Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 34
89%

Capítulo 34

El fuego bajo el hielo

El haz de nuestra linterna cortó la cortina de nieve, revelando la silueta del académico de Cambridge arrodillado sobre la tierra yerma.

Tenía el abrigo cubierto de escarcha y el sombrero negro caído a un lado, pero no apartaba la vista de una pequeña excavación que había abierto con una piqueta de acero.

Del fondo de la zanja brotaba un brillo verdoso, débil y pulsante, idéntico al de los calcinados calderos del sótano que creíamos sepultados para siempre bajo el mar.

El suelo mismo parecía exhalar un vapor cálido y pesado que derretía la nieve a su alrededor en un círculo perfecto de fango negro.

—Llegas tarde, posadero —dijo el forastero sin volverse, con una calma espeluznante mientras continuaba picando la roca congelada—.

Las raíces no mueren solo porque se queme la madera superficial.

El doctor Cross entendió algo que vosotros os empeñáis en ignorar: la energía no se destruye.

Solo estaba... esperando un catalizador más limpio.

Apreté la empuñadura de la daga de hierro dentro del forro de mi casaca, avanzando un paso sobre la placa de hielo hacia la cornisa.

—Lo único que vas a encontrar ahí abajo es la misma tumba que se tragó a tu predecesor —le advertí, elevando la voz por encima del rugido del mar—. Apaga ese fuego y aléjate del cráter. No vamos a permitir que abras otra vez esta grieta.

El académico se incorporó lentamente con una mano apoyada en la rodilla, sosteniendo en la otra un cilindro de latón sellado que desprendía el mismo fulgor verde. Sus ojos claros brillaban con una ambición febril bajo la luz de la linterna.

—¿Permitirlo? —soltó una risa seca, desprovista de gracia—. Creéis que Salem os pertenece por haber sobrevivido a un invierno de ahorcamientos. Pero esto no es vuestro. Esto es el futuro.

Antes de que pudiera abalanzarme sobre él, el forastero giró el cilindro de latón y lo estrelló con fuerza contra la fisura abierta en la roca.

El impacto no produjo una explosión de fuego, sino un estallido sordo y vibrante que recorrió el suelo bajo nuestras botas como un terremoto subterráneo.

Un chorro de luz verde y viscosa brotó del suelo con la violencia de un géiser, iluminando la silueta de los acantilados y el mar embravecido a nuestras espaldas.

El aire se volvió irrespirable, cargado de un olor acre a ozono y cobre quemado que hizo que el pecho me ardiera al respirar.

—¡Hermano, cuidado! —gritó Mercy, tirando de mi brazo hacia atrás justo a tiempo.

Del cráter abierto comenzó a ascender una columna de sombras densas y entrelazadas, una réplica deforme de las corrientes que antaño alimentaban el monolito del bosque. El académico soltó un grito de triunfo, alzando los brazos hacia la columna luminosa como si buscara fundirse con ella.

Pero la energía no obedecía a fórmulas puras ni a tratados académicos. La savia oscura de la tierra respondió al golpe desatado reconociendo la misma podredumbre que había alimentado a los Pinos Negros.

La luz verde se tornó de repente de un rojo violáceo.

Las zanjas del suelo convulsionaron y la roca de basalto bajo los pies del forastero cedió de golpe con un chasquido metálico.

El académico abrió los ojos con terror absoluto cuando el suelo se abrió como una boca hambrienta, tragándose el cilindro de latón y arrastrándolo hacia el fondo del abismo con una velocidad antinatural.

—¡Ayuda! ¡Socorro! —chilló el joven, intentando aferrarse a las raíces petrificadas del borde, pero el suelo se cerró sobre él con la precisión de una trampa de hierro, dejando solo su sombrero flotando sobre el fango humeante que volvía a congelarse bajo la ventisca.

El silencio volvió a caer sobre la colina del cuervo, abrupto y pesado, roto únicamente por el siseo del agua helada al enfriar la tierra caliente.

Nos quedamos inmóviles junto al borde del cráter cerrado, con el corazón martillándonos en el pecho y el frío de la ventisca volviendo a adueñarse de nuestra piel. La tierra había reclamado lo que era suyo, cerrando la puerta que el forastero había intentado forzar.

Mercy exhaló un suspiro tembloroso, apartando los mechones de cabello mojado de su rostro.

—Se acabó —susurró, mirando el sombrero solitario sobre la nieve—. Ya no volverá nadie.

Me acerqué al borde, pateando los restos de tierra calcinada hasta sellar por completo la grieta, y saqué la daga de hierro, comprobando que la hoja seguía fría y firme en mi mano.

—Eso espero —le respondí, tomando su mano para guiarla de regreso por el sendero hacia la taberna—. Pero mientras haya hombres dispuestos a cavar en la oscuridad, nosotros mantendremos el fuego encendido.