Las sombras de Salem (Misterios de A. E. Blackwood nº 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

El eco del plomo y la pólvora

El tiempo en el estudio del reverendo pareció congelarse, atrapado en la densa atmósfera que precede al estallido de una tormenta.

A tres metros de distancia, los cañones de las dos pistolas de rueda de Hathorne me apuntaban con una fijeza letal.

Detrás de él, los dos matones del puerto ensancharon sus posturas, aferrando los garrotes de madera y los cuchillos de desollar, listos para abalanzarse sobre nosotros en cuanto el plomo hiciera su trabajo.

El magistrado respiraba por la boca, con el rostro brillante de sudor frío y los ojos dilatados por la desesperación.

Ya no era un juez dictando sentencia en nombre de Dios; era un animal acorralado defendiendo sus propios secretos.

Mi mano derecha rozó el forro de mi abrigo, sintiendo el relieve frío de la empuñadura de la daga de hierro.

Pero desenfundarla llevaría un segundo entero, y Hathorne solo necesitaba una fracción de ese tiempo para apretar los gatillos.

Si me lanzaba hacia adelante, el plomo me destrozaría el pecho antes de que pudiera rozar su casaca.

—Que Dios perdone la necesidad de este acto —murmuró Hathorne, justificando su propio crimen en un último e inútil intento de lavar su conciencia, y sus nudillos se blanquearon alrededor de los gatillos.

Pero el magistrado había cometido el error de ignorar a la persona más peligrosa de la habitación.

Mercy no había retrocedido ni se había encogido de terror en su sillón.

Mientras Hathorne fijaba toda su atención en mí, mi hermana se había deslizado silenciosamente hacia el borde del asiento, pegada a la chimenea.

No tenía magia oscura en las venas, no poseía el toque del abismo que había aterrorizado a las brujas del bosque.

Pero tenía el instinto puro y salvaje de la supervivencia.

Justo cuando el dedo de Hathorne iniciaba la presión final, Mercy agarró la pesada pala de bronce que descansaba junto al hogar.

Con un movimiento fluido y brutal, hundió la pala en el centro de las brasas encendidas y lanzó una lluvia de cenizas hirvientes y carbones al rojo vivo directamente hacia el rostro de Hathorne y sus sicarios.

El magistrado soltó un alarido de dolor cuando una brasa le alcanzó la mejilla. Instintivamente, cerró los ojos y giró la cara.

El estruendo ensordecedor de la primera pistola reventó los tímpanos de todos los presentes.

El fogonazo iluminó el pequeño estudio con un destello anaranjado y cegador.

El proyectil de plomo pasó silbando a un palmo de mi oreja izquierda, destrozando el lomo de cuero de una pesada Biblia sobre la estantería que tenía a mi espalda y esparciendo una nube de confeti de pergamino en el aire.

La habitación se llenó de inmediato de un humo blanco, espeso y acre que olía a azufre y muerte.

No dudé. Aprovechando la ceguera momentánea y la cortina de pólvora, saqué la daga de hierro de un tirón y me abalancé hacia adelante.

El primer matón, tosiendo por el humo y las cenizas, agitó su garrote a ciegas en un arco amplio.

Me agaché, sintiendo el roce de la madera sobre mi cabeza, e impulsé todo el peso de mi cuerpo hacia arriba.

Le hundí el hombro en el estómago para dejarlo sin aire y, con la mano libre, agarré su muñeca armada, retorciéndola hasta que escuché el chasquido del hueso.

El hombre aulló, soltando el garrote. Antes de que pudiera retroceder, le asesté un golpe seco con el pomo de hierro de mi daga en la sien, enviándolo al suelo como un fardo inerte.

El segundo sicario reaccionó con la rapidez de un asesino experimentado. A pesar del humo, logró orientarse y se abalanzó sobre mí con el cuchillo de desollar apuntando a mi garganta.

