Capítulo 31
El eco de la escarcha
Han pasado tres inviernos desde que el fuego de la mansión Corey se extinguió en el Atlántico y el nombre de John Hathorne fue borrado de los registros de la corte de Massachusetts.
Pero la tierra tiene mejor memoria que los hombres.
Fuera de los límites del pueblo, el bosque de los Pinos Negros ya no era el mismo.
Las laderas donde un día se alzaba el monolito se habían vuelto completamente estériles; ni el musgo más tenaz se atrevía a crecer sobre el cráter calcinado, y las ramas de los árboles se retorcen hacia el suelo como garras petrificadas, negándose a mirar hacia el cielo.
Los leñadores evitan esa ruta por completo, convencidos de que el aire allí huele permanentemente a óxido y a ceniza mojada.
Dentro de nuestra taberna, el tiempo parecía haberse ralentizado.
La campana de la entrada sonó con un repique seco y amortiguado cuando la puerta de roble se abrió, dejando colar una ráfaga de viento helado que traía el aguanieve de la medianoche.
Levanté la vista de la libreta de cuentas donde llevaba el inventario del mes.
La chimenea principal rugía con troncos de pino viejo, arrojando una luz dorada y parpadeante sobre las mesas de roble.
Mercy estaba sentada en su rincón habitual junto al hogar, con los dedos ágiles tejiendo una bufanda de lana oscura.
Su rostro, aunque marcado por las líneas sutiles de los años y el recuerdo de la sombra que una vez la habitó, irradiaba una paz profunda y definitiva.
Ya no temblaba cuando soplaba el vendaval del norte.
—Es tarde para clientes, hermano —dijo Mercy sin levantar la vista de su labor, con una voz suave que se mezclaba con el crujir de la leña—. Los caminos están cerrados por la ventisca desde la hora nona. Nadie cuerdo cruza el linde del pueblo con este clima.
—No creo que sea un cliente cuerdo —respondí, poniéndome de pie y ajustándome el cuello de la camisa.
Un hombre joven, envuelto en un capote de viaje empapado de nieve y con las alas de un sombrero de fieltro caladas hasta los ojos, terminó de sacudirse el aguanieve en el umbral.
No llevaba armas a la vista, pero su postura rígida y el maletín de cuero oscuro que sostenía con fuerza bajo el brazo delataban su origen.
Su acento, cuando habló, no pertenecía a los labriegos de la colonia.
—¿Es esta la posada de los hermanos Sterling? —preguntó, con una cortesía fría y distante que me hizo detener el paso a mitad del camino hacia la barra.
—Es esta —contesté, apoyando una mano sobre la madera del mostrador, sintiendo el peso reconfortante de la daga de hierro que descansaba oculta en el estante inferior—. ¿Qué busca un viajero de la ciudad en Salem a estas horas y con este temporal?
El forastero se adelantó un par de pasos hacia la luz de la chimenea y se quitó el sombrero.
Su rostro era joven, pálido, y sus ojos —claros, analíticos, desprovistos de cualquier emoción humana— recorrieron el salón antes de detenerse en mí.
Del cuello de su casaca pendía, perfectamente visible a pesar del abrigo, una fina cadena de plata.
No llevaba una serpiente bicéfala, pero el diseño del eslabón era inconfundible. Era la firma de la Real Sociedad, el sello de los académicos de Boston que seguían buscando las respuestas que el alucinado del acantilado se había llevado a la tumba.
—Vengo de Cambridge —dijo el forastero, esbozando una sonrisa educada pero completamente vacía—.
La Real Academia está recopilando los manuscritos y efectos personales del doctor Ethan Cross, desaparecido en esta costa hace tres inviernos.
Se cree que portaba un artefacto de singular valor científico... un acumulador de energía etérea.
El silencio en la taberna se volvió absoluto, roto únicamente por el crepitar del fuego y el silbido del viento contra los contrafuertes de la fachada.
Mercy dejó caer la labor de punto sobre su regazo. Sus ojos oscuros se clavaron en el recién llegado con la misma fijeza con la que un depredador observa a una presa que se adentra voluntariamente en su madriguera.
Metí la mano bajo la tabla del mostrador, mis dedos cerrándose firmemente alrededor de la empuñadura fría de la daga de hierro. El ciclo no se había roto; la curiosidad de los hombres siempre encontraría el camino de regreso hacia el abismo.
—Te equivocas de puerta, muchacho —le dije, dando un paso al frente mientras la luz del fuego iluminaba el filo de acero que acababa de extraer del estante—. En Salem los muertos se quedan bajo la tierra. Y lo que se tragó el mar... se queda en el fondo del mar.
El forastero parpadeó por primera vez, borrando su sonrisa educada, al comprender que había cruzado la umbral de una tumba que prefería mantenerse sellada.