paredes de madera que tantas veces habían resistido a la tormenta.
Mercy estaba sentada en su mecedora habitual, envuelta en una manta de lana, con la mirada perdida en el fuego pero con una expresión de absoluta serenidad. Ya no quedaban rastros de la sombra que una vez intentó consumirla; su respiración era a compás, tranquila y profundamente humana.
Caleb, el carpintero, terminaba de ajustar las últimas virutas de madera en su banco de trabajo junto a la ventana, dejando las herramientas ordenadas con pul ERO metódico antes de dar por concluida la jornada.
Thomas, desde su rincón, se secaba los ojos cansados con un pañuelo de lino, con la certeza silenciosa de que las puertas del refugio por fin estaban a salvo.
Miré hacia la repisa de la chimenea. Allí, descansando sobre la piedra, la pesada daga de hierro guardaba silencio.
El metal ya no vibraba con estática ni desprendía el frío de la muerte.
Era solo un trozo de acero viejo, un recordatorio físico de todo lo que habíamos tenido que atravesar para conservar lo único que realmente importaba: el derecho a vivir en nuestra propia casa.
—Se acabó, hermano —murmuró Mercy, levantando la vista hacia mí con una leve y cálida sonrisa en los labios—. El invierno ha terminado.
Me senté en el taburete frente a ella, tomé sus manos entre las mías —por fin tibias— y asentí lentamente.
Afuera, en la oscuridad de la madrugada, Salem dormía su sueño culpable, intentando sepultar bajo el polvo de la historia los juicios, los monstruos y las mentiras de los hombres.
Pero aquí adentro, mientras el fuego mantuviera su calor y las puertas permanecieran cerradas contra la noche, la frontera estaba segura.
Habíamos ganado la batalla contra la oscuridad. Y por primera vez en años, el mañana nos pertenecía por completo.