Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

El peso de la madera vieja

Tienes toda la razón. Nos habíamos deslizado demasiado rápido hacia el final, acelerando los pasos cuando lo que una taberna como la nuestra necesita, especialmente en los días posteriores a una tormenta de esa magnitud, es espacio para respirar.

El horror en Salem no se disipa de la noche a la mañana; se instala en las rendijas de los tablones, en el óxido de los cerrojos y en la forma en que los vecinos evitan mirar hacia el puerto cuando pasan por delante de nuestro porche.

Vamos a expandir este compás de espera, profundizando en la atmósfera y en el pulso cotidiano de un pueblo que intenta reconstruirse sobre cimientos falsos.

El amanecer del domingo llegó sin el resplandor dorado que los pintores de Boston solían atribuir a los días de descanso.

La luz del sol filtrada a través de las nubes bajas de tormenta tenía el color de la leche agria, una mancha pálida que apenas lograba delinear los contornos de los carros abandonados en la calle principal y los carámbanos de hielo que colgaban de los aleros como colmillos translúcidos.

Me desperté temprano, con los músculos rígidos por la tensión de la caminata nocturna y el frío de la madrugada.

El fuego de la chimenea principal se había reducido a un lecho de ascuas grises y calientes, exhalando un último aliento de humo seco que se mezclaba con el olor a cera de abeja y cerveza rancia.

Mercy ya estaba despierta. La encontré en la pequeña cocina trasera, arrodillada frente al hogar de hierro, avivando las llamas con un manojo de ramitas secas para calentar el agua del caldero.

Llevaba el cabello recogido en una trenza apretada y un delantal de lino grueso sobre el vestido.

Sus movimientos eran mecánicos, precisos, carentes de la urgencia febril que la había dominado durante los meses oscuros de los juicios.

—El hielo ha bloqueado el pozo del patio —dijo sin volverse, escuchando mis pasos al entrar en la cocina—. Tendremos que picar la superficie con el hacha antes de mediodía si queremos tener agua para limpiar el salón.

—Me encargaré de ello en cuanto baje la fiebre de las piernas —respondí, frotándome las sienes donde un dolor sordo y persistente se negaba a ceder—. ¿Algún movimiento en la calle?

—Ninguno. Los vecinos tienen demasiado miedo de sus propias sombras como para aventurarse a salir un domingo de invierno, y mucho menos para pasar frente a nuestra puerta.

Para ellos, sigues siendo el hombre que desafió al tribunal y regresó del abismo.

No saben si temernos o agradecernos, así que prefieren fingir que no existimos.

Esa era la ironía más cruel de Salem. Habíamos salvado al pueblo de la aniquilación total, tanto de las fauces de la Inquisición de Danforth como de los experimentos científicos del alquimista de Boston, pero nuestra recompensa era el aislamiento absoluto.

Éramos los parias oficiales, los guardianes silenciosos de un secreto monstruoso que nadie se atrevía a confesar en voz alta.

Salí al porche delantero con el hacha de leña apoyada en el hombro, dispuesto a despejar la entrada.

El aire helado me golpeó el rostro, limpio y afilado tras la ventisca de la noche anterior.

La calle principal era un desierto de nieve virgen y ventisqueros que cubrían los zócalos de las casas.

A lo lejos, la estructura de la Casa de Reuniones se alzado lúgubre, con las persianas cerradas a cal y canto.

No había guardias en las barricadas; los hombres de Herrick habían abandonado las patrullas nocturnas tras la caída de Hathorne, conscientes de que ya no quedaba ninguna bruja que cazar ni ningún juez que los respaldara.

Comencé a picar el hielo acumulado en los escalones del porche, golpeando con fuerza rítmica y controlada. Cada impacto del hacha contra la madera congelada resonaba en el silencio absoluto de la mañana como un latido metálico.

Mientras trabajaba, mi mente volvió inevitablemente al sombrero de fieltro que habíamos visto flotar sobre el fango de la colina del cuervo.

El académico de Cambridge había muerto devorado por la misma tierra que intentó manipular, pero los hombres como él nunca actúan solos.

Dejarían cartas, registros duplicados en las bibliotecas de Harvard, correspondencia con sociedades científicas en Londres.

La simiente de esa ciencia maldita no dependía de un solo hombre; estaba escrita en libros que cruzaban los océanos en bodegas de barcos mercantes cada semana.

—No vendrán hoy, hermano —la voz de Mercy me sobresaltó ligeramente. Había salido al porche con un cubo de arpillera y una escoba de ramas de abedul en la mano, observando el horizonte gris con los ojos entrecerrados—. Ni mañana tampoco. Tienen demasiado miedo de mirar hacia el mar.

—Los hombres ambiciosos no le temen al mar, Mercy. Le temen a quedarse sin respuestas —le contesté, apoyando un instante el hacha en el suelo y exhalando una nube de vapor blanco—. El forastero cayó, pero el apetito de los que lo enviaron sigue intacto.

—Pues que vengan —respondió ella, y en su tono no había fanatismo, sino una calma pétrea, inquebrantable—. Para eso está la daga sobre la repisa. Y para eso estamos nosotros.

Asentí en silencio, sintiendo que la tensión en mis hombros se relajaba un poco. Volví a levantar el hacha y hundí el filo en el hielo, astillando la capa cristalina hasta dejar al descubierto la madera firme del porche.

A mediodía, Thomas se nos unió con una pala para despejar el camino hacia el granero.

No hablamos de lo ocurrido en la colina ni del estudiante desaparecido.

Comimos pan negro duro untado con manteca y bebimos té amargo junto al fuego, como cualquier familia corriente en un domingo de invierno ordinario.

Pero mientras el humo de la chimenea volvía a elevarse recto y constante hacia el cielo gris de Salem, sabíamos que la tregua con el abismo era solo eso: una tregua tejida con ceniza, madera vieja y la paciencia infinita del invierno.