Capítulo 35
El calor del hogar
El descenso desde la colina del cuervo fue una marcha fantasmal a través de un mundo que parecía haberse deshecho en blanco y negro.
La ventisca había comenzado a amainar, transformándose en una llovizna helada que convertía la nieve recién caída en una pasta pesada y traicionera.
Ninguno de los dos pronunció una sola palabra en todo el trayecto; el peso de lo presenciado en el cráter flotaba entre nosotros como un pacto tácito que no necesitaba traducción.
Cuando finalmente avistamos los contornos familiares de la taberna, las luces del porche brillaban con una intensidad cálida y constante a través de los cristales empañados. Thomas había cumplido su palabra: el fuego seguía vivo en el interior.
Al abrir la puerta trasera, el bofetado de calor de la chimenea nos envolvió de inmediato, disipando la escarcha que se había adherido a nuestras pestañas y abrigos.
El viejo guardia dormitaba sentado en el taburete junto a la barra, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados, pero el leve chirrido de los cerrojos lo despertó al instante.
Se puso de pie de un salto, examinando nuestros rostros con una ansiedad desesperada. Al ver que regresábamos enteros, aunque exhaustos y manchados de barro, su expresión se relajó en un suspiro de alivio absoluto.
—Estaba a punto de encender la linterna y salir a buscaros —murmuró Thomas, acercándose con una jarra de agua tibia—. Allá arriba... ¿se acabó?
—Se acabó —le contesté con voz ronca, despojándome del abrigo mojado y arrojándolo sobre el respaldo de una silla—. La tierra se encargó de cerrar la puerta que intentaron abrir. No habrá más forasteros buscando fantasmas en esta costa.
Thomas asintió lentamente, frotándose las manos callosas. Se retiró en silencio a la trastienda para dejarnos solos, comprendiendo que había silencios que no debían ser interrogados.
Me dejé caer en la mecedora frente al hogar, sintiendo cómo el calor del roble penetraba por fin en mis huesos adoloridos.
Mercy se sentó en el suelo a mi lado, apoyando la espalda contra mis rodillas.
Extendió las manos hacia las llamas, observando las palmas limpias y firmes.
La sombra que una vez amenazó con devorarla en los días más oscuros de la Inquisición se había disipado por completo, reemplazada por la serena quietud de quien ha vencido al abismo y ha aprendido a vivir con sus cicatrices.
Estiré el brazo y coloqué la pesada daga de hierro sobre la repisa de la chimenea, justo al lado de una vieja jarra de peltre.
No la escondí en el arcón ni la guardé en el forro de la ropa.
La dejé a la vista, como lo que era: una herramienta más de la casa, un recordatorio silencioso de que la paz nunca es un regalo, sino una tregua ganada con sangre y ceniza.
Fuera, el viento del norte terminó por aplacarse, dando paso al silencio solemne de la madrugada sobre los tejados de Salem.
El pueblo dormía su sueño artificial, ignorante de los abismos que se abrían bajo sus pies y de los guardianes oscuros que protegían su ignorancia desde las sombras de una taberna del puerto.
—Mañana habrá que limpiar el suelo de la entrada —dijo Mercy con una leve sonrisa en los labios, rompiendo la quietud de la noche mientras reavivaba el fuego con una varilla de metal—. El lodo de la ventisca ha dejado todo perdido.
—Sí —le respondí, cerrando los ojos y dejando que el cansancio me arrastrara hacia un sueño por fin libre de pesadillas—. Mañana empezamos de nuevo.