Capítulo 30
Las cicatrices del invierno
El frío que nos recibió al salir de la vicaría no era el azote espectral del aquelarre ni el viento ácido de la colina del cuervo; era un frío natural, el aliento limpio y cortante de un invierno crudo en Massachusetts.
Cruzamos el pórtico de roble de la Casa de Reuniones bajo la mirada atónita y silenciosa de la guardia de Herrick.
Los mismos alguaciles que horas antes nos apuntaban con sus mosquetes dispuestos a matarnos, ahora bajaban la vista hacia la escarcha de sus botas, incapaces de sostenernos la mirada.
Éramos libres. Llevábamos el perdón oficial del juez Danforth, pero en Salem, sobrevivir a la horca te marcaba con un estigma mucho más profundo que la propia condena.
Para ellos, ya no éramos vecinos; éramos una anomalía, los únicos que habían caminado hacia el fuego y regresado intactos.
El crepúsculo comenzaba a devorar las calles. El cielo se había teñido de un morado denso, casi negro, recortando las siluetas de los tejados a dos aguas como dientes mellados contra el horizonte.
Mercy caminaba despacio a mi lado, aferrada a mi brazo.
Su peso se apoyaba cada vez más en mí con cada paso que dábamos alejándonos de la plaza.
La adrenalina que la había mantenido en pie durante el asedio en el estudio del reverendo se estaba evaporando, dejando al descubierto un cuerpo frágil, llevado al límite absoluto de la resistencia humana.
Nadie salió a saludarnos. Detrás de los visillos de las casas, a través de las rendijas de los postigos mal cerrados, sentía los ojos de la aldea clavados en nuestras espaldas.
Sabían que Hathorne había sido encadenado.
La noticia ya debía estar susurrándose junto a cada chimenea encendida.
Sin el magistrado para avivar el terror y sin las niñas para señalar con el dedo, el pueblo se enfrentaba de golpe al peso aplastante de su propia culpa.
Docenas de tumbas cavadas sin motivo. Familias destrozadas por la envidia.
Ese era el verdadero legado de Salem, una mancha que ninguna absolución judicial podría limpiar jamás.
Al llegar a nuestra taberna, la fachada de madera oscura me pareció, por primera vez en semanas, un refugio real y no una trampa.
No tuve que golpear. Al escuchar nuestros pasos crujir sobre la nieve del porche, la puerta se abrió un palmo.
El rostro arrugado de Thomas asomó por la rendija, empuñando el viejo mosquete con manos temblorosas.
Al ver que no estábamos flanqueados por verdugos ni alguaciles, dejó caer el cañón del arma hacia el suelo y abrió la puerta de par en par, dejando escapar un suspiro que sonó como un sollozo ahogado.
—¡Alabado sea el cielo! —exclamó el viejo guardia, haciéndose a un lado para dejarnos entrar, cerrando y echando las tres trancas de hierro de inmediato—. Cuando escuché el toque de queda y vi a la guardia correr hacia la plaza, recé por vuestras almas. Pensé que el nudo ya estaba apretado.
—El nudo se apretó, Thomas —le contesté, ayudando a Mercy a caminar hasta la silla mecedora más cercana a la chimenea—, pero alrededor del cuello de John Hathorne.
Thomas se quedó de piedra, procesando mis palabras mientras yo me dejaba caer en el taburete frente a la barra.
El agotamiento me golpeó entonces con la fuerza de un mazo.
Cada músculo de mi cuerpo comenzó a palpitar al mismo tiempo.
El corte en la mejilla, que me había hecho la magia del forastero, escocía con la sal del aire, y la palma de mi mano izquierda, quemada por agarrar el cañón humeante de la pistola del magistrado, latía con un dolor sordo y constante.
—Enciende el fuego, Thomas. El de verdad —ordené, desabrochándome la pesada casaca de lana y dejándola caer sobre la mesa de roble—.
Y trae agua limpia, vendas y la botella de aguardiente que escondí en el segundo estante del sótano.
La buena. Creo que esta noche nos hemos ganado el derecho a beber de nuestras propias reservas.