Chocamos contra el escritorio de caoba del reverendo Parris, derribando tinteros, candelabros y montones de sermones a medio escribir.

El hombre era más pesado que yo y apestaba a ron barato y pescado podrido.

Logró sujetarme la mano derecha, bloqueando la daga de hierro, mientras acercaba la hoja de su cuchillo hacia mi cuello con una fuerza bruta e implacable.

—¡Suéltalo! —un grito femenino cortó el caos.

Mercy había tomado el pesado garrote que dejó caer el primer matón y, con ambas manos, lo estrelló contra la nuca del sicario. El golpe sonó como una calabaza reventando. Los ojos del hombre se pusieron en blanco al instante y su peso muerto se desplomó sobre mí.

Lo empujé a un lado, rodando sobre el suelo cubierto de pergaminos ensangrentados, y me puse en pie de un salto.

A través de la densa niebla blanca de la pólvora, vi a Hathorne. El magistrado retrocedía hacia la puerta, tosiendo, con un ojo entrecerrado por la quemadura de la brasa y la segunda pistola aún aferrada en su mano temblorosa. Me buscaba desesperadamente en la penumbra.

Cuando finalmente fijó la vista en mí, levantó el arma.

No le di tiempo a estabilizar el pulso. Salté sobre el escritorio destrozado y me lancé sobre él.

Agarré el cañón caliente de la pistola con la mano izquierda en el mismo instante en que el percutor golpeaba la cazoleta.

El disparo reventó contra el techo de yeso de la vicaría, cubriéndonos de polvo blanco, mientras el metal al rojo vivo me quemaba la palma de la mano.

Ignoré el dolor. Usé el impulso de mi salto para estrellar a Hathorne contra las gruesas estanterías de la pared lateral.

Decenas de pesados volúmenes de leyes eclesiásticas cayeron sobre nuestras cabezas como una avalancha de autoridad inútil.

Acorralé al magistrado contra la madera de roble, presionando el filo frío de mi daga de hierro directamente contra su nuez de Adán.

Hathorne dejó caer la pistola vacía. Su respiración era un silbido agónico, y el terror absoluto le había borrado cualquier rastro de la altanería con la que enviaba a los inocentes a la horca.

—Tu plomo no es tan rápido como tus mentiras, magistrado —siseó la voz cerca de su rostro, apretando el hierro lo suficiente para que un hilo de sangre carmesí comenzara a deslizarse por su cuello, manchando el inmaculado encaje blanco de su camisa.

En el rincón, el reverendo Parris sollozaba encogido en posición fetal, aterrorizado por la violencia salvaje que había profanado su santuario, incapaz de articular palabra.

Iba a obligar a Hathorne a firmar su propia confesión. Iba a hacer que escribiera con su propia sangre cada trato que había cerrado con el académico de Boston. Pero el destino, encarnado en las botas pesadas de la autoridad, se nos adelantó.

Un tumulto de voces resonó en el pasillo. La puerta del estudio, que Hathorne había reventado de una patada, fue empujada con violencia hacia adentro.

A través del humo que se disipaba lentamente, aparecieron las figuras del juez Danforth y del alguacil mayor Herrick, seguidos de media docena de guardias con los mosquetes listos. Herrick sostenía su espada desenvainada, esperando encontrar una rebelión de prisioneros.

Lo que vieron, en cambio, fue un retablo innegable de corrupción.

El reverendo Parris llorando en el suelo.

Dos matones conocidos del puerto sangrando sobre los manuscritos sagrados de la vicaría.

Y el segundo juez de Salem, el implacable perseguidor de la brujería, acorralado contra la pared con el arma asesina humeando a sus pies, atrapado en el acto de ejecutar sumariamente a los prisioneros sin el consentimiento de la corte suprema.

Danforth se detuvo en el umbral, con los ojos muy abiertos, procesando la escena. Su mirada viajó desde el rostro aterrorizado de su colega hasta los sicarios en el suelo.

