Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

La tinta y el acero

El forastero de Cambridge no retrocedió, pero sus ojos claros se clavaron en la daga de hierro que descansaba sobre el mostrador de roble.

No había miedo en su mirada; había una curiosidad clínica y desapasionada, la misma expresión que vi en los ojos de Ethan Cross antes de que las quimeras del sótano cobraran vida.

—Veo que la historia local no exagera —dijo el joven académico, manteniendo la voz baja y perfectamente medida, como si estuviera dictando notas para un tratado anatómico—.

Os aferráis a los métodos de la Edad Media.

El hierro y la superstición. Creéis que destruyendo los instrumentos o silenciando a los emisarios vais a detener el avance de la filosofía natural.

—No llamamos filosofía natural a desenterrar cadáveres ni a pervertir la sangre de la tierra —respondió Mercy desde su rincón.

Se había puesto de pie con una lentitud imponente, y la luz de la chimenea proyectaba una sombra alargada y firme sobre las tablas del suelo—.

El doctor Cross intentó comprar su eternidad con la vida de este pueblo.

Y el fondo del Atlántico es el único sitio que le corresponde.

El académico esbozó una sonrisa fina, casi imperceptible, y dio un paso más hacia el centro de la habitación, sacando una mano del bolsillo de su abrigo.

No llevaba un arma de fuego; en su lugar, sostuvo un pequeño cuaderno de tapas negras encuadernadas en cordobán, idéntico al que el alquimista había quemado en su laboratorio.

—Cross era un indisciplinado, un visionario con complejos mesiánicos que ignoró los protocolos de la Academia —admitió el forastero con total naturalidad—.

Yo no vengo a vengar su memoria, posadero.

Vengo a cerrar el expediente. La Real Sociedad no desea conflictos con las autoridades locales ni pretende reabrir las heridas de vuestra pequeña inquisición.

Solo necesitamos recuperar la matriz del medallón.

Si me entregáis el artefacto, me marcharé esta misma noche por el camino del norte y vuestro nombre jamás volverá a aparecer en los informes de Cambridge.

El peso del medallón de la serpiente bicéfala, guardado en el fondo del arcón bajo el mostrador, parecía latir a través de la madera como un corazón de metal frío.

Sabía perfectamente lo que significaba negociar con hombres así.

Les das una pieza y exigirán la máquina entera; les entregas el secreto y volverán con un ejército de sabios dispuestos a quemar Salem hasta los cimientos para entender por qué la tierra se negaba a obedecerles.

—El medallón ya no existe —le mentí con una frialdad absoluta, apoyando la palma de mi mano sobre el mostrador, justo al lado de la daga—. Se fundió en las calderas de la mansión antes de que el acantilado se desmoronara. Lo único que vas a encontrar en esta costa es el frío y el olvido.

El académico estudió mi rostro durante unos segundos interminables.

Buscaba el parpadeo de la mentira, la vacilación del hombre común que prefiere salvar el pellejo antes que cargar con un secreto milenario.

Pero no encontró nada. Los años en la taberna, el peso de la horca evitada y la sangre derramada en la hondonada me habían enseñado a vaciar los ojos de cualquier miedo.

—Lástima —murmuró el joven, abriendo lentamente el cuaderno de cordobán y pasando una página con la yema del dedo libre—.

El doctor Cross tenía la teoría de que la energía residual de los Pinos Negros no era una anomalía local, sino un portal hacia una fuente de poder inagotable.

Yo comencé a creer que exageraba. Pero al veros aquí, vivos, conservando la juventud en este páramo maldito... sé que sus ecuaciones eran correctas.

Cerró el cuaderno con un golpe seco que resonó en el silencio de la taberna.

—No os molestéis en buscarme, posadero. Volveré cuando el invierno amaine. Y no vendré solo con un cuaderno de notas.

Sin añadir una palabra más, el forastero dio media vuelta, ajustó las alas de su sombrero de fieltro y abrió la puerta de roble.

La ventisca de la medianoche irrumpió en el salón por un instante, blanca y feroz, antes de que el joven cruzara el umbral y el pestillo volviera a caer con un golpe sordo.

Nos quedamos en silencio, escuchando el alejamiento de sus pasos sobre la nieve crujiente hasta que el sonido se perdió por completo bajo el rugido del viento.

Mercy se acercó a la barra, apoyando los dedos junto a los míos sobre la madera. Su rostro estaba tranquilo, pero sus ojos brillaban con la certeza de los supervivientes.

—No se ha ido a Boston, hermano —dijo ella en un susurro.

—Lo sé —le contesté, tomando la daga de hierro y deslizándola de nuevo en el forro de mi casaca—.

Ha ido a buscar refugio en las ruinas de la mansión, o a acampar en los linderos del bosque para esperar el deshielo.

Creyó que nos amenazaba, pero ha cometido el mismo error que Cross: piensa que somos nosotros los que custodiamos el secreto.

—¿Y qué somos entonces? —preguntó Mercy, mirándome con una media sonrisa melancólica.

—Somos el recordatorio de que hay puertas que los hombres nunca debieron abrir.

Me acerqué a la chimenea y tomé el badil para avivar los leños.

Las chispas doradas se elevaron hacia la chimenea, danzando en la oscuridad de la noche.

Fuera, la tormenta seguía golpeando los cristales de Salem, intentando fracturar las paredes de un pueblo que se negaba a morir.

Pero nosotros sabíamos que mientras el acero mantuviera a raya la ambición de los sabios y la tierra guardara sus propios muertos, la taberna seguiría en pie, custodiando la frontera entre la historia que los hombres querían contar y la verdad que nos pertenecía.