Capítulo 27
El juicio de la ceniza
El golpe del mazo de roble sobre la mesa del tribunal resonó en la nave como la detonación de una pistola.
El estruendo acalló el clamor del populacho por un instante, pero el silencio que siguió no trajo orden; trajo una tensión vibrante, eléctrica, cargada de la incredulidad de docenas de hombres y mujeres que jamás habían escuchado a nadie dirigirse al juez Danforth con semejante desacato.
El magistrado no se levantó. Permaneció inmóvil en su sillón de alto respaldo, con los nudillos blancos apretados alrededor del mango de madera del mazo.
Sus ojos, hundidos en cuencas rojas por la falta de sueño y la vigilia inquisitorial, se fijaron en mí con la frialdad de dos cuchillas de afeitar.
—¿Invocador de Boston? —pronunció Danforth.
Su voz no se elevó, pero su tono, rasposo y pausado, se filtró por cada rincón de la sala—.
¿Nos pides que creamos que los muertos que caminaron sobre la nieve de esta aldea eran la obra de un académico de la colonia?
¿Que la justicia de la Corona inglesa ha sido burilada por la ciencia de un forastero?
—No se lo pido, magistrado —respondí, dando un paso más hacia el estrado, sintiendo el peso de la mirada de Herrick a mi espalda con el mosquete amartillado—.
Se lo afirmo. El hombre se instaló en la mansión de la colina del cuervo.
Pagó su estancia con plata fina y la complacencia de las autoridades que prefirieron mirar hacia otro lado mientras él desenterraba los cuerpos de los ajusticiados en el camposanto.
Un rumor ahogado corrió por los bancos del fondo. Varios de los granjeros de las filas traseras comenzaron a cuchichear entre sí, recordando la llegada del carruaje de Boston semanas atrás y la presencia del extraño joven de terciopelo que solía pasear por el puerto.
Al ver que el control de la sala se le escapaba entre los dedos, Abigail Williams soltó un alarido agudo, desgarrador.
Se arrojó al suelo de tablas, retorciéndose de manera grotesca, arañándose las mejillas con las uñas hasta hacerse sangre mientras las otras niñas acusadoras la imitaban, chillando que un cuervo invisible con cabeza de hombre les picoteaba las entrañas.
—¡Miradla! —gritó el magistrado Hathorne, poniéndose de pie de golpe con el rostro encendido de rabia y señalando las convulsiones de la muchacha—. ¡La presencia del felón desata el tormento en las inocentes! ¡El espectro del tabernero está sobre el estrado en este mismo instante!
—¡Basta de farsa, Hathorne! —la voz de Mercy no fue un grito, pero resonó con una autoridad tan límpida que hizo que dos de las niñas interrumpieran sus espasmos por una fracción de segundo para mirarla con pavor—.
Las niñas no están atormentadas por espectros.
Tienen miedo porque saben que el titiritero ha caído.
Se les acaba el tiempo para señalar con el dedo a sus vecinos.
Mercy dio un paso al frente, colocándose a mi lado.
Se quitó la manta de lana de la cabeza, dejando al descubierto su rostro pálido pero absolutamente sereno.
Las cicatrices invisibles del exorcismo del bosque ya no se reflejaban en su mirada; la negrura había desaparecido, dejando solo la dignidad de quien ha sobrevivido al infierno.
—Examinad los cuerpos que cayeron en la plaza al despuntar el alba —continuó mi hermana, fijando sus ojos oscuros directamente en Danforth—.
Si hubieran sido reanimados por brujería o pactos demoníacos, la tierra habría reclamado sus almas dejando carne pútrida.
Pero no dejó nada. Se convirtieron en ceniza y polvo seco porque el fluido que los movía no era magia espiritual; eran corrientes químicas y metales conducidos por un artefacto que se hundió hoy en el mar.
Danforth inclinó la cabeza hacia Hathorne, que se había quedado lívido.
El juez superior miró a su adjunto con una duda metódica, mortal.
Danforth no era un loco impulsivo como Hathorne; era un dogmático legalista.
Si admitía que los muertos eran fruto de una conspiración alquímica de un enviado de Boston, todo el edificio teológico sobre el que había erigido los juicios de Salem se vendría abajo.
Las ejecuciones, los ahorcamientos, las confiscaciones de tierras...
todo quedaría registrado en los anales de la colonia no como un triunfo contra Satanás, sino como la histeria sangrienta de una corte de provincianos engañados.
—El magistrado Hathorne me informó de que el hombre de Boston tenía credenciales de la Real Sociedad —dijo Danforth, midiendo cada sílaba, con la mirada clavada en su colega de estrado.
Hathorne tragó saliva con dificultad, ajustándose el cuello de encaje arrugado.
—E-era un visitante ilustre, su señoría... traía cartas de recomendación del gobernador... —balbució Hathorne, retrocediendo un milímetro hacia su asiento—. Nada hacía suponer que sus estudios sobre las mareas escondieran... herboristería oculta.
—No era herboristería —le espeté desde el pasillo—.
Era un intento de tomar el control del vacío que ustedes mismos crearon al perseguir a inocentes.
Alimentaron el miedo del pueblo y el forastero cosechó la siembra.
Si nos colgáis hoy a Mercy y a mí en la colina, no estaréis haciendo la voluntad de Dios.
Estaréis ocultando vuestra propia torpeza bajo el suelo de la plaza.
El silencio que cayó sobre la Casa de Reuniones fue absoluto.
Ni Abigail ni las niñas se atrevieron a emitir un solo chillido más.
El populacho en los bancos, los mismos vecinos que horas antes pedían nuestra cabeza a gritos, miraban ahora al tribunal con una mezcla de sospecha y estupefacción.
Las fisuras en el relato de la Inquisición eran demasiado profundas para ser ignoradas.
Danforth permaneció inmóvil durante tres largos minutos que parecieron siglos. El viejo puritano sopesó el poder, la doctrina y la supervivencia de su propia reputación. Finalmente, levantó el mazo de roble.
—El tribunal se recesa —declaró Danforth con voz de piedra, sin mirar a nadie en la sala—.
Los acusados Nathaniel Sterling y Mercy Sterling permanecerán bajo custodia de la corte en la vicaría, no en los calabozos del sótano, hasta que una comisión de alguaciles inspeccione las ruinas de la colina del cuervo y certifique la veracidad de lo expuesto.
El mazo cayó por última vez, dejando un eco sordo que señaló el fin del reinado absoluto del terror en Salem. No éramos libres, pero habíamos logrado romper el hechizo de la masa. La ley de los hombres había comenzado a dudar de sus propios monstruos.