Capítulo 28
La jaula del reverendo
La vicaría del reverendo Parris no era un calabozo, pero el aire dentro de sus cuatro paredes de caoba tallada asfixiaba con la misma eficacia que la piedra húmeda del sótano de la corte.
Nos habían encerrado en el estudio privado del párroco.
Era una habitación pequeña, forrada de estanterías repletas de tratados teológicos, biblias encuadernadas en cuero y volúmenes de leyes eclesiásticas que, a la luz de los recientes acontecimientos, parecían más un recetario de la locura humana que la palabra de Dios.
En la chimenea de piedra, un fuego de leña de abedul ardía con un crepitar suave, arrojando una luz anaranjada y cálida que contrastaba de forma grotesca con el frío glacial que llevábamos metido en los huesos.
Mercy se había acurrucado en un sillón orejero forrado en terciopelo raído, extendiendo las manos hacia las llamas.
A pesar del calor, su cuerpo aún temblaba con espasmos ocasionales, el peaje físico de haber sobrevivido al fuego alquímico de la colina del cuervo y al juicio de la Casa de Reuniones.
Yo no me senté. Me mantuve de pie junto a la única ventana del estudio, observando a través de los cristales plomizos cómo la tarde comenzaba a teñir el cielo de Salem de un morado cardenalicio.
En la confusión del traslado desde el estrado, Herrick no había ordenado que nos registraran.
Danforth había estado demasiado absorto en el colapso de su propia narrativa como para pensar en nuestra peligrosidad física, y los alguaciles nos habían escoltado a punta de mosquete manteniendo una distancia prudencial, aterrorizados de que les lanzáramos algún maleficio con el aliento.
Por ello, la daga de hierro puro seguía oculta en el forro de mi abrigo, presionando contra mis costillas como una promesa silenciosa de supervivencia.
—¿Crees que Herrick encontrará algo en los acantilados? —preguntó Mercy, rompiendo el silencio pesado que llenaba la habitación. Su voz era apenas un murmullo cansado.
—La mansión se hundió en el Atlántico, pero el fuego verde debió dejar un cráter calcinado en la roca que no se puede explicar con oraciones —respondí, apartando la vista de la ventana para mirarla—.
Además, los postes con los cadáveres de los animales mutilados y los alambres de cobre estaban en el jardín frontal.
Aunque la casa haya caído, esos restos seguirán allí.
Será prueba suficiente de que el forastero no era un simple estudioso de las mareas.
Mercy cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sillón.
—Danforth es un hombre de leyes, hermano.
Si Herrick le lleva cables de cobre empapados en sangre y testimonios de un incendio químico, tendrá la excusa perfecta para frenar la horca sin admitir que fue engañado por unas niñas histéricas.
Dirá que la colonia fue atacada por agentes extranjeros y herejes de la ciencia. Salvará su orgullo.
—Y nosotros salvaremos el cuello —concluí, aunque un nudo de inquietud se negaba a disolverse en mi estómago—. Pero hay alguien en ese tribunal que no puede permitirse que la verdad salga a la luz.
Antes de que Mercy pudiera responder, el sonido seco de una llave girando en la pesada cerradura de latón nos puso en alerta.
La puerta de roble se abrió lentamente. No fue un alguacil de la corte quien entró, sino el propio reverendo Parris.
El líder espiritual de Salem era la sombra del hombre altivo que solía tronar desde el púlpito los domingos.
Su sotana negra le quedaba grande, colgando de sus hombros como sobre un espantapájaros.
Tenía el rostro hundido, la piel del color de la cera vieja y los ojos inyectados en una mezcla de agotamiento y pavor absoluto.
Cerró la puerta a sus espaldas con manos temblorosas y se quedó de pie junto al umbral, mirándonos como si fuéramos espectros que habían irrumpido en su santuario privado.
—Mi sobrina... Abigail... y mi hija Betty —comenzó a decir el párroco, con la voz quebrada, sin atreverse a avanzar hacia el centro de la habitación—.
Han tenido que atarlas a las camas. Después de que Danforth suspendiera la sesión, las niñas entraron en un frenesí que ya no parecía fingido.
Gritaban que el cuervo de Boston las iba a arrastrar al mar.
No sentí lástima por él. Parris había encendido la chispa de la histeria para proteger su propia reputación cuando descubrió a las niñas bailando en el bosque, y luego había permitido que esa llama devorara a sus feligreses.
—El cuervo de Boston está muerto, reverendo —dije, endureciendo el tono—.
Las niñas no están viendo demonios. Están viendo el final de su juego de poder.