Mientras el viejo guardia corría hacia la cocina, me acerqué a Mercy.
Estaba recostada en la mecedora, con los ojos cerrados y la respiración pausada.
Su rostro estaba pálido y manchado de hollín, pero la tensión había desaparecido de su mandíbula.
Había vuelto a ser ella misma, sin la sombra de la brujería ni la amenaza de la soga sobre su cabeza.
—¿Te duele mucho? —preguntó ella sin abrir los ojos, adivinando que me estaba examinando la quemadura de la mano.
—Sanará —murmuré. Extraje la daga de hierro de mi cinturón.
La hoja estaba intacta, fría e impasible, ajena a la sangre y al fuego que había derramado en los últimos días.
La limpié cuidadosamente con un trapo seco y la deposité sobre la cornisa de la chimenea.
El hierro había hecho su trabajo; la deuda de sangre de mi familia estaba saldada.
Thomas regresó a los pocos minutos. Encendió un fuego vigoroso con gruesos troncos de roble y pino seco que rápidamente llenó la estancia de un calor reconfortante y un olor a resina limpia que expulsó el hedor de la pólvora y el miedo. Nos sirvió dos vasos generosos de aguardiente ámbar.
El primer trago me bajó por la garganta como fuego líquido, quemando las asperezas del frío y la tensión, asentándose en el estómago con una pesadez agradable.
Me lavé la cara en el balde de agua limpia, viendo el agua teñirse de gris y rojo.
Luego, Thomas me ayudó a vendarme la mano quemada con ungüento de caléndula y lino limpio.
Mientras lo hacía, le relaté de forma escueta lo que había ocurrido en la vicaría y en los acantilados.
El viejo nos escuchó en un silencio sepulcral, con los ojos fijos en el fuego.
—Danforth tendrá que detener los juicios ahora —dijo Thomas finalmente, atando el nudo de la venda en mi muñeca—. Si Hathorne cae, el reverendo Parris no tardará en ser destituido. Las niñas serán enviadas lejos o silenciadas. El pueblo querrá olvidar.
—El pueblo nunca olvida, Thomas. Solo entierra sus errores un poco más profundo —respondí, tomando mi vaso y sentándome en el suelo de madera, apoyando la espalda contra las piedras cálidas del hogar, junto a la mecedora de mi hermana—.
Hathorne será colgado en secreto, o enviado a Boston para pudrirse en una mazmorra bajo cargos de traición.
Danforth redactará edictos diciendo que el Diablo nos engañó a todos bajo la forma de un falso erudito.
Borrarán la magia y a los muertos reanimados de los registros.
Harán de esto una simple historia de histeria y corrupción política.
Miré hacia las ventanas tapiadas. Afuera, la noche había caído por completo.
El viento soplaba entre las calles vacías, pero ya no arrastraba voces susurrantes ni presencias de ultratumba.
El bosque de los Pinos Negros, a unas millas de distancia, había vuelto a ser solo un conjunto de árboles fríos y mudos.
Habíamos ganado, sí. Pero la victoria en Salem tenía el sabor de la ceniza. Éramos los guardianes de un secreto colosal, los únicos que sabían lo estrecha que había sido la frontera entre nuestro mundo y el abismo.
—Mañana abriremos las contraventanas —dijo Mercy, abriendo los ojos y mirando las llamas bailarinas en el hogar.
Su voz sonaba lejana, pero firme—. Barremos el fango de la entrada y encenderemos las linternas del porche.
Que vean que la taberna sigue en pie. Que vean que no nos hemos ido ni nos iremos. Este lugar es nuestro.
Levanté mi vaso hacia ella en un brindis silencioso y apuré el resto del aguardiente.
La pesadilla gótica que había asolado nuestro invierno había llegado a su fin.
Las tumbas estaban cerradas, las brujas muertas y el alquimista ahogado.
Pero mientras el calor del fuego me adormecía por primera vez en una eternidad, supe que el hierro en la repisa nunca estaría demasiado lejos de mi alcance.
Porque Salem siempre sería Salem, y bajo su tierra congelada, la oscuridad siempre estaría esperando a que los hombres volvieran a cerrar los ojos.