Capítulo 33
El rastro en la ventisca
El viento aullaba contra los contrafuertes de la taberna con la fuerza de un animal herido, sacudiendo los postigos de madera y arrojando puñados de aguanieve contra los cristales.
La tormenta de medianoche no era una simple nevada pasajera; el invierno de Nueva Inglaterra reclamaba su dominio absoluto sobre el valle, sepultando los caminos, los cercos y las huellas de cualquier criatura lo bastante insensata como para desafiarlo.
Dejé caer el badil en el soporte de hierro junto a la chimenea. Las chispas del roble viejo se apagaron lentamente en las cenizas.
—No esperará al deshielo —dije, mirando de reojo la puerta principal por donde el académico de Cambridge acababa de desaparecer—.
Un hombre con esa obsesión no duerme bajo un techo ajeno esperando pacientemente.
Sabe exactamente lo que busca, y si cree que los vestigios del laboratorio de Cross siguen en los acantilados de la colina del cuervo, irá esta misma noche, antes de que la ventisca borre los accesos por completo.
Mercy se cruzó de brazos, observando el reflejo de las llamas en la superficie de la mesa de roble. Su rostro no mostraba sobresaltos; la inquietud había sido reemplazada por una fría y afilada certeza.
—La marea está alta a las tres de la mañana, y el oleaje con este temporal habrá convertido el pie del acantilado en un infierno de espuma y rocas sueltas —advirtió ella con voz baja—.
Si cruza los matorrales de la costa sin conocer los desniveles del terreno, caerá al vacío antes de divisar las ruinas.
—El problema no es que muera en la cornisa, Mercy —le contesté, abriendo el arcón bajo el mostrador y tomando la pesada capa de viaje de lana gruesa que colgaba del gancho lateral—.
El problema es si logra encontrar algo antes de matarse.
Cross destruyó la mayor parte, pero si el académico trae consigo los planos o las fórmulas originales de la Real Sociedad, sabrá exactamente dónde cavar para reactivar lo que quedó latente en las raíces del cráter. No podemos dejarlo solo ahí fuera.
Thomas, que había permanecido en silencio junto a la escalera observando la escena con los ojos muy abiertos, dio un paso al frente, aferrando el mango de su bastón con nudillos blancos.
—¿Vais a salir con este tiempo, muchacho? —preguntó el viejo guardia con la voz temblorosa por la incredulidad—. No se ve a dos varas de distancia. Quedaréis sepultados en un ventisquero antes de llegar a la mitad del camino de los contrabandistas.
—Si nos quedamos aquí esperando a que amanezca, el forastero ya habrá abierto la puerta que nos costó tres años cerrar, Thomas —le contesté, ajustándome la bufanda alrededor de la garganta y comprobando que la daga de hierro estuviera firme en el forro interior de la casaca—.
Cuida la taberna. Si no regresamos antes del mediodía del lunes, quema los libros del arcón y huye hacia el sur.
Mercy no perdió tiempo en discusiones. Se dirigió al rincón oscuro de la despensa y regresó con su propio capote de invierno y una linterna de latón con el vidrio ahumado, diseñada para no delatar la luz a lo lejos.
Descorrí los cerrojos de la puerta trasera.
El frío del exterior nos golpeó como una pared de hielo sólido, robándonos el aliento en un segundo.
La oscuridad era tan absoluta que parecía devorar el haz de la linterna de Mercy apenas este abandonaba el umbral.
La ventisca soplaba de frente, cargada de cristales de nieve que azotaban la piel como agujas invisibles.
—¡Por aquí! —grité por encima del bramido del temporal, tomando a mi hermana de la muñeca para guiarla hacia el sendero lateral que evitaba las calles principales del pueblo.
Avanzamos con el cuerpo inclinado hacia adelante, luchando contra cada ráfaga de viento.
Las botas se nos hundían en la nieve virgen hasta las rodillas, haciendo que cada paso requiriera un esfuerzo titánico de los músculos.
Dejamos atrás los últimos tejados cónicos de Salem, donde las luces de las chimeneas ya se habían extinguido bajo el peso de la escarcha, y nos adentramos en los campos yermos que conducían a la costa.
El camino de los contrabandistas era una trampa mortal en la penumbra.
Las rocas de basalto, habitualmente visibles, se habían camuflado bajo montículos de nieve apelmazada que cedían traicioneramente bajo el peso.
En un par de ocasiones estuve a punto de resbalar hacia los zanjones laterales, salvado únicamente por el agarre firme de Mercy.
—¡Las huellas! —gritó ella de repente, tirando de mi manga y apuntando con la linterna hacia el suelo, cerca del muro de piedra seca que bordeaba el antiguo pastizal.
Me arrodillé en la nieve, protegiendo la llama de la linterna con el cuerpo.
Allí estaban. Las marcas profundas de unas botas de suela fina, muy distintas a las abarcas pesadas de los labriegos locales o a los zapatones de los alguaciles.
Las huellas avanzaban en línea recta, desafiando el temporal, dirigiéndose sin vacilar hacia el sendero escarpado que bordeaba el abismo de la colina del cuervo.
—Iba preparado —murmuré, sintiendo el sabor salado del aguanieve en los labios—. Tenía un mapa o conocía el terreno de antemano.
—O alguien de la ciudad le vendió las coordenadas exactas antes de cruzar la frontera —respondió Mercy, levantando el rostro hacia la negrura de los acantilados que se recortaban a lo lejos, donde el bramido del mar embravedecido competía con el rugido del viento.
Nos pusimos en pie y aceleramos la marcha, siguiendo el rastro que el académico iba dejando en la nieve.
Cada metro que subíamos hacia la costa nos exponía más a la furia del Atlántico.
La temperatura había caído aún más, y el agua helada comenzaba a congelarse sobre nuestras ropas, convirtiendo los abrigos en armaduras rígidas de hielo.
Al coronar el promontorio donde antes se alzaba la mansión de la viuda Corey, el panorama era desolador.
Del edificio no quedaban ni los cimientos; el acantilado se había desmoronado parcialmente en un abismo de rocas negras y espuma blanca.
Pero en el centro del terreno arrasado, protegido parcialmente por un saliente de roca basáltica que resistía el embate del viento, una pequeña luz titilaba con una intensidad verdosa y enfermiza.
El forastero de Cambridge ya había encendido su propio farol alquímico. Y estaba cavando en el suelo congelado, justo sobre el punto exacto donde las tuberías del sótano se conectaban con las raíces profundas de la tierra maldita.