Se han dado cuenta de que, si los alguaciles traen pruebas de que los muertos fueron reanimados por alquimia, sus acusaciones de brujería sobre los aldeanos quedarán expuestas como las mentiras que siempre fueron.
Parris avanzó un paso, apoyando una mano en el respaldo de una silla de madera para no desplomarse.
—Si lo que dijisteis en el estrado es cierto... si el Diablo no fue quien abrió las tumbas anoche, sino un hombre de ciencia... entonces todo lo que hemos hecho... todos los que hemos colgado...
El reverendo no pudo terminar la frase. La magnitud del pecado que había consentido recayó sobre sus hombros, aplastando las débiles justificaciones teológicas que lo habían sostenido durante meses.
Se dejó caer en la silla, ocultando el rostro entre las manos, sollozando con una desesperación seca, sin lágrimas.
Mercy lo observó desde su sillón, con una frialdad que helaba la sangre.
—Vosotros invocasteis a los verdaderos demonios de Salem, reverendo —murmuró mi hermana—.
El aquelarre del bosque adoraba a una bestia ciega y salvaje.
El erudito de Boston usaba a los muertos como herramientas.
Pero vosotros... vosotros usasteis la fe para asesinar a vuestros propios vecinos por tierras, por envidia y por orgullo.
Eso es un mal que ninguna daga de hierro puede cortar.
El llanto ahogado de Parris fue interrumpido por un ruido brusco en el pasillo exterior.
Escuchamos el golpe seco de un cuerpo cayendo al suelo, seguido de pasos rápidos y pesados. El reverendo levantó la cabeza, pálido como un sudario. Antes de que pudiera ponerse de pie, la puerta del estudio se abrió de una patada violenta que hizo saltar la cerradura de latón.
En el umbral, con una pistola de rueda en cada mano y el rostro transfigurado por una determinación homicida, estaba el magistrado Hathorne.
A su espalda, en el pasillo, vi el cuerpo inconsciente del alguacil que Danforth había dejado para vigilar la puerta.
Hathorne no venía acompañado por la guardia oficial de la corte; venía con dos matones del puerto, hombres fornidos que solían cobrar deudas para los contrabandistas, armados con pesados garrotes de madera y cuchillos de desollar.
—Se acabó la paciencia, Parris —ladró Hathorne, entrando en el estudio con pasos rápidos y apuntándonos directamente con las pistolas—. Apartaos del medio.
El reverendo se pegó a la pared, balbuciendo plegarias incoherentes, incapaz de interponerse.
Me coloqué instintivamente frente a Mercy, bloqueando la línea de visión de los cañones de Hathorne.
El magistrado tenía la respiración agitada y el sudor le perlaba la frente a pesar del frío invernal.
El pánico de verse descubierto había arrancado la máscara del juez honorable, dejando a la vista al conspirador acorralado.
—No podéis esperar a que Herrick regrese, ¿verdad, magistrado?
—dije, manteniendo la voz baja, buscando la empuñadura de mi daga de hierro bajo el abrigo con movimientos milimétricos—.
Si Danforth ve el laboratorio del alquimista, se hará preguntas.
Preguntará cómo un forastero con toneladas de instrumental pesado, cobre y ácidos logró instalarse en la colina del cuervo sin que el segundo juez de Salem lo supiera.
Preguntará quién firmó los permisos para que los cuerpos del camposanto no fueran vigilados.
Hathorne apretó los dientes, amartillando los percutores de ambas armas con dos chasquidos que sonaron como sentencias de muerte en la pequeña habitación.
—El progreso de las colonias requiere sacrificios, posadero —siseó el magistrado—.
Ese joven prometía métodos para asegurar la eternidad de los hombres ilustres de la Real Sociedad.
Prometió favores, oro y una posición en Londres para los que facilitaran su investigación.
Los ignorantes que colgamos en la plaza no eran más que leña para un fuego mayor.
—Y ahora que tu fuego se ha apagado en el fondo del Atlántico, vienes a silenciar a los únicos testigos que quedan —concluí, tensando los músculos de las piernas, calculando la distancia que nos separaba. Tres metros. Demasiado lejos para un ataque frontal antes de que apretara los gatillos.
—Os resististeis al arresto. Atacasteis al reverendo y tratasteis de huir —relató Hathorne, recitando la coartada que presentaría ante Danforth con frialdad—. Es una tragedia, pero la ley debe prevalecer.
Hathorne alzó las pistolas, apuntando una a mi pecho y la otra al de Mercy. Los dos matones a su espalda tensaron el agarre en sus cuchillos, listos para limpiar el desastre. La jaula de caoba estaba a punto de convertirse en un matadero.