—En el nombre del Rey y de Dios todopoderoso... —murmuró Danforth, y por primera vez en todo el tiempo que llevaba en Salem, el juez supremo parecía genuinamente conmocionado—. Magistrado Hathorne. ¿Qué locura profana es esta?

Aflojé la presión de la daga sobre la garganta de Hathorne, dándole espacio para respirar, pero no lo solté. Miré directamente a Danforth por encima del hombro del prisionero.

—El magistrado Hathorne vino a atar los cabos sueltos, su señoría —dije con voz serena y cortante, que resonó en el silencio repentino de la sala—. Vino a matarnos antes de que sus enviados regresaran de los acantilados. Porque sabe exactamente lo que van a encontrar allí.

Danforth miró a Herrick. El alguacil mayor, pálido y con expresión solemne, asintió lentamente.

—Mis hombres han vuelto cabalgando desde las tierras del sur, señoría —informó Herrick, bajando la punta de su espada—.

Es cierto. La mansión de la viuda Corey ha colapsado hacia el mar tras una explosión inmensa.

En el borde del acantilado hallaron un cráter de roca calcinada, cuerdas impregnadas en azufre, calderos destrozados y alambres de cobre clavados en las entrañas de animales sacrificados.

Allí no hubo pactos con el Diablo. Hubo alquimia oscura y herejía científica a gran escala.

Danforth cerró los ojos por un instante. Su rostro reflejó la furia de un hombre al que no solo le habían mentido, sino que le habían utilizado para ejecutar el trabajo sucio de un traidor. Cuando los volvió a abrir, ya no había rastro de conmoción, solo la resolución de un verdugo institucional.

Había encontrado a su chivo expiatorio perfecto. La Inquisición de Salem había fracasado, sí, pero no por error de los jueces ni por la inocencia de los ahorcados, sino por la traición secular de uno de sus propios magistrados.

—Arrestadlo —ordenó Danforth, señalando a Hathorne con un dedo tembloroso de ira—. Encadenad a John Hathorne y llevadlo a la celda más profunda de la Casa de Reuniones. Será juzgado por conspiración, alta traición a la Corona e intento de asesinato.

Solté a Hathorne y retrocedí un paso. Dos de los alguaciles de Herrick se abalanzaron sobre él, torciéndole los brazos a la espalda y arrancándole la peluca empolvada mientras el hasta entonces intocable magistrado gritaba súplicas incoherentes, clamando piedad a un tribunal que él mismo había enseñado a no tenerla.

Mientras arrastraban a Hathorne por el pasillo, Mercy dejó caer el garrote manchado de sangre al suelo. Se acercó a mí, envuelta en la bruma disipada de la pólvora, y entrelazó sus dedos fríos con los míos.

Miré a Danforth, esperando su próximo movimiento. El juez nos observó un largo rato, sopesando el hecho de que acabábamos de desmantelar su imperio de terror desvelando una conspiración que él mismo había alimentado por ceguera.

—Vosotros dos... —dijo Danforth, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave, cargado de una advertencia final—.

Recoged vuestras cosas. Las sentencias de muerte que pendían sobre vuestros nombres han sido revocadas.

Quedáis libres de los cargos de brujería.

Pero si tenéis aprecio por vuestra vida, regresad a vuestra taberna y no volváis a pronunciar una sola palabra sobre lo ocurrido en este pueblo a ningún forastero que cruce las fronteras de Massachusetts.

Asentí en silencio. No había gratitud en mi gesto, solo el frío pragmatismo de un acuerdo firmado con cenizas y sangre.

El aquelarre estaba quemado. El alquimista había sido devorado por el mar. Y ahora, la soga de la Inquisición había cambiado de cuello.

Guardé la daga de hierro en mi abrigo, tomé a Mercy del brazo y caminamos hacia la puerta de la vicaría, dejando atrás los libros destrozados, el humo de la pólvora y el eco de una pesadilla de la que Salem tardaría siglos en despertar.